Ayer, en La Rural, terminó Expo Armas 2013: una feria donde fanáticos de la caza y la autodefensa pueden conseguir desde rifles para dormir elefantes hasta pines de las SS. En varias ediciones del evento, el cronista Miguel Prenz se sumergió en ese mundo de paranoia, miedo, testosterona y hombres que, con furia, se oponen a la ley del desarme.



Una veintena de hombres, adolescentes, cuarentones y cincuentones, mira el televisor. El arroyo, todavía marrón, barroso, está agitado. El oso se revuelca en el agua, tira zarpazos y dentelladas, mientras, de fondo, se oyen disparos y ladridos. Algunos sonríen, otros tienen la boca levemente abierta, mezcla de sorpresa y placer. Cuatro perros grandes, marrones y negros, aparecen en cuadro y se abalanzan sobre el oso: uno clava los dientes en una pata trasera, otros dos se prenden de las delanteras y el último, del cuello. Aplauden, festejan como si acabaran de ver una jugada nacida en la defensa, potenciada en el mediocampo y definida por el delantero estrella en un ángulo del arco contrario. El arroyo ahora es rojo.


El televisor es el señuelo con el que la armería American Hunter atrae clientes en la Feria Internacional de Caza, Pesca, Tiro Deportivo, Cuchillería, Coleccionismo y Outdoors. En el stand se venden el DVD del oso, y otros de tapas ilustradas con fotos de cazadores y animales, todos en actitud amenazante –mucho músculo, mucha garra, mucho colmillo, mucha ropa camuflada–, y títulos como Death Rush (fiebre de muerte), Death on the Run (muerte en la carrera), Death at My Feet (muerte a mis pies), Death by The Ton (muerte por toneladas).


Un hombre de unos cuarenta años, el pelo corto engominado, la cara afeitada esta mañana, el pantalón de vestir marrón y la remera amarillo patito que parecen recién planchados, les explica a sus dos hijas cómo funciona el rifle para dormir elefantes que hay en la vitrina de un puesto que ofrece safaris por África.


—¿Se puede comprar eso, papi? —pregunta la más grande, de unos diez años, señalando el rifle.


—Todo se puede comprar, Flor.

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Flor, su hermana y las promotoras de calzas y musculosas escotadas son las únicas hembras que hay en el predio. Los demás son machos, casi todos vestidos de civil y unos pocos de fajina, como ese sesentón corpulento, pelado, con bigotes, anteojos oscuros y campera aviadora verde oliva, que habla con el encargado de una armería sobre los beneficios de tener una 9 milímetros en casa.


–Este Gobierno lo que quiere es una guerra civil –dice el sesentón.


–¿Te parece? –dice el encargado de la armería.


–Quieren una guerra civil. Dejalos que la hagan. Si se arma, yo me voy a llevar puestos unos cuantos zurdos.


En los stands de coleccionismo, hay sobreoferta de objetos de la Segunda Guerra Mundial . Las memorias de Emilie Schindler, posters con propaganda del nazismo, el diario de Ana Frank, pistolas Luger del ejército nazi, el libro La lista de Schindler, de Thomas Keneally, parches y pines de las SS, municiones de ametralladoras, uniformes y cascos del ejército soviético: todo se puede comprar, como dijo el papá de Flor, que ahora consulta precios en un puesto de embutidos de ciervo y jabalí.


–Antes había más armas en la feria. Ahora hay tres o cuatro armerías y el resto son negocios que venden artículos de pesca, kayaks, botes inflables, ropa, comida… cualquier cosa. Antes esto era una feria de armas: todo este lugar estaba lleno de armas. Imaginate todo este lugar lleno de armas.


Hay nostalgia en la voz del cincuentón regordete, de pelo corto y barba recortada que atiende el stand de la Asociación de Legítimos Usuarios y Tenedores de Armas de la República Argentina (Alutara), el equivalente local de la Asociación Nacional del Rifle de los Estados Unidos. El nostálgico se llama Américo García, abogado y presidente de la institución. Luego de presentarse, entrega tres volantes. Uno convoca a quienes simpaticen con la causa pro-armas a “desenfundar sus derechos todos los días” para que “no pretendan quitarnos el derecho constitucional a tener armas” y a reclamar “la libertad de ejercer la Legítima Defensa propia y la Defensa de nuestra Patria”. Otro, sobre la foto en blanco y negro de una mano con una pistola, reclama “la legítima tenencia y portación de armas de fuego” y la “legítima defensa de la vida, la familia, la libertad y la propiedad, derechos humanos básicos”. El tercero pretende ser irónico. Debajo del título “Casa segura” hay un dibujo de un revólver tachado y el siguiente aviso: “Señores ASALTANTES, ASESINOS Y VIOLADORES: En esta casa NO HAY ARMAS. La LEY DE DESARME garantiza SU seguridad laboral”. 

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Las oficinas de Alutara son, en realidad, las del estudio jurídico de Américo García, en la zona de Tribunales. La sala de espera es beige, apagada. Sobre una mesa ratona hay revistas de actualidad, moda y armas, una de las cuales anuncia en tapa una entrevista con Lucho Avilés, presentado como “legítimo usuario y cazador”. Américo García sale de su oficina. Viste zapatos negros y traje gris oscuro. El único brillo que lleva encima es un pin dorado y negro que representa el tambor de un revólver clavado en la solapa izquierda del saco. Invita a pasar a una sala de reuniones igual a tantas: mesa alargada rodeada de sillas, repisas con libros, biblioratos.

 

Cuenta que Alutara fue fundada en diciembre de 2004 por un grupo de cazadores y tiradores deportivos que cerraron filas para enfrentar la campaña internacional de desarme civil que por entonces se afirmaba en la Argentina. El principal objetivo de la Red Argentina para el Desarme, integrada por docentes universitarios, institutos de investigación en ciencias sociales y jurídicas, y distintas organizaciones no gubernamentales, era –es– lograr la aprobación de una nueva Ley Nacional de Armas y Explosivos que reemplace la 20.429, vigente desde 1973, y que esté orientada a bajar la demanda a cero, controlar al máximo el mercado legal y perseguir al ilegal, para prevenir así la violencia armada. El fin último: una sociedad sin armas.

 

–El movimiento del desarme se inicia en Australia –dice Américo García–. Ahora, en Australia, los tiradores tienen que dejar sus armas en los polígonos. Se destruyeron muchas armas, la población quedó desarmada y, automáticamente, el delito aumentó alrededor de un trescientos por ciento.

 

–¿Dónde se publicó esa estadística? ¿Quién la hizo?

 

–Ahora no tengo el dato en la cabeza. El desarme es como querer combatir la droga cerrando las farmacias. ¡Yo tengo derecho a tener armas! La Constitución me lo permite. Los desarmistas quieren sacarme mi derecho o limitarlo. Acá el problema no es el arma, sino el delincuente. Saquemos al delincuente y usted baja el nivel de inseguridad. Tengo entendido que en en el último tiempo en la Argentina ha habido un incremento aproximado del cuarenta por ciento de la delincuencia y, sobre todo, del acceso a los hogares.

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Américo García tampoco puede especificar el origen de esa estadística, que es desmentida por las últimas Estadísticas en Materia de Criminalidad del Ministerio de Justicia de la Nación, publicadas en 2009, según las cuales la tasa de homicidios bajó casi un cuarenta por ciento desde 2002. “La República Argentina ha pasado por situaciones gravísimas de violencia institucional y social, pero en la actualidad no registra cifras alarmantes de criminalidad en relación con las de la región”, dice Eugenio Zaffaroni, juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en el informe sobre homicidios en la Ciudad de Buenos Aires elaborado en 2012 por el Instituto de Investigaciones y de Referencia Extranjera de ese tribunal.

 

–Los delincuentes matan porque matan –dice–: al policía porque es policía, y a usted porque no tiene plata o porque tiene plata o porque quieren hacerle una marquita más a las cachas de su revólver. Eso está generando que la gente se sienta insegura porque, aparte, la policía no tiene suficientes elementos, ni está capacitada ni está entrenada. Usté no sale, usté no vive, usté está enrejado, usté gasta demasiado dinero en cosas para su seguridad, en alarmas, en rejas, en perros, en armas.

 

Propone seguir la entrevista en su despacho para liberar la sala de reuniones. En la biblioteca y las repisas hay balas de distintos calibres, el banderín de una logia masónica, libros de Derecho, trofeos y medallas de competencias de tiro. Sobre el escritorio, cerca de la computadora, un blanco de tiro. Dice que es instructor y ha participado de varios torneos. Luego de hablar largo rato sobre la inseguridad, aclara que también es objetivo de Alutara fomentar el uso deportivo de las armas.

 

–El legítimo usuario está en contra de la violencia. No compra armas para matar gente, compra armas para la práctica del tiro y porque le gustan las armas. Cualquiera puede estar tranquilo con un legítimo usuario. ¿Usté está incómodo conmigo? No. ¿Me tiene desconfianza? No. ¿Me tiene temor? No. Y yo no tengo un arma en mi casa, tengo quince. Ahora, vaya a algún asentamiento. Metasé en la Villa 31, en la Carlos Gardel, en Fuerte Apache, a las diez de la noche, bien vestidito, metasé a ver qué pasa.

 

En Alutara, se enorgullece, hay asociados psiquiatras, psicólogos, odontólogos, jueces, políticos, abogados, amas de casa “y hasta un pastor evangelista”. No hay figuras del mundo del espectáculo, como Lucho Avilés. Pero dice que sí hay afiliada “una celebridad” que, de momento, no puede participar de las actividades de la asociación porque está con prisión domiciliaria.

 

–José Alfredo Martínez de Hoz. A él le gustan mucho la caza y las armas. Yo lo afilié –sonríe.

 

Meses después de este encuentro, uno de los principales autores intelectuales de la última dictadura murió en su departamento mientras cumplía prisión domiciliaria por una causa en la que se investigaba el secuestro de dos empresarios en 1976. Una baja en el padrón de Alutara.

 

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En el marco del Plan Nacional de Entrega Voluntaria de Armas de Fuego, llevado adelante desde 2007 por el Registro Nacional de Armas (Renar), el Estado argentino ha sacado de circulación unas 110 mil armas y cerca de 800 mil municiones. Todavía hay en la calle alrededor de un millón y medio de armas registradas legalmente por civiles y, se estima, casi dos millones de ilegales. Esas armas legales e ilegales, según datos del Renar, la Red Argentina para el Desarme, y los ministerios de Justicia y Salud de la Nación, matan en el país unas nueve personas por día.

 

El 25 por ciento de los casi 850 mil legítimos usuarios de armas que hay en la Argentina tiene revólveres, pistolas, escopetas y rifles en sus casas por motivos deportivos o coleccionismo. Según la misma encuesta realizada por la Dirección Nacional de Política Criminal del Ministerio de Justicia de la Nación, el 50 por ciento se arma por “prevención o protección”.

 

Hay sensación de inseguridad, o sea, miedo.

 

Desde los teóricos fundacionales del anarquismo, como Kropotkin, Proudhon y Bakunin, hasta los intelectuales que critican al sistema desde adentro, como Chomsky, coinciden, de modo implícito o explícito, en que el miedo es uno de los principales motores del capitalismo. Por miedo a no sentirse parte de una clase o a no poder mantenerse en ella, se consumen bienes que generan ilusión de pertenencia. Por miedo a no ascender a la clase superior, se usan como escalones las cabezas de quienes están alrededor. Por miedo a fracasar, se odia a quienes representan el fracaso o una barrera para alcanzar el éxito. Por miedo a…

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El miedo, según Yoda, personaje de las películas de Star Wars, Gran Maestro del Consejo Jedi, es el camino al Lado Oscuro.

***

Gerardo Cabrera era un legítimo usuario solitario de esos que van a cazar al campo sin disfrazarse de Rambo o Cocodrilo Dundee. Le interesaba –dice mientras espera que el mozo le traiga el plato de ñoquis que acaba de pedir– el deporte y nada más. Hasta que en 2002, en un polígono de tiro donde practicaba, un compañero de armas le dijo:

 

–Los desarmistas van por todo. Quieren desarmar a la sociedad, dejarla indefensa ante los delincuentes.

 

Preocupado por lo que había escuchado, se convirtió en un militante pro-armas y creó el sitio Soy Un Legítimo Usuario de Armas, que desde hace un tiempo no está en la Web. En Sulua.com.ar había defensas a ultranza del ciudadano armado, y críticas durísimas contra quienes integran la Red Argentina para el Desarme. Algunos desarmistas eran acusados de ser partícipes de conspiraciones elucubradas por las grandes potencias mundiales para desarmar Latinoamérica con el objetivo de facilitar el robo de recursos naturales. “Están usando el Programa Nacional de Entrega Voluntaria de Armas de Fuego como plataforma de entrega voluntaria de la población argentina a intereses extranjeros”, decía una nota de Sulua.com.ar titulada “¡DESPABILATE!”.

 

–Cuando nosotros decimos que a los senadores los influencian desde afuera para aprobar una nueva Ley de Armas que limite y recorte nuestro derecho a tener armas, los desarmistas dicen que no hay complot –dice Cabrera, mientras almuerza en un bar de la zona más elegante de Villa Devoto, su zona–. Pero cuando ellos hablan de complot, sí existe.

 

De su maletín de cuero negro, el cuarentón calvo de espaldas anchas saca tres libros de la colección Claves Para Todos de Capital Intelectual, dirigida por José Nun, ex secretario de Cultura de la Nación: El ciudadano sheriff, de Darío Kosovsky; Las guerras del agua, de Elsa Bruzzone, y Los pibes chorros, estigma y marginación, de Daniel Míguez. Los apoya sobre la mesa, al lado de su plato de ñoquis a la paroissien.

 

–Esta colección la dirige Nun, que estuvo en el Mayo Francés, ¿sí? Estas son expresiones comunistas. Los desarmistas son garantistas acérrimos. El delito justifica a esta gente. Justifican a los pibes chorros porque es políticamente correcto y porque les sirve por cuestiones ideológicas. Ellos mismos hablan de complots extranjeros en algunos de estos libros.

 

Cabrera dice conocer bien a los desarmistas. Entre 2005 y comienzos de 2009, primero como vicepresidente y luego como secretario general de Alutara, mantuvo varios debates con ellos, tanto en programas de televisión como en reuniones en el Congreso, donde discutían proyectos de una nueva Ley de Armas.

 

–Hay algunos desarmistas que están a favor del aborto y en contra de las armas. O sea que están a favor de un tipo de muerte, pero no de otra. Ellos también dicen que si vos sos clase media alta casi seguro sos delincuente, y que si sos indigente sos un santo. ¡Pará, flaco! Hay gente buena y mala con y sin plata.

 

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Del respaldo de la silla contigua a la de Cabrera cuelga un bastón de madera que tiene por puño un cuerno del ciervo que él mismo cazó con su rifle en un coto de La Pampa. Lo usa para disimular la renguera que le quedó como secuela de uno de los dos intentos de robo que sufrió en 2009; sin el bastón, su corpachón de metro noventa y más de cien kilos se tambalearía mucho más. Una mañana de agosto de ese año, luego de depositar tres cheques en un banco del microcentro porteño, salió a la calle con doscientos pesos en la billetera. Se le acercaron dos hombres, uno tenía una cadena en la mano. Como no le creyeron que sólo tenía doscientos pesos, le pegaron un cadenazo en la rodilla derecha. Cuatro meses después, en diciembre, intentaron robarle por segunda vez. No lo golpearon, pero el asaltante le apoyó una 9 milímetros en el pecho y le ordenó que le diera las llaves del auto en el que estaba con su esposa y su cuñada.

 

–Abrí las puertas para sacarlas y el tipo le apuntó a mi señora. Yo me puse entre él y mi señora –inhala profundamente y saca pecho–. Mi señora temblaba, pobrecita. Si un tipo nos está apuntando con un arma, ¿por qué él tiene derecho a matarnos y nosotros no tenemos derecho a tocarles un pelo? ¿Por qué si sos menor, delincuente, empleado público, evasor tenés más derechos que yo? Hasta los homosexuales tienen más derechos que yo: ahora se casan, van y adoptan un hijo enseguida.

 

Dice que no es “de andar armado” por la calle, pero que, después de esas experiencias, está pensando seriamente en pedir una licencia de portación, que autoriza a una persona a llevar armas.

 

–Tengo en mi casa dos pistolas 45. Antes de que le pase algo a mi familia, prefiero matar a un posible asesino de mi mujer y mis hijos, y pudrirme en la cárcel. Si me sacan las armas, me voy a hacer de una lanza, una espada. Le cortaré la cabeza a un delincuente o moriré en el intento.

 

Una sola vez, dice, usó una pistola 45 para defenderse. Se la apoyó en la frente a uno de los dos hombres que se habían metido en su casa. Los intrusos salieron corriendo.

 

–Ese fue un uso consciente, responsable de un arma. Evité un mal mayor. ¿Se disparó contra una persona? No. ¿Estaba en condiciones de hacerlo? Sí. Pero si le hubiese pegado un tiro, hubiese ido preso porque ellos tenían armas blancas.

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Cabrera termina los ñoquis a la paroissien y llama al mozo para pedirle un flan. Aprovecha la pausa para decir que quiere dejar bien en claro que ni él ni el sitio Sulua.com.ar estaban al servicio de ningún partido político ni nada por el estilo. Ahora, que está alejado de Alutara y Sulua ya no existe, lleva adelante su cruzada contra los desarmistas desde otras silgas, las de la ONG Iapdec (Iniciativa Argentina por la Preservación de los Derechos Ciudadanos). Los objetivos de Iapdec están condensados en su emblema: el Escudo Nacional escoltado por dos dragones armados con escopetas y prensado por dos frases en latín: arriba, “Civis Sum” (soy ciudadano) y abajo, “Ab insomne non custita dracone” (para ejercer de custodio, el dragón debe padecer insomnio).

***

A veces, desarmistas y pro-armas se reúnen, hablan, discuten.

 

En la oficina había dos personas. De un lado del escritorio, una integrante de la Red Argentina para el Desarme. Del otro, un miembro de Alutara. Ella pide que no la nombren y que no lo nombren a él tampoco. Jura que lo que cuenta pasó: palabra por palabra, pero no está grabado, no tiene pruebas: de ahí el anonimato.

 

–¿Sabés lo que te puede hacer esto a vos, que sos flaquita y tenés huesos chicos? –le preguntó él, con una bala de punta hueca en la mano.

 

–No –respondió ella.

 

–Te atraviesa de lado a lado.

 

Ella reprimió el impulso de salir de la oficina y le sostuvo la mirada.

 

–Ustedes hacen todo mal –siguió él–. Vienen con lo del desarme y no entienden nada. Ustedes no tienen que desarmar a la sociedad sino redistribuir las armas.

 

–¿Cómo redistribuir las armas? ¿Para qué?

 

–Para armar milicias armadas que protejan a los ciudadanos, como hay en muchos lugares del mundo. Las armas no son peligrosas. Lo peligroso es un arma en manos de alguien que no sabe usarla.

 

Sacó una 9 milímetros de un cajón, la apoyó sobre el escritorio y dijo:

 

–¿Tenés miedo? Tranquila, que yo la sé usar.

 

A tres años de ese momento, ella todavía no sabe si el episodio fue una amenaza o la confirmación del desequilibrio mental del hombre que tenía enfrente.

***

Sobre la puerta de ingreso al Tiro Federal Argentino de Buenos Aires está grabado el lema “Aquí se aprende a defender la patria”. En el hall de entrada, puro mármol y granito, hay retratos de Bartolomé Mitre y generales del ejército, vitrinas con trofeos, una imagen de la Virgen de Luján y una placa de bronce empotrada en la pared en 1991, en conmemoración del primer centenario de la institución, en la que Carlos Saúl Menem aparece con el título de presidente honorario.

 

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

 

Unas cien personas participan este sábado 4 de septiembre del torneo con que se festeja el Día del Tirador. Están distribuidas entre los cinco sectores en que se dividen los polígonos del Tiro Federal.

 

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

 

Los ojos se cierran y los hombros se encogen con cada disparo de 9 milímetros: el acto reflejo ante cada estallido seco, punzante. Las partículas de pólvora que hay en el aire del sector de armas cortas hacen llorar los ojos y picar la garganta.

¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink!

 

A cada disparo que impacta en los blancos con siluetas humanas le sigue el ruido metálico de la vaina que, luego de volar hacia la derecha de la pistola, cae al piso de cemento.

 

¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink!

 

Las vainas doradas brillan en el piso gris.

 

¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink!

 

–Siempre llego a casa un poco aturdido por el ruido, porque es permanente –dice, casi a los gritos, Luis, el supervisor del sector de armas cortas–. Yo estoy ocho horas. Y, encima, acá practican la Policía Metropolitana, Prefectura, Gendarmería… todos.

 

¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink!

 

Luis cuenta que, además de uniformados y tiradores deportivos, vienen a practicar hombres que se compran pistolas y revólveres “por el tema de la inseguridad”. Casi no vienen mujeres.

 

¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink! ¡Bang! ¡Clink!

 

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No se escuchan disparos en el sector principal del Tiro Federal, en cuya galería está dispuesta la fila de mesas para el almuerzo. Américo García, presidente de Alutara, charla con los compañeros con que participó del torneo del Día del Tirador. Dice que a su equipo en algunas disciplinas le fue bien y en otras, más o menos. La conversación dura lo que tardan en aparecer los choripanes, los sándwiches de colita de cuadril, los vasos de vino y gaseosa.

 

Los empleados de la armería del Tiro Federal, ubicada en el pasillo que conecta el sector principal y el hall de entrada, no paran para almorzar. Un socio mira maravillado una pistola negra cuyo caño mide casi veinte centímetros, en el mostrador vidriado cercano a la caja registradora.

 

–Es una Eagle Desert fabricada por el ejército israelí –le dice un vendedor–. Es calibre 50. ¡Un cañón! Está linda para sacar una licencia de portación y llevarla en el tobillo, porque se desenfunda rápido.

 

El socio y el vendedor se ríen.

***

Javier es uno de esos abogados orgullosos del título a los que les gusta definirse como hombre de ley, aunque defienda el uso de la fuerza: ve en las armas la solución al “problema de la inseguridad”. Incluso tiene licencia de portación, pero hoy dice estar desarmado.
–Me intentaron robar dos veces y pude escapar mostrándole la 9 milímetros a los ladrones –dice sentado en el bar La Giralda, a tres cuadras del Obelisco–. No me hizo falta disparar. Ahí comprendí que la resistencia armada amedrenta al delincuente. Vos me podés decir ¿y si los chorros te matan cuando sacás el arma? Y, bueno, yo prefiero morir con dignidad. Y la forma de morir con dignidad es enfrentándose… Si total alguna vez te vas a morir.

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Javier dice que no pensó siempre así. El quiebre se produjo a mediados de la década del 90, cuando aceptó patrocinar a un hombre que acusaba a algunos policías de la Bonaerense de haber matado a su hijo. En cuanto tomó el caso, empezó a recibir amenazas telefónicas y personales. Como no confiaba en la custodia policial que pudiera gestionarle un juez, creyó que la única manera de proteger a su familia era a los tiros. En una armería compró dos revólveres, un 32 y un 38, y una pistola 9 milímetros. Javier llevó encima la 9 milímetros hasta 2004, cuando se le venció la licencia de portación. Desde ese momento, dice, el arma está en su casa.

 

En el polígono donde tomaba clases descubrió que los tiradores no eran solo policías y militares, sino que también había profesionales de clase media, como él. Ahí se enteró de los proyectos de desarme civil y dudó en asociarse a Alutara, pero no lo hizo porque, según él, “es un club de amigos y no una organización que presente batalla a los desarmistas”.

 

–La gente que brega por el desarme tiene una mentalidad talibán porque quiere que todos sientan terror por las armas –dice Javier–. Ellos exigen el desarme indiscriminado de todos los ciudadanos, menos de los delincuentes. Y así se le da la ventaja al delincuente, porque es más fácil robar y matar a un hombre desarmado que robar y matar a un hombre armado. ¿Cómo voy a salir sin el arma a la calle?

 

Echa una mirada rápida a quienes ocupan las mesas de alrededor. La Giralda, un jueves a las tres de la tarde, está lleno.
–La 9 la tengo acá al costado –dice.

 

Se toca el lado derecho de la cintura. Un bulto se marca en el saco negro. 

 


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