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Jueves 06 de Septiembre de 2012

La voz de los diamantes silenciosos

Josefina Licitra lee en el diario que su tío, el de los asados, los quilombos familiares, la mancha en la camisa, desarrolla un experimento revolucionario en un laboratorio: estudia el canto de las aves para devolverle la voz a personas que no pueden hablar. Con ternura y precisión científica, Licitra explica un complejo proyecto en el que hay desde traqueotomías a pajaritos hasta científicos con cables en la lengua y las encías.

Por: Josefina Licitra
Ilustraciones: Shila Alvarado

Ya estuve acá. Fue hace cinco años, cuando vine a Ciudad Universitaria para aprender a conducir. Me trajo mi instructora y me largó a dar vueltas cuando los alumnos salían de estudiar. Creí que los pisaba a todos y entré en pánico. Ese día, para reducir el estrés y aprovechar que estaba en zona, llamé a mi tío Gabriel Mindlin, director del Laboratorio de Sistemas Dinámicos de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, y le pregunté si podía ir a visitarlo después de mi clase. Aceptó. Me dijo que lo buscara en un laboratorio del Pabellón I y que de ahí podíamos irnos a almorzar.
El laboratorio de mi tío, supe cuando llegué, era un lugar –como mínimo- raro. Había mesas, computadoras, gente, algún microscopio –lo esperable– pero también había, en una sala, una pared cubierta por muchas jaulas con pájaros. Frente a los bichos había, apuntando, unos cuantos micrófonos. Miré la escena y no entendí. O no del todo. Sabía que Gabo tenía una historia con los pájaros (y que había cierta expectativa familiar con ese tema) pero no tenía en claro los alcances científicos de todo aquello.
Almorzamos con Gabo, aquel día, en uno de los comedores de Exactas. Hablamos poco de trabajo y mucho de familia: Gabo contó algunas anécdotas (es un gran contador de líos domésticos en clave irónica), yo conté mi drama del momento –“casi piso a todos tus alumnos” – y después cada cual volvió a su mundo. Luego pasaron las fiestas, los asados, los años. Y en algún momento, aunque ya había visto varias entrevistas que le habían hecho, hubo un evento mediático que me llamó la atención: en junio de este año, Tiempo Argentino y Clarín –esto es, todo el abanico ideológico- hablaban, con pocos días de diferencia, de mi tío. Decían que Gabriel Mindlin, investigador principal del Conicet, era una de las cabezas de un experimento revolucionario que estudiaba el canto de las aves para –en un futuro– devolver el habla a los seres humanos que por alguna razón la habían perdido.
Otra forma de decirlo: Gabo –explicaban los diarios– estaba dirigiendo una investigación que había logrado traducir a sonidos sintéticos los movimientos musculares del aparato fonador de ciertos pájaros. Qué significa esto: que si determinado pájaro –temporalmente enmudecido- hace un trabajo muscular para cantar, un chip permite interpretar esos movimientos y producir un sonido igual al que haría el pájaro (si pudiera). El experimento, que había sido publicado en junio por la revista PLoS Computational Biology, conformaba –y conforma– el primer paso hacia el desarrollo de prótesis vocales para humanos. ¿La consecuencia? Si el proyecto llegara a prosperar, una persona enmudecida –por una traqueotomía o por un cáncer de lengua o de laringe- podría mover la boca y, en tiempo real, producir voz sintetizada con las mismas características de la voz original. ¿De dónde saldría la voz? De un discreto chip que podría ubicarse en la solapa de la camisa.
En resumen, mi tío estaba trabajando en la producción de voz humana.


Me pregunté si Gabo era un genio. Me pregunté, también, por qué todos estos años yo había sido incapaz de conocer a fondo uno de los lados más fascinantes de mi tío. ¿Quién era Gabriel Mindlin, investigador principal del Conicet? Le escribí, para empezar, a Diego Golombek: doctor en Biología, profesor en la Universidad Nacional de Quilmes y director de Ciencia que Ladra: una colección de libros científicos –en clave de divulgación– que le había editado a Gabo, años atrás, Causas y azares, un título sobre historia del caos y sistemas complejos. “¿Podrías explicarme quién es mi tío? –le pusea Golombek–; me inquieta saber en qué medida los mundos domésticos (los asados, los quilombos familiares, la mancha de grasa en la camisa) pueden terminar opacando a las mentes brillantes”.
Golombek respondió pronto, y dijo: “Gabo es un hombre del Renacimiento, un tipo que se interesa por el mundo y sus circunstancias. También es un bicho raro, un físico que puede recorrer el camino desde el caos y la predicción del clima hasta el canto de los pájaros. Se dice que los físicos entienden de qué se trata, pero -a contramano de sus colegas-, Gabo hizo algo más: se puso el traje de biólogo para entender un cerebro minúsculo que controla las eternas canciones con que los pajaritos tratan de levantarse a las pajaritas. Es raro que los discípulos, jóvenes y no tanto, hablen bien del maestro unánimemente (es más: es raro que se den cuenta tan temprano de lo que significa "maestro"). Pero con Gabo pasa todo el tiempo: está ahí para el empujoncito, la palabra que inspira, la idea que te hace creer que es tuya. Charlar con él es un jardín de senderos que se bifurcan”.
Luego de leer el mail pensé en escribir algo sobre Gabo. Sentí pánico. En la escuela secundaria me llevé sólo dos materias: actividades prácticas y Biología; y tuve la certeza de que nunca sería capaz de entender y traducir el mundo de mi tío. En esas verdades estaba cuando entró un mail de Federico Bianchini, editor de Anfibia. Había visto un comentario mío en Facebook –en el que subía una entrevista a Gabo y mencionaba a “mi tío genio”– y quería invitarme a escribir algo al respecto.
¿Era realmente una buena idea? ¿Y si explicaba todo mal? ¿Y si tenía que convivir con mis limitaciones mentales –y sus consecuencias periodísticas– en todos los asados familiares de entonces y para siempre? En el medio de este ataque me llegó otro mail. Federico, para convencerme, mandaba una foto del pájaro sobre el que Gabo hacía –y hace– buena parte de sus estudios. Se trataba del “diamante mandarín”: un bicho que, según Internet, se adapta bien a pajareras y jaulas, y es sociable y fiel: mantiene su pareja hasta que uno de los ejemplares muere. ¿Por qué el diamante mandarín y no otro bicho? Esto lo sabría después; me lo explicaría mi tío: porque este ejemplar necesita de un tutor para aprender a cantar –al igual que los humanos, que aprendemos a hablar interactuando con otros individuos–; y porque su mecanismo físico de producción de sonido es esencialmente el mismo que el de las personas.
En cualquier caso: terminé aceptando. Un rato después llamé a mi tío y acordamos vernos, y acá estoy.

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