En Londres, Escocia e Irlanda del Norte la mayor parte de la población votó a favor de seguir siendo parte de la Unión Europea. La cronista Natalí Schejtman cuenta cómo se vivió el día del referéndum en un pueblo elegante del norte con jóvenes afligidos por el resultado y también refleja a los que votaron por irse: adultos mayores de 50 años de pequeñas ciudades y pueblos de industrias muertas y demandas insatisfechas en la Inglaterra profunda. Esa enorme cantidad de gente que se sintió dejada de lado y con su voto cambió el mapa europeo.



Foto de portada: Stig Nygaard

 

Pasé el día del referendum en Norwich, un pueblo viejo y elegante del Norte de Inglaterra. Tiene 120.000 habitantes y más cafés hipsters, iglesias y galerías de arte que la media. Es, lo sé desde el viernes, un enclave pro Unión Europea en una región que fue categórica en su voto por abandonarla. Yo estaba con gente joven después de la presentación de un libro en un bar que cerró sus puertas a la medianoche y se convirtió en una especie de living de una casa de amigos. Esos amigos estaban compungidos, actualizando desesperados sus iPads y celulares: solo aumentaban su desasosiego. Sus compatriotas habían cedido, decían, ante una campaña que tuvo como eje el rechazo explícito al inmigrante y datos cuantitativos (como cuánto gasta el país en la comunidad europea) incomprobables o mil veces contestados. Toda la gente que conozco en el Reino Unido en general vive en Londres (donde ganó “quedarse”, “Remain”, con un 60%) y votaron con la mayoría. Estos chicos de Norwich, lo mismo. Según mi Facebook, los que hacían campaña por Leave (“irse) eran unos loquitos extremistas, más cerca del asesino de la diputada Jo Cox, que de la rotunda democracia parlamentaria británica, esa que infla el pecho en sus debates shakespereanos todos los miércoles o en sus instituciones de roble, como el venerado sistema de salud público. Pero la televisión no era tan sesgada como mi Facebook. Les daban prácticamente la misma exposición a unos y a otros, sospechando que ambos representaban a un buen porcentaje de la población.

 

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El día de la votación conocí por primera vez a una mujer indecisa. Una señora de unos 60 años, rubia, extremadamente amable y con un inglés entonado casi musicalmente, se sentó en frente mío en el tren, y yo le saqué el tema Brexit. En la conversación, me explicó su dilema: “Por un lado amo profundamente a este país, soy inglesa… Por otro lado, me da mucho miedo abandonar la Unión Europea por lo que pueda pasar. Escucho a algunos políticos en la televisión y pienso una cosa, después a otros y pienso otra cosa. Al final son todos lo mismo, no quiero votar por ellos”. No tuvo ni un solo comentario xenófobo en una hora de conversación. Todo lo contrario. Me costó mucho entender en qué se relacionaba el amor que uno pudiera sentir por su país con el deseo de no formar más parte de una unión básicamente comercial, pero la idea de “recuperar el control”, supuestamente delegado a “Bruselas”, donde están los oficinas de la EU, fue parte central de la campaña por Leave. Mi compañera de departamento, inglesa de Yorkshire, me aportó su teoría sobre los votantes que definieron la elección: “Esa gente quiere volver aun pasado idealizado, donde todo era más fácil”, me dijo, mientras en paralelo aparecía en la televisión el testimonio de un viejito que festejaba llorando y decía entre sollozos algo así como “Al fin recuperamos nuestro país”. Esa generación de ingleses mayores de 50 años es la que decidió irse, mientras los jóvenes votaron mayormente quedarse, así como los escoceses y los Irlandeses del Norte. Mi compañera de departamento, que estuvo literalmente llorando toda la mañana siguiente a la elección, profundizó todavía más en ese poderoso motor de gente que no vive en Londres. Muchos de ellos son los viejos working class, los que saben poco de lo que pasa en la capital y no les importa demasiado, a los que quizás UKIP –el partido independentista que está creciendo pronunciadamente en los últimos años- o incluso el viejo BNP -partido nacionalista de derecha asociado al “hooliganismo” sin representación en el Parlamento pero con alguna presencia en distintas ciudades y pueblos del interior- les dice hace años cosas como “local jobs for local people”, y toca la fibra de su primerísima prioridad. Dice ella que no sólo no les importa la palabra globalización sino que probablemente si se las dicen así no saben bien qué significa (como mucha otra gente, por cierto). La idealización del pasado mítico pre Thatcher, con trabajo industrial made in Britain y una cultura local, familiar, conocida, atrajo no solamente a los exponentes más extremos del nacionalismo, sino también a los olvidados por la globalización. Al día siguiente de la elección en la BBC entrevistaban votantes de Leave de West Midlands, East Midlands y zonas aledañas, en donde de acuerdo a la localidad alcanzaron el 60 o 70%. Un vendedor de frutas que decía que, si bien la gran parte de las frutas que vendía venía de Europa, no creía que fuera a tener problemas para conseguirlas en el futuro. Una mujer de unos 50 muy vivaz que decía que los británicos no conseguían lugares en las escuelas porque está lleno de inmigrantes (“Stop them!”), otra que decía “This is our England” y se golpeaba con el puño y se besaba el pin de “Leave” que le brillaba. Los jóvenes en el informe, en cambio, estaban tristes. Uno decía que se sentía traicionado por los mayores. En la franja de 18 a 25 años, según las encuestas más de 70% votó seguir siendo parte. Sin embargo, en las zonas con más población joven, hubo menos concurrencia a votar. Uno de los testimonios recogidos por el Guardian para entender a los votantes de Leave decía: “Lo que los escritores en una oficina chic de Londres o sentados en su casa sobre una mesa fina de roble con una Mac tomando un espresso de Starbucks no se dan cuenta es que los votantes por Leave de cualquier parte no tienen miedo de arremangarse y trabajar duro para hacer a este país grande”. Otros hacen mención a la recuperación de derechos laborales que perdieron por los inmigrantes que están dispuestos a ser explotados por dos mangos. El escritor Mike Carter recorrió pequeñas ciudades y pueblos de industrias muertas y demandas insatisfechas en la Inglaterra profunda. Esa enorme cantidad de gente se siente dejada de lado.

El diario más popular del país, The Sun, “instó” a sus lectores a votar Leave y alejarse de la “máquina no democrática de Bruselas”: “Quedarse va a ser peor para la inmigración, peor para los trabajos, peor para los salarios y peor para nuestro modo de vida”. Otro diario masivo, The Times, también propiedad de Rupert Murdoch como The Sun, se pronunció a favor de Remain. Es curioso: mientras los diarios podían publicar cualquier tipo de vehemencia, la televisión en general se somete a normas exigentes de imparcialidad en tiempos de elecciones, hasta llegar a un ejemplo más que llamativo: Last Week Tonight, el show que conduce el británico John Oliver por HBO en Estados Unidos, tenía que ser emitido en Gran Bretaña el día lunes, tres días antes de la votación. Como en el último episodio había un segmento dedicado enteramente a Brexit con una postura explícitamente en contra de irse, Sky Atlantic, propiedad también de Murdoch y a cargo de su emisión británica, alegó las reglas de imparcialidad de Ofcom (oficina de regulación de medios y telecomunicaciones) para posponer la emisión del programa hasta jueves después del cierre de las mesas.

 

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En Londres la gente joven está directamente devastada. Mi compañera de cuarto siente que la gente votó sin conocimiento y le preocupa las consecuencias sociales de la grieta generacional.

En mi clase de gimnasia, mientras hacíamos flexiones, el profesor italiano nos arengaba con un “¡piensen en el referéndum!” para aumentar nuestra bronca y rendimiento. En una cena, ingleses londinenses hablaban fantasiosamente de un referéndum para separarse del Reino Unido. Los jóvenes creativos de Norwich rastreaban antecedentes irlandeses para tramitar su pasaporte comunitario (cuyo pedido está explotando hace algunos días). El clima está tenso: una amiga me contó que el viernes en un pub, un británico le tiró un vaso de cerveza y amenazó con golpear a una finlandesa diciéndole “Volvete adonde pertenecés”. A la salida de un restaurant cerca de Sheffield, un hombre con apariencia skinhead –rapado, con cicatrices en la cabeza y musculosa negra- les pregunto a mis amigos argentinos en qué idioma estaban hablando, de dónde eran y qué estaban haciendo en Gran Bretaña, rematando con un “no ofense”, que ofendió más que las preguntas. En realidad, más que un rebrote difícil de comprobar en un país que es un verdadero crisol de razas que convive bastante pacíficamente hace décadas, la sensación es que hay un mensaje nacionalista y a la vez anti inmigratorio más legitimado –y quizás empoderado- que antes.

 

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Nigel Farage, protagonista del Leave y del partido de derecha nacionalista UKIP, dijo: “esta es la victoria de la gente decente en contra de los grandes bancos, las multinacionales, los grandes políticos”, mostrando la hilacha anti establishment que es crucial para entender lo que está pasando en Europa Occidental y cómo la derecha y la izquierda pueden tocarse en cierta globalifobia.

 

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De hecho, varios amigos argentinos me hicieron la misma pregunta: “El progresista vota quedarse en la comunidad y el conservador irse, ¿no?” No es tan sencillo definir esas categorías, primero, y, segundo, clasificar. Por un lado, el partido conservador está dividido a favor y en contra, como lo demostró la riña de los tories Boris Johnson (la cabeza rubia de Leave) y David Cameron (futuro ex primer ministro, cabeza del Remain). Labour fue mayormente pro Remain, aunque hubo algunos pocos exponentes que querían abandonar la EU. Pero hay también un perfil anti-establishment-por-izquierda en contra de la comunidad europea, explicado acá por Varoufakis, economista y ex ministro griego: la izquierda europea se debate entre querer cambiar las injusticias y desigualdades de una comunidad que consideran “neoliberal”, o bien desde adentro o bien desde afuera. Los segundos serían los “Lexiters” (Left + Exit). Jeremy Corbyn, líder de la oposición Laborista, está enfrentando en este momento una corrida de laboristas que quieren su cabeza. Lo juzgan como mal líder y débil en su postura pro europea durante la campaña. Incluso, se lo acusa de que su euroescepticismo pasado –crítico de las imposiciones de un mercado libre que venían de la mano de la UE- matizó demasiado su compromiso con el Remain. Su postura en general fue que el Reino Unido tenía que quedarse para proteger los derechos de los trabajadores, pero seguir criticando a la Unión Europea para conseguir una reforma orientada a un continente socialmente progresista. Además, el Laborismo observó de afuera la feroz interna de los tories, que fue protagonista de todo esto. En cualquier caso, a la hora de ver cómo la campaña Leave se iba radicalizando hacia un mensaje anti inmigración, con spots que lindaban con lo xenófobo, es probable que al votante progresista le haya sido difícil ubicarse en el mismo lugar que sus archienemigos, aunque fuera con otros argumentos.

 

Londres, centro financiero de Europa y uno de los centros culturales del mundo, es una ciudad totalmente global. Pero para entender esta elección es fundamental una mirada más integral.

 


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