En septiembre de 2013, un incendio se comió mil hectáreas de bosques y pasturas en Córdoba. Bomberos y vecinos combatieron el fuego durante una semana, hasta que la nieve apagó las últimas brasas. Monocultivo, pérdida de biodiversidad y desarrollo inmobiliario se cruzan en este texto seleccionado en la categoría crónica del Concurso Federal de Relatos: “Héroes: la Historia la ganan los que escriben”, organizado por la Secretaría de Políticas Socioculturales del Ministerio de Cultura de la Nación.



La noche es cerrada y desde la ruta Alta Gracia se asoma iluminada como arbolito navideño. Pero no hay fiesta: en el filo de las sierras, lenguas de fuego forman aros anaranjados que amagan con bajar y arrasar con todo. Es el incendio más feroz de la década, que aprovecha el clima ventoso y seco para cenar miles de hectáreas de bosque nativo, poner en riesgo vidas y amenazar a casas y animales.

 

En septiembre de 2013, las llamas devastaron más de cien mil hectáreas, dos veces la superficie de la capital provincial. No fue casualidad que se iniciara en Calamuchita, donde miles de coníferas fueron introducidas para crear paisaje donde ya lo había. Empujado por el viento, el fuego se hizo un banquete de madera resinosa y hasta pasó por encima de los arroyos. Así, la primera chispa en Sol de Mayo tardó un rato en ser foco y apenas horas en sitiar a una docena de localidades asentadas sobre los cerros.

 

En cuestión de horas había alerta en todos lados: la provincia se incendiaba.  

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 De héroes anónimos trata esta crónica: bomberos que faltaron días enteros de sus casas, gente de campo que peleó para salvar al ganado, pobladores conscientes y organizados. Decenas de voluntarios que combatieron en las sierras a pala, chicote y manguera; hombres y mujeres que se jugaron la vida en la lucha contra el fuego.

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 Todos le llaman valle pero Paravachasca no lo es. Al menos en estricto sentido geográfico: se trata de una región de hondonadas y llanuras y rodeada de sierras bajas. En Alta Gracia, su población más importante, la CONAE (Comisión Nacional de Actividades Espaciales) relevó 11.800 hectáreas arrasadas por los incendios. Algo así como quince mil canchas reglamentarias de fútbol.

 

De origen comechingón, Paravachasca significa “montes enmarañados”.

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 Duró poco el interés periodístico por saber cómo se habían prendido esos fuegos y quiénes eran los supuestos responsables. Las versiones asignaban la responsabilidad a acampantes negligentes, a piromaníacos incurables, pasando por personas con bidones nafteros, que encendían llamas mientras caminaban los cerros. De todo eso, poco o nada se pudo comprobar.

 

“Algunos creen que quemar las pasturas mejora la tierra. Otros son piromaníacos, cuando ven fuego se tientan”, se apuró a decirle el gobernador De la Sota al diario porteño Perfil. Hubo doce detenidos, casi todos liberados en poco tiempo, por falta de pruebas. Dos quedaron imputados. A Antonio “Ceferino” Arrieta, de Alpa Corral, lo acusaron de burlarse de quienes combatían las llamas y de decirles “¿Quieren fuego? Ahí tienen, hijos de puta”. Estuvo 9 meses preso y, en 2014, fue absuelto. Al chileno Alberto Hernández Mellado lo señalaron sus propios compañeros de trabajo en un aserradero de Sol de Mayo. “Estábamos cargando troncos y vemos que Alberto se va con un tractor. Al rato vimos humo, y al llegar ya había tomado los pinares. No puedo decir que haya sido él, pero es un camino en el que no entraba nadie”, dijo el chofer Alejandro Gatica. Aunque una versión ubica a Mellado prendiendo el fuego, como reacción por su despido, para la instrucción judicial fue una chispa del tractor lo que originó el foco. El obrero irá a juicio oral.

 

Arrieta y Mellado dan el “tipo”: uno, con condena previa por un hecho parecido; el otro, trabajador e inmigrante.

 

Si das el “tipo”, en la Córdoba del Código de Faltas son muy altas las chances de ir preso.

 

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Ya de chiquito el Chelo Liendo quería ser bombero, pero su mamá desconfiaba. Era moquero, inquieto. “Peligroso”, decía la vieja. Los Liendo disfrutaban de una vida apacible en Río Tercero hasta que, en 1995, la Fábrica Militar explotó. La familia malvendió su casa averiada, vecina al polvorín, y todos se mudaron a Alta Gracia, cerca del cuartel local. En el barrio, Marcelo tenía dos amigos bomberos y escuchaba la sirena todos los días. Dos circunstancias que definirían su vocación.

 

—Me picó el bichito, vine y ya no me fui más— dice ahora, quince años más tarde, mientras se repantiga en un sillón del Casino de Oficiales.

 

En 2013, Chelo estuvo una semana casi sin dormir ni ver a su familia, a los saltos de foco en foco, con responsabilidad sobre vidas ajenas. Él y sus 119 compañeros jamás olvidarán esos fuegos.

 

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 El sábado 7 de septiembre de 2013 falló una prueba en un galpón de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y se generó un foco grande, que los bomberos apagaron en dos días. El lunes combatieron llamas en el monumento a Myriam Stefford, más conocida como torre de Barón Biza, y luego en el campo donde está asentada la enigmática comunidad Amatreya. Liendo estuvo en esos incendios y en todos los otros de esa semana intensa.

 

—Llegamos a Amatreya para evacuarlos y no se querían ir— revive. Eran unos 45, había adultos, bebés, niños. Pero se convencieron solos, y empezaron a bajar.

 

Cuenta el Chelo que a chorro de agua y chicote limpio pararon las llamas, pero que el viento descontroló el foco. A la medianoche, cuando ya estaba en riesgo el country Potrerillo de Larreta, a Marcelo le ordenaron regresar al cuartel, para reorganizarse. Descansar, no pudo; al rato lo destacaron a La Paisanita, con una autobomba chica y dos bomberos.

 

—Estuvimos toda la noche apagando un foco y, cuando nos dimos cuenta, amanecía; eran las seis —relata—. Volví a Alta Gracia, fui a casa, me bañé, dormí un rato y de nuevo, al campo, a evacuar gente.

 

Ese martes 10, el oficial inspector Marcelo Liendo también combatió el foco más cercano a la ciudad, detrás del club Deportivo Norte, y un incendio de rastrojos en La Quintana. Aunque el cansancio se hacía sentir, recién podría descansar en la madrugada del miércoles, en el cuartel. El reposo sería breve: un estallido conmovió el edificio hasta los cimientos y, de golpe, al Chelo le vino el recuerdo de Río Tercero.

 

Pero otra era la causa: un sismo.

 

—Era lo único que nos faltaba —ríe ahora.

 

Cuando pasó el temblor de 4.7 en la escala de Richter, que no ocasionó mayores daños, pudo volver a su casa. Pero un puñado de horas después, el jueves a la mañana, ya andaba otra vez en el cuartel, acomodando cosas.

 

Esa noche viviría el momento más emocionante de su vida como bombero.

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 El jueves 11, en el cuartel hubo gente como nunca antes. Atrás los voluntarios apilaban donaciones; adelante, una virgen miraba a todos desde una vitrina. “Protégenos” escribió alguien sobre la madera. Debajo de la imagen, los jefes recibían al intendente Walter Saieg, que había llegado a saludar. “Lo peor ya pasó”, se escuchó, antes de que un grupo de bomberos saliera a combatir uno de los focos.

 

Alta Gracia llevaba meses marrón y seca como papa deshidratada y el paisaje era el mismo a los cuatro costados. Humo, cenizas, tierra devastada. 

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 Los cerros quemados son los mismos en los que jugaba Ernesto Guevara antes de ser el Che, cuando su familia creyó que el aire puro de las sierras le curaría el asma. Aunque está soleado, no es un día guevarista: el humo viscoso gana por goleada y las dos docenas de brigadistas que bajaron de los vehículos, la chata desvencijada entre ellos, tosen como tuberculoso en el Delta.

 

En fila india rodearon la sierra para sofocar llamas, cuerpo a cuerpo. Como hormigas, pero naranjas y verdes: unos, bomberos voluntarios; otros, gendarmes de rostro curtido. El fuego une, hermana.

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 ¿Dónde está la plata del Impuesto al Fuego? Fue grande la polémica acerca del destino del dinero que, a través del pago por el servicio eléctrico, se recauda para nutrir al Plan Provincial de Manejo del Fuego. La emergencia desnudó la carencia de equipamiento y disparó la colecta de bebidas, bidones y fruta. De la Sota salió al cruce, dijo que a los cuarteles “no les falta nada”, los acusó de desvío de recursos y denunció que “se está gastando mucho en sueldos de bomberos”.

 

En 2012 el Fondo había juntado 60 millones de pesos, pero no se había gastado siquiera la mitad. Para 2013, el presupuesto preveía 54 millones, pero cuando sucedieron los incendios, a algunos cuarteles llegó poco y nada.

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 Son quinientos, mil, dos mil. El cálculo varía según quién lo haga. Pero qué importa: es el pueblo de Alta Gracia el que se autoconvoca en la puerta del cuartel. El mismo pueblo que colaboró con lo que tuvo a mano, ahora que el peligro pasó aplaude, grita, llora, agradece.

 

De fondo, la sirena aturde.

 

—No paraban de aplaudirnos y no se querían ir. Me tocó hablar, y les agradecí todo lo que nos habían apoyado— rememora el Chelo.

 

Fue ese mismo jueves a la noche. Un pueblo entero reconociendo a sus héroes, herederos de aquellos tanos que habían fundado la “Sociedad Pompieri Voluntari Della Boca”, el primer cuartel voluntario del país.

 

“Los bomberos son héroes, porque sin recursos, sin equipos y con pura voluntad, son los que combaten las llamas. Los funcionarios se dedican a aparecerse en la zona del desastre como emperadores que regalan limosnas a la gente”, dijo el biólogo Raúl Montenegro, de la Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM).

 

Córdoba, donde mandan el monocultivo y el “desarrollismo inmobiliario”, es un caso testigo de pérdida de la biodiversidad. Si tres cuartas partes de su superficie eran de bosque nativo, hoy apenas queda el tres o cuatro por ciento. La provincia con mayor tasa de deforestación del país. 

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 Los sembradores de pinos y quienes controlaron poco o nada, ¿serán tan responsables como quienes iniciaron las quemas?

 

¿Quién responde por los 600 millones de pesos en daños, la contaminación hídrica, los animales muertos, la sierra hecha desierto?

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 El perro se llama Chocolate y hace honor a su nombre. Marrón y pegote, se refugia en el tinglado a medio terminar, hasta que Ángel Bustos lo saca carpiendo. Desde 1973 los Bustos viven en este campo metido en la sierra, en el Valle Buena Esperanza. Cuatro décadas después, cuando el fuego asediaba, les tocó defender lo suyo con lo que tenían a mano. Mientras mira unas nubes negras que no se animan a ser lluvia, Ángel ceba un almibarado, y con un repasador impoluto limpia la bombilla luego de cada chupada. En la sierra el mate dulce es ley.

 

—Era lunes y había mucho viento, casi nos aplasta un molle —cuenta—. Se veía azul, el inicio del fuego.

 

Su hijo José está por carnear un ternero, pero se suma a la conversa.

 

—Subí caminando al cerro y bajé una yegua y su potrillo, que no podía caminar—repasa el joven, de curtidos 27 años—. Después vino mi primo y, con la motosierra cortamos gomas para hacer chicotes. Las llamas pasaban de Norte a Sur en un segundo.

 

—¿Cuánto tiempo estuvieron arriba?

 

—La tarde y toda la noche. Bajamos cerca de las 5, por el humo. No se quemó más porque no había qué quemarse.

 

—¿Y usaron agua del arroyo?

 

—No, si no teníamos mochilas. A chicotazos nomás le dimos.

 

Con las primeras llamaradas apareció, llorando, un puestero vecino. “Mi mujer y los chicos están en la casa, del otro lado. Se van a quemar”, les dijo. El otro hijo de Ángel, Lucas, lo subió en la moto y cruzaron, justo cuando el fuego pasaba por ahí. Tuvieron suerte.

 

—A los Barrandeguy se les murieron 19 caballos, diez en fila —comenta José, orgulloso de no haber perdido a ninguno de sus cien animales—. A otros, no los encontraron más, ni siquiera quemados. A nosotros nos faltaban cinco y los encontramos esa tarde, en una hondonada donde el fuego no había entrado. Pero se quemaron las pasturas, y la comida que repartieron no alcanzó. Nos tuvimos que arreglar solos.

 

—Y los bomberos, ¿vinieron?

 

—Ellos estaban en los focos más grandes y en las zonas de la gente con plata. Vinieron muchos a ayudar, pero los bomberos recién llegaron a la mañana siguiente.

 

Los Bustos, que se negaron a ser evacuados, comparten la misma hipótesis sobre el inicio del foco. Miran hacia arriba, a Amatreya.

 

—Estaban desmontando y quemando, y se les escapó el fuego —dice José.

 

A sus casi setenta años, el padre no anda con vueltas.

 

—Fueron los de la secta.

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 Lo de Amatreya merece otra crónica: aquí apenas se dirá que en un predio alquilado el grupo promociona “procesos de liberación del karma, sanaciones espirituales, terapias de constelaciones familiares y del alma”. Más terrenal, José posa la vista en los cerros agrisados y se lamenta.

 

—En los árboles, el daño es para toda la vida; y los pajaritos desaparecieron.

 

Vecinos del exclusivo country Potrerillo de Larreta, donde el fuego sí se combatió con cantidad de recursos materiales y humanos, los Bustos la remontaron con tesón y trabajo. Hoy su emprendimiento productivo está en vías de reconocimiento por parte del Estado Nacional.

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A Pablo “Pelado” Rodríguez ese lunes 9 lo agarró cansado. Pasado el mediodía volvió de trabajar en la radio local y se acostó a hacer la siesta en su casa de barrio Cerritos, Villa La Bolsa, corazón del Valle de Paravachasca. Lo despertó el llamado de una amiga, periodista como él, que le preguntaba por los incendios.

 

—Yo no sabía nada. Dejé durmiendo a mi hijo, me asomé a la calle y vi un incendio que se alejaba para el este. Esa misma noche, una lengua de fuego caminaba las sierras al oeste, acechante. Muchos no dormimos.

 

Al día siguiente ayudó a extinguir un foco entre la zona de Los Aromos y La Paisanita y vio que los bomberos estaban desbordados. Todo le parecía insuficiente y tenía razón: en pocas horas reinaban las cenizas en el lugar.

 

—¿Ahí comenzaron a organizarse?

 

—Esa noche intentamos que el fuego no avanzara. Con chicotes fabricados con cubiertas, pedazos de jean, maderas y baldes con agua tratábamos de apagar pequeños focos. También desalojamos algunas casas. Había mujeres y hombres; algunos pretendían cuidar sus hogares; otros, el monte. Aprendimos que debajo de cada brasa había un posible foco y que a la negligencia de los pirómanos y a la desidia organizada del desmonte se la combate con la gente en la primera fila.

 

Aunque los incendios de 2013 hoy son recuerdo, los pobladores siguen activos. Hacen charlas, talleres y arman mochilas extintoras, que resuelven con 150 pesos. La Provincia, cuando compra, las paga 30 veces más.

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 De no creer: a la secuencia calor, vientos fuertes, incendios y sismo, el séptimo día se sumó la nieve. Los incendios que habían comenzado el 9 ya estaban extinguidos, pero terminaron de morir el 16, cuando las sierras amanecieron blancas. Los copos anularon el posible renacer de las cenizas, pero su mayor efecto fue tranquilizar a los muchos que seguían conmovidos.

 

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