La decisión de confirmar la educación religiosa en las escuelas estatales de Salta llegó a la Corte Suprema de Justicia, que realizó cuatro audiencias públicas. Josefina López Mac Kenzie repasa todas las posiciones de un debate que parece sacado del siglo XIX y recuerda sus años en el colegio: el rezo de las maestras antes de empezar las clases, las biblias evangélicas azules que se llevaban de regalo y chicos discriminados por no ser católicos.



La señorita Ivonne daba Educación Religiosa y Moral de 1º a 7º grado en mi escuela pública salteña. Nos hablaba de la Biblia y del Milagro. Era muy buena y alguna vez puso música. Recuerdo el verbo “venerar” y no saber qué significaba, y la compleja Señal de la Santa Cruz, con una cruz veloz en la frente, una en la boca, una en el pecho y la palabra “enemigos”.

 

Uno de mis compañeros dibujaba callado en un rincón o andaba suelto por el patio. Faltaba los días de misa y en la libreta no tenía calificación sino una raya. Se sentía tan distinto que le rogó a su mamá que dejara de ir a “hacer quilombo”, aunque en los últimos años, dice ahora, se le pasó aquella “vergüenza” y, “la verdad, prefería no tener Religión”. Una nena de familia mormona y “los judíos” del grado también aparecían diferentes.

 

En este modelo educativo (que la provincia encarna desde 1886, bastante antes de Juan Manuel Urtubey), algunas familias optan entre pelear por excepciones para sus chicos durante esa materia o dejar que todo pase y todo quede. Lo mismo con las salidas atadas a la agenda católica, frecuentes antes de la primavera, en la previa de las fiestas patronales, cuando escuelas estatales y privadas -caras y baratas, de las periferias y del centro- llegan a la plaza 9 de Julio en tandas, con claveles rojos y blancos para ofrendar y alimentos para donar, y se vuelcan en la catedral como una marea joven y diversa en un gran embudo uniformador.

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En 2009, la Dirección de Enseñanza Primaria institucionalizó un poco este hábito con un formulario donde los familiares manifiestan si quieren educación religiosa o no, y cuál. Se lo diseñó tras la reforma de la ley de Educación provincial actual, que reafirma que entre los fines de la política educativa está garantizar el derecho de padres o tutores “a que sus hijos o pupilos reciban en la escuela pública la educación religiosa que esté de acuerdo con sus propias convicciones”, contemplado en la Constitución salteña.

 

Para la Asociación por los Derechos Civiles (ADC) y las madres de ahora ex estudiantes que motorizan la causa judicial que llegó a la Corte Suprema de Justicia la Nación, todo este marco legal se traduce en prácticas que discriminan y afectan varios derechos. Piden que se lo declare inconstitucional y la Primaria sea laica. Es que en la práctica se dicta sólo religión católica y a la carta del Arzobispado provincial, gran impulsor de la ley vigente y dueño del instituto superior donde se forma el grueso de los profesores de Religión del municipio capital, el más poblado.

 

El gobierno provincial niega que Religión sea catequesis y defiende su diseño curricular (dos horas semanales de religión en horario escolar) haciendo valer, entre otras cosas, la cultura regional y la autonomía de las provincias para trazar su educación Primaria. Tiene a su favor un fallo de la Corte de Justicia de Salta, que en 2013 convalidó la ley cuestionada. Pese a la popularidad de la fe católica en la provincia, cuatro de los jueces que votaron consideraron el planteo de una asesora de incapaces de que la ausencia de formación religiosa perjudicaría a los chicos de familias pobres y trabajadoras que no pueden ir a una escuela privada o ser instruidos en la casa.

 

¿Es constitucional la enseñanza de religión en las escuelas primarias de esta provincia? Antes de resolver, la Corte abrió el juego a una audiencia pública híper plural que se transmite en vivo por internet. Religión en horario escolar y el que no quiere, que haga otra cosa. Hora de religión para conocer distintos credos. Escuela abierta para religión después de hora. O que toda enseñanza religiosa salga de la escuela pública. En esos andariveles se ordenan las opiniones que están llevando decenas de referentes de instituciones profesionales, católicas, laicas, adventistas, bautistas y hasta de una logia de masones, pasando por organismos de derechos humanos, asociaciones de abogados de distintas tendencias, universidades, fundaciones, docentes y partidos políticos.

 

Y se viene escuchando de todo.

 

Científica. Laica. Oscurantista. Autonomía. Convicciones. Costumbres. Símbolos. Víctimas. Minorías religiosas. Comunidades indígenas. Asimetría entre iglesias. El derecho de los padres. El deber de los Estados. El derecho del niño a ser oído. Educación sexual. Prejuicios ideológicos. Marxismo. Atraso. Secta. Estado teocrático. Opio de los pueblos. Derecho a no ser discriminado. Lo que no está prohibido está permitido.

 

El debate parece un viaje al siglo XIX y también, quizá, una barbarie incomprensible. Pero a 1.500 kilómetros de Salta, los jueces lo escuchan de espaldas a un notable crucifijo de madera. Porque, como se dice en el interior, dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires.

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Aquel fallo pro religión de la Corte salteña dispuso también implementar un programa alternativo para quienes no quieran recibir instrucción religiosa, y que todo el resto de las prácticas religiosas habituales, como rezar y bendecir la mesa, se restrinjan a la clase de Religión. Pero incluso la semana previa al comienzo de la audiencia en Buenos Aires, Jimena Granados, que sigue el tema en El Tribuno, publicó cómo las direcciones de las escuelas siguen suspendiendo actividades para que chicos y trabajadores vayan a la catedral.

 

Más que una materia

 

En el salón de actos de mi escuela había tres banderas: la argentina, la japonesa -éramos depositarios de la bandera de la República de Japón- y la papal, blanca y amarilla, que se portaba y escoltaba en guardapolvo blanco como la nacional. Solían colgarse además banderines papales con flecos dorados, y las guirnaldas blancas y amarillas de papel crepe trenzado eran otro paisaje común. En la hora de Plástica eran un clásico los collages sobre dibujos del señor y la virgen; pegar bolitas de papel crepe rojo en los claveles de él y blancos en los de ella, y con la punta del compás picar papel glasé dorado sobre los rayos de oro de ambos.

 

Todo 1988, en 1º grado “A” recitamos una especie de canto mecánico y efectivo para incorporar el abecedario. Cada día recorríamos con los ojos las láminas con que la maestra del grado había envuelto las paredes y las coreábamos. La rutina nos divertía y cada vez gritábamos más:¡¡¡La-A-de-Ana-en-carta, la-A-de-Ana-en imprenta!!! ¡¡¡La-a-de-auto-en carta, la-a-de-auto-en-imprenta!!! Así hasta llegar a la Y de Yamil en carta y en imprenta, y la Z de Zoilo o Zulema, en carta y en imprenta. En esa misma aula, la señorita del grado solía santiguarse tanto como Ivonne, y hacer un rezo suave frente a nosotros. Sin obligaciones ni preguntas, quienes no lo conocíamos murmurábamos algo y seguíamos con esfuerzo toda esa gestualidad. Y esa ficción era mecánica y efectiva. Y natural.

 

Eran los ‘80 y los ’90 en una escuela pública del centro, en la esquina de una avenida que para un lado lleva hacia el cerro San Bernardo, por donde sale el sol, y para el otro lleva a los cerros de San Lorenzo, por donde el sol se pone. Salta está guardada entre cerros.

 

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Era esa escuela de ponerse de pie cuando entraba alguien, la de meternos en el pelo la enorme escuadra de pizarrón en busca de piojos y llamarnos “¡ociosos!” o “¡inservibles!”; la escuela sin maestros varones y con celadoras en delantal gris que repartían un pan chanchito con té o anchi (un postre típico); la escuela donde llovían vendedores de enciclopedias y de viajes, y donde un día también llovieron unas biblias evangélicas azules, de bolsillo, que nadie explicó y nos llevamos al hogar. Era también la escuela de reivindicar al infinito la Salta originaria y natural, para hacerte abrazar a esa identidad con un amor por el dato, una pasión y un respeto poco vistos. Todas las etnias, todos los pueblos, todas las regiones naturales. Los nevados y los ríos, las legumbres del sur, las víboras del chaco y las “xerófilas y los pastos duros” de la estepa cordillerana.

 

Símbolos y fantasmas

 

“Estas audiencias permiten ver a las provincias con sus costumbres”, dice en la segunda jornada de audiencias ante la Corte el presidente desde la Asociación Juan Domingo Perón, Julio Argentino Sanmillán. Niega que en Salta se dé educación católica tal como se denuncia y pide que se tengan en cuenta costumbres y culturas. El abogado Alberto Bianchi coincide: “Lo cultural es inescindible de lo religioso”.

 

Si la idea es entender -esta vigencia y defensa de la educación religiosa-, la idea de la “argentinidad”, la idea pura de escuela pública laica, no alcanza. Hay que entender al noroeste en su vejez; en su desorden; en sus climas y ritmos; en su bolivianidad; en los duendes. Hay que oír la antigüedad de su castellano. Hay que ver a esos peregrinos sin nada (de nada) caminarse las vastedades y los silencios más conmovedores, durante días, para ir a venerar a sus patronos. Hay que ver el Milagro, un temblor de fe. Hay que saber que estar en misa puede perdonar que un auto tape una parada de colectivo, y ver que el rol de los curas en los conflictos más tensos de las rutas (azucareros, bagayeros). Hay que ver la capilla a la entrada de la Universidad Nacional de Salta. Y hay que mirar el cine de Lucrecia Martel. Para entusiasmarse en serio, y no desde un exotismo fácil sobre “las provincias feudales”, con la Salta joven y diversa que busca oxígeno.

 

Los jueces que resolverán si sigue el dictado de Religión cuentan con un dictamen del Procurador Fiscal ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Víctor Abramovich, para quien la enseñanza religiosa debe salir del plan de estudios de la escuela pública por la misma puerta que otras prácticas religiosas en horario escolar.

 

Su escrito recuerda que con el formulario sobre la hora de Religión queda archivado el credo de cada familia o la inscripción “no creyente”. Pero ese instrumento también permitió construir cuantificar el problema. Por ejemplo, en mi escuela, en 2010 cursaron Religión 507 alumnos, 24 de familias no católicas. Sin alternativas de formación en otro culto u otras propuestas pedagógicas, las familias aceptaron el espacio, probablemente para que no fueran discriminados, o por cuestiones de seguridad.

 

“En esta mañana hay cientos de niños discriminados en las escuelas de Salta. Niños católicos que no son católicos, murmurando rezos. Fingiendo salmos. Para sentirse aceptados por la mayoría”, sostiene Ariel Manoff, orador por la Asociación de Abogados de Buenos Aires (AABA), que pide revocar la sentencia salteña. Su intervención también enfoca la realidad pluriétnica y multilingüe de Salta.

 

“La enseñanza y el proselitismo religioso son objetivos válidos. Pero para las iglesias -dice Juan Martín Vives, director del Centro de Estudios sobre Derecho y Religión de la Universidad Adventista del Plata de Entre Ríos-. Cuando alguien se ve forzado a elegir, a expedirse, algo que es producto de la lógica del sistema, no de un error de éste, hay discriminación. Más si son niñas o niños”.

 

Desde el Partido Obrero, el diputado por Salta Pablo López describe un “Estado teocrático” junto a un “vaciamiento de la educación pública haciendo crecer un monopolio de la educación privada, manejada por la Iglesia”, y la senadora provincial Gabriela Cerrano plantea que “en una provincia con alto índice de femicidios, ni siquiera la Educación Sexual Integral se pudo implementar. Rechazamos que la educación religiosa sea formadora de valores”.

 

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“El Estado debe ser neutral”, enfatiza Ángel Jorge Clavero, Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, otro de los oradores ante la Corte.

 

Como era de esperar, el crucifijo que enmarca la sala donde se desnuda a la educación primaria salteña ya es objeto de discusión en sí mismo. Si en honor al tema la Corte no se allana al pedido de sacarlo, será otra de las cruzadas anti vírgenes y cruces en recintos legislativos y judiciales del país.

 

En La Plata, que se fundó 300 años después que Salta, la Cámara de Apelación en lo Contencioso Administrativo todavía tiene que resolver sobre el pedido de la ADC y Ateos Mar del Plata de retirar una virgen de Luján entronizada en la Cámara de Diputados bonaerense (en un espacio público de “uno de los tres poderes del Estado provincial, encargado de dictar leyes generales mediante representantes elegidos por personas que profesan distintas religiones o ninguna”), planteo desestimado por el primer juez, para quien la imagen no discrimina ni influencia.

También en La Plata, este año en el arranque del juicio a dos integrantes de la CNU dos abogadas pidieron que se quitara el crucifijo que se exhibía el Tribunal Oral en lo Criminal Federal 1; el Estado, dijeron, es laico. Los jueces deliberaron y aprobaron por dos votos contra uno que se desatornillara el símbolo. Además de ser un juicio por crímenes de lesa humanidad, el telón de fondo eran el mensaje de “reconciliación” del presidente de la Conferencia Episcopal, José María Arancedo, y el “2×1” para represores.

 

La enseñanza religiosa en las escuelas públicas de Salta vuelve al banquillo con más de Amigos del Tribunal anotados para opinar y las dos partes en conflicto. Luego vendrá el tiempo de los jueces. Manoff, de la AABA, plantea que si la Corte confirma el fallo del máximo tribunal provincial “abrirá la puerta a otras provincias para que sigan el camino de Salta”. Para el juez de la Corte salteña Abel Cornejo, autor del voto más extenso de ese fallo, ni siquiera de debería haber hecho lugar a esta demanda y la cuestión sólo se podría escrutar en un escenario de reforma constitucional.


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