Es martes, es casi medianoche y parece un milagro que esa mujer recién llegada de Tucumán encuentre a Doña María entre los cincuenta puestos de La Salada que venden ropa interior, entre los miles de otros puestos que ofrecen desde medias por docena hasta camperas a noventa pesos cada una. Encontrarla a María en el gran mercado es díficil por partida doble: su puesto no está en Urkupiña, Ocean ni Punta Mogotes, las tres ferias tradicionales, sino en una que crece en las orillas del Riachuelo, cruza la calle, y llega hasta las veredas de las casas. Esa zona gris es un laberinto irregular que a falta de un nombre mejor han bautizado La Ribera. La Ribera es el borde del borde, el extremo de la informalidad salada, el sitio donde las peleas por vender más barato aquello que pudo haber venido de un taller de Villa Celina o una fábrica tecnologizada del sur de China producen gritos sacados como ese que se escucha ahora por encima del bullicio: “medias a tres por diez, aproveche señora”.
María Quispe está parada detrás de su puesto. Trata de abarcar todo con la mirada: la mercadería, la gente que pasa, la chica que le ayuda a vender. Mantiene algo de los rasgos de su tierra: el pelo negro y larguísimo termina en dos trenzas y usa una pollera de raso hasta debajo de la rodilla. Es amable para atender. Habla con la clienta tucumana y extiende un palo de escoba hasta quedar en puntas de pie. Se balancea sobre la mesa y sonríe cuando encaja el gancho de la punta en un corpiño rojo que cuelga del techo de su puesto.
-Disculpe que se la haga díficil Doña María, -dice la compradora- pero ese corpiño es para un amigo. Deme el más grande de todos.
El chiste no le hace gracia, pero María lo festeja por cortesía. De hecho, cada dos semanas, cuando la tucumana llega para comprar ropa interior que luego le venderá a las travestis de su provincia, repite la misma broma y María se ríe como la primera vez. La vendedora sabe que esa mujer viajó 1300 kilómetros en un micro de asientos apenas reclinables sólo para conseguir precios baratos, y que luego volverá a su tierra a intentar vender todo lo antes posible y recomenzar el ciclo que una o dos semanas después la devolverá a las rutas, la vida en los micros, Ingeniero Budge y a La Salada como destino final. A María, saber a la tucumana parte de la misma rueda le despierta una especie de solidaridad de clase: las dos viven de dormir en micros y de trasladar sus equipajes hechos de ropa de miles de otros.
***
Como toda metrópolis, La Salada creció desde el centro a la periferia. El núcleo son los tres galpones más grandes -Urkupiña, Punta Mogotes y Ocean- que en el pasado fueron piletas y que a partir de los de los 90' se convirtieron en ferias más o menos organizadas. Cada una tiene un promedio de dos mil puestos de venta, cien empleados de seguridad y un límite claro: alambrados, paredes, dueños. En la calle y en los bordes está lo incierto: La Ribera. La última feria creció por espasmos, a medida que los vecinos o los propios puesteros coparon espacios en la calle. Algunos vendedores dicen que esa feria al aire libre e irregular tiene 7000 puestos. Otros, que hay cuatro veces más.
A partir de las diez de la noche los micros que vienen del interior del país llegan a La Ribera, y cada uno de los habitantes de esa ciudad temporaria se corre apenas lo suficiente para dejarlos entrar. Los micros son enormes y se abren camino acariciando los puestos que se armaron a uno y otro lado de la vereda. Lo mismo hacen, en escala, los carros que trasladan bolsas con mercadería por la feria: corren de un lado a otro gritando para alertar a los transeúntes que los esquivan con desgano, como toreros con reflejos tardíos.
Desde afuera, cualquiera pensaría que todo está a punto de colapsar. El foráneo ignora que hay una especie de orden invisible, una dinámica y una lógica que permite a cada pieza encastrar con la otra. Ese orden misterioso permite que todos los martes y los sábados -siempre dos veces por semana- más de 60 mil personas se concentren en un predio de cincuenta hectáreas y monten una ciudad mientras el resto del suburbio duerme.
***
En los 90', mientras un grupo de inmigrantes bolivianos fundaba La Salada, María vivía en el Bajo Flores y pasaba semanas enteras encerrada en el taller de costura de un coreano. Llegó a trabajar un promedio de dieciocho horas diarias. Nunca se quejó.
-Lo hice porque quería ahorrar –contesta si algún argentino le pregunta.
Con los años compró la casa, después el auto y por último las máquinas de costura. En el 2003 quiso tener un puesto en La Salada, pero no encontró nada: todo lo formal -lo que tenía título de propiedad, acciones, cierta previsibilidad- estaba ocupado. Entonces alquiló en La Ribera y empezó a producir las mismas prendas que había hecho durante los años de encierro. Eran polleras, blusas y sacones de tamaños grandes. Prendas ideales para mujeres como ella.
-¡Haces ropa de coreano! -le dijo una de sus paisanas.
María sentía que la miraban como a una especie de monstruo de circo: una boliviana que cosía como si fuera oriental. Era una vendedora freak. Las propias puesteras la educaron en la estética de lo que tenía éxito: la ropa deportiva, las remeras de moda, camperas de mujer y buzos con capucha. Pronto se descubrió a sí misma mirando los canales de moda para robarse ideas o comprando ropa original en el Shopping de Liniers, sólo para desarmarla en la mesa de corte y hacer moldes que le permitieran reproducirla al infinito.
Al principio le costaba hacer marca, como en la jerga se le dice a reproducir logos de las grandes empresas que tienen mejor marketing. Hacía buzos deportivos sin estampado y remeras de fútbol sin bordados. No le iba mal, pero vendía menos de la mitad que sus colegas.
La única forma era ser una más de esas miles de mujeres que aprenden a bordar la pipa de Nike sobre cualquier producto. Sus remeras se empezaron a parecer al resto: una imitación imperfecta de los originales, un híbrido que no era ni una copia fiel de la ropa que se ofrece en las publicidades, ni algo completamente distinto. Lo que María fabricaba era un tercer producto: uno mestizo, hijo de su educación de costurera y de lo que aprendió en la feria.
***