• Facebook Anfibia
  • Twitter Anfibia
  • YouTube Anfibia
  • RSS Anfibia
  • Pinterest Anfibia
Portada  /  Crónicas  /  Crónica
Viernes 12 de Abril de 2013

Los muertos negados

Bajó el agua y en La Plata surgió el rumor: los cadáveres de la inundación son muchos más que los reconocidos por el gobierno de Daniel Scioli. Cristian Mendoza, de 18 años, enterrado en Paraguay, no figura en ningún listado. La esposa de Guillermo Piombino dice que su marido y otras tres personas murieron en el Hospital Español a causa del corte de luz: los grupos electrógenos estaban en el sótano y no pudieron encenderse. Y Rocío Aguirre denuncia que a sus padres nadie les hizo la autopsia. El cronista Juan Manuel Mannarino dejó atrás su departamento arrasado para escribir la historia de la ciudad devastada.

Cristian Mendoza no quería ser como otros paraguayos que vienen a la Argentina a trabajar como albañiles. Le habían dicho que la educación era pública y gratuita: tenía un buen dato. Y cuando cumplió 18 años, su padre, Hugo, lo convenció para que emigrara y fuera a vivir con sus abuelos a Villa Elvira. Los hermanos le dijeron que acá se podía estudiar y trabajar, las dos cosas al mismo tiempo. Estaba indeciso: no sabía qué carrera elegir. En La Plata no lo conocieron demasiado: decían que era un chico tímido que cuidaba a sus abuelos. En el barrio vivió sólo tres meses. Después murió ahogado por el temporal dedel 2 de abril. Siguen sin conocerlo: su nombre es uno de los que no aparece en el listado oficial de 52 muertos. ¿Cuántos más habrá como él?
Sus abuelos, los tíos de Rosana Larrea vivían en una casilla, en 6 y 90, a la vera del Maldonado. Fernando Mendoza y Feliciana Garay Ruiz tenían cerca de 75 años, eran paraguayos y hacía cinco años que habían migrado a La Plata. Muchos paraguayos creen que la atención médica en la Argentina es mejor que en su país y Fernando tenía diabetes: había venido para atenderse en un hospital público.
Nadie en el barrio tenía su casilla tan cerca del agua. Y ahora cuando habla a Rosana le brillan los ojos: no puede entender cómo sus tíos, que también eran sus padrinos, fueran tan cabezas duras. Porque un día antes ella lo presintió. Cuando el arroyo se desbordó y el cuerpo parecía que no resistía en los escalones de su casa, un cosquilleo mayor que el del frío le recorrió la espalda.
— El día anterior a la inundación, dos de mis hijos estaban enfermos. Los abrazaba, los alejaba del agua. Había bichos que se pegaban a los cuerpos. A uno de mis vecinos lo picó una araña y tenía el brazo hinchado. A otro se le reventó un hormiguero en el pie y estaba meta rascarse. No aguantábamos más. Y en eso escucho los gritos desesperados de mi hermano.
Eran las ocho de la mañana del miércoles 3 de abril. A esa hora el agua estaba a medio metro de altura. Salieron a la calle. El hermano, fuera de sí. el ojo morado de los nervios, la cara tensa y dijo solamente: ¡Murió el tío! Vengan, por favor. Y todo cambió.
Atrás quedó la media hora de la noche anterior, cerca de las nueve, en la que el agua tapó la casa de material de Rosana en la calle 93 entre 116 y 116 bis. El cauce de ese río de dos metros de profundidad, marrón y furioso, que levantaba autos y arrancaba árboles de cuajo. El querer salir y no poder, los escalones del primer piso, el amontonamiento allí, con sus hijos, sus vecinos. El milagro del agua detenida en las rodillas.
Ahora, lo único que había era el tío con su campera verde, boca abajo. Ya no importaban las once horas con el frío en el cuerpo. El agua podrida que se había llevado los muebles y arruinó colchones y electrodomésticos.
La muerte invalida el resto y Rosana, depiladora profesional que cobra la asignación universal por hijos, se olvidó también de la máquina de cera de $ 600, comprada en un esfuerzo descomunal, que seguramente a esa altura ya se hundía en el arroyo Maldonado.
Las aguas turbias del arroyo, que atraviesa Villa Elvira, es una fuente histórica de contaminación. Los vecinos están habituados a las inundaciones pero ninguna como la que vivieron el 2 de abril. En el 2008, el agua llegó a más de medio metro en algunas casas, la mayoría de madera y chapa. Se originó por la acumulación de mugre. Un año antes, el entonces intendente Julio Alak había inaugurado un entubamiento y dijo en aquel momento a un portal de noticias que “los vecinos de esta zona sufrieron inundaciones durante cuarenta años y gracias a esta obra ese padecimiento formará parte de un mal recuerdo”.
Pero en ese momento eso también quedó atrás. Rosana casi se desmaya. Reconoció a su padrino y pensó en los otros: la tía y, sobre todo, en su primo Cristian.
Dieron la vuelta por el arroyo. A unos metros apareció el cadáver de su tía Marlene, así le decía ella a Feliciana Garay Ruiz. Flotaba cerca de una dependencia de bomberos. Cuando quisieron hablar con los vecinos, vieron a un joven agarrado de un poste. Estaba quieto y parecía que algo le trababa el pie. Y Rosana volvió a olvidarse de todo: Cristian flotaba abrazado a un palo. Los cordones de las zapatillas se le habían atorado a una piedra y nunca pudo zafarse.
Los vecinos les dijeron que hicieron lo imposible para salvarlos. Que vieron cómo Fernando, que estaba en silla de ruedas con sus piernas amputadas, fue el primero en ahogarse. Que les tiraron sogas, sábanas. Que se desesperaron cuando la corriente se llevó la casilla. Que después escucharon unos gritos y el agua silenció la noche.
Frente a los bomberos, Rosana y sus familiares reconocieron los tres cuerpos. Después llegó la policía, pero nadie les tomó declaración policial ni judicial. Los cadáveres estuvieron tirados en la intemperie cerca de diez horas. Como los hermanos de su tío estaban nerviosos, les dieron autorización para llevárselos y enterrarlos en el cementerio público. A Cristian se lo llevó el padre a Paraguay. A las pocas horas le dio sepultura en el país extranjero.
No sabe que Cristian sería el primer joven de 18 años identificado como víctima del temporal.
Tampoco debe importarle demasiado este último dato, el tiempo fue tan tirano que ni siquiera pudo saludar su prima, hermana de Cristian, que vive en España y llegó para investigar su muerte. Ni siquiera, dice con la mirada en las paredes sin revocar, pudo ir a los rezos por los difuntos. A la novena: así le llaman los paraguayos a un rosario que, durante nueve días y en la casa de uno de los deudos, se ora sin cesar.
Ahora, agradece a Dios que la inundación no haya sido en invierno, dice que en el barrio hay versiones de más muertos por el temporal, que alguien encontró tres chicos dentro de una heladera y una señora vio de qué forma la corriente se llevaba a niños y ancianos. Dice, con cierto asombro, que en Paraguay hay familiares que siguen buscando gente en Villa Elvira y en el barrio Aeropuerto, que del Consulado ni noticias, y que los diarios guaraníes hablan de 400 muertos.
Ayer volvió a llover y Rosana, como tantos otros, no pudo dormir. El menor de sus tres hijos le murmuraba al oído: “mami, no va a llover más, no”. Dio vueltas en la cama, y cuando cerró los ojos, trató de no pensar, pero no pudo.
—Sueño con ellos. Sueño con que el agua nos lleva a todos

***
 

Los rumores sobre muertes y desaparecidos se acrecientan, aunque es difícil dar de forma directa con los relatos. El juez en lo Contencioso y Administrativo de La Plata, Luis Federico Arias, que estaba iniciando una investigación paralela, fue inhabilitado para investigar las muertes del temporal. Arias se había convertido, junto al defensor oficial Julián Axat y el Colectivo de Investigación y Acción Jurídica (CIAJ), en la persona que escrachó los criterios oficiales de búsqueda y denunció irregularidades administrativas en la confección del listado. La Suprema Corte de Justicia bonaerense decidirá si se lo vuelve a habilitar.
Dijo que los muertos eran 55 y publicó en su facebook una serie de testimonios como el de un testigo que jura que cinco días después del temporal (el domingo 7) , un grupo de policías, bomberos y buzos habrían rescatado de las alcantarillas, desagües y bocas de tormenta una cantidad de 12 personas ahogadas. El testigo probó que hubo vecinos que presenciaron todo. La investigación oficial negó las muertes.
Hay pistas y cruces de información. Hay vecinos que reproducen historias que quizás sean tan ciertas como poco verificables.
Están los casos que la gente escuchó en un pasillo de oficina, en un taxi, en la boca de un familiar. En la investigación por esta crónica se repitió una historia espantosa: la de un adolescente que en un parque de la ciudad encontró un bebe de tres meses. Un amigo la escuchó de otro amigo, que la oyó de un tercero, al que se lo contó su mujer, después de escucharla de una ex compañera de trabajo, Marcela. Marcela dijo que su sobrino encontró al bebé y que estaba en un cuadro depresivo sin salir de su casa. Ahora, la señora que encontró a Marcela piensa que debe buscarla y decirle que aproveche: están saliendo a la luz una enorme cantidad de relatos. El caso del bebé muerto también debería publicarse.
Nadie cree en la versión oficial del relato. Hace unos díasel gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, reconoció que hay una lista de otras 37 muertes ocurridas “por otras causas, después del siniestro, no propiamente por la inundación”. Así como dijo que la lista oficial de 51 muertos era “casi definitiva” también negó que se cortara la luz en los hospitales. Sin embargo, muchos denuncian que en el Hospital Español la luz se cortó. Y salvo los sectores políticos ligados al intendente Pablo Bruera y al gobernador, todos en La Plata juran que los muertos y los desaparecidos superan largamente a los que fueron reconocidos.
Las redes sociales, minuto a minuto, son un hervidero de broncas, de impotencias, de reclamos y de nuevas informaciones. El hastío se convierte en furia: hay quienes piden ver rodar la cabeza de Pablo Bruera. Pero a la hora de contar las historias, algunos se escudan, otros dicen que pueden perder sus trabajos.

***

El mediodía del 2 de abril, la médica personal del marido de Elaine Girardelli le dio a la docente rural una gran noticia. Después de un largo tiempo de internación, que comenzó con un EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) y terminó en una traqueotomía, el diagnóstico era alentador. A su esposo Guillermo Piombino le estaban sacando el respirador artificial y ya respiraba por sus propios medios.
Cerca de las ocho de la noche, sorprendida por el temporal de viento y lluvia, pensó lo que todos pensaron. Había que sacar el agua, esperar que dejara de llover y acostarse para despertar en un nuevo día.
— Hijo, quedate tranquilo. Papá está bien —le dijo a Leonardo, de 24 años, quien insistía con salir hacia el Hospital Español, a veinte cuadras de su casa.
Guillermo Piombino, contador público de 51 y empleado público de IOMA (Instituto de Obra Médico Asistencial), estaba internado en terapia intensiva. Leonardo no se calmó. Insistió para ir hasta el Hospital, que está en barrio Norte (calle 9 y 36), y la madre lo convenció diciéndole que el horario de las visitas se había cumplido.
—Papá está en un cuarto piso. Si pasa algo, nos van a avisar. Hijo, en una terapia está todo previsto por cualquier cosa que pueda pasar.
Elaine sabía que había llovido mucho, desde las tres de la tarde del martes hasta casi las dos de la madrugada del miércoles, sabía que se cortó la luz, que se le mojaron algunos muebles, pero ni su casa ni su cuadra sufrieron una inundación más grave que lo previsible y entonces, como los teléfonos no sonaron, se durmió.
A la mañana siguiente, cuando se preparaba para retomar la tarea escolar después de una semana sin clases, su hermana policía, que trabaja en la comisaría novena, la llamó por teléfono. Decía que desde el Hospital Español pedían con urgencia la evacuación de los pacientes. Elaine despertó a su hijo y salieron juntos.
En el hospital, había un hombre de seguridad que impedía el ingreso. Unas grúas sacaban pilas de basura. Elaine se asustó y rogó entrar. Subieron por las escaleras. No había luz. El hospital era zona del desastre.

Continúa en la página 2

Páginas
Anfibia
Universidad Nacional de San Martín