Es una de las figuras que desde el Congreso de la Nación, la presencia en los medios y la militancia por los Derechos Humanos le cambió la cara al trotskismo argentino. Myriam Bregman supo combinar la combatividad clásica del activismo con la capacidad de trasmitir ideas a audiencias que no siempre las comparten. Sus diferencias con el kirchnerismo y con sus aliados de izquierda, su defensa de Milagro Sala y Hebe de Bonafini. De la nena que jugaba en un sótano cargado de historia en su Timote natal a la abogada de Julio López: el camino de la troska.



Myriam Bregman llegó a Comodoro Py a las 9 de la mañana, una hora antes de que comience la audiencia. No había nadie en la sala, prendió la luz y se sentó en una de las sillas. Unas semanas antes, el 11 de diciembre de 2009, había comenzado un juicio clave en materia de delitos de lesa humanidad, el de los crímenes cometidos en el Centro Clandestino de la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA). Por primera vez, se habían sentado en el banquillo de los acusados dos figuras emblemáticas de la última dictadura cívico-militar: Alfredo Astiz y Jorge el “Tigre” Acosta. Ambos acusados -entre otros 16 imputados- de formar parte del Grupo de Tareas 3.3.2, donde estuvieron detenidas en forma clandestina más de cinco mil personas. Uno de ellos, el del periodista y escritor Rodolfo Walsh. Su hija Patricia, querellante en la causa, había decidido que Bregman fuera su abogada. Myriam estaba inquieta, como siempre.

 

—¿En cuánto llegás?  —le escribió por mensaje de texto a Andrea Bello, sobreviviente de la ESMA y también parte de la querella.

 

—Aguantá, Rusa, estoy en el 20.

 

—Ok. ¿Me traés un café?

 

A las 10 comenzó la audiencia. Entraron los jueces y acto seguido, los acusados. Una vez que el magistrado leyó los cargos, como indica la rutina, Bregman pidió la palabra. Fueron unos segundos de expectativa. Nadie sabía con qué iba a salir esta vez.

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—Sí, muchas gracias, queríamos consultarle por qué los imputados se retiran sin esposas. Desde la primera audiencia vimos que llegan con esposas, pero observamos que audiencia tras audiencia se van… cómo decirlo…, liberando… Queremos saber si hay alguna explicación de que se les haya otorgado este beneficio. Gracias.

 

Silencio. El juez le hizo una seña al secretario, quien se acercó y le indicó algo al oído. La gente comenzó a inquietarse. Nadie había reparado en aquel detalle simbólico. ¿Por qué cualquier acusado de cualquier delito en cualquier juicio se retira con esposas y los represores se iban con las manos libres?

 

—Eeeh…mmm, acá me informa el señor secretario, eeh…mmm, el tema de las esposas, eeh…mmm, bueno bueno, esto es así pero se tiene presente la observación de la doctora  —dijo el juez.

 

Desde ese día y hasta hoy, en cada juicio, los represores imputados por delitos de lesa humanidad entran y se retiran de la sala con las manos esposadas. Sin concesiones.

 

—Myriam es un perro de presa cuando tiene un objetivo y no para hasta que no consigue lo que tiene en mente. Es muy perseverante —dice Claudio Dellecarbonara, dirigentes del PTS, delegado y trabajador del Subte.


 

—Miri, a que no te animás a entrar.

 

—Qué no, Mauricio, vos no te animás a entrar.

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Corría el año 1980 y los hermanos Bregman estaban parados frente a una casa abandonada con un mástil y una bandera en la puerta. Myriam tenía 8 años y Mauricio, 6. Se tomaron de la mano y entraron corriendo sin que nadie los viera. Bajaron al sótano.

 

—Ya está, ahora volvamos que mamá y papá se van a enojar.

 

Subieron las escaleras y salieron de aquel sótano en el que una década atrás la organización guerrillera Montoneros había matado al ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu. Ahora, en plena dictadura militar, la casa que pertenecía a la familia Ramus era un baluarte de los militares. Faltaban varias décadas para que Myriam comprendiera la verdadera dimensión de su juego de niña y cómo esa historia la marcaría para siempre.

 

Así se divertían los chicos de Timote, un pueblo al noroeste de la provincia de Buenos Aires, cerca del límite con La Pampa, que había estado en la tapa de todos los diarios por haberse convertido en el lugar en el que Montoneros hizo su primera acción política en sociedad en 1970.

 

Timote llegó a tener 2.000 habitantes y era un lugar clave en la traza del ferrocarril porque se cruzaban las vías que iban de Buenos Aires a La Pampa y de Rosario a Bahía Blanca.

 

Myriam Teresa Bregman se crió entre animales, calles de tierra y una mezcla de tradiciones con palabras en idish y alemán.

 

Los Bregman, como tantos otros inmigrantes europeos, llegaron a principios de siglo XX con el sueño de “hacer la América”. Después de algunas peripecias su abuelo se instaló en el pueblo y montó una tienda de ropa, “El Barato Argentino”. Era el único judío del pueblo. Su abuela era parte de una de las colonias judías de Entre Ríos, Carlos Casares. Su papá estudió para ser maestro y luego heredó el negocio familiar.

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Los Becker eran alemanes de clase muy baja. Su abuela era lavandera y su abuelo peón rural. Su mamá tenía siete hermanos y empezó a trabajar cuidando chicos cuando tenía nueve.    

 

—Myriaaaaam, ¡la vaacaaaaa! Myriaaaaam, ¡el balde!

 

Con esa orden de su madre que se la repetía casi a diario, en un rústico castellano con acento alemán, la pequeña rubia de ojos verdes sabía que tenía que llevarle la vaca al toro. Cosas de campo.

 

Los Bregman no hablaban mucho de política en la casa, aunque no eran ajenos a la realidad social. Eran una típica familia del interior del país, tradicional de clase media, que crió con libertad y esfuerzo a sus hijos. Con el retorno de la democracia en 1983 y su simpatía por Alfonsín, Don Bregman los llevaba siempre a los actos del presidente radical en los pueblos aledaños. A Myriam le gustaba acompañarlo.


 

El presidente de la Cámara de Diputados, Julián Dominguez, toma el micrófono. Es 10 de junio del 2015.

 

—Doña Myriam Teresa Bregman —comienza.

 

La Rusa está sola frente a un escritorio. Mira hacia el estrado. Está parada con las manos entrelazadas delante del cuerpo. Viste pantalón negro, camisa roja y saco negro. Cuando escucha su nombre esboza una leve sonrisa. Todo el recinto está de pie.

 

—¿Juráis desempeñar fielmente el cargo de diputada y obrar en todo de conformidad con lo que prescribe la Constitución Nacional?

 

Myriam toma aire.

 

—Por los 30 mil detenidos desaparecidos y por las víctimas de la Triple A. Por nuestro compañero, Jorge Julio López. Por la lucha de las mujeres para enfrentar la violencia y la opresión, ni una menos, y porque nuestra lucha es por acabar con la barbarie capitalista en todo el mundo. Sí, juro. 

 

—Queda usted incorporada, bienvenida —concluye Domínguez.

 

Los aplausos y los gritos vienen desde los palcos. En uno están los periodistas Miguel Bonasso y Herman Schiller, Patricia Walsh, Alejandra Barry –hija de desaparecidos– y Cachito Fukman, entre otros.

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Por primera vez en su vida, a los 43 años, Myriam tiene un cargo institucional. Dentro del Frente de Izquierda de los Trabajadores –espacio al que representa–, decidieron que las bancas fueran rotativas, por lo que completará el mandato de Néstor Pitrola hasta el 2017.

 

—Cuando yo fui diputado el año pasado Myriam fue clave porque conoce muchos aspectos jurídicos y sobre todo de derechos humanos. Yo creo que hoy en día es “la” referente mujer de la izquierda a nivel nacional. No hay otra —dice Nicolás del Caño, dirigente del PTS y referente con Bregman de la renovación de la izquierda.

 

En 2009 fue candidata a diputada nacional por primera vez. Aún lo recuerda porque dice que estaba muy flaca y en las fotos se ve espantosa. En 2011 se postuló como jefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, lo mismo que en 2015. Pero además, compartió la fórmula con Nicolás del Caño como vicepresidenta del FIT, luego de una reñida e histórica interna con el Partido Obrero (PO) en la que el PTS logró imponer su candidato.

 

La puja entre ambos partidos es histórica y viene desde la década del setenta, y si bien desde la constitución del FIT en 2011 habían logrado listas de unidad, en las últimas no llegaron a un acuerdo. Desde el PTS argumentan que el PO no aceptó la fórmula Altamira-Del Caño y que pese a la infinidad de intentos y negociaciones no hubo acuerdo posible. Las internas eran un hecho y el desafío, enorme. La campaña del PTS, sin nombrarlo, aludía al veterano dirigente del PO, Jorge Altamira: “Renovar y fortalecer el Frente de Izquierda”, rezaban los afiches con las caras de Del Caño y Bregman. La fórmula que compartía La Rusa resultó ganadora. Era oficialmente la candidata a vicepresidenta por la izquierda.

 

En una entrevista con La Izquierda Diario, un proyecto periodístico del PTS que rompió con algunos esquemas tradicionales de la comunicación trotskista en Argentina, el periodista Mario Wainfeld dijo en referencia a Del Caño y Bregman:

 

—Son figuras que combinan muy bien la combatividad, la radicalidad, sus convicciones, con la capacidad de transmitirlas a audiencias que no comparten ni plena ni mayoritariamente su visión ideológica, pero que están dispuesto a escucharlas. Son figuras nuevas, jóvenes, y muestran algo, es decir tienen una capacidad de expresión. Se expresan bien, no sólo hablo de que son personas muy formadas y que tienen una trayectoria importante en un terreno de lucha y de reivindicaciones, sino que además han sabido adaptarse a las dificultades o a los bretes que plantea una sociedad o un modelo mediático que no se construyó para ellos, más bien al contrario.


 

—En la vida hay que elegir. Y estaba muy claro qué se elegía entre Scioli y Macri. Y ustedes en los votos acompañaron el ajuste. Está claro que en el fin de año el pan dulce no va a valer lo mismo con el gobierno de Macri que si hubiera ganado Scioli, yo de eso no tengo ninguna duda.

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Edgardo Mocca, panelista del programa de la televisión pública 678, hablaba y miraba fijo a la invitada que estaba sentada al lado, Myriam Bregman. Era el 29 de noviembre de 2015. Hacía una semana Macri había ganado el ballotage y en once días asumiría la presidencia de la Nación.

 

—¿Me permitís que te interrumpa? —dijo Myriam. Era la primera vez que iba a 678—. El ajuste ya empezó.

 

—Sí, el ajuste lo provocó Macri antes del ballotage, en el que ustedes votaron en blanco, porque dijo que iba a devaluar. Y ese es el ajuste.

 

Se le notaba en el gesto que estaba incómoda. Cada tanto dibujaba una media sonrisa.

 

—Nosotros votamos en blanco y no nos podés culpar a nosotros de que no hayamos votado al gabinete de Scioli, ¿no?

 

—Myriam, el noviembre es de Macri, no lo tiren a Cristina porque a ustedes les viene muy bien siempre.

 

—Ustedes, ¿quién sería ustedes?

 

—Ustedes, el partido tuyo y el Frente de Izquierda. Porque para ustedes es lo mismo Scioli que Macri.

 

—¿Querés que discutamos? Si por ahí me das un espacio… Yo nunca dije que son lo mismo. Obviamente hay matices, hay diferencias…

 

—¿Y entonces por qué votaron en blanco?

 

—Porque iban hacia el mismo lugar.

 

—¿Sí? ¿Entonces son lo mismo?

Crédito: DYN

—Scioli es la consecuencia de una derechización que venía dando el gobierno y decantó. Yo a Scioli no necesito denunciarlo. En las redes sociales corre una foto de este programa en donde en un informe decía “los fondos buitre ya eligieron” y estaba la foto de Scioli.

 

—Sí.

 

—Bueno no me hagas votar a mí a un señor de los fondos buitre…

 

—Myriam yo no te hago votar nada, ustedes tienen que tener responsabilidad política.

 

—Y la tenemos. Incluso sabemos que muchos de nuestros votantes terminaron eligiendo a Scioli.

 

Una vez comenzado el gobierno de Macri, una grieta se abrió dentro del Frente de Izquierda. El Partido Obrero y el PTS tomaron posturas opuestas con temas muy sensibles de la coyuntura.

 

Diez meses después, 678 es un recuerdo en Youtube y Myriam está sentada en un bar de la esquina de Triunvirato y Los Incas. Es viernes por la tarde. Uno de los pocos momentos de la semana en los que Myriam se relaja.

 

—Somos muy ortodoxos en nuestras ideas, somos trostkistas, marxistas y no negamos ni un minuto de eso, pero creemos que en Argentina hay que romper esa idea instalada de que la izquierda es funcional a la derecha, sobre todo desde que ciertos sectores de izquierda marcharon con la Sociedad Rural y ni que hablar del ’55.

 

El 4 de agosto de 2016, cuando quisieron detener a la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, por no presentarse a declarar en una causa que investiga un plan de viviendas, Myriam salió corriendo del plenario de Comisiones de la Cámara de Diputados que trataba el proyecto de reforma electoral. Llegó a Plaza de Mayo y luego fue hacia la sede de la organización a brindarle su respaldo. “Nadie está obligado a declarar contra sí mismo. Detener a Hebe por eso no es querer investigar la corrupción. Es montar un show”, twitteó.

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Lo mismo sucedió con Milagro Sala. Myriam Bregman integra el Comité por la Libertad, un espacio creado para visibilizar y accionar ante la situación de la dirigente de la Tupac Amaru que está presa desde enero. Myriam viajó a Jujuy a visitarla a la cárcel.

 

—Tanto con Hebe como con Milagro tenemos diferencias políticas enormes. Pero hay que saber cuándo el Estado hace ataques antidemocráticos. Hoy es Hebe, es Milagro, pero mañana puedo ser yo.


 

Como en Timote no había escuela secundaria, los chicos iban a la de Carlos Tejedor, otro pueblo a unos 20 kilómetros por camino de tierra. El clima regulaba la rutina: si llovía, no se podía salir de casa. Una inundación fatal en el año 1987 fue determinante para los Bregman: decidieron que Myriam y Mauricio se fueran a vivir solos a Carlos Tejedor. Ella con 15 y él con 13 se instalaron en una casa prestada y comenzaron a transitar una adolescencia marcada por los fuertes lazos de amistad, el rebusque para vivir y una libertad absoluta. Fue en esos años cuando Myriam se convirtió, para sus amigos primero y para sus compañeros de militancia años después, en la “Rusa”: apellido judío, pelo rubio, tez blanca.

 

De los siete días de la semana, Myriam y sus amigas salían cuatro: jueves, viernes, sábado y domingo iban a bailar con Chela y Susanita, sus dos mejores amigas. Entre las tres tenían un solo jean que usaban un fin de semana cada una. Como había que juntar plata para ir de viaje de egresados a Bariloche, las chicas vendían las entradas para los boliches y trabajaban de mozas en algún bar.

 

La noche del 22 de diciembre de 1987, en medio del baile y el rock and roll, una noticia las conmocionó: se había muerto Luca Prodan. Para ellas fue su primer gran dolor.

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Casi sin querer, su militancia feminista comenzó por esa época. Myriam había decidido no tener novio en los primeros años del secundario. No soportaba ver cómo los chicos que salían con sus amigas les decían a dónde y cómo tenían que salir. De Bichi se enamoró recién en quinto año, era de la otra escuela y el más quilombero de todo Carlos Tejedor. Al terminar el año sus vidas cambiaron: Myriam había decidido irse a estudiar Derecho a Buenos Aires y el Bichi a La Plata.

 

Nunca había barajado otra posibilidad sobre su profesión. Como en las películas, ella se imaginaba defendiendo gente. Todavía no sabía ni a quiénes ni para qué.


 

Era el año 1995 y Myriam, de 22 años, iba a votar por primera vez en su vida. Había visto un slogan que le llamó la atención: “Trabajador vote trabajador”. La fórmula era la del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Le gustó, le pareció interesante esa interpelación directa al obrero.

 

Un año antes había participado de la emblemática Marcha Federal que había reunido a más de 50 mil manifestantes de todo el país. Por la misma época se interesó por el “Cutralcazo”, el primer movimiento piquetero del país realizado por los trabajadores de la privatizada YPF.

 

Leía libros sobre los años ’70. Recuerda bien la tarde en que se compró los tomos de La Voluntad, de los periodistas Eduardo Anguita y Martín Caparrós. Leyó una tras otra las historias de los militantes. Leyó varias veces la palabra Timote. Leyó sobre el sótano en el que jugaba cuando era una nena.

 

Sus años en Buenos Aires eran mejor de lo que había imaginado. Deambuló por infinidad de casas en casi todos los barrios porteños, siempre con su hermano Mauricio y sus amigas. Vivían al día, caminaban kilómetros por día para no gastar en colectivo, comían arroz y fideos. Cursaba la carrera de Derecho. Trabajaba en un estudio contable y para ganar unos pesos extra, ayudaba a Mauricio, que había conseguido una changa como pintor. Los fines de semana iba al boliche Babilonia en el barrio del Abasto o viajaba a La Plata para ir a la cancha de Estudiantes o a algún recital de rock.

 

Cursando la materia Derechos Humanos logró atar teorías y legislación con aquellos temas que más la sensibilizaban. Myriam iba a contramano del clima de época: el centro de estudiantes estaba en manos de la UCeDé, el partido conservador fundado por Álvaro Alsogaray. La Rusa hacía amistades en los pasillos de otra facultad: Ciencias Sociales. Fue cuando se acercó al Partido de los Trabajadores Socialistas, un espacio que nació a fines de la década del ‘80 como un desprendimiento del Movimiento al Socialismo (MAS) fundado por Nahuel Moreno. Varios de sus integrantes comenzaban a pergeñar una idea que La Rusa miraba con bastante agrado: fundar una red de abogados para defender a los numerosos presos políticos que solían caer en la cárcel en las innumerables manifestaciones de esos tiempos.

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Era 1997 y Myriam, con 24 años, se sumó a la iniciativa. Empezó a militar.

 

Así fundaron el Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH) y comenzaron a defender a los cientos de trabajadores y jóvenes que terminaban detenidos sin causa o bajo argumentos difusos.

 

Myriam estaba fascinada con este nuevo mundo. Hacía poco tiempo había entrado a trabajar al Banco Hipotecario como administrativa. Allí estaba nueve horas. En el banco le tenían mucha estima y Myriam intentaba mantener un perfil bajo, cuidando que nadie se enterara de su otra actividad.

 

El 20 de diciembre de 2001 Myriam estaba en el banco. Cuando terminó su jornada se fue para la Plaza de Mayo. Había quedado con sus compañeros de militancia en encontrarse en Diagonal Sur. A esas horas la policía repartía palos, gases lacrimógenos  y balas. Myriam y sus compañeros corrieron y se metieron en el edificio del INDEC. Estaba asustada.

 

Y en el medio de ese caos político, económico y social de 2001 y 2002, Myriam y sus compañeros asumieron un nuevo desafío. Dos fábricas habían quebrado: Zanon, en Neuquén, y Brukman, en la Capital Federal. Los obreros tomaron las riendas y decidieron emprender un proceso de recuperación y apropiación de los lugares de trabajo. El grupo de abogados se convirtió en los defensores ante la justicia de las incipientes fábricas recuperadas.

 

Entre marchas, tomas y asambleas, Myriam conoció a P., obrero de una de las fábricas. Se enamoraron, formaron pareja.


 

Nadie había dormido en toda la noche. Lloraban. Era 20 de agosto de 2003 y estaban frente al Congreso de la Nación. Hacía unos minutos los diputados habían declarado “insanablemente nulas” las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. “Como a los nazis, les va a pasar a dónde vayan los iremos a buscar”, cantaban. Ahora eso era real. Literalmente los iban a ir a buscar.

 

—¡Vamos a llevar las querellas en carritos de supermercado! — gritó Adriana Calvo, la entonces titular de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos.

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—Yo estoy dispuesta para lo que necesiten —respondió Myriam, mientras se fundía en un abrazo con los otros sobrevivientes Andrea Bello, Carlos “El sueco” Lordkipanidse, Graciela Daleo y Enrique “Cachito” Fukman.

 

Todavía no lo sabían, pero a partir de ese momento todos ellos se convertirían en una gran familia.

 

El 24 de agosto se reunieron en La Liga Argentina para los Derechos del Hombre –el primer organismo de derechos humanos fundado en los años ‘30–, en su edificio de Callao y Corrientes. Tenían mucho entusiasmo pero también desconcierto. La mayoría de los abogados presentes sabía cómo defender presos políticos pero no tenían idea sobre cómo formular una acusación contra genocidas. Era una lógica y una ingeniería jurídica inexplorada. El objetivo que se plantearon fue no dejar los juicios en manos del Estado o del aparato judicial y cumplir sólo con la función de testimoniar. Estaban dispuestos a ser querellantes en las causas, intervenir en lo que sabían, serían juicios históricos.

 

Fruto de esas reuniones se conformó el colectivo Justicia Ya!, un núcleo de numerosas organizaciones de derechos humanos y de abogados, entre las que se encontraba el CeProDH, que se convirtieron en querellantes de causas por delitos de lesa humanidad. Dos mujeres se destacaban por sobre los demás: Myriam Bregman y Guadalupe Godoy, una militante y abogada de Mar del Plata que se mudó a La Plata para seguir de cerca las causas. Ambas comenzaron a prepararse para el primer gran juicio por delitos de lesa humanidad que tenía como principal imputado al represor Miguel Etchecolatz, acusado, entre otras cosas, de la privación ilegal de la libertad y torturas a Nilda Eloy y Jorge Julio López.

 

El objetivo de Justicia Ya! Era plantear que el terrorismo de Estado en la Argentina tenía carácter de genocidio, un concepto que no estaba incorporado en el Código Penal. La Rusa y Guadalupe se pasaban horas escuchando testimonios, preparando carpetas, estudiando cada artículo.

 

—La Rusa es sobre todo buena mina, humilde, vive con dos mangos, es buena madre. A nosotras nos separa una generación, pero ella tiene la sensibilidad y la viveza como si hubiera sido de la generación nuestra, de los setenta. Ella piensa de esa manera —dice Andrea Bello, ex sobreviviente de la ESMA.

 

Unos meses antes de que comenzara la audiencia, Myriam se pegó el susto de su vida. Tenía un dolor de muela fulminante, fue a la guardia y le recetaron amoxicilina. Apenas lo tomó se empezó a sentir mal. Le costaba respirar. La ambulancia llegó en el momento justo y el diagnóstico era peor de lo esperado. Estuvo en coma dos semanas.

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Unos días antes del comienzo del juicio, La Rusa y Guadalupe ya tenían todo listo, menos un detalle frívolo pero fundamental: ropa. Hasta ese momento, nunca habían tenido la necesidad (y la plata) para vestirse de abogadas. No querían ir en jeans y zapatillas como solían estar. Se compraron ropa. Cada una por separado, y sin saberlo, se compraron el mismo trajecito color marrón de la misma marca.

 

Muchos testigos habían decidido hablar por primera vez. Dar testimonio del horror. A algunos de esos relatos Myriam los escuchó por primera vez.

 

Una tarde sonó le sonó teléfono. Del otro lado, se escuchaban los llantos y gritos de un bebé. Lo dejó pasar y cortó. A los pocos días, le comentó de este episodio a Guadalupe. Ella se quedó paralizada. Le había pasado lo mismo. Fue la primera amenaza. La otra llegó a modo de pintada, en la puerta del local del PTS de La Plata, que funcionaba como sede de Justicia Ya!: “Fuera el zurdaje”.  

 

El 18 de septiembre de 2006, sus vidas cambiaron para siempre. Esa mañana debía declarar el testigo Jorge Julio López. Myriam y el resto de los compañeros lo estaban esperando. El testigo no llegaba. Sospecharon que algo había sucedido: López estaba entusiasmado, quería dar testimonio, quería ver en el banquillo a Etchecolatz. Ya no sabían a quién llamar para ubicarlo. Se acercaron al juez y le preguntaron si podían comenzar a declarar en su nombre. Les dijo que no, que había que esperarlo. Pasaron dos horas y nada. Myriam y sus compañeros presentaron un hábeas corpus.  

 

Ninguno de ellos sería el mismo después de ese día. Myriam tenía la certeza de que si Jorge Julio López había desaparecido, ella también debía cuidarse el resto de su vida.

 

Diez años después de aquel día, Myriam está en La Plata. Es domingo 18 de septiembre de 2016 y se conmemora una década de la desaparición de Jorge Julio López.

 

—Mirá, en ese balcón de ahí se hizo el juicio  —dice La Rusa y señala la Municipalidad—. Ese sí fue un verdadero juicio oral y público.

 

La rodean banderas del PTS, el MAS, el PO, la Correpi, entre otros. Llega Guadalupe Godoy y se funden en un abrazo. Varios medios le quieren hacer notas y muchos militantes se acercan a pedirle una foto. Frente a las cámaras, la actual diputada del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) cuenta que va a presentar un proyecto para pedirle al Estado que abra los archivos de inteligencia sobre Julio López.

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Myriam encabeza la marcha junto a otros militantes y organismos de derechos humanos de la Multisectorial La Plata, Berisso y Ensenada. La bandera lleva la consigna: “Diez años sin López. Pasan los gobiernos, sigue la impunidad”. La movilización tiene otro condimento. Un mes atrás la Justicia Federal de La Plata le concedió el arresto domiciliario a Etchecolatz, aunque no quedó efectivo por una decisión de primera instancia a raíz de otras causas en las que está imputado.

 

Myriam saluda a todos, entre ellos, a Nilda Eloy, la otra testigo y sobreviviente. Las voces a través del megáfono empiezan a agitar la movilización. “Ahora, ahora, resulta indispensable, aparición con vida y el gobierno responsable”, “Cárcel común, perpetua y efectiva, ni un solo genocida por las calles de Argentina”, “Olé olé, olé, olá, ni a la casa, ni al hospital, cárcel común al genocida Etchecolatz”.

 

Myriam no canta. No sonríe. Toma con sus manos la bandera principal de la movilización y sigue el ritmo de sus compañeros. Recuerda aquella primera marcha. Llovía a cántaros y fueron hasta la Casa de Gobierno, en donde los recibió el entonces gobernador Felipe Solá y el ministro de Seguridad, León Arslanian. Se sentaron en el despacho y un mozo se les acercó. Les preguntó qué querían. Ella dijo

 

—Un vaso de leche y una toalla.

 

Diez años después, otra vez la lluvia. Es torrencial.

 

—Una marcha de López sin lluvia no es una verdadera marcha.


 

Es 25 de agosto de 2016 y Marcos Peña, el jefe de Gabinete, brinda su informe a la Cámara de Diputados. Son las 15.30 y la sesión lleva tres horas. Myriam está parada charlando con el diputado massista Facundo Moyano. En las bancas, casi todos los diputados tienen un cartel que referencia la inminente Ley de Paridad de género que se debatirá en algunas semanas y de la que la diputada del FIT presentó un proyecto propio.

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Myriam se acerca a un corralito en el que están sus asesores Guillo y Laura, dos históricos militantes del PTS y fundadores del partido. Laura milita en la izquierda desde 1979 y Guillo en 1983. Ambos son parte de la mesa nacional del FIT. Cuando ganaron la banca en 2013 el partido decidió que fueran ellos los asesores de Nicolás del Caño y luego siguieron con Myriam. La interacción y el trabajo cotidiano difiere de lo que ocurre con legisladores del radicalismo o el peronismo: en los hechos, Myriam no es la jefa ni ellos sus asesores. Todos forman parte de un equipo, un colectivo de trabajo.

 

—Recién me crucé con Tonelli (diputado del PRO) y me dijo ´Bregman preparate que la semana que viene te hacés famosa´. Me lo dice seguro por el tema de paridad, porque lo quieren meter.

 

Faltan algunas horas para llegue su turno en la lista de oradores. Laura le recuerda que esa mañana hubo represión en el puente Buenos Aires-La Plata.

 

—Okey, entonces empiezo con un repudio a la represión y sigo con el tema de los datos de la pobreza.

 

Se queda unos segundos en silencio y sigue:

 

—Porque si no la otra es empezar con la solidaridad con los docentes por el paro, después meto lo de Etchecolatz, Julio López. El tema es que no sé a dónde meter el apriete de Blaquier.

 

Hacía pocas semanas que le había llegado una carta con el membrete de Ledesma firmada de puño y letra por el director de Asuntos Institucionales y Legales de la empresa, en donde la intimaba por haber manifestado en una sesión que “en la Argentina no sólo hay fueros parlamentarios sino que también hay fueros de clase; porque hay empresarios como Blaquier de Ledesma que hasta participaron de un genocidio y están absolutamente impunes”. “Le pedimos, sra. diputada, que evite hacer afirmaciones sin sustento que afecten la dignidad y el buen nombre de las personas”, concluía la carta.

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En el recinto de la Cámara, Myriam ocupa una banca de la séptima bandeja, en el medio. A un lado se sienta la diputada por Proyecto Sur, Alcira Argumedo, del otro, el sindicalista Omar Plaini. Mira su celular. Vuelve a levantarse y se acerca a la banca de la socialista Alicia Ciciliani. Myriam se lleva bien con muchos diputados de diversos partidos. La consideran, la respetan. Ahora se va al sector del Frente para la Victoria. Se apoya sobre una de las bancas y abraza a la diputada Teresa García. Chusmean y se ríen como dos viejas amigas.

 

Son casi las cinco de la tarde. Myriam consulta cuánto le falta para hablar. Le dicen que como mínimo, dos horas. Virginia, su jefa de prensa, le dice que la están esperando en su despacho para hacerle una nota por los diez años de la desaparición de López.

 

Su despacho queda en el anexo, en el edificio frente al Palacio. Está en el piso 8. En la puerta aún está la placa que dice “Diputado Nicolás del Caño”, pero arriba le pegaron un papel blanco escrito en Word que dice “Diputada Myriam Bregman”.

 

Como todos los despachos del anexo, es chico pero con una ventaja: al estar en un extremo del edificio entra luz un ventanal grande, desde el que se ve la cúpula que corona el palacio del Congreso. De una pared cuelga un cuadro grande de León Trotsky. En la biblioteca  sólo hay libros de Lenin y Trotsky.

 

Myriam deja el celular sobre la mesa. Suena. De fondo de pantalla tiene una foto de ella con su hijx. Están en la plaza de Timote. Se abrazan. Cuando estaba embarazada, transcurría el juicio al sacerdote Christian Von Wernich también acusado de haber cometido crímenes de lesa humanidad. Myriam representaba a la querella. Una tarde, en el bar La Academia de Callao y Corrientes, en una reunión con sus compañeros, ya casi a punto de parir, les dijo que no se decidían por el nombre. Contó las opciones que manejaban con su pareja y fue la madre de Plaza de Mayo Mirta Varaballe quien dio la opinión definitiva.

 

Pone el celular en silencio porque va a comenzar con la entrevista. Antes de que empiecen a filmar, se acomoda el pelo detrás de las orejas, se acomoda el flequillo y se saca los anteojos. El camarógrafo dice “va”. La periodista le pide que se presente. “Hola, soy Myriam Bregman, abogada de Jorge Julio López”. Esa es y será su carta de presentación, siempre.

 

Virginia la apura, tienen que volver al recinto pero antes está pactado un encuentro con estudiantes de Derecho y Económicas de la UBA que la necesitan para un spot de campaña por las elecciones en las universidades. Casi todos los días suelen ser así.

 

—Es que estamos solos, tenemos que hacer todo, es agotador —dice. Pero también dice que le encanta, que no se ve de otra manera, que la adrenalina del día a día es lo que la mantiene viva.

 

Antes de volver al recinto se pone crema en las manos. Es por la alergia. Para llamar al ascensor al que sólo pueden acceder los diputados lo tiene que hacer a través de sus dedos regordetes, para que lean su huella dactilar. A Myriam, el detector sólo le lee el dedo izquierdo.

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Cruza la calle Hipólito Yrigoyen y entra al Palacio. Varios móviles de televisión y radio quieren entrevistarla. Ella accede, con gusto. Los pibes de la facultad la están esperando. Son casi las ocho de la noche. Los lleva a un pasillo en el laberinto del Congreso en donde no hay nadie y no se escuchan ruidos.

 

—Bueno, ¿qué tengo que decir?

 

—Nosotros pensamos que digas ´Te invitamos a apoyar…’.

 

—No, no me gusta, ‘te invitamos a apoyar’ ¿qué es eso?.

 

Le hacen varias tomas pero no está convencida de lo que le dicen los chicos.

 

—Dale, pone play que yo digo lo que me sale en el momento.

 

“Hola soy Myriam Bregman y en estas elecciones de la UBA te invitamos a acompañarnos con tu voto. Apoyá la lista de izquierda en Derecho”. Stop. Va hacia el recinto. La sesión sigue. Pero en el camino de regreso un trabajador de maestranza le grita desde la puerta del baño.

 

—¿Y dipu, ya le habló a Peña? ¿Ya le dijo todo lo que nos pasa a nosotros?.

 

La Rusa se ríe.

 

—¡Todavía no! Ahí voy.


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