Cuando el “casino más lujoso de Sudamérica” llegó a Victoria, una pequeña ciudad de Entre Ríos, los vecinos cambiaron las siestas por las apuestas. Algunos perdieron departamentos en la ruleta y otros empeñaron sábanas usadas para volver a las tragamonedas. A excepción de los prestamistas, pocos ganan: la única psiquiatra del lugar dice que el 10% de los habitantes tiene problemas con el juego.



Fotos: Pablo Merlo

 

Los sauces, al borde del río, se mecen con el viento. Un perro negro de pelo duro, con los párpados vencidos por el sueño, estira las patas, bosteza y se desploma de costado. Un Renault 12 rojo pasa despacio y el hombre con boina saluda con la cabeza. Un hongo de tierra seca queda flotando en el aire. Es la una en punto del mediodía de un miércoles y una voz de locutor lo rompe todo: “Buenos días amiga, amigo, ya abrió el Casino Victoria. Hoy, sí, hoy podés llevarte miles de pesos en efectivo y participar por dos cero kilómetro. Sí, escuchaste bien. ¿Qué? ¿Todavía no sos parte del Club de Jugadores? Acérquense, vamos, vengan”. Desde los parlantes exteriores del casino, Freddy Mercury canta we are the champions, my friends. Una ovación de estadio grabada invade o se fuga, según se le cante al viento. Las palmeras implantadas se menean.

-Era el sueño mío. Ir a Las Vegas -suspira Roberto.

 

***

 

Si se las mira desde el cielo, Victoria, en Entre Ríos, y Rosario, en Santa Fe, son vecinas separadas por un hilo de agua marrón. Sin embargo, como si hubieran estado sentadas en los dos extremos de un subeybaja, a medida que Rosario se convertía en una gran ciudad, Victoria se aislaba. Hasta hace poco más de ocho años, para atravesar los 60 kilómetros de río que las separan, había que manejar 350 kilómetros o conseguir una lancha y pasar cinco horas en el Paraná esquivando islotes. Pero en 2003 -después de décadas de falsas promesas- un puente que costó unos 385 millones de dólares sacó a Victoria del letargo. Lo que sigue es lo que algunos entienden como progreso y otros, como condena: detrás de los inversionistas con sus maletines llenos y de los miles de rosarinos que cruzaban el río, llegó el casino “más lujoso de Sudamérica”. En Victoria los esperaban docentes, agricultores, isleños, comerciantes y viejos, muchos viejos. Nadie se imaginó lo que estaba por pasar.

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Cuenta una docente:

 

-A esta maestra que te digo le había tocado juntar la platita para la cena del Día del Maestro. Nosotras creíamos que las chicas no estaban pagando hasta que saltó que ella se había jugado las cuotas. El marido la echó de la casa y le sacaron una foto para que no pudiera entrar más al casino, ¿pero sabés qué hacía la pobre? Se ponía una almohada para parecer embarazada y entraba igual.

 

Cuenta una empleada del casino:

 

-¿Has visto que después de unas horas las máquinas empiezan a largar plata? Bueno, hay personas que, para no soltarlas, no van al baño, hacen pis ahí. De verdad, yo he limpiado las aureolas.

 

Cuenta un periodista:

 

-Empezamos a ver en los clasificados del diario La Mañana que había gente que estaba poniendo en venta sábanas usadas, carritos de bebé, garrafas. Oh casualidad, al tiempo que llegó el casino abrió una casa de empeño que les retiene todo eso por 40, 50 pesos. Son jubilados o amas de casa que ya no saben de dónde sacar plata. Andá, fíjate.

 

***

 

Los ventanales están sellados con cortinas opacas. Los vidrios, espejados. La temperatura, manipulada. Dentro del casino las horas no pasan: nunca se hace de noche, nunca se hace de día. No hay clima.

 

Unas 16 mil personas entran, juegan y salen entre el lunes y el jueves; unas 21 mil desde el viernes hasta el domingo. Mil tragamonedas hacen tin tin tin tin al mismo tiempo -al mismo tiempo-. Rod Stewart canta a los gritos desde los dos metros de pantalla de Led. Los mozos de la barra accionan la cafetera, el juego de luces del techo muta de rojo a verde, Rod sigue cantando desde las paredes de los baños: mingitorio, pantalla, mingitorio, pantalla. Las colillas pisadas quedan muertas entre el bordó y el dorado de las alfombras. La ropa se impregna de nicotina. La ceniza larga y curva de alguien que se olvidó de pitar, cae. El tragamonedas del elefantito rosa anuncia que tiene el pozo más alto, que va por 80 mil, por 80 mil uno. La lucecita del cajero automático parpadea.

 

Una señora de pelo blanco achina los ojos y pega la cara a la ruleta digital. Tiene 89 años, la piel desprendida debajo de los brazos y siete puntos en los ojos. La acaban de operar de algo que no recuerda y, como apenas ve, deja el índice erguido siempre frente al mismo botón. No tiene idea de en qué número se acomoda la bolita, si gana o si pierde, pero un movimiento en la pantalla –que ve como una sombra- le indica que puede volver a apretarlo: “Repetir jugada”.

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-¿Qué otra cosa puedo hacer yo nena? -pregunta Haydeé. Las arrugas parecen tajos.

 

Repetir jugada.

 

Frente a una pantalla como ésta solía atrincherarse Roberto. Le excitaba que el lugar fuera su versión de Las Vegas: afuera, más de 50 palmeras forzadas donde antes había ceibos y espinillos. Y un manto liso de césped apoyado en la colina como una capa de mazapán sobre un bizcochuelo. Adentro, la nueva sala exclusiva para “high rollers” o “altos patinadores” -el eufemismo que usan en Las Vegas para hablar de apostadores potentes-. Y las tragamonedas que seducen en inglés: Double easy Money, King Kong cash o la del elefantito rosa: Party time. Llegó la hora de la fiesta.

 

***

 

A los 12 años, Roberto dejó el colegio para ayudar a su papá con la producción de cítricos. Vivía en el campo, en Chajarí. A los 19, armó un bolso y se fue solo a la gran Rosario.

 

-Mi viejo me mandaba los camiones de mercadería. Yo la tenía que vender y mandarle la plata. Fue así hasta que me pusieron el casino en Victoria. Empecé a ir casi todos los días, desde el mediodía. Cruzaba el puente en 17 minutos, a 200 kilómetros por hora, yo me medía el tiempo. Si la mercadería me había dejado 30 mil pesos, me jugaba los 30 mil. Así perdí el departamento. Esa vez, lo llamé a un amigo y le dije ‘te lo vendo, te lo vendo, te lo vendo’. Me ofreció 100 lucas y agarré. Otra vez, como a las 4 de la mañana, volviendo a Rosario, me paré en el puente, me rompí toda la remera y llamé a otro amigo. Le dije que me habían robado y que me habían cagado a palos. Lo único que me importaba era que me prestara plata para cubrir la mercadería.

 

En Rosario, Roberto manejaba proveedores, vendía al Mercado Central de Buenos Aires y sostenía un negocio montado sobre ladrillos huecos: préstamos para tapar préstamos, mentiras para tapar mentiras. Como un infiel que se vuelve más impune con la distancia, sabía que en el pueblo su secreto estaba a salvo.

 

-A lo primero se jugaban 20 pesos lo máximo. Después subieron algunas mesas a 100. Hasta que pasó algo que no me voy a olvidar: gané 47.900 pesos en la ruleta. Desde ese día yo entraba y sentía que tenía el mundo comprado. Lo que pasa es que en los casinos de los pueblos no hay lujo y se juega con fichas de 5 pesos. Acá me traían un champancito y me decían ‘sirvasé, señor’.

Roberto, que nunca había salido del país, construía su fantasía en Victoria. Pero mientras en Las Vegas Celine Dion, Liza Minelli y Cher posaban en las marquesinas con brillos, los acróbatas del Cirque du Soleil se eyectaban de un cañón y David Copperfield escondía elefantes, en Victoria cantaban Tormenta, Iliana Calabró y Carmen Barbieri. Los Pimpinela fingían la misma pelea, Cacho Castaña se arremangaba el saco y Tony Kamo dejaba a alguien suspendido en dos sillas.

 

Un día -era de día- Roberto empezó a golpear las mesas. Ya tenía las manos secas y cuarteadas de andar sacándole la tierra a las verduras.

 

-Ya estaba borracho. Quería pelear, pegarle a alguien. Me echaron y me prohibieron la entrada por seis meses.

 

A él, que era un señor.

 

-Cuando volvieron a dejarme entrar tenía tanta bronca que fue peor. Hasta que empecé a pensar: ‘Tengo 27 años. Y me voy a morir’.

 

***

 

-No, no pongas ni mi nombre. Si lo ponés cualquiera se da cuenta de quien soy.

 

Mario, digámosle Mario, es abogado, tiene 49 años y, cuando era bebé, su mamá lo llevó a vivir a Victoria. Pregunta si tengo una cámara oculta y le ofrezco revisar mi cartera. Levanta la palma de una mano y supongo que significa ‘está bien, no hace falta’.

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Después, de corrido, dice esto: que había ido a algún que otro casino en vacaciones, que cuando llegó éste empezó a ir todos los días, que si estaba abierto 24 horas se quedaba 24 horas, que se quedó sin plata. Hasta que clava los ojos en el asfalto y exhala.

 

-Mi madre se fue de viaje y le robé los ahorros. Todos. Es jubilada, sí. Y le dije a mis amigos que mi mujer tenía una enfermedad. Grave, no importa cuál. Hasta que el círculo empezó a achicarse, acá nos conocemos todos. Y ahí caí con los usureros.

 

Después de la llegada del puente, de los inversionistas con sus maletines llenos y del casino “más lujoso de Sudamérica” –así se promocionaban, mal que le pese al Conrad- llegaron los prestamistas y las casas de empeño.

 

-No son prestamistas, son usureros te digo. Cuando estás enjuegado ellos te contactan: te tocan el hombro, te invitan a salir y te prestan adentro de un auto. Te cobran el 10 por ciento diario de lo que te prestan. A ver si me comprendés: yo iba ahora y les pedía 10 mil pesos. A la noche les debía 11. 

 

Estar “enjuegado” es, en la jerga, perder noción del valor del dinero.

 

En el centro de Victoria hay una plaza, un monumento, una iglesia y un edificio municipal. Las fachadas de las casas son, salvo pocas excepciones, coloniales: paredes de ladrillo asentados en barro, rejas de hierro, ventanales largos. Casitas de Tucumán. Algunas fueron rejuvenecidas y pintadas de salmón, de celeste, de naranja. Otras quedaron como eran en 1810: los cardos creciendo entre los ladrillos pálidos, las telarañas envolviendo los faroles, la pintura quebrándose como cáscara. A cuatro cuadras de la plaza, en una calle sin comercios, una cochera tiene la persiana levantada. Es la casa de empeño.

 

Sobre la fachada de cal, un pulso infantil pintó en cursivas la palabra “antigüedades”. Pero adentro no hay jarrones ni monedas ni botellitas opacas de Crush. Hay un cochecito de bebé sin marca, un andador rosa con las rueditas gastadas, una balanza de almacén, un calentador petiso, una pecera que conserva la línea de sarro, un par de botas de lluvia, una hilera de televisores color, una heladera con tres calcomanías, un juego de sábanas usadas, un exhibidor de plástico para anteojos, un anafe de dos hornallas, el respaldo de una cama matrimonial.

 

El empeño, a diferencia de los préstamos a sola firma, no deja registros. 

 

Dice el hijo del dueño:

 

-La persona me trae este televisor y yo le doy 300 pesos, por ejemplo. Pero si quiere recuperarlo me tiene que traer una cuota semanal más el 10 o el 15 por ciento, que es lo que me queda de ganancia. Yo no le pregunto a la gente para qué necesita la plata pero cuando empiezan a venir todos los días, vacían la mesita de luz y la traen, lavan las sábanas y las traen, me imagino, ¿no?

***

En Victoria están los que insisten en que antes del puente y del casino los jóvenes se iban en busca de trabajo. Y están los que, como Mario, sólo ven el lado B:

 

-Acá con el verso de que el casino traía más inversión, más restaurantes, que era la apertura turística y todo eso, nadie midió lo que podía pasar. Muy lindo lo de las fuentes de trabajo pero ¿quién mierda pensó que hay gente que se está quedando sin casa, familias arruinadas? -pregunta.

 

El “verso” de los puestos de trabajo depende desde dónde se lo mire: el casino emplea a unas 600 personas, en su enorme mayoría de Victoria. Lo que sigue –después de semanas de llamados desde Buenos Aires y correos sin respuestas- es la versión de Hugo Sanguinetti, gerente de marketing del casino. Frunce la cara para esquivar el tin tin tin de los mil tragamonedas y dice –grita-: que compran a proveedores locales, que son un imán para un turismo que no existía, que vieron nacer hoteles y que resucitaron los puntos gastronómicos. Sin embargo, para instalarse en Victoria, este monstruo de 5.000 m2 hizo un convenio con el IAFAS –el ente que regula el juego en la provincia- y no con el municipio. Por lo tanto, a Victoria no le quedan ganancias por la explotación del paño. Sólo los impuestos –explica-: entre 15 y 30 mil pesos mensuales.

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Bastante poco, sobre todo si se lo compara con su competidor, del otro lado del río de agua marrón. El casino City Center de Rosario es uno de los principales aportantes a la caja municipal: deja 2,7 millones de pesos al mes.

 

César Garcilazo, el intendente, contesta por teléfono y se enoja. Un mes después, cuando intente entrevistarlo en su despacho ya no podrá atenderme. El sábado previo a las elecciones presidenciales de 2011, Garcilazo sufrirá un infarto y los medios locales se apurarán a publicar que sólo fue una descompensación. Al día siguiente será electo senador y menos de un mes después, sometido a un triple bypass.

 

Pero ahora, por teléfono, Garcilazo se indigna y suelta el folleto publicitario: que en estos años el presupuesto municipal subió de 8 millones de pesos a 70 millones, que la oferta gastronómica saltó de 600 cubiertos a 4.500, que el turismo explotó y que, gracias al puente, Victoria se convirtió en la ruta comercial que une Buenos Aires, Chile y Uruguay. Lo que lo hace enojar es la pregunta sobre la atención a los jugadores.

 

-Acá no hace falta atender a nadie. Venga, pregunte. En Victoria el 85% somos adictos al juego: apostamos a los caballos, jugamos a la quiniela. Infórmese, pregúntele a la gente si quiere o no al casino.

 

-¿Adictos?

 

-Bueno, que nos gusta jugar, es lo mismo. ¿Y por qué me pregunta todo eso?

 

-¿Hay alguien que atienda a los que están teniendo problemas de juego?

 

-Y claro querida, tienen que ir al gabinete adecuado en el hospital. El tema es que ellos no se arriman. Pero yo no he oído hablar de nadie con ese problema.

 

-Pero no hay estadísticas para saberlo.

 

-¿Ve? Estadísticas no hay porque el problema no existe.

***

Magdalena Miralpeix abre la puerta de su casa, levanta un pie para esquivar a su perro echado y se calza a su hijo menor en la cadera. En 2004, un año antes de la inauguración del casino, Miralpeix asumió el cargo de psiquiatra del Fermín Salaverry, el único hospital público de Victoria.

 

-Un tiempo después de la instalación del casino, empezaron a aparecer ludópatas en situaciones extremas, con ideas suicidas. Pero también comenzaron a explotar conflictos familiares. Por ejemplo, amas de casa que esperaban a que sus maridos se fueran a trabajar y sus hijos al colegio para meterse. Unos que decían que les habían robado el sueldo, otros que descubrían que sus parejas se habían jugado la plata de los impuestos y sacado un préstamo para taparlo. Además los que tenían cuadros previos de depresión empezaron a pasar horas en el casino buscando adrenalina y placer. Y en muchos casos sus familias dejaron de apoyarlos. Me decían: ‘¿Está deprimido pero puede pasar 15 horas en el casino? Por favor’.

 

De acuerdo a su experiencia clínica, Miralpeix calcula que el 11% de los habitantes de la ciudad -unas 4.000 personas, según el último censo- tuvo o tiene algún problema relacionado directa o indirectamente con el juego. Eso sin contar a los que lo niegan toda la vida, que son la parte invisible de la estadística. A pesar de ello, ni los diarios ni las radios ni los programas locales hablan del tema. La razón: la mayoría sobrevive con la publicidad que les pone el casino.

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En el medio de una llamativa soledad, Miralpeix presentó un proyecto para crear un Servicio de Salud Mental. Pero jamás le contestaron. En 2010, después de atender a un paciente tras otro, sin una estructura ni un equipo especializado en ludopatía, renunció.

 

-Si no hay ni siquiera un Servicio de Salud Mental ¿Qué estadísticas van a tener? Sin política no hay cifras -dice. Su hijo le cabalga en la cadera.

 

A simple vista, políticas públicas hay. Prevenjuego, una rama del ente que regula la lotería de Entre Ríos, se presenta en Internet como un servicio para “prevenir, asesorar y orientar al jugador compulsivo”. Suena bien, salvo por tres detalles que una de sus psicólogas revela por teléfono:

 

-Ofrecen atención a jugadores compulsivos en crisis, muchas veces con ideas suicidas. Pero sólo atienden telefónicamente. Y dos horas por día.

 

-El ludópata puede acceder a su servicio de asistencia psicológica. Pero en Paraná, a 122 kilómetros de distancia.

 

-La terapia a cargo del Estado provincial dura aproximadamente un mes. Pero luego el ludópata es derivado a un especialista de Victoria que paga de su bolsillo.

 

La casa de Miralpeix está lejos de la plaza, del monumento y de la iglesia. Lejos de la Victoria que el tour gratuito –organizado por el casino para los contingentes en combi- invita a conocer. La calle sigue siendo de tierra seca. Ahora, un año y medio después de haber renunciado al hospital, la psiquiatra atiende detrás de esta puerta escondida, en una habitación sin sala de espera, con vista al patio.

 

-Y no he parado de recibir pacientes, ¿sabés por qué? Como acá todos se conocen hasta las miserias, mucha gente no quiere ir al hospital. Vienen porque saben que yo no soy nacida en Victoria.

 

-No entiendo.

 

-No les conozco el apellido.

 

 

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Son las 9 de la mañana de un viernes. Una viejita de pelo blanco, jogging gris y uñas nacaradas enrolla la bolsa de los mandados que traía colgada del antebrazo y entra al casino. Visto desde la estrategia del casino, la señora de las uñas nacaradas es “una amiga”. Esa estrategia –“El casino amigo”- fue la que usaron durante los primeros dos años para lavar los argumentos de quienes desconfiaban de los beneficios de su llegada.

 

-Al principio, los espectáculos eran gratis para los que somos de acá. Después, cuando había que hacer un cordón cuenta por ejemplo, ellos donaban televisores para que la gente pudiera rifarlos y juntar plata. Una vez, le regalaron un auto a la asociación que organiza el corso del carnaval -dice una docente.

 

Ahora, en su sexto aniversario, la amistad es en efectivo. Y lo que se sortea no son sumas para salvarse ni un anzuelo para turistas: 1.000 pesos a las 6 de la tarde de un martes, 2.000 a la medianoche, una motito los jueves, 1.000 pesos en tickets los viernes. Pero con los años el casino no necesitó seguir seduciéndolos con donaciones generosas ni regalitos desinteresados. Los docentes, los empleados municipales, los comerciantes, los agricultores, las amas de casa y los viejos comenzaron a llegar sin que los llamen. Y las apuestas atravesaron el pulso de la ciudad.

 

-Yo tenía clientes de toda la vida que han sido siempre buenos pagadores, mire -señala el dueño del bazar. Y muestra un fichero de lata que tiene listas de nombres sin apellidos: Marita, Cacho, Tito.

 

Hasta que muchos dejaron de pagar. Y ahora, al lado de los nombres hay números escritos con lapicera roja.

 

-Cuando les voy a cobrar me dicen que sus jefes se atrasaron con los sueldos, que les descontaron días por no se qué cosa. Y resulta que los sábados, cuando voy con mi señora a la confitería del casino, me los encuentro a todos ahí. Una vez el casino estuvo cerrado como dos semanas por eso de la Gripe A y cobré todas las cuotas. Qué casualidad.

 

Frente a la plaza, el lobby del Club Social parece el hotel de la película El Resplandor. En este salón en el que hace 100 años se bailaba minué, cinco señores juegan a los naipes en un silencio impenetrable. Están sentados alrededor de una mesa redonda, en sillas de terciopelo opacado por la tierra. Tienen los ojos hundidos en las picas y en los corazones y una bola de humo levita sobre sus cabezas calvas. Detrás de la barra vacía -sin botellas, sin cafetera, sin marcas- un mozo sin moño fuma aburrido. Alrededor, los cortinados originales se ven pesados, manchados, percudidos de humo de tabaco viejo. Uno de los cinco señores de la mesa redonda asoma la mirada por encima de los anteojos, me mira y no dice nada.

 

-Buenas. Estoy buscando al Chino Testa.

 

El hombre vuelve a mirar los naipes.

 

-Maestro. Para usté.

 

Entre los tajos, al sillón se le ven las tripas. Desparramado, el Chino Testa mira fútbol y no gira la cabeza para ver quién lo busca.

 

Prende un cigarrillo, sacude la ceniza al piso y cruza las piernas con soberbia.

 

-¿Vos sabés con quién estás hablando? Yo fui el gerente del Jockey Club de Victoria durante 17 años.

 

Ahora tiene 65 y el hueco de dos dientes que ya no están.

 

-Ayer se cumplieron 2.165 días desde que abrió el casino. Bueno, de todos esos días yo falté uno solo. Y porque estaba en Rosario operado de la vejiga. Pero al día siguiente vine. Con la sonda y la bolsa para la orina acá, pero vine. Yo puedo pasar ahí 12, 15 horas por día. Pero está buscando un problema donde no lo hay querida. Yo soy jubilado y estoy fundido. A mí nadie me puede sacar nada.

El Chino Testa es la parte invisible de la estadística.

 

***

 

El día en que Roberto pensó ‘tengo 27 años. Y me voy a morir’, la idea no le sonó absurda. Su mujer le había dicho basta y habían retirado los ahorros compartidos del banco. Roberto manejó hasta Victoria con 25 mil pesos desparramados en el asiento del acompañante, hizo tiros de 5 mil pesos y en 5 tiros los perdió. Se subió al auto, volvió a  Rosario, agarró 30 mil pesos de la venta de cítricos del día y cruzó a Victoria. Los perdió en 25 minutos. Volvió a atravesar el puente a 200 kilómetros por hora, llegó a Rosario, revisó hasta las medias, encontró plata, aceleró, jugó desesperado, pensó ‘este tiro no pierdo, este tiro no pierdo’ y volvió a perder. Los empleados –adolescentes crecidos del pueblo- lo miraban con pena.

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Ese 26 de septiembre de 2009, Roberto se sentó frente al Paraná, del lado de Rosario, a esperar a que se hiciera lunes. Se metió la mano en el bolsillo.

 

-Lo único que me quedaba era un Ticket Canasta que un verdulero conocido iba a cambiarme por plata.

 

Unos meses después, Mario –el abogado- se sentó frente al Paraná, del lado de Victoria, a pensar cómo iba a pagarle la deuda a los prestamistas. Venía de dos años de desayunar con alcohol, de mentirle a la mujer que ya no tiene, de fumar hasta las arcadas, de inventar urgencias laborales para que algún amigo volviera a prestarle plata, de saber que nunca iba a devolverle a su mamá la jubilación que le había robado. Hasta que se le cruzó la tentadora salida de matarse. No se atrevió y, en cambio, llegó desbordado a la casa de la psiquiatra del pueblo. Empezó a recuperarse pero con el viento en contra: igual que un alcohólico al que le piden que “sólo por hoy” no se acerque a una botella, Mario tenía que mantenerse alejado del casino. Complicado: Mario vivía en Victoria y a donde fuera, la mole con palmeras lo observaba.

 

El día en que pudo volver a mirar al casino de frente, se sentó bajo los sauces y se quedó viendo a la gente del pueblo entrar. No hizo nada, no corrió para frenar a nadie. Pero cada vez que algún vecino de Victoria llegaba, se paraba en la puerta, miraba para todos lados y subía las escaleras rápido, Mario juntaba aire y pensaba:

 

-No, no, no, no. No lo hagás. No entrés pelotudo. No.


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