El regreso del fútbol pago por TV hizo revivir una escena de la prehistoria: hinchas de distintos clubes mezclados en un mismo espacio. En los bares y café, por ahora, se vivió la tolerancia que no existe en la tribunas de los estadios. Y es el mismo Estado el que no permite esa convivencia, impidiendo a los visitantes ir a las canchas o con operativos policiales insufribles. No se trata de militar el ajuste, escribe Alejandro Wall, sino de pensar cómo ese ese exilio obligado por el “pack” puede generar viejas nuevas formas de ritualización no violentas.



Es domingo a la tarde, faltan quince minutos para que empiece River-Boca y con mis dos hijos nos sentamos a la mesa de un bar de Palermo, cerca de Plaza Serrano o Plaza Cortazar, para ver el partido en una pantalla gigante. No tenemos el pack fútbol, pero en ese bar vamos a terminar consumiendo por noventa minutos lo que hubiéramos gastado en un mes. Así es la vida, lo calculamos recién en el lugar. Ahora no falta nada: retumba la voz del Pollo Vignolo, nos asusta contándonos que ya llega, ya se viene, que lo veremos por la pantalla de Fox, el Superclásico, el espectáculo más emocionante que nadie jamás haya visto. Todo es hiperbólico. Vignolo nos relata siempre desde adentro de un incendio, aunque jueguen Olimpo-Arsenal. Pero acá hay un Superclásico y el Pollo ya nos avisa que salen los equipos a la cancha. Aunque no lo veamos. Lo que vemos es el Monumental desde un dron y el graph que nos anuncia el minuto a minuto del Superclásico. El canal es Fox 2. Éramos extrañamente muy pocos en el bar. Además de nosotros había dos pibes con la camiseta de Boca, mudos, inmóviles. Miro al que supongo dueño del lugar y le aviso que es otro canal, que ahí no lo dan. El tipo se mete como detrás de un biombo negro, hay movimientos, se huele una zozobra, algo anda mal.

 

—¿Pero usted compró el pack? —le pregunto desde la mesa.

 

El pack le decimos ahora a lo que antes llamábamos codificado.

 

—Sí, desde el primer día, no sé qué pasa —me respondió mientras intentaba dar con el canal desde Flow, la plataforma online de Cablevisión. La pantalla decía otra cosa, decía que tenía que contratar el pack fútbol, que se comunique a no sé qué número.

 

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Empezó el partido.

 

El tipo me miró resignado. Lo imaginé tratando de buscar algún link en Roja Directa. Los links son los nuevos bares de los futboleros ermitaños, los que no quieren resignar el sillón de la casa, los que no pueden salir de la oficina, los que quieren quedarse en la cama. En la Argentina todavía no está extendida la cuestión, recién da los primeros pasos, pero en la misma semana del River-Boca, en España detuvieron a siete personas que retransmitían partidos de fútbol en diferentes webs. Acá algunos usuarios de Twitter usaron Periscope en el Superclásico –tomado desde la pantalla led- y tuvieron más de 3100 espectadores.

 

Al bar donde esperábamos por el partido, habían llegado tres pibes más. Hasta que quien parecía el dueño –finalmente lo era- tuvo que avisar en voz alta que no se podría ver. Y, eso sí, que las cuentas estaban pagas. Salimos todos rajando.

 

—Papá, por lo menos comimos gratis —me dijo mi hijo mayor, muy divertido, todavía masticando un tostado mientras los tres dábamos zancadas para llegar a otro bar.

 

En los próximos minutos, cada vez que quisimos entrar a un lugar la respuesta fue siempre la misma:

 

—No, está lleno.

—No hay mesa, señor.

—Está colmado.

—No hay lugar.

 

Supuse que para mis hijos esto de correr por los bares a buscar dónde ver fútbol era una falla del sistema. Tienen seis y diez años, son nativos del Fútbol para Todos. No tienen una memoria del codificado. Ver fútbol en un bar para podía ser un plan en un viaje, unas vacaciones sin televisor. Y ni siquiera eso. Porque con Fútbol para Todos te podías clavar un partido hasta desde un celular. Algunos que hacen cuentas sobre los 300 pesos del pack, se olvidan de eso. No había tiempo de explicarle ese debate a mis hijos. Necesitabamos ya un emprendimiento gastrónomico con pack fútbol. Si en ese momento, en Palermo, midiéramos lo democrático de un bar por lo que se podía ver desde afuera, habría que decir que rankeaba alto un local de Pasaje Santa Rosa y Serrano con una gran visibilidad desde la popular callejera. Pero queríamos sentarnos, así que seguimos hasta una cervecería irlandesa, unas dos cuadras más. La planta baja estaba llena, el primer piso estaba igual, pero descubrimos una escalera que nos llevó a una especie de living, nos sentamos en unos pequeños puf y ahí lo vimos.

 

Todavía iban cero a cero.

 

Somos capaces de buscar todas las maneras posibles para ver un partido que ni siquiera es de nuestro equipo. Un partido que no te va a cambiar el ánimo. Y hay algo maravilloso en eso de ser neutrales: es la sensación de lo resbaladizo, el no experimentar ningún tipo de sentimiento más que por una buena jugada. Siempre elegís a uno, siempre hay un resultado que te gustaría que sucediera, pero al final con lo que único que te vas a quedar es con un recorte lateral, una pegada precisa, los tres pases seguidos. Ser neutral es que te emocione una pelota en el palo.

 

#bocariver

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Además, con el nuevo sistema vemos menos fútbol. Ahora es más fácil ver de cerca la Premier League si tenés DirecTV. O ver a Messi en cualquier versión.  De a poco iremos perdiendo –o ya perdimos- ese ademán de agarrar el control remoto y poner a Patronato. La restricción un poco nos alimenta el deseo. Ves una pelota y te agarrás del canal como te agarrás a esas doce cuotas sin interés, casi sin pensarlo. Si no tenés el pack fútbol, cada partido te parece de otra dimensión. No te digo que cambia la forma de ver el juego, pero tenés menos margen de aburrimiento. El otro día vi Racing-Talleres en El Cuartito. Era para pedirle al mozo que apagara la televisión, pero ahí estábamos. Porque era Racing y porque necesitábamos también una dosis de fútbol. Y agrego: también porque algunos trabajamos de eso, es un insumo, escribimos nuestras notas, hacemos nuestras columnas radiales, buscamos alguna historia que surja de algún partido. Lo necesitamos, como necesitamos un dispositivo para escribir, un lápiz y un papel para tomar apuntes, un grabador para una entrevista. Así que si no tengo el pack fútbol no es porque me haya sumado al boicot que por acá planteó el amigo Pablo Alabarces, sino por dejarnos estar y por otras cuestiones que no vienen al caso. Ya llamaremos a nuestro servidor de cable.

 

Mientras tanto, tuvimos que ir al bar. Como neutrales. El domingo del Superclásico, con mis hijos éramos tres neutrales rodeados de hinchas de Boca, de bosteros y bosteras, varias con camisetas, que se pedían papas con cheddar, hamburguesas de doce pisos, unas maltas, alguna pinta de IPA, y cada tanto tiraban un dale, dale, dale Y alguna puteada. Vamos a decirlo ahora que no nos escuchan: soy prejuicioso, lo admito, creí que era un público, así, a simple vista, con poca cancha, salvo por un señor mayor atrás nuestro que estaba muy nervioso, y que sólo rumió algo inentendible cuando el mozo se paró delante del televisor.

 

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Y acá viene: detecté a un hincha de River entre todos ellos. Fue cuando Cardona dibujó su parábola con la derecha, después de la patada dejonguiana de Nacho Fernández. Todos podían decir que mis hijos y yo éramos de River: no gritamos el gol. Pero éramos neu-tra-les. Por un momento lo temí, temí que alguno dijera: “Eh, cantá, puto”. Nadie. Pero ese pibe, con gorrita de visera larga, barba bien recortada, remera blanca y pantalón chupín arremangado en las botamangas, era de River y lo confirmé cuando su amigo le dedicó un suave “tomá, gallina puta, tomá”. Todos con “y dale Boca, y dale Boca dale”, como en la cancha, “vos sos de la B, vos sos de la B”, y el flaco queriéndose hundir en el sillón.

 

No somos lo mismo en la cancha que en un bar. En la cancha que en la calle. No somos lo mismo en la cancha que en el trabajo, en la cola del supermercado, en el timeline de Twitter. Bueno, en el timeline de Twitter un poco sí. Pero la cancha nos impone otro tipo de honor. La cancha es el territorio del hincha (local), es el lugar intocable, un lugar inhabilitado para ser compartido. La ausencia de visitantes tensó más esa cuerda, como quedó visto el 15 de abril pasado cuando un grupo de hinchas de Belgrano lanzó al vacío a Emanuel Balbo, señalado como un infiltrado de Talleres.

 

Parece que GOL. #bocariver

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No hay lugar en la tribuna para esa tolerancia. Y si la hubiera, el Estado no la permitiría. El Estado decide también esas cosas: los hinchas de un equipo para acá, los hinchas del otro equipo para allá, los visitantes no pasan. Los operativos policiales y las decisiones políticas ensanchan esa distancia. Hace unas semanas, vi cómo en el Maracaná los hinchas de Botafogo y Vasco da Gama se mezclaban antes de entrar a las tribunas, casi sin presencia uniformada alrededor. No había cacheos, no había cordones, sólo un grupo de voluntarios bajo el nombre de “orientadores”, que te indicaban para dónde ir, dónde sacar la entrada si no tenías, dónde retirar los tickets gratuitos para los menores. Es cierto, era un partido relativamente tranquilo, no era un Flamengo-Fluminense, pero qué partido acá se considera tranquilo como para que puedas llegar a la cancha con el rival.

 

Ahora que volvemos a los bares para ver fútbol, que nos restringieron el mejor juguete que tenemos, nos sometemos otra vez a la convivencia. Hace ocho años un grupo de sociólogos de la ONG Salvemos al Fútbol planteó convertir lo que eran los pulmones de seguridad, esos blancos en las tribunas para separar hinchadas, en pulmones de convivencia, donde pueda haber, como medida ejemplar, hinchas de distintos equipos. No sólo nunca ocurrió, sino que ya ni siquiera hay hinchas visitantes. 

 

La nueva televisación del fútbol, en manos privadas, con un plus para acceder a los partidos, incluso más si no tenías el cosito del HD o mucho más si ni siquiera tenías servicio de cable, nos expone a otra diferencia, que es la económica, la del que puede y no puede pagar. Después está el que no quiere o el que no le interesa, pero esas son elecciones. El corte es el otro, la posibilidad real del acceso. Es probable que mis compañeros de Superclásico en el bar Palermo no hayan pagado porque no quisieron, porque se olvidaron, porque se colgaron. Pero los que seguro no pudieron fueron los que intentaron mirar el partido desde la calle en la pizzería Don Camillo de Del Viso, espiando por los agujeritos de las persianas bajas. La foto fue una postal de época. Como le empezaron a dar leña en las reseñas de Google, el dueño tuvo que responder. El usuario Axel Massucco escribió: “Horrible la fama que se hicieron por bajar las persianas cuando hay fútbol”. Y abajo posteó el propietario: “Hicieron de una foto una cuestión política social . Tenemos 25 años pasando fútbol y siempre por tema de seguridad y de orientación del sol se bajan las persiana (microperforadas) luego cuando baja el sol se levantan !! Siempre. Sólo se deja baja hasta 20 minutos antes la puerta principal Un River vs boca y domingo a la 17 hs más como están los ánimo es de mucho riesgo. Pero en fin, es difícil Y muy complicado conformar a todos”. Podía hasta ser entendible salvo que en una respuesta posterior mostró el truco con un “Te saltó la ficha !! Como a todos los que comentan una foto de un periodista con neto perfil k” y un clásico “se les acabó el relato”.

 

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El reverso de esa imagen fue una foto tomada en La Boca, gente que se supone que grita un gol, un barrio viendo el partido en la calle, en una pantalla provista por la agrupación Boca es Pueblo. Algo así como que si nos organizamos, miramos todos. O la de una plaza de Parque Chas en la que también se vio el Superclásico con los relatos de Javier Vicente, una nostalgia del Fútbol para Todos. Nadie con algo de conciencia aceptará tan dócilmente la nueva restricción. Ni siquiera se trata de discutir acerca de si ver fútbol es un derecho o no. Es sencillo: cuando ensanchás el arco es difícil volver a achicarlo. Básicamente, es el efecto memoria.

 

Pero los bares también nos recuerdan una ritualización, ver el fútbol juntos, mezclados, entre amigos o desconocidos. ¡No estamos militando el ajuste, compañeros, por favor! ¡No estamos diciendo que mirá qué lindo cómo volvió esta fiesta colectiva! Pero en la puerta de los bares no está la policía separándonos. En el bar donde vimos con mis hijos el Superclásico, por ejemplo, se escuchó fuerte el gol de River. Había hinchas de River, varios, estaban un piso más bajo y putearon bastante a los hinchas de Boca. Nadie de Boca reaccionó. La vida siguió. ¿Por qué? ¿Por qué seríamos capaces de cagarnos a trompadas en una cancha, aún cuando no fuéramos barras, pero no ahí? Esto no es de ahora. En los años del codificado también nos mezclábamos. Ibas a Locos por el Fútbol, unos de River y otros de Boca, y no pasaba nada. Tomá nota, Estado.

 

 

El bar nos humaniza en el sentido de entender que hay un otro. Nos unifica, en todo caso. Borronea un poco eso de que si sos de River o de Boca. Nos muestra que las diferencias están entre los que quedaron afuera y los que quedaron adentro, y no porque los que quedaron adentro –de ver los partidos- sean culpables de nada. No es contra ellos, que bien podrían invitarnos a ver los partidos a sus casas también. Es contra la estructura social. Es como haber tenido el teatro gratis ocho años y después te vengan a querer cobrar. Andá a retroceder en esa. Pero se ve que se puede financiar el teatro, el Colón, por ejemplo, pero no el fútbol. Ah, el fútbol es un negocio, necesita del mercado. Ah, el Estado no tiene que meterse, no pago mis impuestos para eso. Ah, lo más lindo es que lo vi por tele porque me lo pagué yo y no se lo hice pagar a un pibe sin cloacas. Y el pibe sin cloacas sigue sin cloacas y no pudo ver el partido.

 

Aunque el ritual de sentarse, pedir una cerveza y ver un partido nos muestra otras cosas, tampoco es que la elegimos. Es un exilio. Y los exilios también nos marcan caminos alternativos, nos regentean la solidaridad, cierta forma de bien común. Los bares ahora son eso, mientras pedimos en Twitter un link para ver el partido.


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