La larga noche del orgullo chavista
Entre la noche del domingo y la madrugada del lunes, miles de caraqueños rodearon al Palacio Miraflores para ofrecer cantos, gritos y cornetazos a su líder y también para celebrarse a sí mismos. Sin poner en duda el triunfo electoral, eufóricos, fueron llegando temprano de barrios donde mucho se ha hecho y otro tanto falta. La periodista argentina Silvina Heguy se internó entre la multitud que saltaba y gritaba como en una rave cívico-militar -mezcla difícil pero real en la Venezuela de Chávez- para escuchar las razones de los venezolanos que eligieron seis años más de revolución bolivariana.
La camioneta blanca se detuvo debajo del puente sobre la autopista que lleva al centro de Caracas. La maniobra fue rápida. Se tiró hacia la banquina en medio de la noche. La oscuridad tapaba la hendija en el murallón contenedor de la colina y de cientos de casillas encastradas. Seis personas con remeras rojas salieron de ella. Se treparon a la caja de la pick-up. Tocaban unas vuvuzelas chicas con la corneta hacia un costado. “¡Uh, ah, Chávez no se va!”, cantaban. En la radio la fritura de la AM le daba una pátina de historia a la voz de Hugo Chávez. “En el nuevo ciclo del gobierno bolivariano estamos obligados a ser cada vez mejores”, decía desde el Balcón del Pueblo en el Palacio Miraflores el domingo a la medianoche. “Yo me comprometo con ustedes, cada día, a ser mejor presidente”.
Hacía apenas unos minutos el Consejo Nacional Electoral había anunciado que el presidente Hugo Chávez lograba la tercera reelección, desde su primera victoria en 1998, con más del 54 por ciento de los votos, superando por diez puntos al opositor Henrique Capriles.
La camioneta siguió por la autopista hasta la primera salida. Dobló. Hizo tres cuadras, se metió por las calles también oscuras del centro. No había nadie. Como tampoco lo había en las calles del este caraqueño. El asfalto todavía estaba mojado por el diluvio diario y únicamente grupos de motos cruzaban las avenidas más elegantes de esta zona de la ciudad. Iban a alta velocidad también hacia el centro. Dos de ellas se adelantaron primero al taxi y después a la camioneta. Tocaron bocinazos cortos en señal de alegría. Una cuadra más allá, en la esquina de la avenida Urdaneta, una luz enceguecía. No había policías. La avenida se había transformado sin órdenes en peatonal. Cruzarla en auto era imposible. De un auto salía un reggeatón desaforado. Los de la camioneta bajaron y, por un rato, se abrazaron todos con todos. La voz de Chávez retumbaba desde los parlantes del Palacio de Miraflores y se repetía en los televisores puestos en algunas ventanas.
“Esta Venezuela es la mejor Venezuela que hemos tenido en 200 añooooos”. Las vuvuzelas, los gritos, los aplausos y los silbidos sonaron en un eco por la avenida. “Nunca antes jamás tuvimos una Venezuela como la que hoy tenemoooosss”.
A Oswaldo, uno de los de la camioneta, se le llenaron los ojos de lágrima. Sacó del bolsillo de atrás del pantalón un pañuelo doblado y se lo pasó por la cara. “No es sudor -aclaró- son lágrimas por Chávez. Él nos dio la dignidad. Yo antes no existía. En mis 62 años nunca ningún presidente pensó en nosotros. Nosotros le dimos los votos. Porque yo aprendí a leer y escribir con él. Nunca había puesto mi nombre en un papel. Yo escribo por Chávez, me han dado anteojos gracias a él, puedo ir al médico gratis. Chávez nos dijo que Venezuela es nuestra también. Esta es una de las noches más alegres de mi vida. Hay Chávez por seis años, hay futuro por seis años”.
Una chica con una remera con los ojos de Chávez se acercó a Oswaldo. “Que hay fiesta, que hay socialismo pa'rato, viejito”, y lo abrazó. Las vuvuzelas ensordecieron por un rato.
Chávez en el Balcón del Pueblo, que siempre parece demasiado chico de tan fino y tanta gente que se sube, sostenía ante una multitud de rojo el sable de Simón Bolívar. “Hemos logrado la victoria en toda la línea de batalla. Fue ¡la batalla perfecta!”, decía eufórico. Había vuelto a usar la camisa roja. En toda la campaña su color había sido el azul.
Mariabel Pazos bailaba. Movía el cuerpo mientras sonreía. “¡Uh, ah, Chávez no se va!”. Se había levantado a las tres de la mañana cuando el Toque de Diana, la marcha que en cada elección venezolana suena para despertar a los electores chavistas (y a los otros también), había retumbado en su barrio.
“A las seis y media estaba en el centro de votación. Quería votar primera. Es lo único que puedo hacer por mi presidente. Habían dicho que la votación sería fuerte, pero sabíamos que íbamos a ganar. Nuestra vida es la lucha. Antes era por sobrevivir, ahora es por construir nuestro bienestar. Por eso no estoy cansada. Quiero bailar hasta mañana”.
Mariabel había llegado a los alrededores de Miraflores a las seis de la tarde. Estaba segura del triunfo, pero nerviosa. Quería estar cerca de la casa de gobierno, para “cobijarla”. A esa hora los primeros chavistas habían comenzado a acercarse al centro. Mariabel y muchos otros habían llegado de la zona oeste, donde las colinas son el límite de esta ciudad caótica y donde los barrios más pobres intentan salir adelante.
“Tomé una buzeta con una amiga. Estábamos tan nerviosas que no nos aguantábamos estar en la casa”. Mariabel esperó dos horas cerca de una de las escalinatas que dan a Miraflores. Cuando vio armar un par de tarimas, a eso de las ocho, dice que respiró. En ese momento comenzó a llegar más gente. Las imágenes de televisión habían mostrado el comando de campaña chavista y las caras eran de felicidad. Mariabel se abrazó con su amiga. Después empezó la fiesta.
Por los parlantes de Miraflores sonaba la canción de la campaña. “Vive tu vida/dale alegría/escucha bien lo que te estoy diciendo/no más barreras al sentimiento/Chávez, corazón del pueblo”. La avenida parecía que se estiraba para que todos entraran. Había gente trepada a los techos de las paradas de colectivos. Para avanzar era necesario esquivar las parrillas que humeaban chorizos cortados al medio. En barriles de plástico, llenos de hielo, había latas de cervezas y botellas de agua. Los autos estacionados eran una especie de discoteca. De los parlantes salía música, adentro había botellas de ron. Un par de chicas con remeras rojas anudadas a la cintura bailaban sobre el techo de uno.
Los “buhoneros” vendían remeras rojas por si alguien se la había olvidado a “50 bolos”, unos diez dólares. “Vine con 200, éstas son las últimas diez que me quedan”, ofrecía uno de ellos como argumento de venta.
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