Tras doce años sin representación gremial, periodistas, fotógrafos, diseñadores y empleados administrativos de todas las publicaciones del diario Clarín fueron a las urnas y eligieron a sus delegados sindicales. Siete días después del 8N y a tres semanas del 7D, la votación interna de una empresa se transformó en un hecho político trascendente. Anfibia se metió en el corazón del principal enemigo del gobierno nacional para vivir las elecciones. La trama gremial y política de una votación que preocupa a kirchneristas y opositores, pero que no sale publicada en los grandes diarios de la Argentina. Un recorrido que incluye imágenes de la votación, y una galería que Santiago Porter hizo en 2000 tras los despidos.



Aplausos a las diez de la noche. Sólo aplausos. El recuento de votos llegaba a su fin. Todos sonreían, contentos, aliviados. Festejo mesurado. Sin cánticos, ni bombos, ni todo el cotillón político sindical argentino. Después de doce años, el jueves 15 de noviembre, los trabajadores de Clarín, el diario más importante de la Argentina y el principal foco de oposición al Gobierno Nacional desde hace cuatro años, votaron a sus delegados gremiales.


A las 22:30, con el último voto contado, alguien descorchó un champagne caliente. Y otra vez los aplausos. Intensos, alegres, orgullosos.

 

Los últimos quince días habían sido eternos. A muchos les costó dormir. Por eso, el alivio, el desahogo. Tanto que los aplausos sólo resonaron en ese subsuelo. Afuera, se oía el canto de la hinchada de Boca, que en ese momento jugaba a unas pocas cuadras, en La Bombonera.

 

Una elección de delegados sindicales en una empresa se transformó en uno de los temas más importantes de la agenda. A una semana del multitudinario cacerolazo contra el gobierno y a tres semanas de la fecha en que el grupo Clarín debe adecuarse a la Ley de Medios, había un lema: “Ni #7D ni #8N, los trabajadores de Clarín estamos con el #15N”.

 

Los resultados finales fueron contundentes: 496 votantes para la Lista 1 y nueve en blanco sobre un total de alrededor de 700 trabajadores. No hubo un padrón oficial: como las elecciones se definieron en las últimas horas, Clarín no entregó el listado final y tuvo que ser reconstruido por los delegados y por la Junta Electoral el mismo día.

 

—Estamos orgullosos por dos cosas: vimos a los empleados felices como hace mucho tiempo no pasaba y, además, votaron todos los editores y periodistas con más trayectoria en el diario. Eso, para nosotros, es un triunfo simbólico muy importante — dijo José Pepe Mateos, fotógrafo y candidato a delegado, apenas pisó la vereda tras el recuento de votos.

 

 

Algunos arriesgaron que más del 90% de los redactores participó de los comicios. Enfermos o de vacaciones, se presentaron para apoyar a los delegados. Los menos comprometidos fueron  los  del área comercial y administrativa: no fueron más de cuatro o cinco los que se acercaron a la urna. A la noche, la empresa recibiría el acta informando los nombres de los delegados elegidos: tenía un plazo para impugnar la elección.

 

De la calle Tacuarí, los delegados y un grupo de trabajadores mudaron el festejo al Bar Británico, frente al Parque Lezama. Allí, las cervezas heladas, el brindis, los abrazos, las fotos.

 

Al día siguiente, ni en Página 12, ni en Tiempo Argentino, ni en La Nación, ni en Clarín, ni en Perfil.com; en ninguno de los diarios más importantes del país, ni en los kirchneristas, ni en los opositores al Gobierno, se publicó una línea anunciando la votación.

 

***

 

Hace dos semanas hubo una guerra de afiches. Los trabajadores de Arte Gráfico Editorial Argentino SA (AGEA) –la empresa que nuclea a las publicaciones del grupo Clarín- por un lado y la gerencia de Recursos Humanos del otro. Como en los colegios secundarios o en las universidades. Carteles que invitaban a votar se pegaban a la mañana y desaparecían a la noche.

 

Cansado de esta situación, un empleado del diario pensó una jugada de niños. Pegó un afiche en la redacción y se escondió. Detrás de una columna, esperaba encontrarse con el enemigo. Pensaba cómo atraparlo y qué decirle. Después de unos minutos, apareció un hombre de la correspondencia, arrancó el papel de la pared y lo hizo un bollo. Rápido, para que nadie lo viera. El que estaba escondido, se sobresaltó, salió de la cueva y lo increpó.

 

—¿Qué estás haciendo?

 

—Nada. Ehhh. Nada.

 

—Te vi rompiendo un cartel. No me mientas.

 

—Bueno, sí, fui yo. ¿Y qué? —dijo el hombre y escapó.

 

El incidente pasó, fue comentado por algunos empleados: quedo ahí.

 

Ayer, cerca de las nueve de la mañana, cuando las elecciones recién empezaban, el hombre de la correspondencia, el que saluda todos los días a los empleados del diario, frenó al mismo que lo había descubierto in fraganti y le pidió disculpas.

 

Le dijo que estaba muy nervioso.

 

Que, por favor, entendiera su lugar.

 

Los apoyaba, pero debía cumplir órdenes.

 

***

 

Dos años atrás, en esa misma esquina pero de la vereda de enfrente, en el bar Hipopótamo, diez empleados de Clarín se juntaron para hablar de la posibilidad de volver a tener delegados gremiales. Había pasado una década de los despidos masivos, cuando Clarín echó a 117 empleados, incluida toda la comisión interna. No podemos seguir así, dijeron en la reunión, somos el único medio de Buenos Aires sin representación gremial.

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Empezaron a juntarse. No siempre en el mismo lugar. No siempre la misma gente. Una vez por semana, planeaban cosas. Era algo mínimo. Diez personas, sin afiliación partidaria ni la misma ideología política, querían un cambio en una empresa con más de mil setecientos empleados, entre periodistas, fotógrafos, diseñadores, etc. A nadie le importaba.

 

—¿Cómo nos iban a dar bola? Éramos cuatro gatos locos que nos juntábamos a tomar algo cada tanto. No teníamos fuerzas, ni experiencia militante —recuerda ahora uno de los habitués de aquellas reuniones.

 

Fue difícil esa continuidad. Las reuniones a veces se hacían con muy pocas personas. El globo se pinchaba. Una vez se juntaron en una plaza, cerca de la estación Constitución. Hacía mucho frío. Nadie decía nada. Varios de ellos se miraron a los ojos y sintieron lo mismo: el cuentito se había terminado. Y abandonaron.

 

Los encuentros volvieron en abril de 2012, cuando todos los diarios de la Capital Federal eligieron a sus delegados paritarios. Aprovecharon el momento y se volvieron a organizar. Armaron asambleas en el edificio de ARGRA (Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina) en Venezuela 1433, San Telmo, y comenzaron de nuevo.

 

Ese fue el primer mojón. La elección de delegados paritarios no fue reconocida por Clarín, que no estaba dispuesto a escuchar reclamos. Igual sumó fuerzas: los trabajadores volvían a ser un colectivo.

 

El segundo momento clave fue el 7 de junio: día del periodista. En reclamo al pleno cumplimiento de Acuerdo Paritario del primero de abril, hubo una quita masiva de firmas de todos los artículos, infografías y fotos de los diarios del grupo.

 

El tercer paso se dio el sábado 27 de octubre a las 11 de la mañana. En una asamblea general, se formó la Junta Electoral para la elección de comisión gremial interna y se puso fecha a los comicios: el jueves 15 de noviembre de 2012, de 10 a 22 horas. Los trece integrantes de la junta elegidos fueron: María Virginia Messi, Ismael Bermúdez, Guillermo Milla, Luis Ceriotto, Gustavo Grabia, Oscar Barnade, Gonzalo Sánchez, Alejandro Marinelli, Sibila Camps, Gustavo Pando, Daniel Mecca, Javier Drovetto y Jorge Muracciole. De esta manera, quedaban representados los trabajadores de Clarín, Olé, La Razón, Muy, Zonales, Fotografía, Diseño, Suplementos, Ole.com, Clarin.com, Zonales.com, Pymes, Viva, Arquitectura, Ñ, Elle, Genios y las demás publicaciones de AGEA.

 

Ese mismo día hubo un aplauso inédito: empezó en el tercer piso y lento pero contagioso, con ese sonido hueco que hacen las manos cuando uno las golpea con bronca, se fue expandiendo por todo el edificio. Los pocos que no aplaudían trataban de pasar desapercibidos: justo en ese momento, debían hablar por teléfono. El sonido envolvió el edificio. Además, se quitaron las firmas de los distintos suplementos. En el diario Clarín (90%), en los Zonales (100%), en Olé (99%), Muy (99%) y La Razón (99%) y también en la versión digital.

 

La estocada final fue el miércoles 14 de noviembre a la noche. La empresa legitimó la votación dentro del edificio. La elección tendría una sola lista, la 1, integrada por Francisco Rabini y Fabricio Soza (de Clarin.com), Matías Longoni (sección Política), José Mateos (fotografía), Carlos Liascovich (revista Pymes) y Horacio Bilbao (revista Ñ digital).

 

Uno de los reclamos más importante de los delegados es el aumento de sueldos. Según explican los delegados paritarios en su página de difusión, AGEA dice que durante los últimos doce años dio aumentos anuales y que desde el 2006 se dan el 1° de junio de cada año, con vigencia hasta el 31/5 del período siguiente. Además, justifica que “esta medida es aceptada pacíficamente por todos los dependientes de la empresa, de modo que se ha constituido un pacto tácito al respecto, el cual ha sido respetado por ambas partes durante todos estos años”.

 

Un pacto tácito extraño, ya que hace doce años que no hay una contraparte.

 

—Los sueldos de Clarín son, en promedio, los más altos del mercado. Lo que ocurre es que hay mucha diferencia entre los trabajadores que tienen antigüedad, que ganan muy bien, y los que no. Eso genera una gran desigualdad entre las camadas y es una de las cosas que tenemos que exigir —reconoce uno de los candidatos a delegado.

***

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Tacuarí y Finocchietto con un tránsito inédito. Cámaras de televisión, periodistas, policías, desorden, calor. Así imaginaban los empleados de Clarín, el miércoles a la noche, la elección de delegados de la Comisión Interna de AGEA. Las producciones de Víctor Hugo Morales y de 678ya habían tanteado a algunos periodistas para hacer un especial de las elecciones y estarían firmes en la calle registrando todo lo que pasase con el enemigo número uno del gobierno: la Corpo.

 

Cerca de las 7 de la tarde del miércoles, uno de los candidatos a delegado, había recibido un llamado de arriba: “Queremos una reunión”. Por más que se discutiera todo lo que se tenía que discutir, la decisión ya estaba tomada: la empresa no permitiría realizar elecciones dentro del edificio de Tacuarí 1840.

 

Los delegados comunicaron la información a sus compañeros y marcharon el plan B: votar en la calle y después ir a pelear una legitimación con las autoridades.

 

No terminaron de contactar a todos los colegas, cuando volvió a sonar el teléfono del delegado. “Las elecciones se hacen adentro. Estamos a su disposición para la organización”. Clarín tenía dos opciones: exponerse al escrache mediático o legitimar las elecciones.

 

Creyeron que lo menos perjudicial era lo segundo. Para los delegados fue la mejor noticia que recibieron en los últimos meses.

 

—Hoy se vive un clima hermoso. Hasta ayer a la noche pensamos que nos íbamos a tener que bancar todo el quilombo, las cámaras, la policía. Por fin, la empresa tomó una buena decisión y nos deja votar adentro —dijo Horacio Bilbao, del suplemento Ñ digital y candidato a delegado de la comisión interna de trabajadores de AGEA.

 

Sentado en un bar a metros de Clarín, tomaba un café junto a otros delegados, integrantes de la junta electoral y demás compañeros. Los que recién llegaban al barrio de Constitución, se frenaban en la puerta del bar, saludaban, sonreían y soltaban alguna arenga: “Vamos que hoy votamos todos, eh”.

 

Mauricio Codosea, redactor en Clarín en la sección deportes, arengaba a las tres de la tarde por Twitter: “Hoy NO somos #CompañeroAnonimo. Hoy, con nombre y apellido, votamos felizmente a nuestra Comisión Interna. #EleccionesClarin”.

 

***

 

Diego Geddes es redactor de Sociedad. En el 2000, cuando Clarín echó a 117 trabajadores, tenía 20 años y llevaba seis meses en el diario. Después de votar, publicó en su Facebook: “No tengo una cultura militante. En la secundaria o en la universidad miraba con indiferencia a los del Centro de Estudiantes que venían a explicarnos cosas. Cuando empecé a trabajar fui algo así como un hijo de la flexibilización. En el 2000 echaron del diario a más de 100 compañeros (si fuera militante me acordaría el número de memoria), entre ellos a los que formaban parte de la Comisión Interna. Yo era un poco verde, apenas había entrado al diario y no sabía bien cómo se manejaban esas cosas. Desde entonces no hay Comisión Interna, algo que sí sucede en todos los otros diarios de la Capital Federal.

 

Algo que por ley corresponde. Todavía sigo siendo un tipo con poca cultura militante. Cuando cantan el cantito de Unidad, de los trabajadores… me siento extraño, como en una pose. De hecho, no lo canto. Acompaño con las palmas, como una vieja que va a la platea a ver un partido de fútbol. Pero hoy voy a votar. Porque podemos hacerlo. Porque corresponde que lo hagamos. Y porque hay que naturalizarlo”.

 

***

 

La elección se vivió con entusiasmo en Tacuarí. Desde la avenida Brasil, donde los empleados se saludaban, se abrazaban y hacían algún comentario electoral, hasta la entrada de la empresa. En las paredes, en los pasillos, había carteles con una flecha blanca dentro de un círculo rojo que indicaban para dónde había que caminar. A la izquierda primero, hacia abajo luego, a la derecha, otra vez. La votación se hizo en el primer subsuelo.

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Matías Longoni trabaja en Clarin desde mayo de 1998. Hace años que cubre el complejo mundo agropecuario. Ha sido un crítico implacable de funcionarios como Guillermo Moreno o Ricardo Echegaray, a quien le dedicó un libro el año pasado. Es uno de los paritarios elegidos por sus compañeros. A las 15:30 tuiteó: “Más de 200 trabajadores ya habían votado a sus #delegadosclarin. El clima era pacífico y de mucha alegría contenida”.

 

En el pasillo donde se esperaba la votación hacía mucho calor. A los que esperaban, les repartían caramelos Butter Toffee de dulce de leche. Se votó con el documento. No hubo cuarto oscuro. Sólo hay una lista. Detrás de un armario, la pila con los papelitos cuadrados.
Papelito adentro del sobre. Sobre a la urna. Firma en el padrón. Caramelo Butter Toffee de dulce de leche.

 

Marcelo Maller trabaja hace 18 años en la sección deportes. Viajó por todo el mundo gracias a Clarín. Cubrió los partidos de los más grandes tenistas de los últimos tiempos. A las 18, tuiteó: “Soy periodista de Clarin y acabo de votar por la Comision Interna. Dia historico. #15N”.

 

A medida que el día de la elección se acercaba, el entusiasmo crecía. Sin embargo, una gran parte de los empleados se mostraba escéptica a la situación. No confiaba en los delegados y tenía mucho miedo a lo que pudiera pasar, apoyando la causa. Las imágenes de los despidos de los 117 trabajadores en el 2000 todavía vive en la cabeza de los empleados. La gente llorando en la puerta, sin dejar pasar a nadie. Las combis del diario cargando periodistas en el obelisco y entrándola por la puerta de atrás para que no fueran repudiados.

 

Lo que quizás terminó de convencer a los más escépticos fue un error de la empresa. En el edificio aparecieron unos afiches con un logo de prohibido 7D. Firmado por supuestos trabajadores de prensa, el panfleto alertaba al personal sobre “un grupo de iluminados que se atribuyen la representación de los trabajadores de prensa de Clarín y que quieren llevar a cometer los mismos errores del 2000 cuando fueron despedidos más de 100 compañeros”. Estaba mal redactado y mezclaba el reclamo sindical con el #7D. Metieron a todos donde no querían: la pelea política entre el gobierno y Clarín.

 

El panfleto nombraba a nueve cabecillas: todos integrantes de la junta electoral del #15N o candidatos a delegados. No era muy difícil saber de parte de quién venía la amenaza. Incluso las copias habían salido de una impresora a color, dificilísimas de conseguir en todo el edificio.

 

—Ese fue un paso gigante. Nosotros creímos que les iba a meter miedo a los compañeros. Pero  provocó el efecto contrario: un apoyo fuertísimo a la lucha que estamos llevando —dijo Mateos, sentado en un bar, junto a otros tres delegados.

 

Kirchneristas, antikirchneristas, troskistas, apartidarios. Todos se sintieron tocados por esa jugada de la empresa.

 

—¿Y el 7D qué papel juega en este conflicto?

 

—Es una circunstancia. Nosotros venimos peleando desde hace dos años para conseguir elecciones. En abril se eligieron delegados paritarios y nunca tuvimos respuesta. Todo lo fueron pateando para adelante y llegamos a esta fecha. No es nuestra intensión pegarlo al 7D. De hecho, creíamos que el efecto iba a ser negativo —responde uno de los cuatro.

 

—Nuestros compañeros pueden pensar que este es un reclamo con tintes políticos y que lo que queremos es favorecer al gobierno. Pero nada que ver. Por eso, rápidamente quisimos instalar el slogan “Ni #7D ni #8N, los trabajadores de Clarín estamos con el #15N”—dice otro mientras toma un té con leche.

 

—Igualmente, no nos podemos hacer los inocentes. Sabemos que este es el momento ideal para hacer los reclamos. Clarín está debilitado y eso lo aprovechamos. Hace poco, gente de Recursos Humanos nos vino a pedir que aplacemos las elecciones para abril.

Pero es un chiste. Es como que tengas al león herido, sin una pierna, y lo dejes recuperarse para que te coma- concluye el último.

En los próximos meses, de eso se tratará la cuestión: de que el león no los coma.

 


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