"Si vos le decís: “Gretel, esto no es para jugar porque es una herramienta que usa papá para trabajar”, y encima con tono dulce, ella no te va a entender”, escucha el narrador. En este adelanto de “Diario de crianza” (Paidós) Mauricio Koch cuenta con humor y lucidez las torpezas, aprendizajes, ridiculeces y aventuras cotidianas de un padre primerizo. También construye instrucciones sobre cómo, por ejemplo, cambiar pañales. Y denuncia: con un bebé, el lenguaje involuciona.



Imágenes: Gentileza Editorial Paidós

 

24 de abril. Un mes y doce días.

LA SONAJERA. Los bebés suenan. Yo no lo sabía. Pero sí, suenan, son seres sónicos. Gretel suena todo el tiempo. Cuando no llora (que ese es otro tema), suena. Digo “suena” porque no existe una palabra más precisa para definir lo que hace. No son gemidos, no son balbuceos, son sonidos, notas sueltas, pequeñas distorsio­nes, intentos de gruñido como cachorro que pretende ladrar y no le sale, melodías extrañas, susurradas, como una bossa nova borracha. Hace otro sonido, que es el anuncio de que algo está mal y que con Ka decimos que parece Flipper, el delfín. Otras veces parece que estuviera probando las vocales: hace “a” largas, hace “u”, “e”, “eeeee”. La “i” no le sale. Suena mientras se alimenta, cuando anda en su bicicleta imaginaria, cuando se despierta de una siesta, incluso cuando duerme. Los sonidos que hace cuando duerme son los más raros de todos. Nuestras serenatas. Gretel es un sonajero con dos ojos enormes, llenos de brillo.

 

26 de abril. Un mes y catorce días.

AXIOMA IRREFUTABLE. Si uno tiene el bebé a upa y no quiere hacer otra cosa más que tener el bebé a upa, es feliz. Como mi suegra. Ahora bien, si uno tiene el bebé a upa y quiere hacer otras cosas, no es feliz. Y no lo es porque básicamente no puede hacer nada, nada que no sea sostener al bebé. Y uno, es decir yo, quiere hacer otras cosas, al margen de tener al bebé, que está buenísimo y sin embargo uno quiere, por ejemplo, colaborar con las tareas del hogar y cargar el lavarropas, por decir algo. Uno no puede, a uno se le complica, porque uno es inexperto y no puede agachar­se, el bebé se le patina, se le despatarra, se asusta, llora. Uno se frustra y se pone de malhumor. Uno decide hacer otra cosa para alejar ese malhumor. Y piensa: “¿Qué puedo hacer con el bebé a upa?: ¿cebar mate?, no; ¿tender la cama?, no; ¿pelar papas?, no; ¿afeitarme?, tampoco”. Sé que más de uno, no yo sino ustedes, debe estar pensando: “¿Por qué no deja al bebé y hace las co­sas?”. A ese mal pensado o iluso le digo que se equivoca, porque hay momentos del día (que son casi todos los momentos) en los que el bebé no quiere ser dejado en la cuna, ni en el huevito, ni en el catre, ni en ningún dispositivo destinado a sostener al bebé mientras uno hace las cosas. No, el único dispositivo que el bebé quiere son los brazos de uno, y si no hay brazos el bebé llora, y cuando el bebé llora uno se siente mal y para no sentirse mal alza al bebé y lo acuna, lo hamaca, le canta, y el bebé se calma y, a veces, hasta sonríe. Entonces uno se siente campeón del mundo y los demás países por haber logrado eso. Hasta que vuelve a sentir la necesidad de hacer otras cosas, o no sentirla, simple­mente sabe que tiene que hacerlas porque, si no, las cosas se acumulan: se acumulan los platos para lavar, la ropa para lavar, los pisos para lavar, se juntan las cosas que hay comprar, las que hay que ordenar, las que hay que limpiar, se amontonan las cuentas que hay que pagar, los médicos que hay que visitar y sobre todo los trabajos que dan dinero para que uno pueda seguir con el bebé en brazos, que cuando está en brazos no llora, porque un bebé en brazos es un bebé feliz, y papá y mamá también, pero por un rato, hasta que recuerdan que tienen que hacer las cosas. Y así, como se ve, la historia vuelve a empezar. Conclusión: es mejor ser como mi suegra.

 

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¿QUÉ SUPERFICIE SE PUEDE CUBRIR CON UNA CUCHARADA DE BANANA PISADA? ¿A ver, las Universidades de Michigan, Massachusetts, Minnesota o alguna de esas que a diario nos sorprenden con sus insólitas investigaciones, si me pueden decir qué superficie se puede cubrir con una cucharadita de banana pisada? Seguro que no tienen ni idea. Y está mal que no lo sepan, pésimo, porque es importante, mucho más importante que esos estudios superfluos que hacen ustedes sobre pavadas como por qué los pájaros carpinteros no tienen dolor de cabeza o si es cierto que las ratas pueden distinguir el japonés. Esto, en cam­bio, puede tener aplicaciones revolucionarias para el futuro de la humanidad, si ustedes reparan en la capacidad de expansión y el poder de engrudo que tiene la banana pisada. Yo, sin conocimien­tos de álgebra ni mucho menos de adhesivos, les digo, desde ya, por experiencia cotidiana –me pasó hace un rato, sin ir más lejos– que en un segundo de descuido mi hija me arrebató la cuchara y una parte del contenido quedó entre sus dedos y el resto voló. Yo corrí a buscar algo para limpiar, pero cuando volví ya era tarde. La banana se había propagado. Lo que en principio estaba solo entre los dedos de Gretel, ahora cubría sus cachetes, le moteaba la nariz y las pestañas, parte del pelo y la frente, y empezaba a desparramarse por su ropa. Parte de lo que había volado esta­ba en el respaldo de la silla, en las patas de la silla y en el piso, avanzando, siempre avanzando, como la mancha hiptálmica de la que ya les hablé. Y al intentar limpiarlo, lo único que lograba era desparramarlo más. Me sentí como en aquel capítulo de El Chavo, cuando le pegó un chicle al sombrero del profesor Jirafales. Yo no sé qué fórmulas hay que aplicar para calcular esto, lo que sí sé es que ustedes deberían prestarle atención y dedicarle una de sus concienzudas investigaciones a la banana pisada. Eso sí, después no se olviden de reconocer mis créditos.

 

8 de noviembre.

VALLAS. La gente me preguntaba hace un tiempo: ¿Cuánto tiene? Yo respondía: Cinco meses. Me decían: Esperá que empiece a comer, no sabés lo que son los pañales. La gente me pregunta

ahora: ¿Cómo se porta? Yo respondo: Bien. Me dicen: Aprovechá ahora, porque dentro de unos meses, cuando empiezan a caminar, te dan vuelta la casa. O me preguntan: ¿Es sanita? Yo: Sí, gracias a Dios. Ellos: Qué bueno, cuando son más grandes empiezan con otitis, dolor de garganta, sarampión, se viven cayendo… Lástima que duren tan poco así chiquitos, después crecen y no te dan ni bola. O el caso extremo de una señora que me confesó hace unos días: Mi hijo tiene veintinueve y todavía está en casa, duerme has­ta el mediodía y yo ando acá, haciendo las compras. De chiquitos, problemas chicos; de grandes, problemas grandes. La verdad, un placer. Gracias por el estímulo. ¿A todo el mundo le pasa lo mismo por estos días o solo yo estoy rodeado de gente para la cual la crianza –y la vida en general– es una carrera con vallas cada vez más altas?

 

9 de noviembre.

ARTESANÍAS DE MADRE. Ka es tan negada para las manualida­des como yo para la contabilidad. La diferencia es que yo no me arriesgo a hacer ni una división de dos cifras y ella no se resigna. Se había controlado, pero desde que nació Gretel, y sobre todo desde que empezó a ir al jardín y las “seños” empezaron a pedir “cositas”, las ganas le volvieron a brotar con vehemencia como el volcán Paricutín. Ayer me confesó: Yo sé que no me va a salir, yo sé que va a quedar mal, yo sé que hay mujeres que van y lo compran o lo mandan a hacer, pero igual no lo puedo evitar, lo quiero hacer yo. Sus últimas incursiones fueron un babero y un vestidito con lentejuelas para la fiesta de fin de año. Hay un capítulo de Los Simpson en el que Marge se vuelve adicta al juego y primero deja de cuidar la casa y después abandona a la familia, y a Homero no le queda otra que hacerse cargo. Y entonces viene una escena genial en la que Homero tiene que confeccionarle un traje a Lisa, que tiene que representar a un estado de su país en un acto del colegio. Homero se pone los anteojos –nunca es tan gracioso como cuando se pone los anteojos– y se sienta a coser: se pincha todo el tiempo y el resultado es una catástrofe. Bueno, me temo que en casa la historia es similar y con clara proyección de persistir en el tiempo. Kari me dice que le viene de familia, que la mamá era igual, una imposibilitada manual con entusiasmo. Ella recuerda que le pedía por favor a la madre que le mandara las cosas a una costurera, pero la mamá no, insistía en hacerlo ella. Yo le digo que lo piense, que trate de no repetir lo que ella padeció, y ella está de acuerdo, pero cuando llega el momento, reincide. Al babero lo hizo con unos retazos de toallas, le cosió unos corazon­citos de cuadrillé y lo forró con plástico con la idea de que fuera lavable. Y debo reconocer que le salió bastante bien, casi casi bien cosido, con forma de babero y todo. El único problema es que le hizo el cuello muy grande, y entonces cuando se lo ponemos a Gretel queda una distancia enorme entre su cuello y el babero propiamente dicho, y ahí justamente es donde cae la comida, por lo que más que un babero lo que hizo fue un “escondedor de comida”: un objeto inútil, digno de un museo de lo bizarro. ¿Le digo que lo patente?

 

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12 de noviembre. Ocho meses.

DOS CAÍDAS. Había escrito que siempre hay una primera vez para todo y que la primera caída de Gretel fue el sábado 2 de noviembre por la mañana. Kari había terminado de cambiarla, la dejó sobre la cama y se fue a lavar las manos. Cuando volvió no la vio sobre la cama, pero la oía tararear: estaba sentada sobre un almohadón que pusimos por las dudas en el espacio que hay entre su futura camita y la cuna. Se ve que giró como hace siempre para ponerse boca abajo, pero esta vez pasó de largo. Y parece que el viaje le gustó, porque ahí donde cayó se puso a cantar. Pero, mientras escribía esto, Gretel tuvo la mala idea de caerse por segunda vez, y esta no tuvo nada de gracioso. Estaba sentada en la cama, jugando rodeada de almohadas, muñecos y almohadones, con una silla enfrente por las dudas y, no sabemos cómo, pasó por arriba de las almohadas y cuando oímos el grito ya era tarde. Estaba en el piso. Se lastimó la boca, fue un mo­mento feo: no paraba de llorar y nosotros corríamos por la casa, del dormitorio a la cocina, de la cocina al baño, gritando más que ella, sin saber qué hacer, dónde se golpeó, a ver, dámela, traé gasa, traé hielo, vamos al médico, la nena gritaba y nosotros no hacíamos nada por calmarla, un desastre, hasta que vimos que tenía el labio hinchado y un poquito de sangre. Se cortó. Y sobre todo se asustó. Y no se calmaba. Tardó más o menos media hora en calmarse, aunque todavía lloraba entrecortado, con suspiros de angustia. Preparamos la bañera y la metimos al agua con sus patitos amigos. El baño la fue serenando, empezó a jugar, volvió a reírse, poco a poco volvía a ser ella. Salvo por el labio, que le quedó como el de Raquel Mancini.

 

 

17 de noviembre.

CUESTIÓN DE TEMPERATURA. Los pediatras tienen que ser precisos. Cuando uno es padre por primera vez vive dudando, y justamente lo que quiere, lo que necesita del pediatra –del mundo en general, pero sobre todo del pediatra– es claridad y exactitud. La nuestra nos dijo que abrigáramos a Gretel de acuerdo con lo que sintiéramos nosotros, ni más ni menos. Bravo. Al momento de escuchar eso uno cree que son palabras sabias, porque la doctora tiene un guardapolvo almidonado y un título en la pared. Pero cuando llega a la casa se da cuenta de que no, que la doctora no solucionó nada, al contrario. Porque ¿qué parámetro usamos?, ¿el de Kari o el mío? A Kari le encanta el frío, vive fantaseando con co­nocer Alaska, con pasar unas vacaciones en la Antártida, con irse a vivir a Noruega. Yo detesto el frío, con menos de quince grados ya ando temblequeando y me paseo por la casa con una bolsa de agua caliente y polainas. Y mi sueño es vivir en la isla Margarita o en Cozumel (con estos datos se darán cuenta de quién tiene sentido común y quién no en la pareja: a Cozumel le dedicó una canción Cerati, ¿quién se puede inspirar en Oslo para escribir una canción?). Ahora bien, Gretel está en ese momento –ocho meses– en que no se la puede tapar porque da muchas vueltas en la cuna y se enreda con las mantas y puede ser peligroso, así que duerme con lo puesto. Cuando yo me ocupo de acostarla le pongo un enterito, pantalón largo y medias, sí o sí. Cuando la acuesta Kari a lo sumo le pone una remerita, nunca pantalón y jamás de los jama­ses medias. Cuando la acuesto yo, al rato va Kari y me dice la nena tiene calor, ¿no ves que está toda transpirada?, le saqué un poco de ropa. Cuando la acuesta ella, yo la toco antes de irme a dormir y siento que tiene la piel fría, pobrecita, ¿cómo la vas a acostar sin medias?, desalmada, se va a enfermar, es una locura. Y la abrigo, por supuesto. Estos son días particularmente raros, hoy veinticin­co grados, mañana nueve. A veces durante el día hace calor y por la noche refresca. Ayer, por ejemplo, para mí estaba fresco, pero para Kari hacía calor, así que a la tarde hubo un momento en que Gretel dormía la siesta con ventilador y estufa. El ventilador para que circulara un poco de aire, la estufa porque estaba de mangas cortas y sin medias. Tardamos unos minutos en darnos cuenta de que era un disparate lo que estábamos haciendo y apagamos las dos cosas. Hoy Gretel amaneció tosiendo. Para mí porque pasó frío, para Kari porque le hizo mal la estufa. Los dos coincidimos en que la culpa de todo la tiene la pediatra.

 

EL JUEGO OBLIGATORIO. Hay un juego que con Kari jugamos to­dos los días y que consiste en lo siguiente: cuando Gretel por fin se duerme debemos tratar de hacer la mayor cantidad de tareas posible: lavar platos, lavar ropa, juntar y ordenar juguetes, tender las camas, barrer, organizar la comida de hoy, de mañana, hacer la lista de las compras, salir a comprar (esto se sortea), comer, hacernos una caricia (con una nos conformamos), armar el bolso para el jardín, leer, bañarnos, tomar mate, responder mails, darnos un beso si nos cruzamos por ahí, redactar la tesis (algún día), escribir… El orden es aleatorio, lo único que importa es el objetivo final. No hay elección, el juego se juega sí o sí: no se suspende por lluvia, sueño, tornado, devaluación ni elecciones. Termina cuan­do todas las tareas quedan listas. Como eso no pasa nunca, se interrumpe cuando se despierta la niña y se retoma en la siesta siguiente. No es divertido. No hay premio. Nadie aplaude. Aunque a veces nos felicitamos y nos vamos los tres a tomar un helado.

 

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21 de noviembre.

CARTA ABIERTA A VICENTICO. Hay quien dice que una canción se hace eterna cuando la cantan en las canchas, o cuando de viaje por otro país te encontrás a un artista callejero cantándola, o, sobre todo, cuando muchos juran haberse enamorado mientras la bailaban o la escuchaban. Yo coincido, pero le agregaría “cuando hace dormir a un bebé”. No es fácil dormir a un bebé, y hay ciertas horas de la noche –a veces también del día– en que la situación desborda y uno pierde la paciencia. Y saber que existe una can­ción con la que tu bebé se calma es tener un as en la manga. Pero hay que encontrarla. Y nosotros la encontramos, es No te apartes de mí, una canción de Roberto Carlos versionada por Vicentico en su disco Cinco. Desde que Gretel nació hemos probado todo tipo de música para hacerla dormir, con resultados diversos. Algunas fun­cionaron por un tiempo y luego empezaron a perder efecto, otras que en teoría debían ser eficaces nunca le movieron una pestaña. Y muchas directamente la fastidian. Pero esa canción en particular es mágica, ella la escucha y los párpados le empiezan a pesar. A veces se pone un poco fastidiosa incluso, porque sabe que no va a poder resistir el influjo de esa melodía. La canción comienza con un rasguido simple de guitarra y con la voz de Vicentico cantando muy suave “yo pensé que podía quedarme sin ti y no puedo”; es dulce y tiene el ritmo justo para el balanceo de un bebé, como si hubiese sido concebida para eso. En todos estos meses no encontré otra canción que quede tan justo para balancear y arrullar a Gretel, que casi siempre se duerme antes de llegar al final.

Hace unos días pasó algo hermoso: Kari le estaba dando de comer, Gretel estaba en su sillita, de espaldas a la tele, y de pronto empezó a sonar No te apartes de mí. Ella se dio vuelta como resorte y empezó a balancearse al ritmo de la canción. No tengo que esforzarme para recordar veranos enteros de mi adolescen­cia saltando y cantando con mis amigos entrerrianos canciones de Los Fabulosos –allá les decíamos así, no “Los Cadillacs”–, y crecimos con El genio del dub, Estoy harto de verte con otros o Te tiraré del altar, a pura bermuda y ska. Pasaron más de veinte años y hoy mi hija se va a dormir con las canciones de Gabriel Fernández Capello, alias Vicentico. ¿Qué más se le puede pedir a un artista? Nada. Solo darle las gracias.

 

 

INSTRUCCIONES PARA PADRES

Instrucciones para cambiar un pañal exclusivas para padres

Esta mañana, mientras le cambiaba el pañal a Gretel, descubrí algo que me facilitó la tarea y pensé: “Yo tardé más de ocho meses en darme cuenta de esto que podría haber aplicado desde el primer día si alguien me lo hubiera explicado. ¿Por qué no ser solidario una vez en la vida y transmitir mi experiencia pañalística a otros padres que quizá recién empiezan o están en camino?”. Bukowski dijo: “Se empieza a salvar a la humanidad salvando de a un hombre por vez, todo lo demás es romanticismo grandilocuente o es política”, así que si a un solo hombre le hago más llevadero ese momento cru­cial en la vida de todo padre, me doy por satisfecho.

Primero: antes que nada, porque lo primero que oigo decir a los hombres (y a algunas mujeres también) cuando se habla de cam­biar pañales es “qué asco”, “yo ni loco hago eso”, “jamás voy a tocar un pañal”. Y no te lo voy a negar, la caca es caca, acá y en la China, y siempre es un asco. Pero hay una ventaja que te salva y es que se trata de la caca de tu bebé. Todo cambia cuando se trata de tu bebé, todo lo que creías que no ibas a poder hacer o jurabas que nunca ibas a hacer, de pronto, uy, te encontrás haciéndolo. Segundo: para aprender a cambiar un pañal es fundamental que estés solo. Si está tu mujer, tu suegra, una vecina o Rocío Marengo cerca las vas a vas a llamar enseguida al grito de “¡No, mirá lo que es esto, vení por favor!”. Así que mejor solo.

Tercero: nunca le dejes los pies sueltos. Los bebés se mueven mu­cho y pasan los pies por donde no deben –por ejemplo, por la caca recién hecha– y después no solo tenés que limpiarles la cola sino también los pies y cambiarles las medias (eso si no te ensucian la ropa a vos: no te olvides nunca de que la caca tiene un altísimo po­der de desparramabilidad, cosa que las revistas no te dicen), así que lo mejor es sostener los pies juntitos, bien apretados, haceme caso.

Cuarto: previo a sacar el pañal sucio tenés que hacer varias cosas, a saber: a) aprovechá el pañal usado para barrer con todo lo que puedas antes de empezar a limpiar con las toallitas húmedas –esto es lo que descubrí esta mañana–; b) después de limpiar con las toallitas podés pasarle óleo calcáreo, pero si tiene la piel irritada no, porque le va a doler y va a gritar y vos no vas a saber dónde me­terte; c) nunca jamás retires el pañal sucio antes de tener a mano el pañal limpio porque en esos dos segundos que tardás en buscar seguro que se te hace pis y se moja hasta la cabeza (no es metá­fora: me pasó unas diez veces, hasta que aprendí); d) retirá el pañal sucio y poné el limpio. Esto tiene que ser casi un solo movimiento, como un pase mágico: levantás la cola del bebé, lo sostenés con una mano y con la otra retirás el pañal sucio y ponés el limpio, todo en una fracción de segundo (esto requiere práctica, al sexto mes lo aprendés).

Quinto: la cola del bebé tiene que apoyar justo en el medio del pa­ñal: tenelo en cuenta porque, si no, te va a quedar corto de un lado y no lo vas a poder cerrar. Y si te queda torcido, lo mejor es que em­pieces de nuevo, porque todo intento de acomodarlo con el bebé adentro va a ser tiempo perdido y deseos de huir a una vida mejor…

Sexto: si llegaste hasta acá con éxito, lo único que te falta es con­trolar que los bordes del pañal no estén plegados hacia dentro (porque, si no, el pañal no cumple su función y en pocos minutos, cuando tengas al bebé a upa, vas a notar una cierta tibieza que no será de tu agrado) y que las cintas adhesivas no estén ni muy ajustadas ni demasiado flojas, por obvias razones.

Séptimo: si llegaste hasta acá y tardaste menos de quince mi­nutos, tenés el futuro como padre asegurado (al menos en lo que respecta a cambiar pañales, que no es poco). Y si tardaste más, y renegaste, hiciste llorar al bebé, te ensuciaste, no querés volver a hacerlo y pediste llorando por tu mamá, no te sientas mal, a todos nos pasa lo mismo, pero en pocos días se pasa (bueno, en pocos días no, en pocos meses).

Espero que les sirva de algo. Y si les parece una sucesión de erro­res, hagan todo lo contrario, por ahí les resulta. No se olviden de que en esto no hay reglas. Al menos me queda el consuelo feliz de haber citado a Bukowski en un texto sobre bebés.

 

 

 

LEYES DE LA BIOLOGÍA I: por cada diente que le sale a Gretel, un tratamiento de conducto para mí. Me opongo.

 

 

LEYES DE LA BIOLOGÍA II: a Gretel finalmente le empezó a crecer el pelo. Me siento solo: era lo único que tenía parecido a mí. Tam­bién me opongo.

Está claro que a la biología no le importa la oposición.

 

 

DICCIONARIO

Dieta. La dieta de un padre incluye: puré de calabaza, fideos municiones, zanahoria ra­llada, zucchini procesado, palta de a cucharadas, sopa de sémola, pollo desmenuzado, todo sin sal y masticado con gran entusiasmo. Hay que ser convincentes: nada más difícil de engañar que un bebé.

 

 

Viernes 12 de diciembre. Nueve meses.

PULVERIZACIONES S.A. Karina es pródiga en ideas brillantes. Hace unos días se le ocurrió comprar vainillas para Gretel. “Así se entretiene”, dijo. Conociéndola, sé que habrá pensado que Gretel se iba a quedar en la sillita comiendo como una lady mientras miraba en silencio un documental sobre caracoles en canal Encuentro. A la mañana siguiente me llamó de la oficina y me preguntó: “¿Le diste la vainilla?”. “Todavía no, ahora le doy”. ¿Por qué hago estas cosas?Ni bien se la di, lo primero que hizo Gretel fue apretar la vainilla y retorcerla hasta hacerla estallar. Una arena corría entre sus dedos, caía y se acumulaba en la tabla de la mesa formando una montañita. Después abrió las manos y las miró. Les pasó la lengua. Luego empezó a juntar las migas más grandes y las fue comiendo una por una hasta no dejar ninguna. Por último, usó la palma de la mano babeada para pegar la arena de vainilla que quedaba y comerla de esa forma nada ortodoxa. Al final tenía vainilla en los cachetes, en el pelo, en el cuello, en todos lados. “Vos y tu madre”, pensé. Me calenté y dije: “Ma sí, ya que estamos, ahora te doy un postre de dulce de leche sin babero”. Y así lo hice. Le daba cucharadas grandes y ella se relamía, si se caía un poco no me preocupaba en juntarlo, donde caía quedaba. Si estaba a su alcance, ella estiraba las manos, lo revolvía un poco y después lo chupaba. Estaba chocha. Cuando no quiso más, la miré: parecía un muñeco de esos que hacen las minas de Utilísima, “con los materiales que tenés en casa”, como dicen. Llené la bañera y adentro Gretel. No me quedaba otra. Gracias, Kari, ¿para cuándo la nueva idea brillante?

P.D.: Hoy le compró chipacitos, le di uno y Gretel estuvo como una hora chupándolo sin poder sacarle ni una mísera miga. Se fue al otro extremo: el chipá es una goma. Encima es redondo, la pobre criatura lo daba vueltas y no le podía hincar el diente por ningún lado. Al final, frustrada y medio caliente, revoleo el chipá al carajo. Bravo por ella.

 

… Y EL RESTO ES PAISAJE. Los días largos, cuando llego tarde y cansado a casa, después de saludar a Kari voy a la pieza a ver a Gretel. Me asomo a la cuna y la miro dormir. Le toco los pies para ver si están fríos, y si están la tapo un poquito. Después le doy un beso en la frente y me quedo unos minutos viéndola. Y siempre me pasa lo mismo: en algún momento de esa contemplación me parece mentira que esté ahí, al alcance de mi mano, y que sea mi hija. Salgo y le digo a Kari: “Hay una beba en la pieza”. “Sí –me dice ella–, y es muy linda.”

 

19 de diciembre.

TODO LO QUE HAY QUE SABER ANTES DE SALIR DE CASA. Una mañana de padre arranca bien temprano con Dora la exploradora y el mono Jorge el Curioso; hacia las nueve sigue con Los tesoros de Franny y unos minutos de Piñón Fijo; más tarde unos videos en YouTube de Pocoyó; luego música y cantos junto al Sapo Pepe, la Reina Batata y el Pollito Pío; luego una rondita de juegos con osos de peluche, muñecos de goma, sonajeros, ovejas y gatos tejidos al crochet. Y, por último, una siesta de veinte minutos para el bebé y un café con aspirina para el papá. Después sí, bien infor­mado, el papá se peina y sale a la calle.

 

 

Domingo 21 de diciembre.

LECCIONES DE UNA MADRE CON POCAS PULGAS. Hablale claro, corto y conciso; si no, ella no te entiende. Si vos le decís: “Gretel, esto no es para jugar porque es una herramienta que usa papá para trabajar”, y encima con tono dulce, ella no te va a entender. O, con suerte, te va a entender y no le va a importar. Lo que tenés que decirle es “no” y que sea un “no” con tono de “no”, y sacarle el destornillador de la mano. No le digas: “Esperame acá quietita, que voy a lavarme las manos y vengo”. No va, esas son mariconadas. Lo que tenés que decir ahí es: “Ya vengo”, fuerte y claro. Hacé la prueba, vas a ver que funciona.

Palabra de Ka.

Palabra de madre.

 

 

INSTRUCCIONES PARA PADRES

Desaprendiendo a hablar

Cuando sos padre tu lenguaje cambia. No lo podés evitar. Y cambia para mal, siempre. No importa el empeño que hayas puesto a lo largo de tu vida en cuidar las palabras, expresarte con claridad, te­ner un sinónimo a mano cuando la expresión precisa no acude a tu memoria, evitar las cursilerías, los diminutivos y otras pestes con­tagiosas como las jergas de moda y la de los chetos, que para todo dicen “buenísimo”. Pero lo que ocurre cuando sos padre es que de golpe te ves rodeado: tus relaciones cambian, los programas de te­levisión que mirás cambian, la música que escuchás, tus recorridos de compras, tu mirada, tu sensibilidad cambia, y de un día para el otro estás hundido hasta el cuello en un mundo en el que ya nadie habla como persona normal, un universo de flan con dulce de leche donde las palabras se diluyen a su mínima expresión o a la nada misma, porque la gente cuando se encuentra frente a un bebé no habla: balbucea, blablablea, gorgoritea y monigotea, pero no habla. Vos te resistís, no siempre pero a veces creés que otro mundo es posible y sacás otros temas: nadie te responde. Pronunciás las palabras “señorita” y “mochila” correctamente. Notás que te miran raro. A la señorita la llamás por su nombre aunque ella insista en decirte “papá”. Vos no querés hablar como un Teletubby, te esfor­zás, pero el desgaste es diario y constante, la carne es débil, y esos adefesios se te van adosando como pequeñas costras en la piel, entran por los poros, suben por la médula y un día aparecen en la punta de tu lengua y te encontrás diciendo con total impunidad frases como esta: “Chuchi chuchina, mamo a preparar la mochi para ir a ver a la seño a la guarde, ¿quelé?”. De pronto no podés terminar una palabra, a todas las talás, las hacés tiquititas, tonti­tas, babitas… A todo le ponés acentito de bebé y morisquetitas. Te transformaste en una especie de Carlitos Balá sin goce de sueldo ni fama. O sea, en un boludo. Un día dejás de pronunciar la erre, otro día te olvidás de la ese, y así. Hay una novela de Juan José Millás, El orden alfabético, en la que las palabras empiezan a perder letras, una a una, hasta que desaparece toda la palabra, y junto con el nombre desaparece la cosa nombrada, y así comienza el caos. Esto es altamente contagioso y muy difícil de revertir. El mal se agudiza día a día y llega a un punto en que ya no te cuidás porque ni siquiera recordás que eso te preocupaba, pero de pronto te parece notar que la gente en el trabajo te mira raro y que se ríen a escondidas. A esa altura solo te queda una salida: volver a primer grado a leer “Ese oso se asoma” y dibujar la letra “a” con papel glacé.

 


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