La escritora Claudia Piñeiro fue una de las voces más activas durante el debate por la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Durante estos meses formó parte de grupos de trabajo por WhatsApp que se volvieron amistad y familia y que siguen activos para pensar las próximas estrategias de lucha. Esta es su bitácora del 8A, el día que los senadores no quisieron terminar con el aborto clandestino.



Iba a ser un día difícil. Lo sabíamos desde que nos despertamos. Tal vez desde antes y por eso tuvimos sueños poco reparadores. A pesar de tratar de mantener la esperanza, el ánimo e incluso la sonrisa, las noticias seguían siendo malas y no podíamos ignorarlas. El whatsapp grupal se activó a las 6 de la mañana, el horario en el que arrancaba desde hacía semanas. Como siempre los primeros mensajes fueron de Noelia Barral Grigera, que a esa hora ya estaba trabajando en la radio y nos compartía las noticias destacadas. Ninguna fue buena en el arranque del 8 de agosto de 2018. El clima tampoco ayudaba, hacía frío y llovía; yo ya tenía mi paraguas verde gracias a una amiga que se habían ocupado de conseguirmelo. La noche anterior había desempolvado un suéter verde que hacía años no usaba. Y había dejado a mano varios pañuelos verdes: para el puño, para la mochila, para agitar en el aire, para darle a quien le hiciera falta.

 

Para cuando Noelia llegaba al arranque de la sesión del Senado, el resto nos juntamos a desayunar en mi casa: Ingrid Beck, Ana Correa y Leandro Cahn. A instancias de Ana, la imparable del equipo, a poco de empezar las discusiones en el plenario de comisiones de diputados habíamos armamos un grupo de chat y de trabajo. Antes de eso nos conocíamos, teníamos trato especialmente a través de redes sociales, pero no éramos amigos. La ley hizo que termináramos siéndolo. No fuimos los únicos, hubo cientos de grupos de chat y de trabajo haciendo lo posible para que saliera la ley de interrupción voluntaria del embarazo.

 

El movimiento se fue armando así, por suma de voluntades, sin un líder o un partido que aglutine, solo la extraordinaria fuerza de lo colectivo apoyándose en sólidos antecedentes como la “Campaña por el Aborto Legal, seguro y gratuito” y otros grupos feministas. Si tuviera que dibujar este movimiento agarraría una hoja en blanco, una fibra verde, e iría delineando círculos de distintos tamaños, uno al lado del otro, hasta llenar la página, hasta que ya no hubiera hueco donde meter un círculo más y la hoja entera fuera una inseparable marea verde. Exactamente como lo que fuimos, como lo que somos.

 

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Nuestro chat tuvo varios nombres y varios íconos según iban apareciendo “héroes en este lío”, como dice la canción de los Redondos. No revelaré todos pero por allí pasaron las fotos y nombres de personajes tan diferentes como Miguel Pichetto –a quien le estampamos un corazón verde en la frente-, Nancy Pazos o Nelly Minyersky.

 

Esperé a mis compañeros con café, yogur y frutas; ellos traían las medialunas. Arranqué peleándome con casi todos, el enojo y la frustración no siempre encuentra los mejores canales por donde salir. Ni bien empezaba la mañana un senador que en off había confesado votar a favor de la ley declaraba públicamente que votaría en contra. A esa hora sumábamos 38 senadores que rechazarían la ley sin proponer nada a cambio. La desazón era imposible de disimular, pero seguimos apostando a creer que la sensatez se impondría a lo largo de la jornada y la búsqueda de puntos de encuentro encontraría una salida.

 

No parecía posible que después de meses de debate, después de meses de ver y comprender la realidad del aborto clandestino en la Argentina, nos fuéramos a nuestra casa tal como habíamos llegado hasta allí, sin que los senadores aceptaran hacer un solo cambio a esa tremenda realidad que todos, incluso ellos mismos, habíamos visto.

 

Entre medialuna y medialuna atendimos a la Cadena Ser de España, The guardian de Londres, la BBC y varios medios nacionales. Entraban llamados para unos y otros. Y con los llamados apareció una nueva alarma: si nos buscaban tanto a nosotros es que del lado que apoyaba a la ley ya pocos querían exponerse. ¿Qué se podía decir que fuera sincero y a la vez no desalentara a los que aún tenían esperanzas de que el 8 de agosto se aprobara una ley para que no hubiera más aborto clandestino en la Argentina? ¿Quedaba a esa hora algún senador trabajando para que saliera la ley, la que fuera, la de un consenso posible, o se habían resignado al rechazo total que proponían los senadores empacados en ser jueces y no legisladores? Los mensajes que nos llegaban no eran alentadores, y si lo eran sonaban descabellados. Lo que más nos preocupaba era la gente en la calle, cómo reaccionaría, si ya intuiría que -por el momento- no habría aborto legal en la Argentina.

 

Cerca del mediodía nos fuimos por distintos caminos hacia el Congreso. Con unas amigas y con mi grupo -para entonces “La Minyersky”- habíamos reservado una habitación en un hotel para poder ir y venir de la plaza en una jornada que iba a ser larga y dura. Necesitábamos un lugar donde estar cada tanto y desde donde seguir la trasmisión de la sesión. Leandro, Ingrid y Ana se fueron antes; yo fui un rato más tarde en subte, sola, aunque en un sentido estricto no lo estaba. El vagón era verde, sospecho que todos los vagones lo eran. En los barrales y agarramanos alguien había atado cintas verdes. Los pasajeros nos cruzábamos miradas cómplices sabiendo que estábamos del mismo lado. Me senté frente a una mujer joven que iba con su hija de 8, un hijo algo más grande y un bebé en su cochecito. La niña tenía la cara pintada con glitter verde y sostenía un cartel que decía: “Respeten mis derechos”, escrito con brillantina verde.

 

- Lo hice yo – me dijo cuando le sonreí, y yo le mostré mi paraguas.

 

Me bajé en Callao y Córdoba y empecé caminar. No eran siquiera las dos de la tarde y a la altura de Corrientes la calle ya desbordaba de gente. Me preocupó que varias de las chicas con que me cruzaba me dijeran: “Sale, ¿no?”. Contesté que sí y sonreí; no mentía, porque aunque no saliera ese día, más tarde o más temprano, habrá ley de aborto legal en la Argentina. Pero parecía que ellas y ellos estaban convencidos de que salía esa misma noche, convencidos de que no era posible que unos señores medievales votaran en contra de que las mujeres y personas gestantes ejerzan el derecho de ser madres sólo cuando quieran.

 

Para las generaciones que vienen eso es incomprensible y es muy sano que así lo sea. Como para otras lo fue que las mujeres no pudieran votar, o no tuvieran la patria potestad de los hijos. El cambio de paradigma se cristalizó delante mío en ese momento y en la calle: Será ley. Porque esas chicas, chicos, chiques –y creo que es la primera vez que uso el lenguaje inclusivo- desconocen el paradigma anterior, nacieron cuando ya estaba muerto, no hay forma, siquiera, de explicarles el viejo paradigma sin que frunzan el seño y pongan cara de “de qué me estás hablando”.

 

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Estuve en la calle que olía a lluvia, chorizos y porro –no le digan a los senadores-. Cada tanto, me refugié del frío y de la lluvia en la habitación del hotel. En una radio cooperativa instalada en medio de la calle me encontré con Lucrecia Martel y su pareja; nos quejamos juntas del senador que habíamos visitado el día anterior y que aunque pareció muy empático y comprensivo terminó anunciando que votaría en contra. Acompañé a Noelia que se tuvo que acostar un rato porque se descompuso. Almorcé con Mercedes Funes y Marina Abiuso. Fui con Leandro Cahn a encontrar a su familia y caminé con ellos hasta donde me dejó la marea. Su hija se quejó de que el pañuelo que le había conseguido él era de peor calidad que aquel que le habían robado la semana pasada. Pablo Marchetti me hizo el aguante mientras yo hablaba bajo la lluvia con un senador que todavía podía darnos una buena noticia. Daniel Filmus me consoló dentro del bar cuando tomé conciencia de que no había buena noticia posible y lloré frente a él. Junto a Silvia Lospenatto, otra vez bajo la lluvia y empapadas, maldijimos a un par de senadores que le daban el tiro de gracia a una posible ley de consenso, tratando de que no escuchara su hija pequeña con la cara pintada de corazones verdes. Me abracé con Victoria Donda varias veces en el día, nos llamamos varias veces más, nos mandamos infinidad de corazones verdes y bíceps haciendo fuerza.

 

Cuando se hizo de noche me metí, muerta de frío, en la misma cama que Flor Etcheves a comer unas porciones de pizza. La habían comprado unos minutos antes Leandro y ella; el sacrificio de salir con ese frío les valió presenciar el escrache el diputado Alfredo Olmedo. Con la pizza ya fría se sumó a la rancheada Brenda Austin, que se acostó a los pies de la cama donde Ana tuiteaba su enojo. Ingrid se metió en la única desde donde no se podía ver la televisión y antes de taparse la cabeza con la frazada dijo resignada:

 

- Despiértenme cuando voten.

 

Leandro dormitó sobre la alfombra pero lo negó cuando lo despertamos. Blasfemamos ante el discurso de Rodolfo Urtubey, Inés Blass y Silvia Elías de Pérez. Nos emocionamos con Alfredo Luenzo, Gladys González y Luis Naidenoff. Ovacionamos de pie a Pino Solanas. Llegaron a la habitación mi hijo y su novia a protegerse de la lluvia. Paula Rodríguez, que estaba desde hacía menos de media hora, dijo que se iba al hotel Castelar porque no soportaba estar encerrada sin hacer nada. Marcela Ojeda se fue a dormir a otra habitación porque a las 4 de la mañana tenía que estar en pie. Justo antes de los discursos de cierre se cayó la señal de cable pero mi hijo, al mejor estilo MacGyver, logró hacer una conexión de su computadora a la pantalla que nos emocionó hasta las lágrimas -cualquier excusa era válida para llorar a esa hora de la noche-.

 

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Votaron. Los maldijimos. Puteamos. Lo incomprensible de la situación nos dejó desconcertados y no terminábamos de entender qué eran los ruidos de explosiones que llegaban desde la calle. Flor abrió la ventana: “Son fuegos artificiales de los antiderechos”. Los celestes festejaban que nosotros no habíamos obtenido el derecho que reclamábamos. Llegaron Marina Abiuso y Soledad Vallejos que habían estado cubriendo la sesión en el Senado. No hacía falta decir pero otra vez puteamos. Las abrazamos. Nos consolamos. Estábamos tristes pero enteros. Nos sacamos fotos para el recuerdo. Algunas se quedaron a dormir en el hotel, otros nos fuimos a las 4 de la mañana en taxi.

 

Los fuegos artificiales se fueron apagando a medida que nos alejábamos. Todavía había mucha gente en la calle. Hicimos unas cuadras en silencio hasta que alguien dijo:

 

- ¿Mañana nos hablamos a ver cómo seguimos?

 

- Obvio.

 

Dos horas después, a las 6 de la mañana, el chat de la Nelly Minyersky recibió el primer mensaje del día: “Más allá de la votación, la batalla cultural está ganada”. “Tal cual”, rezó el segundo mensaje. “¿Vamos por la apostasía colectiva?”, alguien preguntó en el tercero. Y enseguida aparecieron en la pantalla tres corazones verdes.

 

Quién es quién
Noelia Barral Grigera: periodista.
Ingrid Beck: periodista.
Ana Correa: comunicadora y abogada.
Leandro Cahn: director de Fundación Huésped.
Miguel Pichetto: Senador nacional.
Nancy Pazos: periodista.
Nelly Minyersky: abogada, fundadora y representante de la Campaña por el aborto legal, seguro y gratuito.
Lucrecia Martel: directora de cine.
Mercedes Funes: periodista.
Marina Abiuso: periodista.
Pablo Marchetti: periodista, músico.
Daniel Filmus: Diputado nacional.
Silvia Lospenatto: Diputada nacional.
Victoria Donda: Diputada nacional.
Florencia Etcheves: periodista y escritora.
Alfredo Olmedo: político, ex Diputado nacional.
Brenda Austin: Diputada nacional.
Rodolfo Urtubey: Senador nacional.
Inés Blass: Senadora nacional.
Silvia Elías de Pérez: Senadora nacional.
Alfredo Luenzo: Senador nacional.
Gladys González: Senadora nacional.
Luis Naidenoff: Senador nacional.
Fernando (Pino) Solanas: Senador nacional y director de cine.
Paula Rodríguez: periodista.
Marcela Ojeda: periodista.
Soledad Vallejos: periodista.

 


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