El ascenso a General de una mujer por primera vez en el país da muestra de una de las formas en que las políticas de las Fuerzas Armadas de Argentina acompañaron las demandas sociales de aggiornamento y mayor apertura. Desde 2006 se implementan políticas de género con acciones concretas que transformaron la institución. La especialista Laura Masson y la cronista Julia Dominzain buscaron historias de mujeres militares, testimonios de resistencias, peleas y complejidades para lograr la equiparación de géneros.



No se olvida nunca más. De ella con seis compañeras subiendo la imponente escalinata del Estado Mayor Conjunto, en plena Guerra de Malvinas. De las siete caminando juntas por los pasillos laberínticos del edificio Libertador, a metros de la Casa Rosada. De los nervios de saberse las primeras mujeres que se incorporaban al Ejército. De sentirse una “célula de aceite en el agua”, de percibir “ojos por todos lados” y miradas de extrañeza a cada paso. De ir al comedor del piso quince, “lleno de hombres, puro murmullo” y del silencio que se hizo ni bien entraron.

 

A mitad de abril de 1982, María Isabel Pansa salió en los diarios. Pero no fue ni la primera ni la última vez. Veinte años antes ya se había publicado en los ‘sociales’ el nacimiento de la hija de un contador público y una maestra. En 2007 Cristina Fernández de Kirchner la nombró edecana y ella quedó filmada para la posteridad: se la ve de traje blanco y pelo semirecogido, parada inmóvil cuarenta y cinco minutos detrás de la Presidenta mientras daba el discurso de asunción. En octubre del año pasado volvió a ser noticia por ser la primera mujer en la historia argentina que ascendió en vida al grado más alto de las fuerzas, General. Su única antecesora -nombrada post morten- había sido Juana Azurduy.

 

Cuando la Comisión de Acuerdos del Senado aprobó el pliego de su ascenso, la noticia llamó la atención dentro y fuera de las Fuerzas Armadas. Algunos lo destacan, a otros les hace ruido. ¿Cómo se inscribe el ascenso a General de la primera mujer en el marco de las políticas de género que se llevaron adelante en los últimos diez años? ¿Qué cambió durante ese tiempo en las Fuerzas Armadas? ¿Qué falta? ¿Qué actitud tomó el nuevo gobierno respecto de la agenda de género?

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Pansa está sentada en la cabecera de la mesa de conferencias del piso 12 del Ministerio de Defensa, en el mismo edificio al que entró treinta y cuatro años atrás. En aquel momento tenía 20 años, estaba recién recibida e ingresó como analista de sistemas al Cuerpo Profesional. Hoy, después de ocho años de acompañar a Cristina Fernández por aire y tierra, es General. Se sienta derecha, es firme y precisa para hablar, generosa para sonreír. Usa el pelo corto con algunos reflejos rubios, tiene las uñas prolijas y sin esmalte, lleva un pequeño anillo, un reloj sutil y el uniforme con más cocardas de las que alguna vez imaginó. Conseguir una entrevista con ella no es tarea fácil porque, aunque narra su vida en función de las veces que salió en el diario, en ningún caso lo buscó. Le huye a fotógrafos y periodistas, esquiva la notoriedad. Sin embargo, así lo cuenta, las diferentes circunstancias históricas la encontraron en el lugar y el momento adecuado y la desafiaron.

 

- Mi destino en el Ejército fue, más que el de recorrer, el de hacer caminos. Cuando ingresé éramos la primera promoción de mujeres y no había arquetipos. Ahora tampoco. Dentro de mí, es como que estoy inventando la figura de General mujer.

 

El ascenso de Pansa es testimonio de una de las formas en que las políticas de defensa y las Fuerzas Armadas de Argentina acompañaron las demandas sociales de aggiornamento y mayor apertura de la institución a la sociedad y siguieron los lineamientos de respeto de los derechos de las mujeres trazados por organismos internacionales. La otra forma han sido las políticas de género implementadas de forma sistemática desde el año 2006 que -además de garantizar la apertura de todas las armas que permanecían cerradas a las mujeres- condujeron con acciones específicas la transformación de la institución a través de un camino cargado de complejidades.

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El ingreso de las mujeres a la estructura institucional de las Fuerzas Armadas Argentinas se dio en dos momentos claves: a principios de los ‘80 (entre el desembarco argentino en las Islas Malvinas y el inicio de la democracia) y a finales de los ‘90 (con el fin del Servicio Militar Obligatorio). La primera incorporación fue en la Fuerza Aérea, en vísperas del mundial de fútbol de 1978, a través de la Policía Aeronáutica Nacional para que las mujeres “recibieran” a los turistas. Durante los últimos años del gobierno de facto, fueron las propias fuerzas las que tuvieron la iniciativa de incorporar personal femenino al Cuerpo Profesional de la carrera de Oficiales y Suboficiales. La Armada y la Fuerza Aérea también sumaron mujeres al Cuerpo Comando de la carrera de Suboficiales.

 

En octubre de 1981 el abuelo de Pansa (jubilado y Maestro Mayor de Obra por profesión) fue a almorzar a su casa en Avellaneda y le llevó un recorte de diario en el que decía que incorporarían analistas de sistema al Ejército. Como a Pansa sólo le restaba rendir los finales en la Universidad de Belgrano para recibir el título intermedio, se apuró, dio todo en una semana y se anotó:

 

- Entré como un trabajo. Con el tiempo, fue parte de mi existencia.

 

En su familia no había tradición militar y ni siquiera tenía conocidos que hubieran hecho la conscripción. La mayoría de las mujeres eran amas de casa.

 

- A los 22 años, todas se casaban y luego tenían dos hijos. Así hizo mi mamá, mi abuela y mi bisabuela. Y se dedicaban a la familia, cosa que yo no hice. Rompí el modelo. No me llamaba todo lo que era ser ama de casa. Yo quería estudiar, estudiar y estudiar.

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La General cuenta que no es parte de su “programación” tener hijos ni casarse. Que lo suyo es la independencia, que es de “valija fácil”, que le gusta viajar y que nunca estuvo sola. A los 18 años empezó a cursar la licenciatura en sistemas. A los 20, entró en la División Informática del Cuerpo Profesional. Después cursó tres años de ‘Estudios Orientales” en la Universidad del Salvador y en sus ratos libres practicaba escribir en sánscrito. Diez años después terminó la licenciatura, tomó cursos de Yoga, hizo un Magíster en Conducción y Administración en la Escuela Superior Técnica. Mientras era edecana de la Presidenta se recibió de Psicóloga en la Marina Mercante, cursó dos años de grafología y estudió Corrección Literaria en el Instituto Mallea. También cursó tres años del Traductorado de Inglés en la Universidad del Museo Social Argentino. Últimamente, se especializa psicología transpersonal y se aguanta las ganas de anotarse en más cursos.

 

Desde que entró a la Fuerza, Pansa no dejó de sentir los ojos en la nuca. En la época en que ingresaron, las mujeres almorzaban solas (“nadie se sentaba con nosotras por miedo al qué dirán”) y en el Círculo Militar las trataban “diferente”. No solamente había determinados espacios a los que no podían entrar porque eran para “oficiales” (y entonces, aunque en ningún lado lo dijera, se deducía que ‘oficial’ era sinónimo de varón) sino que al momento de realizar alguna actividad recreativa o deportiva en el Círculo, entraban en la lista de espera de ‘esposas de oficiales’, la única figura reservada hasta ese momento a las mujeres en la Fuerzas Armadas. Una vez, mientras ella nadaba por el carril de oficiales de la pileta un oficial retirado increpó al guardavidas. Estaba espantado: había una mujer en el sendero equivocado. No imaginó que Pansa era tan oficial como él.

 

- Para ellos éramos mujeres, no militares. Había una confusión sobre cómo tratarnos. Por ejemplo, un Coronel no sabía si darme prioridad al subir al ascensor por ser mujer, o si no correspondía porque era mi superior. Somos mujeres “y” militares, eso descoloca. El desafío es juntar las dos cosas. Parece nimio pero no lo es, hace al lugar que una ocupa en esa estructura mental.

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El segundo momento de incorporación de mujeres a las Fuerzas Armadas llegó recién entre 1997 y 2002. Fue una transformación impulsada en el contexto de un gobierno democrático, en la misma época en que se puso fin al Servicio Militar Obligatorio. La ‘colimba’ -“correr, limpiar, barrer”- se acabó después de que un subteniente y dos soldados del Grupo de Artillería 161 asesinaran a golpes a Omar Carrasco, un joven conscripto de 19 años que “no se adaptaba a la vida militar”.

El desarrollo de una agenda con perspectiva de género en el ámbito de la Defensa empezó después de que Néstor Kirchner nombrara una mujer al frente del Ministerio en cuestión. A fines de 2005, el entonces director del Colegio Militar le comentó con preocupación a la Ministra Nilda Garré que una de las cadetes estaba embarazada. Ella respondió que no habría problema. Y pidió que costearan la atención médica y suspendieran la formación física por un tiempo. Pero él insistió:

 

- Es que… ella no tiene permitido quedar embarazada.

 

- ¿Cómo?

 

- El reglamento del Colegio dice que los aspirantes tienen que ser solteros.

 

- Pero ella no está casada, está embarazada.

 

El director estaba en lo cierto: en las condiciones de ingreso de las tres fuerzas se especificaba que los aspirantes debían ser “de estado civil solteros, sin hijos” y que debían “mantener esa condición hasta su egreso”. Si una mujer quedaba embarazada o un varón quería reconocer a un hijo, los expulsaban. A Garré, que acababa de asumir, le sirvió para darse cuenta de que eso de no distinguir entre “casada” y “embarazada” era mucho más que un problema lingüístico.

 

Los valores morales vinculados a la reproducción humana en el ámbito de las fuerzas armadas se basaron por largo tiempo en lo ‘aceptado’ y lo ‘prohibido’ según la religión católica. En un contexto en el cual tener relaciones sexuales antes del matrimonio es pecado, embarazo y casamiento se convierten de alguna manera en sinónimos. El diálogo entre la Ministra y el General sintetiza, bajo supuestos muy arraigados, las principales dudas, tensiones, perplejidades y resistencias que provoca la incorporación de mujeres a las fuerzas armadas: los prejuicios sobre la sexualidad, el mito de las limitaciones físicas y el rol que se espera que las mujeres ocupen en la familia.

 

A fines del 2006 (mediante las resoluciones 849 y 1435) el Ministerio modificó la regla que no permitía los embarazos ni el reconocimiento de hijos a los cadetes, pero el trabajo recién empezaba. Garré organizó almuerzos informales con las mujeres cadetes para generar ambientes descontracturados y lograr que hablaran con mayor confianza. En aquel entonces, las notaba muy asustadas al momento de contar cómo se sentían. En diciembre del año pasado, a poco de haber regresado de Estados Unidos (en donde estaba como embajadora argentina ante la OEA), la ex ministra relató a Anfibia algunas de sus descubrimientos:

 

- Me enteré, por ejemplo, de que no había uniformes para ellas y de que terminaban gastando plata en modistas para adaptarlos. Me encontré, en algunos regimientos con mujeres que tenían borceguíes talle 42 que les ampollaban los pies durante los entrenamientos.

 

A mediados de año, con la colaboración de Sabina Frederic -antropóloga social por la Universidad de Buenos Aires y doctora por la Universidad de Utrecht- se embarcaron en la creación de un Observatorio de Género dentro de las Fuerzas. Entrevistaron y encuestaron mujeres y relevaron datos que sirvieron para delinear políticas con perspectiva de género: los problemas con los horarios de las guardias y las licencias por maternidad, la dificultad para los ascensos y más. Así nació el Consejo de Políticas de Género, un equipo formado por militares, académicas especializadas en género, representantes de organismos gubernamentales (el Consejo Nacional de las Mujeres, la Secretaría de DDHH, etcétera) y ONGs (Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer y el Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales, entre otras).

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Luz Perdomo tiene 53 años y es Teniente Coronel del Cuerpo Profesional del Ejército Argentino. Usa el pelo teñido de naranja fuerte y ata los rulos en una media cola al viento. Se pinta las uñas de fucsia y usa el traje verde entallado.

 

- Yo soy muy coqueta, acá me conocen como ‘labios rojos’ – se presenta.

 

Trabaja como abogada en el Ejército desde hace 30 años. Entró a la Fuerza por un problema muy concreto: en 1986 ya se había recibido y le iba bien, pero estaba casada con un militar de cuerpo comando al que rotaban todo el tiempo por distintos puntos del país. “¿Qué carajo hago?”, pensó. Se respondió: “Bueno, voy a ver qué onda”. Destetó a su hija de dos años y empezó la carrera dentro del cuerpo profesional. Su primer destino fue en Palermo, como adscripta de un general, que no la quería en ese puesto.

- No quiero una mujer asesora acá, no tengo baño. – se quejó ante sus superiores el artillero.

 

- Pero mire que es casada, eh…-le contestó su superior.

 

- Ah, bueno, si es casada sí – dijo.

 

La excusa se había disipado. En el diálogo hay una tensión que pone de manifiesto la tendencia, dentro de gran parte de las Fuerzas, a considerar a las mujeres más en función de su sexualidad que por su desempeño profesional. Más aún si son jóvenes. Aparecen como una especie de “inconveniente” porque “interpelan el deseo sexual” masculino. En aquel momento (década del ‘80), el matrimonio funcionaba -al menos en el imaginario- como una garantía de freno ante una supuesta posibilidad de contacto sexual.

Luz habla rápido, acelerada, siempre con la columna erguida y las manos alborotadas. Hace gestos, ordena el escritorio y si suena el teléfono, lo atiende rápido y avisa que llamará luego. El tema de la entrevista le interesa mucho: las políticas de género son su métier y fue de las primeras en sumarse al Consejo, aunque se tuviera que bancar las chicanas del Coronel: “¿A dónde va, Perdomo? ¿A la reunión de taper?” Ella, cuenta, le respondía “una guasada”.

 

El disfraz del humor y la ironía permitía a su superior degradar las actividades exclusivas de las mujeres, sin generar una confrontación directa, una falta de respeto o una falta de cortesía, que no es considerada propia de los oficiales de las fuerzas. La respuesta de Luz bajo la forma de supuesta grosería (sobre todo en boca de una mujer) era un intento de neutralizar, mediante un golpe de efecto, el menosprecio. Para las mujeres que se comprometen con los temas de género, las “chicanas” son parte del cotidiano y en algunos casos socavan la confianza y la autoestima. El Consejo, como espacio de debate interinstitucional y colectivo ayudó al menos parcialmente a amortiguar estos efectos. Pero cambiar la concepción acerca de los espacios y tareas considerados legítimos para varones y mujeres, es un imperativo que se impone desde un cambio social que excede a la institución. No es una tarea sencilla ni en las Fuerzas Armadas, ni en otras instituciones de la sociedad civil.

 

- Cuando empezamos a trabajar, los hombres sentían que iban a perder su identidad. Tenían un discurso que era algo así como: ‘No hay problema con que se incorporen. Siempre y cuando cumplan como uno”. Ese ‘uno’ es el varón, la medida de todas las cosas. No es así. Las mujeres no nos tenemos que mimetizar, al revés: para ser reconocida te tenés que diferenciar – dice Luz.

 

Desde el Consejo se trabajó en la política de ascensos (antes, en las instancias de evaluación, sólo había varones), abrieron jardines maternales (ya hay más de 15) para evitar la deserción, fomentaron la paternidad responsable, ampliaron la licencia por paternidad de tres a 10 días, impulsaron centros de atención a víctimas de violencia intrafamiliar, impulsaron que se modifique la reglamentación de uniformes para que hubiera modelos para mujeres y, principalmente, se abrió el acceso de las mujeres a todas las armas y escalafones de las Fuerzas Armadas.

 

Los avances fueron de a pasitos, impulsados por mujeres y varones. Cuando empezó el trabajo para abrir el espacio de submarinistas, un Capitán de Navío y un Oficial debatieron en la base de Mar del Plata:

 

- No hay baños adecuados – dijo el Capitán

 

- Hay que aggiornarse. Cuando va a lo de un amigo a comer, ¿pregunta antes si hay un baño distinto para su mujer? – retrucó el Oficial.

 

La escena la oyó Malena Derdoy, abogada, maestranda en Antropología Social y coordinadora del Consejo desde 2009, cuando pasó a la órbita de la Dirección Nacional de DDHH y Derecho internacional Humanitario, hasta 2013.

 

- Lo que se necesitan son pautas culturales de respeto mutuo y no estructura edilicia. Lo que no puede subir a un submarino es un maleducado, no una mujer – explicó Derdoy.

 

Así como el cuerpo de las mujeres -sobre todo por la posibilidad de embarazo- es el espacio elegido para materializar la diferencia y poner en evidencia la moral sexual que ha regido a la institución, los baños como espacio físico operan de manera similar para hacer evidentes las lógicas que organizan la sexualidad y las relaciones entre varones y mujeres en la institución. Si bien no son argumentos compartidos por la totalidad de los integrantes de las fuerzas, operan como argumentos de  resistencia. Durante una charla de difusión organizada por una de las oficinas de género, un oficial preguntó, provocador, si en el futuro también tendrían que construirse baños para homosexuales. La chicana pone de manifiesto el malestar que produce en algunas personas la presencia de identidades de género (mujeres y homosexuales) que desafían el modelo hegemónico de masculinidad. Son vistas como una amenaza al “honor masculino”, el peor de los escenarios posibles. 

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Las fuerzas armadas son instituciones que requieren un alto grado de entrega. La socióloga americana Mady Segal se refiere a la familia y al ejército como instituciones voraces, con altas exigencias en cuanto a compromiso, lealtad, tiempo y energía. La serie americana The Army Wives es un buen ejemplo de las tensiones, angustias, desafíos y dificultades que se generan en las familias militares, tanto en el caso en que el militar es varón como cuando es mujer: mujeres que abandonaron una carrera exitosa, siguen a su marido y enfrentan la crianza de sus hijos en soledad porque su esposo nunca está; el esposo de una oficial exitosa y único varón entre “las esposas de los militares”; mujeres que apuestan al ascenso en la carrera y atraviesan las resistencias de hijos adolescentes con una vida llena de exigencias que ellos no eligieron. 

 

Luz recuerda como si fuera hoy la imagen de una compañera suya que, en plena etapa de lactancia, tuvo que hacer una guardia de diez horas. Entre el fusil y el uniforme, la leche brotaba y ella no se podía mover. Se fue del turno empapada. Durante toda la entrevista, la Teniente Coronel subraya que lo importante es la igualdad de derechos, no una “igualdad en términos absolutos”, que llevaría al absurdo.

 

- A mí no me interesa dejarme bigotes.

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Entre los argumentos repetidos al momento de rechazar la incorporación de las mujeres a las armas de combate aparecen las supuestas limitaciones físicas. ¿Qué sucedería si, en vez de pensar al cuerpo femenino como una versión inferior del cuerpo masculino, se lo pensara con mayores capacidades en actividades específicas? Si así fuera, el pensamiento arraigado que caracteriza a lo masculino como superior a lo femenino, se vería desafiado.

 

Las formas de la guerra han cambiado y las armadas de masa -que contaban con la incorporación obligatoria de cientos de soldados- y la fuerza física dejaron de ser las principales estrategias para ganar una guerra:

 

- No somos MacArthur durante la Segunda Guerra Mundial, la fuerza no puede ser la base principal en un mundo en el que lo que necesitás es apretar botones, tomar decisiones, liderar equipos – piensa en voz alta Luz.

 

En el moderno patio del primer piso de la Escuela de Defensa Nacional -deck de madera, piedras blancas y discretas palmeras-, el coronel retirado Guillermo Lafferriere, llega a la entrevista vestido prolijamente de civil. Tiene los ojos claros, usa bigotes y el pelo muy corto. Es preciso y minucioso con sus palabras:

 

- Una fuerza militar necesita líderes, que podrán ser mujeres u hombres en la medida en que esas personas sean las más aptas para esa función. Desde mi perspectiva, una mujer liderando es un líder. En 1971 Indira Gandhi -primera ministra de la India- no dudó un minuto en ir a la guerra con Pakistán.

 

Lo mismo con Margaret Thatcher o Benazir Bhutto (Partido Popular de Pakistán), mujeres que tenían poder. Y lo ejercieron.

 

Lafferriere tiene vasta experiencia: es veterano de la guerra de Malvinas, fue Secretario Académico del Colegio Militar de la Nación y del Instituto Universitario del Ejército, docente de Estrategia en la Escuela de Defensa hasta noviembre de 2015 y compañero de promoción de Pansa.

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A fines de 2007, Pansa trabajaba en la dirección de tránsito diseñando sistemas operativos cuando recibió un llamado desde Jefatura I para citarla a una reunión al día siguiente. “Uy, ¿qué habré hecho?”, pensó. Cuando llegó, se enteró de que estaba en una terna para ser edecán de Cristina Fernández de Kirchner. Le hicieron una entrevista y se fue. No tuvo más noticias hasta el jueves 7 de diciembre: el lunes tenía que presentarse en el Congreso Nacional.

 

- No tuve tiempo ni de mandar la chaquetilla a la tintorería. El día de la asunción conocí a Cristina en la antesala del recinto y entramos. Otra vez, todos los ojos mirando. Pero esa vez, era todo un país – cuenta.

 

Hasta ese momento, los edecanes habían sido siempre varones. Desde aquel 10 de diciembre, Pansa, la vicecomodoro Silvina Carrascosa (Fuerza Aérea) y la capitana de Fragata Claudia Senoccio (Marina) y Pansa (Ejército) fueron sus custodias.

 

Según Laferriere, “ser edecán no es sencillo, es mucho más que una función ceremonial”. También contó que las fuerzas “no proponen a cualquiera” y que Pansa es una excelente y reconocida profesional.

 

En uno de los viajes a Venezuela en el que a Pansa le tocó acompañar a la mandataria, Hugo Chávez le puso al lado a una General mujer. Y a Cristina se le prendió la lamparita. “¿Por qué nosotros no tenemos ninguna?”, preguntó en voz alta la ex Presidenta.

 

- Ese día nació lo que ahora yo soy acá.

 

Años después, el 12 de diciembre de 2011, Cristina Fernández encabezó el acto de egreso conjunto de oficiales de las tres Fuerzas Armadas, en la base El Palomar. Ese día se recibían subtenientes (144 hombres, 18 mujeres) y guardiamarinas (65 hombres y 24 mujeres) y alféreces (72 hombres y 5 mujeres).  Mientras caminaban hacia la ceremonia, la presidenta acercó a Arturo Puricelli (Ministro de Defensa desde 2010 a 2013) y a Pansa. Le preguntaron cuántos años tenía en el grado y cuánto le faltaría para General. Eran dos años más. Después la ex Presidenta subió al estrado, anunció que el Colegio aceptaría mujeres en las armas de infantería y caballería y dijo:

 

- Venía comentando que (me sorprende que) todavía no tengamos una mujer general de la agrupación profesional. Espero que, antes de que termine mi mandato pueda haber una general, una brigadier y una almirante.

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En diciembre de 2013 Agustín Rossi asumió el cargo de Ministro de Defensa con el ojo puesto en continuar con la política de ‘ciudadanizar las fuerzas’. Antes que soldados, son ciudadanos con los mismos derechos y obligaciones que un obrero, un estudiante, un profesional o un comerciante. También tenía claro que Argentina ya era referente en la región por sus políticas de género en las Fuerzas. Tras dos años de gestión y dos días antes de las elecciones nacionales, el santafecino hizo un balance mientras cebaba mate en su despacho del Edificio Libertador. Cada tanto, también, miraba por la ventana del piso décimo, hacia el agua de la costa porteña, con un poco de esperanza y otro tanto de nostalgia preventiva.

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- En materia de Fuerzas Armadas somos pioneros en América Latina y es un orgullo tener compañeras mujeres. Aunque también es cierto que las medidas al principio fueron vistas con beneplácito pero ahora, que ya son un número importante y pueden ocupar la totalidad de los lugares de conducción, empieza una puja de poder.

 

Según datos de la ONU, en septiembre de 2014 el porcentaje de mujeres en los contingentes militares de las operaciones era de 2,9. En el caso de Brasil la media de mujeres militares era de 1,04, mientras que la contribución de Argentina ya se destacaba con el 6,6 por ciento. En diciembre de 2015 el porcentaje de mujeres en los contingentes militares era de 3,29 por ciento. Mientras que en el contingente argentino las mujeres eran el 9,11 por ciento, en el de Brasil el 2,11 y en el de Chile 2,89.

 

Las Fuerzas Armadas en Argentina se dividen en Oficiales, Suboficiales y Tropa. Cada uno de los estamentos tiene sus propios grados. En el caso del ejército, los oficiales se dividen en tres categorías: Subalternos (Subteniente, Teniente, Teniente 1º, Capitán), Jefes (Mayor y Teniente Coronel) y Superiores (Coronel, Coronel Mayor, General de Brigada, General de División y Teniente General). A su vez, existe una distinción entre Cuerpo Comando y Cuerpo Profesional. Dentro del segundo, solamente algunas profesiones estaban habilitadas para todos los grados. Cuando el equipo de Rossi descubrió que ese era el tecnicismo que cortaba la carrera de Pansa (y de otras y otros que eran parte del Cuerpo Profesional), tomaron la decisión de eliminar por decreto “cualquier reglamentación” que fuera más restrictiva que la propia ley. Eso permitió movilidad.

 

- No es que las mujeres no pudieran ser general estrictamente por ser mujeres pero dado que la mayoría estaba en el cuerpo profesional, terminaba afectando muchísimo más sus posibilidades que las de los hombres- cuenta el Ministro.

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Tras el triunfo de Mauricio Macri como presidente y la designación de Julio Martínez como Ministro de Defensa, el Consejo volvió a reunirse por primera vez el 5 de abril. El encuentro trajo un cauto alivio. Más de una estaba preocupada por recibir alguna señal sobre si las políticas de género continuarían con el mismo enfoque y el mismo impulso.

 

La nueva directora, Carolina Urtea, se define feminista. Empezó su presentación prometiendo que la gestión avanzará sobre las bases sólidas del trabajo realizado hasta el momento y rescatando que Martínez, durante el acto por el día internacional de la mujer en la inauguración de un Jardín Maternal en Zárate, reconoció el trabajo realizado y firmó un acta compromiso denominada ‘Hombres por la igualdad’ con la ONU. Pero la tensión no desaparece del todo: las expertas pusieron sobre la mesa su preocupación sobre las resistencias que aún se repiten una y otra vez en temas de género y la utilización por parte de las Fuerzas de mecanismos institucionales para desvitalizar el tema.

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A María Isabel Pansa no le gusta nada el término “Generala” y lo corrige cada vez que a uno se le escapa.

 

La última vez que Cristina Fernández se refirió al tema, fue el 7 julio del año pasado, en la cena de Camaradería de las Fuerzas Armadas en el salón General José de San Martín. Allí contó el diálogo con un Almirante que “la chicaneó”:

 

- Y ¿cómo le va a decir al Almirante? ¿Almiranta?

 

- Bueno, ya encontraremos el término – respondió ella.

 

Pero Pansa tiene otra mirada sobre utilizar el femenino para el grado de General:

 

- ¿Por qué siempre lo aclarás?

 

- Es que yo soy correctora literaria… y el grado ‘Generala’ no existe.

 

- Pero decir ‘General’, ¿no invisibilizaría a las mujeres que ascienden a General, al igual que sucede con otros temas?

 

- En realidad, deberíamos decir todo en femenino, porque la palabra genérica es “personas”.

 

- Claro…

 

El silencio después del intercambio dura unos segundos. Algo no le cierra. Piensa. Dilucida si lo dice o no lo dice. Y se anima:

 

- Lo que pasa es que hay algo que trasciende a la discusión de género: La ‘Generala’ es un juego. Y esto no.


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