Francisco dialogó durante 2 horas y 42 minutos con sindicalistas argentinos egresados de la Universidad de San Martín. La unidad del movimiento obrero, el rol de la educación superior y la preocupación por los excluidos fueron algunos de los ejes de la audiencia. Anfibia acompañó a los dirigentes sub40 en un viaje atravesado por los debates sobre el peronismo, la actualidad de la CGT y la figura de un Papa preocupado por la geopolítica y la agenda social.



La taza que Pablo Martínez va a entregarle al Papa dentro de cinco horas fue fabricada por las manos de ocho trabajadores. Sobre la cama de la habitación 208, que el hombre comparte con otros dos compañeros del rubro, se reparten otros objetos que Francisco va a bendecir después de hablar durante dos horas y cuarenta y dos minutos con los veintinueve sindicalistas que viajaron a verlo: una docena de rosarios, cruces, medallitas, una bandera de FOCRA (Federación de Obreros Ceramistas de la República Argentina). Una taza idéntica se rompió en el viaje de Ezeiza a Roma, por suerte en la valija del obrero ceramista iban dos. “Yo amo a Jesús”, se lee. En realidad no dice “amo” sino que tiene dibujado un corazón. En Argentina, el oficio de ceramista, que Martínez aprendió hace veinte años, todavía es artesanal.

 

—Es un trabajo artístico porque lo hacemos todo a mano, casi no hay máquinas. Con un torno sacás el jarro, se lava a mano, otro lo pone en un horno, otro lo esmalta, otro lo pinta, otro lo sopletea y el último lo pinta a mano o le pega el calco.

 

—Es como la película Ghost, que arman el jarro ese que da vueltas —dice Diego Ibañez, recordando la famosísima escena en la que Molly y Sam moldean juntos un jarrón de arcilla. Recostado en la cama de al lado, Ibañez, obrero ceramista de 34 años, escucha a Martínez y cada tanto interrumpe el relato parco, seco, de su compañero con algún comentario jocoso. Ambos son delegados de fábrica en dos empresas porteñas productoras de vajillas, Ancers y Kalill (120 y 40 empleados). Un tercer trabajador y joven dirigente sindical del gremio duerme en la 208. Se llama Jonathan Corbalán y en las horas previas al encuentro con el Papa recorre otros cuartos buscando que el resto de los gremialistas sub40 estampe su firma en la primera hoja de una edición de “Doctrina Peronista”, un manual editado por la Juventud Sindical de la CGT. El librito será una de las ofrendas que el grupo le entregará a Francisco.

 

Poco, casi nada, trascendió del encuentro entre el Papa y los sindicalistas. L’Osservatore Romano le dedicó una oración: “El Santo Padre ha recibido en audiencia, el sábado 30 de abril, a los primeros egresados del Diplomado universitario en conducción de organizaciones sindicales y sociales dirigidos por la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Buenos Aires”.

 

El encuentro, pactado desde enero, ocurrió justo un día después de la histórica marcha convocada por cuatro centrales sindicales –dos CGT y dos CTA- que juntó a más de 300 mil trabajadores en Buenos Aires. La situación del trabajador y la unidad del movimiento obrero fueron dos de los temas de los que habló Francisco con los jóvenes dirigentes en un encuentro que comenzó a las 17 en punto y duró más de dos horas y media.

sindicalistas_papa_1_der 

El evento estaba pactado desde hacía más de un mes: los gremialistas, junto a un juez laboral y un asesor de la legislatura bonaerense, formaron parte de la primera camada de egresados del postítulo que se dicta en la Universidad Nacional de San Martín a partir de un convenio entre la Pastoral Social porteña y un grupo de sindicatos. Como forma de coronar el curso, los sindicalistas quisieron viajar a Roma a visitar a Francisco, quien acompañó desde el comienzo la articulación entre la pastoral, los sindicatos y una universidad pública para formar a los gremialistas.

 

En el inicio del proyecto los sindicatos tenían sus reservas: muchas organizaciones cuentan con escuelas sindicales o programas de formación gremial para sus cuadros. La propuesta de la Universidad y la Pastoral era que se formaran en filosofía, antropología, sociología, historia y también en técnicas de liderazgo. Una decena de organizaciones se sumaron al acuerdo y enviaron dirigentes que, en algunos casos, apenas si habían concluido la escuela primaria. En los próximos dos años egresarán del diplomado dirigentes de nuevas organizaciones que se sumaron al convenio.

 

Los ceramistas se preparan. En dos horas partirá el colectivo rumbo al Vaticano. Mitad en broma, mitad en serio, discuten si llevar puestas o no las camisetas de sus clubes: Chicago, Almirante Brown y Morón. No las van a usar, pero sí las llevarán en una mochila junto a los rosarios, cruces y medallas para ser bendecidos. Ibañez se puso pantalón y camisa negra. Corbalán eligió una camisa a cuadros en tonos claros. Martínez no usa camisas y en la valija casi todo lo que tiene es oscuro:

 

—El Papa tiene que usar todo blanco y yo todo negro: me gusta el heavy metal.


 

Diálogos sindicales I

 

En una pizzería sobre la calle Gregorio VII, a unas 30 cuadras del Vaticano, cenan catorce sindicalistas. Rica pero muy finita es la opinión mayoritaria sobre las muzzas italianas. Excelente la cerveza artesanal. Hace pocas horas terminó en Buenos Aires el acto de las CGT y las CTA. El tema estuvo presente todo el día en las conversaciones. Entre los gremios que forman parte de la diplomatura conviven sindicatos enrolados en las distintas CGT. No hay pases de factura, sino coincidencia total sobre la necesidad de unificar la central obrera, aunque no todos lo ven de la misma manera.

 

—Yo con algunos dirigentes no voy ni a la esquina. Mejor que no estuvieron en el acto.

—Nos debilita que no estén.

—¿Para qué lo querés?

—Para mostrar unidad, para plantarnos con todo.

—Naah, déjate de joder con esos.

—Buenos muchachos, la unidad es así, entra todo ahí.

—El problema acá es que no sabemos para dónde va ir la unidad.

 


 

Entre las sotanas que circulan por las calles circulares del Vaticano y los looks ultramodernos de los jóvenes romanos, los sindicalistas pasean sus camperones, chalecos y remeras con inscripciones gremiales: Domingo Moreira Conducción, dice la chomba de Diego Ibañez, el ceramista.

 

La historia de Ibañez es una sindical way of life. Con 34 años, lleva 11 en la fábrica Ancers y 10 como delegado. No heredó el oficio, tuvo un padre que siempre trabajó por su cuenta. Ibañez llevaba algunos años trabajando en negro, en el rubro del calzado, en Lomas del Mirador, partido de La Matanza. Las jornadas de once o doce horas se le hacían eternas. No tenía obra social. Empezó a tirar currículums. Lo llamaron de Ancers, una empresa que fabrica vajilla en Mataderos. Le gustaba que el trabajo fuera en blanco pero había cosas que no le cerraban. “Vi muchas injusticias”, dice. La presencia del sindicato en la fábrica era una formalidad: tres delegados puestos a dedo por el sindicato que ni siquiera sabían dónde quedaba la sede gremial.

sindicalistas_papa_portyap 

Un día de fines de 2006, los ánimos estaban caldeados en la fábrica. Era viernes y buena parte de los empleados salían ese día de vacaciones. Les debían quincenas y aguinaldo. Con sus compañeros del sector empaque, Ibañez paró la producción. Un trabajador fue a hablar con el dueño: “¿No va a haber plata hoy?”. Le respondieron que no.

 

—Estábamos haciendo un trabajo grande para un pedido de Avón, la necesitaban para ese día. Y a media mañana decidimos cortar las actividades, dijimos paremos todo, no trabajemos hasta que no aparezca la plata. Ese día paramos dos, tres horas. Vino el dueño y dijo: chicos, terminen el pedido que hoy a la tarde va a haber plata. Levantamos la medida de fuerza, terminamos el pedido y a la tarde hubo plata. Ahí nos dimos cuenta de que había que apretar un poco para conseguir lo que querías.

 

De todo lo que dijo Francisco, una de las frases que arrancó las sonrisas de Ibañez y el resto de los sindicalistas fue cuando habló del diálogo y las formas del diálogo: todos los que se desempeñan en ámbitos políticos, sindicales tienen que dialogar con el lenguaje que sea necesario en cada momento; a veces hay que dialogar con una palabra, a veces con ideas, a veces con un grito, a veces hay que dialogar con una amenaza.

 

Dos meses después de la medida de fuerza, Ancers despidió sin causa a algunos trabajadores. Uno de esos días, Ibañez salía de la fábrica y vio a dos hombres que repartían volantes: “No a los despidos en Ancers”. Firmaba la FOCRA.

 

—Fijate el miedo que tenían los compañeros que no querían recibir los volantes, porque en la puerta de la fábrica había cámaras. Yo agarro el volante, lo leo y me vuelvo.

 

Esa tarde y las que vinieron a Ibañez le explicaron que tenían que elegir delegados y que los patrones no tenían que saber quiénes se postulaban. Ibañez fue uno de los cuatro que se candidateó. Otro fue su compañero de viaje y de cuarto: Jonathan Corbalán.

 

La seccional Capital Federal de la FOCRA no tenía la fuerza que las bases –delegados inquietos como Ibañez- pedían. Esa presión terminó con elecciones y una nueva conducción en la filial por la que Ibañez hoy se siente representado. Y orgulloso: de sentarse a negociar paritarias con la patronal, de tener una farmacia donde comprar medicamentos con descuentos, de entregar guardapolvos y útiles a los hijos de los afiliados, de celebrar el Día del Trabajador Ceramista.

 

Cuando comenzó la actividad gremial, Ibañez recibió la mirada torcida de su familia y amigos. Una tarde, después de comer un asado en su casa de Isidro Casanovas, un cuñado le dijo, más o menos en broma, que qué clase de sindicalista era sino tenía ni un auto.

 

—O muchos piensan que como somos delegados no trabajamos más. Yo en los once años que estoy en la fábrica jamás pedí médico. Hay que dar el ejemplo. Y conocer los problemas de los trabajadores cara a cara.

 

El problema más grave que afrontan hoy los trabajadores de Ancers y de otras empresas y talleres que confeccionan vajillas y otras piezas de cerámica es la crisis del sector por la apertura de las importaciones. Es difícil, para la taza confeccionada por ocho trabajadores que los ceramistas entregaron al Papa,. competir con los precios de la vajilla que llega en contenedores desde Brasil.

 

Mientras estaba en Roma, Ibañez se enteró por whatsapp que la empresa todavía no les había depositado la quincena.


 

A lo largo de la semana los sindicalistas verán tres veces a Francisco: el encuentro cara a cara fue el primero; en la plaza San Pedro durante el ángelus que el Papa lee los domingos desde una ventana, el segundo; y de nuevo en la plaza del Vaticano, el miércoles 4 de mayo, cuando antes de la catequesis y la audiencia general el papamóvil pasó entre la multitud.

 

—Vean sus gestos, cómo se mueve, su vínculo con la gente —les había pedido Miguel Vallone, titular de la Diplomatura y Director de la Maestría de Cooperación Internacional de la UNSAM, a los sindicalistas.

sindicalistas_papa_3_caja 

Los domingos y los miércoles la plaza se llena. Para el ángelus, la entrada es libre: basta con pasar los bolsos y abrigos por un detector y cualquier religioso o laico entra a la plaza a escuchar los diez minutos del rezo. Para ver a Francisco los miércoles el ingreso es más exclusivo: hace falta una invitación gestionada por algún obispado, diócesis o un contacto. Algunas pocas entradas pueden conseguirse en el Vaticano. En la audiencia general de los miércoles, a la izquierda y derecha del altar, se ubican otros grupos de personas. Ellos pueden saludar al Papa con la mano, cambiar unas palabras y llevarse una foto.

 

La plaza San Pedro es Babel: camino al sector que tienen reservado, contra uno de los vallados por donde pasará el papamóvil, los sindicalistas escucharon hablar en italiano, inglés, alemán, francés, portugués y algunas lenguas asiáticas. Apenas se sentaron uno de los muchachos comenzó a entonar la introducción al himno con el clásico “oh ooh oooooh” de las canchas y todos los siguieron. Un grupo de alemanes que estaba delante sonreían. Desde atrás del vallado que estaba enfrente, unas mujeres agitaron una bandera argentina.

 

—Ahí sono sempre tutti compatrioti—dijo una mujer italiana cuando uno de los sindicalistas preguntó quiénes eran los privilegiados que están arriba junto al altar.

 

—Hay un indio también —le respondió uno de los muchachos.

 

Era cierto: detrás de un grupo de hombres de traje se veía a alguien vestido como un sioux.

 

—Un indio y tutti argentini —dijo la mujer, una laica que había venido de Génova, con su hijo de 9 años, a ver al Papa.

 

Ese miércoles los “compatriotas” de traje eran referentes de la justicia penal argentina: los jueces Alejandro Slokar, Ángela Ledesma, Horacio Días, Pablo Vega; los fiscales Julián Axat, Josefina Minatta y Enrique Senestrari; y el jurista Roberto Carlés, entre otros. Los jueces y fiscales le entregaron una cruz tallada en madera por mujeres presas del penal de Ezeiza y un libro que resume algunas ideas de Francisco sobre temas jurídicos, titulado “Por una justicia realmente humana”.

 

Desde que asumió el papado, las audiencias de Bergoglio con personalidades argentinas son un tema. En 2013 y 2014 el desfile de argentinos en las de los miércoles fue incesante. También hubo preponderancia argentina en las audiencias privadas. Casi todo el arco político logró su foto con Francisco. En 2015, campaña electoral de por medio, los argentinos mermaron su presencia en el Vaticano. Este año, la agenda papal con sus compatriotas volvió ser un asunto para especular: a quiénes recibe, por cuánto tiempo, qué cara pone en las fotos, a quiénes llama por teléfono, a quiénes envía mensajes o rosarios. No sólo editorialistas de medios hacen reclamos al Papa por sus audiencias: funcionarios de primera línea del gobierno declaran y escriben sus interpretaciones sobre qué estará queriendo decir Francisco, cuál es su mensaje a la sociedad, cuando, por ejemplo, reciba a Hebe de Bonafini el 27 de mayo.

sindicalistas_papa_4_izq 

—El papa habla con lo que dice, lo que calla y con los gestos –dice el cura Carlos Accaputo, sentado en el lobby del hotel romano, dos días después del encuentro de los sindicalistas.

 

Accaputo, titular de la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Buenos Aires, es uno de los que más conocen a Bergoglio. Trabajan juntos desde hace veinte años. Habla poco, al menos con periodistas. Sí mantiene conversaciones con amplios sectores: políticos, sindicalistas, empresarios, movimientos sociales y ONGs. Es un articulador clave de la Iglesia.

 

—No soy un cura de barricada, trabajo de otra manera, ayudo a generar mediaciones, al encuentro, siempre poniendo al hombre y al pueblo en el centro, que es lo dice Francisco.

 

Ese espíritu de construcción, de acercar posiciones e instituciones lo llevó a articular el convenio entre la UNSAM, la Pastoral Social y un grupo de sindicatos, una experiencia inédita para las tres instituciones.

 

El miércoles 4 de mayo, después de la audiencia general, en un café a cinco cuadras de la entrada principal al Vaticano, dos argentinos treinteañeros, con oficinas en Roma, que han visto de cerca al Papa en más de una oportunidad y siguen su agenda en detalle, coindicen con Accaputo en aquello de los gestos, que se ha vuelto ya un lugar común:

 

—Es un estratega, todo en él son gestos. A quiénes recibe, dónde, cuánto tiempo, la cara que pone en las fotos. Que haya estado más de dos horas con sindicalistas argentinos un día después de la marcha y cuando se habla de unidad de la CGT, es un gesto fuerte para el sindicalismo y hacia fuera también.

 

—Comparan esto con Perón y Puerta de Hierro. Es una exageración, pero algo de eso hay, como en elegir a quiénes recibir y en qué momentos. Bergoglio habla de política, de economía, de la juventud, pero él no está en ningún exilio, todo lo contrario, es jefe de Estado y está en el mejor momento, posicionando de nuevo al Vaticano como un actor de la geopolítica mundial. Está más allá de la Argentina pero mirando la Argentina.


 

Diálogos sindicales II

 

Fernanda Benítez es Secretaria Adjunta de la Seccional Capital Federal de SADOP, el sindicato de docentes privados. Representa a 2700 afiliados, en su mayoría mujeres. En Roma era la encargada de coordinar al grupo, de que el bus no dejara a nadie cuando salía de excursión, de que nadie dejara el hotel sin pagar.

 

¿Cómo llegaste al mundo sindical?

En 2001. Trabajaba en una escuela de Saavedra. Al mismo tiempo que me afilié para pelear por la precarización. Me hice en la calle, porque ese año era todo conflicto y marcha, no había otra opción que organizarse.

 

¿Cómo ves la unificación de la CGT?

Estamos haciendo un gran esfuerzo para que esa unidad llegue lo antes posible. Y tiene que ser una unidad con contenido, debatir esos contenidos, definir un programa.

 

¿Los afiliados de SADOP votaron a Macri?

Todos los sectores lo votaron, ¿no? La docencia ha sido siempre una actividad que se ha caracterizado por un voto conservador. Quizás los 17 gremios de la escuela pública y nosotros no acertamos con nuestra política, con nuestro mensaje.

 

¿Cuáles fueron los mejores años del kichnerismo?

Para mí, el período 2003-2007. Por el nivel de crisis de la que se venía. Todo estaba devastado. Y llegó un presidente que restableció derechos pisoteados, vino a reparar. Esa fue la base para construir. Esa sorpresa inicial fue inolvidable. Y el rol del movimiento obrero en esos años fue el mejor.


 

A las cinco en punto de la tarde del sábado 30 de abril, Francisco abrió las puertas del anexo del Aula Paulo VI y le dio la mano a cada uno de los veintinueve sindicalistas argentinos sub40. Parados uno al lado del otro, había dirigentes del gremio de la alimentación, bancarios, ceramistas (FOCRA), estatales (UPCN), mecánicos (SMATA), docentes (SADOP), sanidad (ATSA), municipales de la Ciudad (SUTECBA), AFIP y motoqueros (ASIMM). Algunos son delegados de base y otros integran comisiones directivas de sus sindicatos. Dos fotógrafos del Osservatore Romano gatillaban una decena de veces por cada saludo. Dos días después, cada una de esas fotos podían comprarse a 3,50 euros en papel u ocho euros en formato digital. Los jóvenes dirigentes sonreían, también Francisco, y le decían “gracias por recibirnos”, “es un honor, su Santidad” y otras frases de cortesía.

sindicalistas_papa_5_caja 

El único mobiliario de la sala era un sillón blanco de respaldo alto, una mesa para los obsequios que Francisco daría y recibiría al final del encuentro y las cuarenta sillas para la delegación argentina. Después de los saludos, el Papa pidió a todos que se acercaran y se armó un semicírculo a su alrededor. El quiebre de las formas protocolares, con algunos sindicalistas sentados en la alfombra, anticipó el diálogo llano y coloquial que mantendría con los sindicalistas.

 

Aníbal Torreta, Secretario de Organización de SUTECBA (municipales), leyó un documento de cuatro páginas. Buena parte de lo que escribieron los dirigentes puede rastrearse en el ideario de Francisco: la política no debe someterse a la economía y la economía no debe someterse al paradigma eficientista de la tecnocracia, la crítica al ser humano como dominador irresponsable del planeta, la denuncia por los excluidos y la situación de los inmigrantes. Haciendo propios algunos axiomas del Papa (la unidad es superior al conflicto, el todo es superior a las partes, el tiempo es superior al espacio) los sindicalistas hablaron de dejar de lado los egoísmos en la búsqueda de la unidad del movimiento obrero y del “trasvasamiento generacional imprescindible”, aunque sin apresuramientos.

 

Francisco escuchó la lectura con la cabeza gacha y asintiendo con movimientos tenues. Parecía cansado: lo normal para un hombre de 79 años que a esa hora ya llevaba diez u once horas de trabajo.

 

—Hay una crisis planetaria, estamos en una tercera guerra mundial de a pedacitos. Ocurre una desintegración política, que va avanzando. Yo lo llamo la pulverización de Europa, creo que estamos a un paso de la disolución de la Unión Europea y eso es muy grave, porque nos guste o no Europa siempre fue una referencia cultural.

 

Así arrancó. Los temas de los que habla y desarrolla en distintos documentos –como la Laudatio Si- son los que viene pensando hace décadas. En “Código Francisco”, un libro clave para decodificar su discurso y su accionar, Marcelo Larraquy cuenta que fue en la Conferencia de Aparecida de San Pablo, en 2007, cuando Bergoglio plantó el germen, la orientación de su Pontificado. Para entender la realidad actual, dijo el entonces cardenal Bergoglio, no basta el esquema opresor-oprimido: un oprimido, aún en su situación, está dentro del sistema; en cambio, en una globalización sin solidaridad las víctimas son los excluidos, los que están fuera, los desechables.

 

—Al centro de la organización política planetaria está el dinero. Las personas, el hombre, la mujer son desplazados, y si no sirven a ese proyecto del dinero se descartan, quedan descartados, nadie los empuja, solitos van cayendo.

 

Los ejemplos de Francisco para cuestionar al capitalismo financiero global iban desde una villa miseria porteña a un pueblo del África afectado por la deforestación. En esa primera hora de monólogo, recreó diálogos con jefes de Estado, con organizaciones europeas, con empresarios de multinacionales: el Papa se mostró como un líder político mundial dispuesto a reposicionar al Vaticano como un actor geopolítico relevante. Hubo también referencias a su niñez en Argentina y un reconocimiento a Ramón Carrillo (ministro de Salud de Perón) y Elpidio González (vicepresidente de Alvear). El anecdotario papal suele comenzar con el relato de un acontecimiento en Europa o Asia y terminar con un ejemplo, un recuerdo de Argentina. Siempre con un ojo mirando a Argentina.

 

—Ahora, como dicen los romanos, “dixit!”. Quiero escuchar sus comentarios, lo que piensan ustedes, lo que quieran preguntar.


 

Diálogos sindicales III

 

Una noche de lluvia, cinco sindicalistas viajan en taxi por Trastévere, un barrio que concentra como pocos gran cantidad de monumentos y restaurantes. En el taxi podían viajar un máximo de cuatro personas. El taxista amagó con intentar una queja pero prefirió acordar un recargo de cinco euros y llevarlos a todos.

 

—¿Tutti argentini?

—Todos, sí. Y amiyi del Papa

—Amico del Papa, ¿eh?

—Mostrale, mostrale.

 

Martín, de SMATA, pone la foto en la pantalla del celular. Le está dando la mano a Francisco. Con tono pausado para hacerse entender, el taxista dice que vive en Roma, que ya vio pasar muchos papas y que en general son puro bla bla.

 

—Questo Papa e bene, ma il Vaticano…

—Bueno, pero dale tiempo, recién arranca.

 

Los dirigentes coinciden en que modificar las estructuras, moverlas un poco -ellos algo conocen de eso- cuesta. El taxista dice que si de verdad es el capo de todos los otros, Francisco debería lograr cambios importantes en la Iglesia. Sino, será otro papa más en la estadística.

 

—Hoy un colaborador del Papa nos dijo que Francisco necesita cuatro o cinco años más para hacer cambios importantes. Que una vez que ponga a la Iglesia en una dirección, el que venga después no va a poder cambiar el rumbo.


 

Después de una hora y cuarto de charla Francisco ya no parecía el hombre cansado del inicio del encuentro. Estaba erguido en el sillón y tomaba un mate. Dijo que aceptaba por cortesía pero que era uno y nada más porque tenía acidez. Después de devolver el mate habló de la dimensión de lo viable: cuando el hombre deja de ser concreto –dijo- se pierde el sentido de lo viable y se sueña con todo, se quiere todo y no se quiere nada. Una trabajadora y delegada gremial le agradeció, con la voz quebrada, por haber abierto la puerta a los divorciados y le preguntó por el lugar de la mujer en los sindicatos. El Papa hizo unos segundos de silencio. Algunos inclinaron el cuerpo, buscando más cercanía. Intuyeron que la charla, ya en su recta final, se pondriá más jugosa.

 

Francisco habló de las resistencias dentro de la misma iglesia. Hizo una división, no taxativa pero sí con ejemplos, de ciertos conservadurismos europeos y de realidades de la iglesia latinoamericana donde ya ocurría lo que ahora el Vaticano aprobó por escrito. Habló de la sabiduría de muchos párrocos a quienes la vida cotidiana les corrigió el dogmatismo.

 

Para el Papa, la mujer tiene una mirada distinta al hombre al enfrentar situaciones complejas o conflictivas. Al eficientismo del hombre opuso la sabiduría de las mujeres. Se mostró crítico con el feminismo pero fue más duro con el machismo. Un rato después del encuentro, algunas de las mujeres dirigentes –que en la comitiva eran 8 sobre un total de 30- coincidieron con Francisco: a ellas les toca moverse en organizaciones con un machismo exacerbado pero a su vez no adhieren al feminismo.

 

La actualidad argentina se coló en los comentarios y las preguntas de los sindicalistas. Los más informados pudieron ratificar lo que han leído u oído por ahí acerca de cómo ve Francisco a la Argentina. El Papa levantó un poco la voz para decir algo que otros dirigentes políticos, sindicales, sociales y empresariales escucharon en Roma en los últimos tres años: Argentina no soporta otra ruptura institucional.

 

Le dedicó casi diez minutos a cuestionar al periodismo. Enumeró los cuatro pecados de los medios: la desinformación, la calumnia, la difamación y la cropofilia: el gusto por tocar y tirar “caca”. Esa palabra usa el Papa.

 

Ya sobre el final, Francisco habló de la formación, la educación y la universidad. El rector de la UNSAM, Carlos Ruta, contó cómo las universidades se resignaron a instruir en lugar de formar.

 

—Los mercenarios que destruyen el planeta y nuestros países se formaron en nuestras universidades.

 

—Y en algunas católicas también, no solo en las estatales —dijo Francisco.

sindicalistas_papa_6_der 

El Papa destacó el trabajo de la UNSAM con la escuela que creó en José León Suárez  y dijo que la universidad debe educar en los tres lenguajes: el de la cabeza, el del corazón y el de las manos. De manera que una persona termine pensando lo que siente y lo que hace, sintiendo lo que piensa y lo que hace y haciendo lo que sienta y lo que piense.

 

Julia, la secretaria argentina del Papa, le recordó que ya eran más de las siete, que quedaba trabajo por hacer. Todavía faltaban los intercambios de regalos, las bendiciones, las fotos y los videos con dedicatoria para cada sindicato.


 

Diálogos sindicales IV

 

El penúltimo día de estadía en Roma, en la pérgola del parque del hotel, dos gremialistas de la alimentación y dos de SMATA toman mate. Hablan de la derrota en las elecciones, el gran tema de todas las charlas junto con la conducción del peronismo y la unidad de la CGT. Discuten por el impuesto a las ganancias, que días antes figuraba en el segundo lugar del documento que elaboraron las CGT para la marcha. Las posiciones difieren incluso entre compañeros de un mismo sindicato.

 

—Si tocaban un poco el impuesto a las ganancias, ahí tenés los dos puntitos que nos faltaron para ganar.

—¿Y si no se podía tocar? ¿Y si esa guita ya la estás poniendo en otro lado?

—No te digo eliminarlo, dos puntitos, tocar la escala.

—Para mí está bien el impuesto. Sino somos como la clase media: cuando nos va mejor decimos ah no, a mí no me saques para darle al pobre, sacale a otros.

—Acá no se escuchó al trabajador. Yo les milité toda la campaña, falté a las ecografías de mi hijo por la campaña, y los laburantes me hablaban de ese impuesto. Tocá la escala y después de las elecciones que la acomode el que viene.


 

El periplo de la juventud sindical por Roma incluyó un diálogo con el titular de la Pontificia Comisión para América Latina (CAL), el uruguayo Guzmán Carriquiry Lecour, dos coloquios en la Universidad Roma 3 sobre la historia y problemáticas actuales de la Unión Europea y una visita a Asís, la ciudad de San Francisco. No faltaron los paseos por el Coliseo, la Fontana di Trevi, las ruinas del foro, la Capilla Sixtina. En cada lugar, de alguna mochila salía una bandera con la sigla del sindicato para la foto. Se cantó la marcha peronista en los restaurantes, en la calles, en la plaza San Pedro.

 

—No peronicen a Francisco, no se saquen fotos con remeras y esas cosas —había pedido el cura Accaputo antes de ir a ver al Papa.

 

Los muchachos y muchachas le cumplieron a medias. Sobre el final de la audiencia, se rezó un padre nuestro y Francisco bendijo a la distancia todos los objetos que la comitiva había llevado. Después obsequió a cada uno una cajita con un rosario y un ejemplar del libro que contiene sus reflexiones sobre el amor en la familia. A continuación, un representante por sindicato entregó los regalos: placas con inscripciones, mates, cruces, fotos.

 

—¿Me firma? —preguntó un dirigente acercándole una remera. Francisco firmó remeras, banderas, fotos.

 

—Un saludo para los compañeros de Sanidad —pidió alguien. Francisco miró la pantalla del celular, sonrió. Mandó saludos y bendiciones por una docena de celulares.

 

Julia, la secretaria de Francisco, bufaba. El cura Accaputo la miraba como diciendo qué querés que haga. Del protocolo, que el mismo Francisco había roto al comienzo al pedirles a todos que acercaran las sillas, no quedaba nada. Jonathan, el trabajador y delegado ceramista, le hizo firmar la camiseta de Chicago. A las 19:40 alguien dijo bueno, basta, y otro dijo sí, ya está che, vamos. El Papa se paró en la puerta y volvió a saludar uno por uno. Mantuvo una sonrisa bien amplia en los cuarenta apretones de manos.

 

Informe periodístico: Tomás Pérez Vizzón


¿Te gustó la nota?

Suscribite al boletín de Anfibia

AUTORES

LECTURAS RELACIONADAS