Entre las cientos de miles de mujeres que llenaron las calles las protagonistas fueron las jóvenes. Durante febrero participaron de las asambleas para preparar el Paro Internacional del 8M. Allí mostraron que para ellas el feminismo es un modo de vida, un vínculo amoroso con otras mujeres, con ellas mismas y con sus cuerpos. En 8M ocuparon las calles y gritaron que el futuro será feminista o no será.



Fotos 1, 4, 6, 7, 8, 10 y 11: Rocío Escobar

Fotos 2, 3, 5, 9 y portada Melisa Scarcella

 

Sofía recién cumplió 17. Le cuesta llegar hasta el micrófono. Pide permiso, esquiva a las que están sentadas y de pie. Un mechón rubio se le enreda en la cara al leer. Está nerviosa. En la muñeca izquierda lleva atado el pañuelo verde del aborto legal. En la otra sostiene el documento que escribió con sus compañeras del Federico García Lorca, la secundaria del barrio porteño de La Paternal. “Quería contarles lo que pensamos las estudiantes. Estamos acá porque las escuelas no están exentas de machismo”, dice. Reclaman por la eliminación de los códigos de vestimenta, por la aplicación de la ley de Educación Sexual Integral y por la falta de aplicación de un protocolo de actuación en casos de violencia de género. Ya es casi de noche en el galpón de la Mutual Sentimiento en Chacarita, escenario de la tercera asamblea para organizar el Paro Internacional de Mujeres, lesbianas, trans y travestis del 8 de marzo. Son cientos las que la escuchan: Sofía recibe aplausos y aullidos.

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Mujeres, lesbianas, trans y travestis. En las asambleas las hay de todas las edades, pero el gran público son las pibas. Las de tercer y cuarto año, las que todavía no decidieron qué carrera seguir, las que sueñan con Bariloche, las egresadas que ya consiguieron trabajo, las que viven solas o con amigas. La mayoría llegan por curiosas, quieren ver el feminismo de cerca, escuchar lo que las demás tienen para decir. Otras se encuentran con las compañeras de militancia. Todas tienen algo en común: saben que la única forma de combatir la violencia machista es organizándose.

 

Las jóvenes están atentas, escuchan las luchas que recorren las asambleas: las de las trans, travas y masculinidades no hegemónicas, las pibas de la villa 21-24, las sindicalistas, las afrodescendientes, las indígenas wichis y las de Kurdistán, las despedidas del Hospital Posadas, Río Turbio, Pepsico y del Estado, las que luchan con el VIH, las madres de víctimas de abuso sexual en la infancia, las que pelean contra la trata de personas con fines de explotación sexual, las de Mamá Cultiva, las de la Asamblea Lésbica Permanente, las que integran la agrupación Hijos de Genocidas, las putas feministas, las militantes de partidos políticos y diversas organizaciones sociales, las que exigen la implementación de la Ley de Educación Sexual Integral, las Ni Una Menos, las diputadas, las periodistas, las que pelean contra la gordofobia y la discriminación a las sordas. Hay espacio para todas. El lugar sobra.

 

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Además de las pibas del García Lorca, muchas estudiantes de otras escuelas se suman al paro. Para organizarse participan en las asambleas en el galpón, forman parte de las largas listas de oradoras y discuten las modalidades en sus propios espacios. Milagros está enojada. Vino a Chacarita con dos amigas. Las tres tienen 16 y van a la Escuela de Bellas Artes “Manuel Belgrano”. “A una la abusó uno de sus compañeros y los directivos no tomaron ninguna medida para protegerla”, dice. Desde entonces Pucho, como la apodaron los amigos, organiza con las chicas del curso estrategias para el 8M.

 

Cuando se juntaron a debatir por primera vez no hablaron en el color de las remeras o si se pondrían brillos y frases en la cara y  el cuerpo: armaron un protocolo de seguridad para cuidarse entre ellas en caso de que haya represión, como el día en que los diputados discutieron y aprobaron la Reforma Previsional. Milagros lo sabe porque el año pasado no dejó de ir a ninguna marcha aunque se le hayan amontonado las faltas en el colegio.

 

En la segunda asamblea, en la que el predio al costado de las vías desbordó de tanta gente, dos adolescentes de la Escuela Normal Superior Antonio Mentruyt (ENAM), del partido bonaerense de Banfield, hablaron de su amiga Anahí Benítez. A la adolescente de 16 años la violaron y asesinaron hace seis meses en Lomas de Zamora. En la asamblea leyeron un documento sobre la actualidad del caso y pidieron apoyo. En ese espacio los oradores no son adultos de la comunidad educativa o del círculo íntimo de Anahí. Ellas tomaron la posta y se convirtieron en la cara visible de esa lucha. Y no es casual.

 

 

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Morena, Violeta y Mora de 13 se conocen de la misma escuela a la que va Sofía; empezaron juntas primer año. En la cuarta asamblea están sentadas en la gran ronda de la comisión de documento, que se lleva la atención de la mitad de las presentes. Piensan a futuro. Están ahí porque quieren conocer a fondo la lucha feminista. En sus cuadernos anotan prolijo algunas frases, toman apuntes de casi todo lo que se habla. Todavía es temprano para irse. Sus padres o madres las pasarán a buscar por el galpón más tarde. “Nos enteramos de esta movida para organizar el 8M por el Centro de Estudiantes. Queremos estar, este año va a ser la primera vez que machermos por el Día de la Mujer”, dice Violeta y las demás coinciden.

 

La juventud está en emergencia en el doble sentido de la palabra: no sólo urge lo que reivindican y reclaman a los gritos, sino que son la cara futura que representa ese movimiento tan complejo y cambiante. Son las semillas que empiezan a brotar en la primavera feminista.

 

Un modo de vida

 

Abril de 18 está sola en la asamblea del viernes 16 de febrero. Tiene los labios pintados de rojo y el pelo revuelto. Después de escuchar a decenas de oradoras busca estirar las piernas, se arma un cigarro, lo prende y mira el reloj: son casi las ocho, se le hace tarde, tiene que ir a la fiesta de una amiga. Se saca la remera gastada y gris que dice “Ni Una Menos” con letras violetas, esa que lleva a todas las movilizaciones, y luce su corpiño negro de encaje mientras revuelve en su mochila en busca de una acorde para la noche. “La que cumple años está medio bajón porque cortó con el novio”, dice. En enero se fueron juntas a San Marcos Sierras, un pueblito de Córdoba que las “atrapó”. Recuerda cómo le costó convencer a su papá de irse a mochila, aún siendo mayor de edad. Él quería que fueran a Villa Gesell, donde podía buscarla si pasara “cualquier cosa”. Ella no quería estar en un lugar donde “los pibes se aprovechan y manosean de a varios en los boliches”.

 

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Cuando Abril estaba en la primaria esperaba que llegara el recreo para hablar de fútbol con sus compañeros. Con el paso de los años se dio cuenta de que el ser mujer limitaba esos deseos. La hacían ver diferente de las demás. En el voluntariado de la secundaria se hizo amiga de un grupo de chicas que no paraban de hablar de feminismo. Ellas le enseñaron qué quería decir la palabra “patriarcado” y la acompañaron en su primera marcha, la del 3 de junio de 2016. Saltó, agitó los brazos y cantó a los gritos. Volvió revolucionada. La impresión que se llevó ese día la acompaña hasta hoy: “Nadie puede ocultar lo que sale por abajo de las baldosas”.

 

A casi todas las jóvenes les pasó igual. Fueron las amigas las que les hicieron notar que ciertas actitudes de las parejas eran violentas, que las alentaron para defenderse, para contestarle a los tipos que acosan en la calle. Fueron esas amigas las que les prestaron un libro sobre el tema o las llevaron de prepo a una marcha. Muchas veces ni las abuelas ni las madres fueron feministas. Pero las ellas sí. Porque quieren dejar de arrastrar las estructuras que las mantienen alejadas unas de otras.


Kiara, Monserrat y Camila tienen 21 años y militan en Nuevo Encuentro. Están en la cuarta asamblea y mientras deciden a qué comisión irán, una fotógrafa las interrumpe para pedirles una pose con el puño en alto. A pocos metros, un grupo de mujeres despliega una enorme bandera verde que pide absolución para Higui, la mujer que estuvo presa por defenderse de una violación correctiva. Monserrat dice que ella también es torta. Le costó decírselo a los demás, pero el feminismo la ayudó. “Después del primer Ni Una Menos cualquier mujer con conciencia se tuvo que hacer feminista”, dice. Kiara sonríe y aprueba: “Al movimiento llegué por curiosidad, ese contexto me hizo indagar. Además el 3 de junio es mi cumpleaños”. Ir a la marcha es un festejo.

 

 

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En las asambleas las mujeres comparten agua y mate, van con sus hijos e hijas, estiran una manta y venden ropa o libros, llegan justo o bien temprano y en el mientras tanto hablan con otras, las desconocidas, las que tienen de vista sólo por redes sociales, cuentan anécdotas y se ríen. Esos espacios en los que se organiza el 8M lo demuestran: las más chicas aprenden rápido que es un mito eso de que las mujeres nos odiamos porque sí. Hermanarse es  espontáneo.

 

Cada viernes integrantes de la organización transfeminista “Pedalea como una Piba” hablan en sus grupos de whatsapp, divididos según el barrio, para ir en bicicleta. “Estuve en todas las asambleas, siempre tratamos de venir de a varias. En la segunda, una piba del grupo integró la lista de oradoras y cuando expuso, lloré. Pasamos de entregar stickers en la calle, a hablar delante de organizaciones re importantes para plantear nuestro reclamo de ocupar las calles, las mujeres y las identidades disidentes, y empoderarnos con la bicicleta”, dice Ismael, varón trans que creó la movida. La bici es una herramienta que lleva al encuentro con lxs demás y que les permite ser su propio motor.

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Van en manada. Para las grandes movilizaciones arman su propia columna y, de vez en cuando, organizan pedaleadas en tetas. Se mandan mensajitos y audios para enseñarse las calles, para darse consejos sobre cómo arreglar la bici si se pincha una rueda o para estar alertas en caso de que alguien necesite ayuda.

 

 

La premisa es tejer redes, donde sea y cómo sea; llevar al feminismo no sólo como bandera, sino como modo de vida. En Facebook se crearon decenas de grupos en los que no se permiten varones heterosexuales: para comprar y vender, trocar, conseguir y ofrecer trabajo, pedir referencias o contar historias personales, hablar sobre aborto, parto humanizado y maternidades, compartir casa y armar grupos de lectura, entre otros tantos intercambios.

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En “De la copita y demás”, que surgió para debatir los beneficios de la copa menstrual contra el uso de los tampones, Romina posteó que se había quedado en la calle. No tenía donde comer, ni dormir al día siguiente y estaba cansada de ir para todos lados con su mochila. En pocas horas recibió casi 100 respuestas. Le pidieron su currículum para difundirlo, compartieron búsquedas laborales, le ofrecieron espacio en sus casas, la invitaron a cenar o almorzar, cargaron su SUBE entre varias y quienes estaban lejos enviaron palabras de aliento. El último comentario fue de ella: “Ahora no me siento tan sola. Pienso que todo va a mejorar”.

 

Hacer política

 

Las asambleas en Buenos Aires -y en todo el país- estuvieron coordinadas por mujeres, lesbianas, trans y travestis. Los encuentros se sucedieron en varias provincias y en 50 ciudades del mundo en simultáneo. Todos con el mismo fin: la búsqueda de medidas para acabar con las desigualdades y responder a la violencia de género en sus distintas expresiones.

 

Casi dos mil mujeres de capital y provincia fueron partícipes de la primera reunión en Chacarita del 2 de febrero y al menos 98 oradoras tuvieron que esperar a la segunda para poder hablar durante tres minutos. Cada una llevó las ideas que habían discutido dentro de sus propios espacios. A partir de la tercera juntada, la comisión organizadora anunció el trabajo en cuatro comisiones: logística, seguridad, comunicación y confección del documento que leerán en la marcha.

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Agustina reparte volantes a las que llegan. Es la cuarta asamblea, pero no es su primera vez en el galpón. Tiene 19 años y milita en Isadora, una agrupación de mujeres de la Izquierda Socialista. Invita a las asistentes a una jornada de lucha por Gisela Herrera, una mujer víctima de violencia de género y mamá de cuatro niñxs que fue despedida por Trenes Argentinos. La empresa no le reconoció la licencia por violencia de género. “Las asambleas son un espacio para que las mujeres trabajadoras resignifiquen sus derechos. Tenemos que organizarnos y luchar en los espacios de estudio, en nuestros barrios y casas. Hacer la revolución desde el lugar en el que estemos”, dice.   

 

Cada viernes la escena se repite. Mientras una habla, el resto escucha. Esa dinámica dura horas. Una intérprete traduce las palabras al lenguaje de señas. Hacer política feminista significa eso: no olvidar el objetivo a pesar de las discusiones internas. Las asambleas son un espacio de contención, un pequeño recorte de esa unidad poderosa que se ve en las calles cuando las tomamos y las hacemos nuestras.

 

En los primeros encuentros Nina Brugo, feminista reconocida por su lucha de años, sonríe desde la primera fila a las chicas que integran con ella la Campaña por el Derecho al Aborto Seguro Legal y Gratuito. Levantaba los brazos para aplaudirlas. Las generaciones se cruzan en las asambleas. Las jóvenes se preparan para liderar el movimiento en un futuro que no está tan lejos.

 

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Pequeñas revoluciones

 

Para su fiesta de egresadas, las alumnas de quinto año del colegio Lengüitas no se disfrazaron de monjas, ni de superchicas, sino de aborteras: con pollerita y corpiño verdes y el pañuelo de la Campaña de pulsera, en el cuello o tapándoles la mitad de la cara. Así posaron para la foto que se replicó más de 9 mil veces en las redes. Hubo comentarios de apoyo e insultos. Pero lo más sobresaliente fue el desconocimiento. “¿De qué se disfrazaron?”, preguntaban muchos pibes y pibas de su misma edad.

 

El pañuelo verde es insignia, espacio de pertenencia. No sólo está presente en las movilizaciones: va atado en las mochilas o bolsos cuando toman el colectivo para ir a la escuela o al trabajo. Las pibas también se inscriben en el cuerpo mensajes de rebeldía y desobediencia, huellas para mostrar que existen otras formas de belleza fuera de los estereotipos.

 

Sabrina y Micaela están juntas en la tercera asamblea en Chacarita y es la primera vez frente a la multitud. Se sientan en el pasto cerca de la reja que separa el predio de la estación Lacroze del ferrocarril Urquiza. Es un día de mucho calor y visten pantalones cortos. Hace rato que decidieron no depilarse más las piernas. “Años atrás yo también flashaba con que tenía que hacerlo. Ahora me siento orgullosa de que me vean así. De ir en el bondi con los brazos levantados y que la gente me mire con asombro. ¡Ay, una mujer con pelos! ¿Por qué es tan extraño? Si vos no te depilas también tendrías pelos. La educación y la cultura obliga a formar parte del sistema”, dice Micaela. Sabrina suelta su verdad: “Si sos feminista estás liberada. El poner un freno se ejercita”.

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Sabrina tiene 23 y vive en La Matanza. Se ríe de Micaela cuando dice que “está vieja” sólo por tener cuatro años más que ella. Al hablar usan palabras como “deconstrucción”, “naturalizar” y “privilegios”. Las mismas que usan Sofía, Milagros, Abril y las demás pibas. Dicen que no son fanáticas, que nadie les metió en la cabeza “un discurso”. Ya no tienen que fingir ser femeninas, ni tolerar comentarios machistas de sus parejas o en las reuniones familiares. Que el feminismo se cuele en cada espacio es elección propia. Imponerse, trazar límites y lograr que el otro escuche, también.

 

El 8M ya está en marcha y las encuentra en comunión. A las de los tatuajes, a las que no usan corpiño, a las rapadas, a las de las mil tinturas y a las que eligen depilación definitiva. Hay algo que está claro: la mirada de los demás ya no les pesa porque pertenecer al movimiento feminista les cambió la vida, les dio la posibilidad de repensar su propia sexualidad y de hacer una lectura distinta del mundo. Las pibas son el presente y saben que la revolución del futuro será feminista o no será.

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Informe periodístico: María Luján González

 


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