El origen de Jorge Sampaoli es un clásico de las ligas pueblerinas de Argentina. Empleado de un banco, jugador y técnico a la vez, conocido por todos los vecinos y con un sueño: vivir del fútbol. En esta crónica, el periodista Leandro Cócolo recorre los primeros diez años de carrera del técnico de la Selección. Cómo forjó su estilo, cuáles son sus obsesiones, sus jugadores y por qué muchos lo comparan con Marcelo Bielsa. Esta historia es parte de El origen, un documental que acaba de estrenar TyC Sports.



En el Banco Provincia de Santa Fe de Lisandro De la Torre y 1º de Mayo, una de las esquinas céntricas de Casilda, nadie se sorprendió cuando Jorge Sampaoli pidió tres días de licencia para preparar un partido de fútbol. Apenas podían contenerlo para que no se escapara al Café Sarmiento, el bar de enfrente, a discutir durante horas de tácticas, esquemas y jugadores.

 

Era la primera vez que Sampaoli iba a dirigir a Alumni. La oportunidad había surgido de manera inesperada: el entrenador del equipo se había ido con su hija de viaje de egresados. Algunos dicen que Mario Bonavera, el DT en cuestión, había anticipado su ausencia durante la pretemporada; otros -como el dirigente Sergio Abdala- se sorprendieron al verlo arriba el micro: “¿Y ahora qué hacemos?”.

 

Abdala, amigo de Sampaoli desde la infancia, había jugado con él en Aprendices Casildenses. Le ofreció el puesto sin dudarlo. Y el Zurdo -así le decían- aceptó, también sin dudarlo. Ya era jugador y preparador físico e iba a ser entrenador, al menos por una semana.

 

Asumió al cargo el lunes 5 de octubre de 1991. El sábado anterior, Alumni había perdido por 3 a 0 la primera final de la Liga Casildense ante Huracán de Chabás. La diferencia había sido tan grande que casi nadie esperaba la revancha, mucho menos un partido desempate.

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Buscó un golpe de efecto. Pidió licencia en el banco y fue casa por casa a hablar con cada uno de los jugadores. “Nos vino a levantar el ánimo. Modificó los horarios de entrenamiento e hizo que estemos exclusivamente a su disposición para entrenar y dar vuelta la final”, cuenta Adrián Pradolini, integrante de ese plantel.

 

Ese verano Sampaoli había llegado a Alumni, proveniente de Aprendices, otro de los equipos de la ciudad. Tenía 31 años y era un obrero del mediocampo, siempre dispuesto a sacrificarse en una marca personal que anulara al mejor de los rivales. Llevaba la diez, pero casi no pisaba al área contraria; de hecho, Abdala asegura -entre risas- que su amigo festejaba dos veces al año: una en su cumpleaños y otra cuando metía un gol. Como tantos otros jugadores de la zona, había aterrizado a la Liga Casildense tras quedar relegado en la inferiores de Newell´s. Una fractura de tibia y peroné había impulsado su salida de la Lepra cuando tenía 19 años, aunque después admitió que la verdadera razón era futbolística: no tenía pasta para jugar en Primera.

 

El día en que Jorge Sampaoli debutó como director técnico, el sábado 12 de octubre de 1991, Alumni ganó 2 a 1 en Chabás y forzó un tercer partido de desempate, a jugarse en la cancha de Nueve de Julio de Arequito y con Bonavera nuevamente en la dirección técnica. Fueron campeones gracias a un cabezazo de Alejandro Vitali sobre el final. El Zurdo, otra vez en su rol de jugador-preparador físico, tuvo premio doble: al año siguiente se hizo cargo de las divisiones juveniles del club.

 

Sampaoli jugó dos años más en Alumni hasta que se retiró. Dos años en los que además jugador y preparador físico fue el entrenador de las inferiores y empleado del Banco Provincia de Lisandro De la Torre y 1º de Mayo.

 

En ese entonces ya no se escapaba del banco para conversar de fútbol en el Café Sarmiento, el bar de enfrente, sino que iba a Renato Cesarini, el club-escuela-semillero de Rosario del que salieron jugadores como Martín Demichelis, Santiago Solari y Javier Mascherano.

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Jorge Solari, el Indio Solari, es uno de los fundadores de Renato Cesarini. De Sampaoli recuerda sus ganas, que viajaba todos los días desde Casilda (a 60 kilómetros), que no faltaba nunca y que no sabía cómo hacía en el Banco Provincia porque los bancos cierran sus puertas a las tres de la tarde pero después siguen trabajando con la gente adentro.

 

“Usted se daba cuenta muy rápido cómo era: observaba, preguntaba, discutía, después participaba. Vino predispuesto a aprender y tenía una obsesión: dirigir profesionalmente”, dice Solari.

 

En Renato Cesarini dirigió gratis. No lo movilizaba la plata sino la posibilidad de hacer un curso acelerado para cuando le tocara asumir en Primera. Eso fue en Alumni, en 1994, pocos meses después de retirarse como jugador. Los que estuvieron con Sampaoli en Alumni, como Mauricio Vittone o el propio Abdala, dicen que su llegada revolucionó la Liga Casildense: pasó de entrenarse dos veces a la semana a entrenarse todos los días, y los demás clubes, obligados a seguirles el ritmo, tuvieron que hacer lo mismo. Vittone destaca esa etapa como el inicio del profesionalismo en la región, no desde el punto de vista del dinero pero sí desde la intensidad del trabajo.


 

Diario La Capital, Rosario, martes 26 de septiembre de 1995:

 

No es Bruce Willis en su última película de Duro de Matar, aunque se parece bastante con esos lentes oscuros. Tampoco es Tarzán intentando descolgarse de la frondosa arboleda. Es un técnico de fútbol del Interior, que por encontrarse suspendido no podía ingresar a la cancha y entonces tuvo que ingeniárselas para no perder las alternativas del juego y hacer escuchar su voz. Jorge Sampaoli, el responsable de Alumni, siguió la primera final en Arequito desde esa platea preferencial. Una verdadera postal de nuestro fútbol regional. Una pintura de la pasión y el fervor de los protagonistas.

 

En la foto que ilustra el recuadro asoma la figura de Sampaoli: anteojos redondos, remera negra y sombra de barba. De fondo, solo ramas.

 

Sampaoli no podía dirigir la primera final entre Alumni y Nueve de Julio de Arequito porque el fin de semana anterior, en las semifinales ante Belgrano, había sido expulsado por un reclamo desmedido al árbitro Emilio Muliterno por una roja a Fernando Bertuzzi, la figura del equipo.

 

Según la crónica del partido, 1.500 personas asistieron a la cancha el día de la final. Adentro del campo, entre los titulares, estaba Mauricio Vittone: ”Él nos daba instrucciones desde el alambre pero no lo registrábamos porque había mucha gente. Entonces se trepó al árbol y nos pasaba toda la información”.

 

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¡Sampaoli está dirigiendo desde arriba de un árbol!, le gritó el Gringo Eliseo a Sergio Torrigino, fotógrafo del diario La Capital. “Solo tomé dos o tres placas porque tenía que cuidar el rollo para los festejos”, se lamenta hoy.

 

El Gringo Eliseo es Eliseo Trillini, periodista enviado del diario rosarino, que además era amigo de Sampaoli. El día previo a la gran final, Trillini lo había definido como un celoso armador táctico, con mucho apego al trabajo y detallista al máximo.

 

Aquel partido terminó 0 a 0, a priori un buen resultado para Alumni por la jerarquía del rival -era el campeón vigente- y por la posibilidad de definir la serie como local. Pero la ilusión duró apenas una semana: Nueve de Julio ganó la revancha por 2 a 1 y el árbitro José Núñez expulsó a tres jugadores de Alumni y también a Sampaoli. Hubo invasión de los hinchas, luego de la policía y el partido fue suspendido.

 

Era la segunda final perdida de manera consecutiva contra el mismo rival.

 

La imagen del árbol llegó a manos de Eduardo López y Néstor Rozín, presidente y coordinador de Newell´s, respectivamente:  “¿Y este loco quién es?”, se preguntaron. Le ofrecieron las inferiores del club, pero no aceptó porque necesitaba plata y ya había dirigido gratis en Renato Cesarini. Meses más tarde, surgió un convenio para que Argentino de Rosario, que estaba en la Primera B y quería armarse para ascender al Nacional, fuera una filial de la Lepra.

 

El 6 de mayo de 1996, Sampaoli fue presentado como director técnico de Argentino de Rosario.

***

El Turco Abdala, amigo de la infancia, compañero en el banco y también en Aprendices Casildenses, dice que Sampaoli tenía una obsesión: Marcelo Bielsa. Que grababa todos los videos, las charlas y las escuchaba en el walkman cada vez que salía a correr. Fue a principios de los ‘90. Newell’s, la ópera prima del Loco, era la sensación del fútbol argentino, con dos títulos locales y la recordada final de la Libertadores 1992 que perdió por penales ante el San Pablo de Telé Santana.

 

 

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Adrián Pradolini, compañero en el título de 1991, luego dirigido suyo y más tarde su asistente de campo, había hecho las inferiores de la Lepra con Bielsa como DT. “¿Y cómo era? ¿Y qué hacían en los entrenamientos?”, se interesaba Sampaoli.

 

-Siempre buscó un estilo propio. Más allá de que Bielsa fue el que más lo movilizó, en la época de jugador le gustaba el buen juego de Menotti pero también le gustaba la innovación de Bilardo en las cuestiones del entrenamiento permanente- explica Pradolini.

 

La fórmula Sampaoli es un poco de este, un poco del otro y mucho, mucho del Loco Bielsa.

 

Cuando le preguntaron a Bielsa cómo había hecho para elegir los refuerzos del Lille, el equipo que dirige actualmente en Francia, aseguró que había visto mil ochocientos videos: ciento veinte jugadores, quince videos por cada uno. Mil ochocientos.

 

Sampaoli la tenía más difícil. En los noventas y en una liga como la Casildense prácticamente no existían las grabaciones. Solo uno o dos partidos por fin de semana, que tenía que pedir a los canales de TV de la zona, y en los que apenas se podían distinguir los futbolistas de uno y otro equipo.

 

Entonces, no le quedaba otra que ir a espiar. Era capaz de meterse en un campo, mandar a sus asistentes a treparse a los tanques de agua con largavistas o pedir prestadas las casas de los vecinos. “Eso nos hizo a nosotros cuando estaba en Alumni”, dice Mauricio Borri, arquero de Belgrano en el título de 1996.

 

Hubo un día en que Alumni tenía el partido definido en el entretiempo. Con el resultado 4 a 0, Sampaoli miró al Muñeco Pradolini, su asistente, y le pidió que agarrara su moto y se fuera a la cancha del siguiente rival para sacar información.

 

–Cuando llegué, muchos hinchas me reconocieron y se me vinieron al humo– cuenta Pradolini.

 

¿Qué hago? Pensó el Muñeco. El partido se estaba jugando bajo una lluvia torrencial, así que pegó media vuelta y se fue. Como a Alumni no podía volver, enfiló directo para su casa. Entró en silencio, como si Sampaoli estuviera observándolo. Se sacó la ropa mojada y comenzó a colgarla en una esquina cuando lo sorprendió el teléfono. Era el Zurdo:

 

–¿Y Muñeco, qué viste?

 

Como no había visto nada, le pasó todas mentiras, y entre esas mentiras no se dio cuenta y le pasó un jugador que estaba suspendido. El martes, en el entrenamiento, volvieron a encontrarse: Sampaoli lo paró delante de todos y le contó al plantel lo que había hecho, que les había mentido. Hoy, a la distancia, Pradolini reflexiona: “Si estás con Jorge tenés que estar al cien por ciento; sino no tenés que estar”.

***

Cuando llegó a Argentino de Rosario no lo conocía nadie. Bueno, sí, era el tipo que había dirigido desde arriba de un árbol. Andrés Aibes, capitán del Salaíto, tiene grabada la imagen de los entrenamientos: Sampaoli de acá para allá con una pizarra con la que remachaba tácticas en las cabezas de los jugadores.

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El diario La Capital lo presentó el martes 14 de mayo de 1996. En la entrevista, el Zurdo explicó: “Hay que tratar de copiar a los equipos de la elite como Milan y Ajax y hacer hincapié en implementar ese juego en el medio que uno desempeñe. Mis equipos se caracterizan por presionar en el campo contrario, lateralizar bien y cuando tenemos la pelota intentar entrar por los costados”.

 

Para dirigir en Argentino tuvo que dejar Renato Cesarini, pero se mantuvo en la Liga Casildense, en la que cambió Alumni por Belgrano de Arequito, y también en el Banco Provincia.

 

“Era muy obsesivo, capaz de entrar a tu habitación a la una de la mañana para remarcarte algo”, cuenta Aibes. A Moncholo Mangiamelli, el canchero de Belgrano, lo perseguía para que no se olvidara de regar el campo de juego. Y lo llamaba a la madrugada a la casa de su mamá Olga para recordárselo.

 

Once victorias, trece empates y seis derrotas fue el balance en Argentino, su primera experiencia en torneos de AFA. Estaba séptimo, posición que lo clasificaba al Reducido por el ascenso, pero el Zurdo se enfrentó con un sector de la Comisión Directiva. “No estoy dispuesto a negociar ni a transar con nadie. Lo único que vendo es laburo. Y ni siquiera me quejé cuando no cobré porque hay momentos en los que los clubes padecen problemas económicos. Pero lo que no soporto es que se juegue con mi trabajo y mucho menos en la previa de un partido tan importante”, le dijo a La Capital antes de renunciar.

 

En Belgrano, su pata casildense de aquel año, combinó éxitos deportivos con trastornos personales. Estaba sobrepasado por la rutina. Cuenta Pablo Paván en su libro “No escucho y sigo” que Sampaoli llegaba a los entrenamientos nocturnos sin energías, agotado por el trabajo como empleado administrativo en el banco y la jornada de tarde en Argentino de Rosario. Que intentó irse, pero los dirigentes se lo impidieron. Y que su ánimo estaba más alterado que de costumbre: llegaron a suspenderlo 44 días por expulsiones reincidentes.

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Mientras tanto, el equipo era una maquinita. Ganó el clásico ante Nueve de Julio, que era tricampeón y llevaba más de 40 partidos invicto. Perdió la primera final ante Huracán de Chabás como visitante, pero ganó como local y se quedó con el campeonato en el partido desempate en la cancha de Alumni.

 

Fue el primer título de Belgrano después de 19 años.

 

Fue el primer título en la carrera de Sampaoli.


 

El Banco Provincia de Santa Fe pasó a manos privadas en 1997. A Abdala y a Sampaoli les ofrecieron el retiro voluntario: el Turco aceptó, pero el Zurdo prefirió el traslado al Juzgado de Paz de Los Molinos para trabajar como secretario del juez Juan José Morelli.

 

Los Molinos es un pueblito de dos mil habitantes, unas pocas manzanas ubicadas sobre la Ruta 92, a mitad de camino entre Casilda y Arequito. Sampaoli se encargaba de anotar a los recién nacidos, los matrimonios y las defunciones. “Los trámites los hacía lo más rápido que podía y cuando se desocupaba cinco o diez minutos sacaba un cuaderno con una cancha dibujada y se ponía a pensar jugadas para el fin de semana”, recuerda Morelli.

 

En 1997 volvió a Alumni, en 1998 a Belgrano y en 1999 firmó con Aprendices Casildenses. Ya era Jorge Sampaoli. Tenía una reputación en la Liga Casildense: era el obsesivo que armaba equipos competitivos donde sea que vaya, el que siempre llegaba a semifinales, a la final o era campeón.

 

Debutó con un empate ante Huracán de Casilda y después encadenó una serie de victorias y empates que lo llevaron hasta la final contra Atlético Pujato, el campeón vigente, que se impuso por 1 a 0 en el primer partido. Chau invicto, en el momento menos esperado. La revancha se encaminaba para un empate, pero sobre el final apareció Luis Bentivoglio y puso el 3 a 2 que obligaba a jugar un tercer encuentro en cancha neutral.

 

En Chabás, ante 1.300 personas y con un plantel repleto de pibes que recién estaban acostumbrándose a jugar instancias decisivas, Aprendices se quedó con el título gracias a un gol de contra del defensor Diego van Zandweghe.

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Ricardo Bacalini, actual presidente de Aprendices, siempre dijo que Sampaoli estaba uno o dos escalones por encima del resto de los técnicos de la Liga. Al Zurdo lo había tenido en su época de jugador y luego, desde la Subcomisión de Fútbol, lo llevó como DT. A pesar de que había tenido varios discusiones con él y que lo consideraba un “tarado” por las jodas pesadas que le hacía desde chico, sabía que era el indicado para el puesto, que era un tipo que vivía por y para el fútbol.

 

–No sé cómo podía tener una relación con la familia, con la mujer. ¿De qué podía hablar con la mujer? Es una persona que no tiene temas muy variados que digamos– agrega Bacalini.

 

Sampaoli seguía tallando su perfil obsesivo. Como cuando hizo colocar baños de inmersión en el vestuario local para la relajación de los jugadores que se usaron dos o tres veces, con suerte. O como la noche que la cancha de Aprendices se quedó sin luz durante un entrenamiento y mandó a traer los autos hasta el alambrado para que iluminaran el campo de juego.

 

Aprendices sumó en el 2000 el segundo de los cuatro títulos que consiguió de manera consecutiva, el último con Sampaoli en el banco de suplentes antes de pasarle el mando a su concuñado Mario Bonavera, el mismo que se había ido de viaje de egresados y le había permitido dirigir su primer partido en 1991. El equipo perdió solo dos partidos, uno de ellos la primera final ante Unión Casildense por 1 a 0. El dramatismo disminuyó en la revancha, con un 3 a 0 con baile incluído, y en el desempate en campo neutral, con un 2 a 1 que definió la historia.


 

Año 2001. Mientras la Selección Argentina de Bielsa arrasaba en las Eliminatorias para el Mundial de Corea y Japón, Sampaoli volvía por tercera vez a Alumni de Casilda. Eran momentos de crisis económica, en los que no había plata ni para comprar conitos, redes ni pelotas. Con varios lesionados, sin apoyo económico ni potencial futbolístico, el Zurdo se las ingenió para pelear la Liga Casildense, hasta que le tocó enfrentarse con Aprendices, su propia creación.

 

Pradolini sonríe al recordar que Sampaoli estaba enloquecido con la preparación de ese partido, que quería concentrar a los jugadores que iban desde Rosario, que eran unos cuantos y que el club no tenía plata para un hotel. Entonces, el Zurdo los llevó a la casa de su madre, Odila Moya, para que durmieran todos juntos. Al día siguiente les preparó un desayuno y les mostró videos del rival.

 

El primer cruce terminó 0 a 0 y el segundo terminó en escándalo: a Sampaoli le tiraron un proyectil desde la hinchada de Aprendices, los de Alumni rompieron un tejido y el encuentro se suspendió. El Tribunal de Penas les dio por perdido el encuentro a los dos equipos, lo que forzó a un tercer juego para el 2 de diciembre en la cancha de Banfield, que terminó con la eliminación de Alumni tras perder 3 a 1. Fue la última presentación de Sampaoli en la Liga Casildense.

 

En ese momento, Sampaoli esperaba agazapado para dar un nuevo salto en su carrera. Las puertas del fútbol argentino parecían cerradas para alguien que no había sido jugador ni técnico de Primera. La gran oportunidad llegó en el verano de 2002 a través de Néstor Rozín, el mismo que lo había llevado a Argentino. Le dijo que podía meterlo en Juan Aurich de Perú y Sampaoli dijo que sí de inmediato, que necesitaba progresar en su carrera.

 

Entonces comenzó otra historia, la de dirigir en el fútbol profesional.

 

*El documental El Origen fue realizado por Leandro Cócolo y Nicolás Lopresti para TyC Sports


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