Dos heridos en el atentado son argentinos. El cronista Laureano Debat, argentino residente en Barcelona, cuenta cómo reaccionó la ciudad, reconstruye la tradición y actualidad de la migración desde el Río de La Plata hacia España. Y narra los procedimientos de la terrorismofobia, del odio de grupos neonazis y falangistas que preparan una concentración a las multitudes que donaron sangre y taxis ofrecían viajes gratis cerca de los hospitales.



Llegué a Barcelona en 2009, dos años después que Pablo, uno de los argentinos atropellados en el atentado. Una de las primeras impresiones que tuve es que en esta ciudad nadie se mira. La sigo teniendo. Una amiga argentina, de turismo hace poco por aquí tuvo esa misma sensación. Nadie mira a nadie. Es algo que podría cambiar después del atentado y que se notó en las horas posteriores, cuando todos los que rondábamos la zona perimetral no podíamos parar de miraros los unos a los otros.

Esperando a un semáforo, en el vagón del Metro, cruzando la calle, todos en un acto de iniciación: mirarnos por primera vez. No sé si buscamos un consuelo colectivo; no sé si acaso también aparecía un miedo animal hacia el otro.

 

El tiempo dirá.

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Cristina hacía lo que hace el 99% de los turistas que vienen a Barcelona por unos pocos días: dar un paseo por las Ramblas. Caminaba bajo el calor de la tarde y la humedad mediterránea, en esa arteria que desemboca en el mar, siempre tan colapsada de gente.

 

Hasta que escuchó los gritos, y el sonido del motor. Una furgoneta se le acercaba, atropellando a quienes caminaban como ella, y ahora empezaban a correr. Cristina no fue embestida de manera directa, pero en la estampida cayó al suelo y se fracturó el fémur y la pelvis. Ahora, esta porteña de 67 años se encuentra internada y fuera de peligro en la sala de guardias del Hospital de Bellvitge e integra la lista de los más de 100 heridos del atentado terrorista en Barcelona.

 

 

Martín Soto, cónsul adjunto del Consulado Argentino de la capital catalana, no puede darme su apellido pero sí comenta que la mujer está con su marido, consciente y en comunicación permanente con sus familiares en Buenos Aires. El servicio del hospital está colapsado y no hay más datos aún desde Traumatología sobre su estado de salud. Cristina no sabe cuándo tendrá el alta y podrá regresar.

 

De todos los imprevistos que pueden surgir en cualquier viaje, no figuraba que iba a sufrir de manera directa el primer atentado del Estado Islámico en territorio español.

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Tan solo 15 días atrás, un grupo denominado Arrán interceptó un bus turístico en el centro de la ciudad para hacer una proclama performática contra el turismo masivo y sus consecuencias: la especulación inmobiliaria, la subida de los precios de los alquileres, la gentrificación. La masacre de ayer en las Ramblas de Barcelona hizo que la ciudad pasara en un instante de la turismofobia a la terrorismofobia, un grado más agudo –y quizá más justificable- e inevitable de la fobia.

 

El grupo Arrán hizo su inofensiva actuación con pasamontañas, aerosoles y proclamas: los turistas de ese bus pensaron que se trataba de un atentado terrorista. Y la acción no generó demasiada empatía, pero sí que #turismofobia fuera trendictopic y empezara a debatirse más en profundidad las consecuencias graves del turismo masivo.

 

Ahora que el terrorismo islámico atacó el centro neurálgico del turismo en Barcelona, la esquina álgida y emblema de la ciudad ocupada por viajeros ¿desaparecerá la turismofobia? Supongo que no, porque no desaparecen los efectos colaterales negativos de esta industria. Pero sí quedará en un segundo plano durante mucho tiempo. Porque ahora debemos preguntarnos qué hacemos cuando todo puede parecer un atentado terrorista, ahora que sí sucedió, ahora que sí puede ser, ahora que una performance como la de Arrán sería imposible.

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Según datos del Ayuntamiento de Barcelona, en 2016 la ciudad recibió a 32 millones de turistas y se trata de la quinta ciudad europea más visitada, detrás de Londres, Roma, París y Berlín. Pero en Barcelona, la terrorismofobia es la fobia más vieja de todas. Este atentado se produjo el mismo año que se conmemoraban los 30 años de la bomba que ETA puso en el centro comercial Hipercor de Barcelona. Fue un 19 de junio de 1987 y dejó como saldo 21 víctimas, en la época más sangrienta del terrorismo vasco, cuando los civiles también eran objetivos militares.

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Esta mañana, Barcelona amaneció húmeda y calurosa como todos los agostos. Pasaron los barrenderos y dejaron las calles impecables, el ritmo de la gente que iba a su oficina no varió de otros días. Pero en los televisores de los bares no se hablaba ni de la crisis del Barça ni del referéndum catalán, sino de los 4 terroristas que un solo mossod’esquadra (la policía catalana) había matado en Cambrils, una ciudad costera en la provincia de Tarragona y a 1 hora y media de la capital de Cataluña.

 

Las Ramblas seguían cerradas al tránsito pero abiertas a los paseantes, en sus dos veredas laterales y en la rambla central donde la furgoneta hizo su recorrido. Desde muy temprano, la gente se acercaba al lugar como si fuera a un velatorio, con esa intención catárquica previa a la aceptación la tragedia. Colocaban flores en el suelo, encendían velas y se agrupaban en la Plaza Cataluña para un masivo minuto de silencio que encabezó todo el arco político español y catalán, unido en el marco de una terrorismofobia que obliga a dejar momentáneamente las diferencias de lado.

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En el Consulado Argentino tampoco me pueden dar el apellido de Pablo, el otro ciudadano argentino afectado de manera directa por la masacre de las Ramblas. Su caso fue diferente al de Cristina, porque él sí fue embestido por la furgoneta. Pero tuvo suerte y las heridas que presentaba ayer fueron consideradas leves por el personal de guardia del Hospital de Sant Pau. Tuvo golpes en la cabeza y la mandíbula, además de contusiones en todo el cuerpo, según el informe médico citado por Martín Soto. Fue dado de alta ayer por la noche, pero con seguimiento, por lo que tendrá que volver al hospital a hacerse controles.

 

Los otros pocos datos que tenemos Pablo es que tiene 36 años, vive hace 10 años en Barcelona y trabaja cerca del sector donde ocurrió el atentado. El arribo de Pablo a la capital catalana no entra en ninguna de las últimas grandes oleadas migratoria de argentinos a Barcelona, la que se dio después de la crisis del 2001 y la que se está empezando ahora, sobre la cual no hay cifras oficiales pero la certeza de una nueva avalancha de argentinos recién llegados a la ciudad. Por ejemplo, el Casal Catalán de Buenos Aires triplicó este año los alumnos de su curso de catalán, donde el 70% jóvenes quieren aprender la lengua para venir a vivir y a trabajar a esta ciudad. Según datos del Consulado Argentino en Barcelona, de los 80.000 argentinos que viven en Cataluña unos 20.000 residen en su capital y en ciudades del conurbano barcelonés.

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Ayer, alrededor del cerco, se agolpaban los turistas: querían ingresar en sus hoteles pero debieron esperar el desalojo de la zona caliente, la limpieza hasta todo estuviese en condiciones. Algunos optaban por llenar las terrazas de los bares y cenar, beber cervezas y hasta reír un poco. Mientras caminaba y miraba esta ciudad tan llena de contrastes en cada esquina, leía los mensajes de amigos y familiares desde Argentina y recién ahí empecé a entender la gravedad del atentado. Que esa furgoneta también podía haberme pisado a mí. Y que tal vez uno necesite esa mirada global de los hechos que lo tocan bien cerca, para medirlos en su magnitud más real.

 

En el Hospital del Mar y el Hospital Clínic, la gente hacía colas interminables para donar sangre y por Twitter pedían que por favor no fuese más gente, que estaban cubiertos, que tal vez el fin de semana. Los pocos taxis libres en la zona ofrecían viajes gratis. Y mucha gente por Facebook ofrecía sus casas cercanas a la zona del atentado y fuera del cerco perimetral. La terrorismofobia adquiría magnitud de solidaridad.

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Para este sábado y en la zona cercana al mercado de la Boquería, los grupos neonazis y falangistas preparan una concentración para gritar contra lo que suelen gritar cada 12 de octubre: la supremacía de España contra la inmigración musulmana. La terrorismofobia también puede adquirir otras magnitudes.

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Barcelona respira cosmopolitismo hasta en la tragedia: se habla de más de 34 nacionalidades, entre heridos y víctimas mortales del atentado, entre asiáticos, europeos, norteamericanos y sudamericanos. Por eso algunos intentan explicar el móvil del atentado en el hecho de haber atacado un objetivo turístico y, por ende, cosmopolita.

 

La camioneta recorrió 600 metros de las Ramblas, entre la Plaza Cataluña y la parada de metro Liceu. No eligió ninguno de los carriles para autos sino la rambla peatonal, ancha y llena de turistas. Y fue embistiendo gente en zigzag, pasando por la zona de Canaletas, donde festeja los triunfos los hinchas del FC Barcelona y deteniéndose en el Gran Teatre del Liceu, el templo de la oligarquía culta catalana que tiene abono para la ópera y un edificio donde, en los años de la Guerra Civil, el propio George Orwell trepó por sus techos tirotéandose contra los falangistas.

 

Las Ramblas es un lugar odiado por quienes vivimos aquí. Los barceloneses de toda la vida solían usarla, conocerla, disfrutarla. Incluso tienen algunos recuerdos gratos de un pasado más feliz y habitable en esta calle. Pero el auge del turismo masivo les arrebató ese lugar y todos los inmigrantes que vinimos hace algunos años ya la encontramos un territorio imposible, sobre todo en verano. En esta ciudad de paradojas, las Ramblas se acaban de convertir en un símbolo de resistencia contra una tragedia que nunca había vivido de esta manera. Pasaron de la turismofobia a la terrorismofobia.

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El año pasado, durante un concierto de Radiohead en el festival Primavera Sound de Barcelona, compartíamos unas cervezas con una amiga francesa y dos amigas suyas recién llegadas de París. Cuando ambas se fueron al baño, mi amiga me pidió que no sacara el tema de la toma de rehenes del Teatro Bataclán, parte de esa una serie de atentados simultáneos en la capital francesa durante la noche del 13 de noviembre de 2015.

 

 

Las dos habían estado en aquel teatro, incluso, una de ellas llegó a tener el caño de una escopeta en su sien. “No les preguntes nada, todavía no pueden ni hablar del tema”, decía mi amiga. Las dos estaban medicadas, con tratamiento psiquiátrico y licencia laboral. Esta escapada a Barcelona era la primera que hacían después de la experiencia traumática. “Puede pasar aquí también, ahora que lo pienso. Ahora mismo, en cualquier sitio”, me decía mi ella, aquella vez.

 

Y ahora me pregunto qué tan difícil va a volverse Barcelona para vivir, una ciudad que si bien nunca fue del todo fácil y donde las fuerzas policiales hace años piden documentos por portación de cara y turbante, también se ha comportado de manera ejemplar con la acogida de refugiados sirios. No sé cómo será acostumbrarse a vivir con ese miedo localizado en tu ciudad pero tan deslocalizado e inasible a la vez. Me pregunto si tendremos que acostumbrarnos a vivir así, a naturalizar ciertas cosas. Si la terrorismofobia pasará a ser el monotema de todos los que vivimos en Barcelona.


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