En un juzgado de menores rosarino alguien decidió desafiar al terrorismo de Estado y guardar los expedientes que permitieron reconstruir muchas identidades. Ricardo Robins investigó lo que sucedió en aquella oficina con un mueble que resguardaron veinte carpetas verdes. A 41 años del Golpe, una crónica sobre pequeñas acciones invisibles que lograron que la pesadilla pueda mutar en verdad.



1. El trance. Josefina se echa hacia atrás en el asiento del remís que la lleva de vuelta a su casa. Sale del trabajo en la zona sur de Rosario y debe cruzar la ciudad hasta el norte. Está agotada y deja escapar su cabeza. Hace frío. El cuello y su pelo largo y enrulado descansan sobre la cima del respaldar. Sus ojos grandes y celestes apuntan al cielo a través de la luneta trasera del auto. Las copas de los árboles, que desfilan en hilera, la hacen entrar en trance. Esos árboles. Esa forma de mirar inclinada, poco habitual en un adulto. Todo se quiebra con una angustia primitiva que la ataca por sorpresa.

 

Es el año 2004 y con 28 años, en ese remís, Josefina revive la pesadilla que la asaltó de forma recurrente desde los 7. Una escena que la hacía despertar a los gritos y desesperada en medio de la noche. Cuando aún era una niña que no sabía de su padre desaparecido y de su madre asesinada durante la dictadura. Cuando toda su tragedia familiar era consecuencia de un choque de autos que inventaron para protegerla.

 

 

Josefina se incorpora en el asiento del auto y mira dónde está: Sánchez de Bustamante al 800. Reacciona. Es la cuadra del taller en donde la secuestraron con cinco meses de vida junto a su mamá en el invierno de 1976. Ella volvió de más grande a esa calle. Fue cuando empezó la búsqueda de su historia. Llegó caminando, miró y se fue; como otro de los sitios que visitó en esa época. Pero, en este viaje torcido, escucha la dificultad para respirar de su mamá, quien la carga cruzándole el brazo por su panza de bebé. La angustia desbordada de esa mujer que intenta escapar de alguien y que ella percibe. Es eso mismo que la persiguió aquellas largas noches de su infancia y que no entendía de dónde surgía. La pesadilla se destruyó cuando le contaron la verdad. Entonces esas imágenes, esos sonidos y esas sensaciones se volvieron parte de ella. Es uno de los pocos recuerdos desde donde rearmar su vida y rellenar la sombra de esos padres.

 

 

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2. El expediente. Para el Estado nació cuando tenía 1 año y siete meses. Oficialmente fue hija de nadie. Ni de Dardo Tosetto, secuestrado en diciembre de 1975 y desaparecido desde entonces, ni de Rut González, detenida junto a sus dos hijas en julio de 1976 y asesinada en octubre siguiente. “Sin progenitores”, fue la forma que la Justicia de Menores de Rosario la inscribió en el Registro Civil. Fue recién en septiembre de 1977.

 

Josefina fue Aguirre, después González y más tarde Tosetto González. Pudo haber sido Ramos, por la mujer policía que la tuvo en su casa diez meses e intentó adoptarla. Pudo haber sido Feced, por el mayor represor y asesino de Rosario que se la llevó a su pareja de ese momento para apropiarla. Eso cree Josefina aunque no sabe por qué. Quizás lo hizo como un trofeo de una persecución que él mismo encabezó, quizás porque no sabía qué hacer con esa niña después de haber diezmado a su familia. O simplemente porque la hacía recordar a sus hijas.

 

Parte de ese relato está registrado en el expediente del Juzgado de Menores N°2 que se inició el 29 de julio en 1976. Esas fojas sobrevivieron al intento de robo y destrucción. Alguien las preservó y las guardó hasta que fueron necesarias. Su contenido fue utilizado en las investigaciones por delitos de lesa humanidad y en los Juicios por la Verdad. Pero ninguna sentencia explica cómo fue que esos papeles trascendieron al silencio impuesto por el terrorismo de Estado.

 

Detrás de la burocracia, existe una trama humana que permite la reconstrucción de historias. Un tejido constituido por pequeñas acciones invisibles que quizás no salvó vidas ni obró de forma heroica pero hizo posible mantener o restablecer orígenes. Ser un insumo para que las pesadillas puedan mutar en identidad.

 

 

3. Ana María. No es calma, es desconfianza lo que gana la noche de barrio Echesortu desde el día del Golpe. Ana María Di Maurizio está agazapada en una pieza de la planta alta de su casa. Alerta. Teme que su marido caiga en una emboscada cuando llegue en auto de trabajar. Por eso lo espera con un revólver en la mano en esa habitación que da a la calle. Si los militares detuvieron a Edison Boggino, concejal de Rosario y militante de “El Encuadramiento” de la Juventud Peronista, porque figuraba en una agenda de otro compañero, también pueden venir a buscar a su pareja, Roberto Acuña, militante de ese espacio. “¿En cuántas agendas estará Roberto?”, piensa.

 

 

Al otro día, a la mañana, deberá sacudirse el miedo e ir a trabajar a los Tribunales provinciales. Eso hace desde que ingresó al Juzgado de Menores N°2 en 1975, a los 32 años, después de abandonar un empleo acomodado pero exigente en Massey Ferguson, incompatible con la llegada de su segundo hijo varón. Ana María es responsable. Pero hubo una mañana que no fue al juzgado: la del 24 de marzo de 1976. ¿Cómo iba ir a trabajar mientras caía el gobierno? Al otro día, una mujer paqueta de los pasillos judiciales se lo reprochó: “¿Vos y tu marido, siendo escribano él, son peronistas?”.

 

Ana María no es abogada. Ingresó por concurso como empleada de la secretaria del juzgado, María Elisa Teresita Amadei de Méndez, “Marisa”. La jueza es Clotilde Cariello, buena mujer, muy profesional, cree al conocerla. El fuero está dividido en tres áreas: penal, de servicios sociales y civil; ella trabaja en esta última. El asesor del juzgado es Luciano Corvalán. El edificio, un espanto.
El trabajo se inicia cuando llega una notificación desde la Policía de Menores. Con la secretaria Amadei de Méndez y la jueza Cariello inician el procedimiento de rutina. Algunas veces la búsqueda de un familiar es sencilla: escriben un oficio con los datos que disponen. Lo envían a los medios de comunicación y a la Policía. Y esperan que se presenten para darle la guarda. Otros, son más complicados. En primer lugar porque los nombres que aparecen en los documentos no son los reales. Tampoco son normales los procedimientos policiales. Ana María ve que hay muchas parejas jóvenes, con hijos pequeños, como los de ella, y eso la golpea. Algo que se repite le quedará marcado para siempre: los chicos aparecen bien vestidos pero descalzos.

 

 

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4. Rut. Después del secuestro en la zona sur de Rosario el 19 de julio de 1976, Josefina, su hermana Mariana de tres años, su mamá Rut González de 23 y Pedro Paulón fueron llevados al Servicio de Informaciones (SI), el centro de detenidos clandestinos de la esquina de Dorrego y San Lorenzo, en la Jefatura de Policía de Rosario. Rut llegó como Dolores Aguirre y ese apellido llevaron sus hijas. Se hizo pasar por loca para engañar a la patota del jefe de la Policía local, el gendarme retirado Agustín Feced. Rut y su ex, el padre de Josefina, Dardo Tosetto, al igual que buena parte de su familia, eran integrantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT)-Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Estaban, además, acusados de haber participado del secuestro del militar Argentino Larrabure, que terminó en muerte (para el Ejército, fue asesinato; el ERP aseguró que fue un suicidio, lo que avaló la autopsia y el testimonio de otro detenido en el mismo lugar).

 

La mamá de Josefina sabía cuál sería su destino si lograban identificarla. Por eso, simuló amnesia y decía incoherencias. Pero todas las compañeras que la vieron y hablaron con ella en el SI y, después en la Alcaidía de Mujeres, recuerdan una cosa: preguntaba por sus hijas, “Cati” (que era Mariana, la mayor), y la “Tanita” (Josefina). Lelia Ferrarese, testigo en la causa Díaz Bessone o Feced 1, contó que una vez que sacaron a Rut de la celda de la Alcaldía para interrogarla volvió muy afectada. No hablaba y quedó con la cabeza baja. Lelia se le acercó para darle un mate y Rut le dijo que en la sesión de tortura estaban sus hijas. Feced y la patota usaron a las nenas para ablandarla. Meses después, a Josefina le sacaron el bazo en una operación de urgencia. Los médicos dijeron que la inflamación fue producto de un golpe fuerte anterior.

 

-Vos vas a salir, por favor no te olvides de mis nenas –le dijo Rut a Lelia y le dio tres huesitos tallados en esos días de prisión compartida en el Penal N° 2 de ese sótano de la cárcel central de la Jefatura: dos para sus hijas y otro para ella.
Feced le había dado a Rut 48 horas para decir su nombre real y empezar a declarar. El propio jefe de la Policía, junto al titular del II Cuerpo del Ejército, Ramón Díaz Bessone, y el integrante de la patota José Rubén “El Ciego” Lo Fiego se la llevaron en un taxi. En el registro oficial de la Alcaidía anotaron que fue liberada por “falta de mérito” la noche del 9 de septiembre de 1976, por “orden del Sr. Jefe de Policía de esta Unidad Regional II, Don Agustín Feced”.

 

 

La reconstrucción de lo que realmente ocurrió, y que la Justicia avaló en la sentencia de la causa Feced 1 (con condenas a Díaz Bessone y la patota), señala que fue llevada a otro centro clandestino y asesinada. Su cuerpo apareció el 5 de octubre baleado, desnudo y con marcas de tortura, junto a los de su hermana Estrella González y la pareja de ella, Héctor Vitantonio, secuestrados de su casa el 22 de septiembre (a su hija Clarisa, de diez días, la dejaron con unos vecinos). El triple crimen fue presentado como un enfrentamiento y publicado en el diario.

 

Además de ellos, su abuela Amorosa Brunet está desaparecida y su tía María de las Mercedes Gonzáles estuvo detenida cuatro años.

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5. Feced. Antes de ser llevada al Servicio de Informaciones y separada de su mamá, Josefina estuvo internada en el hospital de Niños Vilela por una bronquiolitis. Más tarde, fue a la casa de Norma Ramos. Pero no están claras las fechas, ni qué ocurrió con ella esos días. Hay una pieza suelta que ella encajó en su rompecabezas.

 

Feced sacó de la Jefatura a un bebé y se lo ofreció adoptar a su pareja de entonces: Rosario “Charito” Peixoto. Su segunda mujer, no la madre de sus cuatro hijos, que vivía en Junín al 7400.

 

-No, mirá si me sale subversiva como los padres –le respondió Charito, según le contó al periodista y escritor Carlos Del Frade, hoy diputado provincial.

 

 

La pareja de Feced no dio un nombre concreto de ese bebé que rechazó, pero sí habló de unos ojos celestes muy lindos. No hay una sentencia judicial que lo diga, pero Josefina cree que era ella. Sólo el poder de un personaje oscuro como ese, en el que hasta su muerte oficial de 1986 es dudosa, podría explicar tanta saña con una familia.

 

El propio gendarme retirado describió su obsesión por perseguir a los integrantes del PRT-ERP en una carta que le envió al periodista Mariano Grondona en octubre de 1972, durante su primera gestión como jefe de la fuerza local. En esas carillas despliega su lucha ideológica contra “la subversión marxista”. Hay una sede que representa a su enemigo: la Facultad de Humanidades y Artes. Le dedica cuatro párrafos a esa casa de estudios, a los profesores que “adoctrinan a los chicos en el marxismo” y desprecia en particular a las mujeres alumnas que “cobran el acto sexual con los estudiantes” y que deberían “estar en el lupanar”.

 

“Para la lucha contra la subversión hay que meterse en el lodo, ensuciarse y salpicarse”, cierra Feced su misiva. Rut González, que cursaba Antropología, y su hermana Estrella, Bellas Artes, ambas en esa facultad, cayeron en esa cruzada.

 

 

6. El rescate. Judit Brunet vio la noticia de la muerte de sus sobrinas Rut y Estrella y empezó la búsqueda de las nenas. Preguntó por las hijas de González en los Tribunales de Menores pero en la Mesa de Entrada le dijeron que no tenían registros. Cuando se iba, angustiada, una mujer la llamó desde uno de los recodos de las paredes del viejo edificio de Pellegrini y Balcarce.

 

-Ch,ch. Ch,ch. Estás buscando mal. Tenés que preguntar por Aguirre no por González.

 

La ayuda fue clave. El 19 de octubre de 1976 quedó asentado su pedido. El 18 de noviembre de 1976 recuperó a Mariana (que para el Estado era Catalina Aguirre). La hija mayor de Rut estaba en la casa de una mujer policía, Cristina Nocera, por disposición del Juzgado de Menores N°2. Con Josefina todo fue más difícil. Norma Ramos, celadora de la Policía de Menores, no tenía intenciones de entregarla. Había además una traba propia de la burocracia: Josefina no existía como hija de Rut González y la Policía ocultaba esa relación.

 

La jueza Clotilde Cariello, a cargo del juzgado de Menores N°2, debía definir la identidad y la situación de su madre para poder decidir la tenencia de las hijas. El primer pedido de información a la Policía lo hizo el 13 de agosto de 1976. Lo reiteró tres días más tarde. También el 13 de septiembre, el 19 y el 25 de octubre. El 20 de abril de 1977 la jueza hizo el sexto reclamo pero esta vez le escribió directamente al jefe Agustín Feced “con carácter de urgente”. Ante la falta de precisiones, sugirió que “la NN, Dolores Aguirre y Rut González serían una misma e idéntica persona”. Feced se tomó seis días para responder y elevó tres hojas formales sin información. La jueza replicó 24 horas más tarde y le explicó qué hacer: “Solícitese que informe al respecto la Sección Identificación de Detenidos”.

 

El 6 de mayo insistió con un octavo pedido de información al jefe de la Policía de Rosario pero ya no hubo respuesta de Feced. Ese día Judit se presentó en el Juzgado y le reiteró a la magistrada la solicitud de tenencia de Josefina ante la prolongada “separación de las hermanitas”. “Mariana manifiesta su deseo de no arreglar sus juguetes hasta que no vuelva su hermanita”, le suplicó. Intervino el asesor de menores, Luciano Corvalán, y dictaminó que “a simple vista las niñas necesitan estar juntas” y un hogar donde “enfrentar los traumas y complicaciones que se puedan generar a través de tantos golpes recibidos”.

 

El 13 de mayo de 1977, el juzgado convocó a Norma Ramos con la beba sin decir para qué. La mujer policía asistió. Se había encariñado con la nena y se justificaba: “A la madre no le importa una mierda”. Un empleado le recibió en una oficina. Le pidió a la bebé para hacerle una revisación de rutina y la llevó a una sala conexa. Allí estaban Judit y otro sobrino. “Entrega la nena porque esa es la tía”, le dijo ese empleado a Norma Ramos. Judit agarró a Josefina y se fue rápido de los Tribunales. La celadora se quedó masticando bronca y más tarde se lo confesó a otra presa política, Nené Luchetti. 

 

 

En el expediente sólo consta que la jueza Cariello depositó provisoriamente a la menor en manos de su tía. Pero Judit le describió a Josefina ese operativo de rescate. Mencionó un nombre en particular: “Gentile”, el mismo que había protegido su expediente todos esos meses. Roberto Gentile, el secretario administrativo de la jueza, perfil bajo pero obsesivo y muy cuidadoso con su trabajo. Se fue de ese cargo con “una hermosa úlcera de duodeno” y el deseo de olvidar “todo lo traumático”. Ni él, ni Ana María Di Maurizio aparecen en las 89 fojas del expediente de Josefina y Mariana González.

 

 

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7. El asesor. – Las cosas están peliagudas y yo no quiero que se filtre ni un solo error –le dijo la jueza Clotilde Cariello de Manfred al asesor Luciano Corvalán cuando le pidió que se haga cargo del Registro de Adopción en 1976.

 

 

- Sí claro, Cota –le respondió el joven abogado a esa magistrada que admiraba, que consideraba como democrática y de mente abierta.

 

 

-Necesito a alguien de confianza. Es por 8 ó 9 meses –agregó la magistrada.

 

 

Corvalán entendió que el juzgado estaba bajo la mira de los policías y los militares. Ya se hablaba de la apropiación de chicos. No hizo falta que la jueza le diera alguna instrucción en particular.

 

 

Cuatro décadas después, sentado en el living de su departamento atiborrado de cuadritos que empapelan la pared con rostros de artistas vivos y muertos, dirá: “Nosotros nunca dimos hijos de desaparecidos en adopción. Nunca. Eso lo puedo jurar”.

 

 

“Había cosas que manejaban los militares que nosotros ni remotamente teníamos noción. No había información, no había nada. Sí había chicos que eran dejados en una capilla, en una parroquia, y ahí aparecían enseguida los familiares. Y los dábamos inmediatamente”, afirmará.

 

 

“Yo nunca obré heroicamente –continuará-. Tampoco haciéndome el salvador de la patria pero yo cumplía con mi deber. Y lo cumplí siempre naturalmente. Cumplía con lo que tenía que hacer, y lo hubiera hecho si estaba Hitler en el poder o el que sea. Ahora, evidentemente la presión debe haber estado porque después de la dictadura me deprimí mucho”.

 

 

Luciano Corvalán fue asesor del Juzgado de Menores N° 2 a cargo de Cariello (ya fallecida) desde que se creó ese tribunal en 1975 hasta se jubiló en 2008. Sus iniciales se replican en el nombre artístico que eligió: Lauro Campos, reconocido actor, director y dramaturgo rosarino.

 

 

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8. Tanita. Josefina estuvo con su mamá desde que nació el 17 de febrero de 1976 hasta julio de ese año. Ella le decía “Tanita” porque la veía muy parecida a su papá, Dardo Tosetto. A Josefina aún le dicen Tana. La Tana González. Suena raro.
A los 7 años su hermana Mariana le contó que a sus padres los habían matado por pensar distinto y decirlo. Eso le generó un trauma para hablar en público que recién empezó a quebrar en 2013, cuando tuvo que hacer la campaña que la convirtió en diputada nacional por el Frente para la Victoria, fruto de su militancia en La Cámpora y antes en Hijos Rosario, y de su trabajo en la Secretaría de Derechos Humanos de Santa Fe y en la Procuración General de la Nación.

 

A los 10 años, Josefina encontró su acta de nacimiento y donde decía “hija de”, tachado. Empezó a preguntar. Su tía abuela Judit se ponía muy mal y lloraba. A esa edad también dejó de ver a Norma Ramos, quien todo ese tiempo siguió visitándola como una madrina. Su tía Mercedes, que estuvo detenida con Rut en la Alcaidía, le dijo a Josefina que esa mujer había sido la carcelera de su mamá y ella no le habló más.

 

A los 12, buscó a alguien más que la ayudara con la investigación. Encontró a Lelia Ferrarese, aquella compañera de Rut en la Alcaidía que cumplió su promesa. Lelia le llevó dos años después uno de sus primeros tesoros: el carnet de la Biblioteca Argentina de su padre con una foto. La primera que vio de él. Conoció a su abuelo paterno antes de cumplir 15 y él le acercó un par de imágenes más de Dardo. Las dos décadas siguientes logró reunir otras seis invaluables fotos que sacaron al padre de la sombra. Y sigue acumulando más de esas joyas.

 

En todos esos años, habló con amigos, conocidos, compañeros de facultad, de militancia, de detención, familiares, vecinos de cualquiera de los lugares donde estuvieron, amigos de amigos. Fue a todos los archivos posibles y a los otros también. Armó un descomunal diario personal de todos esos pasos que tituló: “Cuaderno de reconstrucción”. Reunió, además, datos de otras víctimas y otras familias. Algunos de sus hallazgos se sumaron a los registros de la Conadep. Tiene seis carpetas inmensas, de esas anchas que usan los contadores o abogados, divididas entre “desaparecidos” y “asesinados”, y dentro de este grupo diferenció: entregados durante la dictadura, identificados de forma posterior y no sé si fueron entregados. Están repletas con fichas llenadas a mano, fotos, artículos de diario, textos, cartas; que aún actualiza y digitaliza. Son el testimonio de una búsqueda desesperada. Y de una cosa aún más densa: “Para mí buscar datos es la única forma de relacionarme con ellos, de acercarme a mis padres”.

 

La familia de Rut, lo que quedó de ella, reclamó el cuerpo baleado en octubre de 1976 pero los militares no se lo dieron. Recién diez años después lo encontraron enterrado como NN en el cementerio de La Piedad. Josefina recuperó así, de forma oficial, a su madre. “Lo único que no pudieron sacarme fue la sangre y la historia. Por eso mi filiación cuando la hicieron con ADN dio 99,999999 y gracias a eso soy hija de mi mamá y sé que pronto voy a ser hija de mi papá”, declaró el 15 de febrero de 2011 en la causa Feced 1. Seis años después, el anhelo sigue intacto: probar el vínculo con su padre y hacer la denuncia formal. Quiere llevar su apellido en el DNI, completar su identidad. Ser, de una vez y para siempre, la Tanita Tosetto González.

 

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9. Nené. El 17 de septiembre de 2004 María Inés “Nené” Luchetti de Bettanín volvió a los Tribunales de Rosario para buscar documentación de sus hijas. Necesitaba probar que sus tres nenas estuvieron detenidas de forma ilegal junto a ella en el Servicio de Informaciones y en la Alcaidía de Mujeres en 1977. La más chica, nació en cautiverio. Alguien le dijo que pregunte en el Juzgado de Menores N°2 y ahí fue.

 

 

“Nené, ¡sos vos! ¿Cómo está tu mamá?”, la sorprendió una secretaria del juzgado. La hizo pasar a una oficina grande y le mostró uno de los cuatro armarios del lugar. Vio una pila de carpetas verdes, viejas y un poco rotas; anudadas entre sí. Unos 20 expedientes, muy delgados, con pocas hojas en su interior.

 

“Sabíamos que este momento iba a llegar, que estos papeles iban a servir algún día”, les dijeron Ana María y Marisa. La vieja carpeta verde clara, casi amarilla, tenía notificaciones y hasta las diminutas huellas digitales de sus dos hijas mayores. Nené valoró el gesto de preservar esos papeles durante tantos años. “¿Por qué guardaron todo esto tanto tiempo, por qué desafiaron el mandato de callar, de olvidar, que impuso la dictadura?”, se preguntó.

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10. Matices. Sentada en la misma casa de Echesortu donde custodiaba la llegada de su marido, cuatro décadas después, Ana María bucea en su memoria en busca de nombres. Eleva la mirada o cierra los ojos largos segundos. Algunos aparecen y otros se le escapan. Y dice: “Los expedientes los tendríamos que haber mandado al archivo pero tomamos la precaución de guardarlos dentro del juzgado, en la secretaría civil. En un armario, mi armario. No es usual que se guardaran los expedientes pero era un tema tan delicado que no pudimos o no tuvimos, o sea no quisimos mandarlos al archivo general porque eran de consulta. Años después empezaron a pedirlos para los juicios o subsidios”.

 

Para Nené Luchetti, “era muy difícil hacer lo que ellas hicieron en esa época”. “Le dieron mis nenas a mi mamá. Hicieron lo mismo con los hijos de Jaime Dri y otras familias, hasta de Santiago del Estero. Además nadie les dijo que guardaran esos archivos, que podrían haberlos destruidos. Al contrario se expusieron a que las agarraran porque tenían todo eso en sus escritorios”, agrega.

 

Pilar Calveiro en “Poder y Desaparición” habla de una sociedad tomada por el “poder desaparecedor” en la que hubo “extrañas combinaciones de formas de obediencia y formas de rebelión”. Nené lo analiza así: “¿Qué más podían hacer estas mujeres? ¿Sacarle los chicos de las manos a Feced? No había a quién recurrir y la mayoría de los jueces hacían la venia. En cambio, ellas se la jugaron para devolvernos a nuestros hijos y siempre les voy a estar agradecidas”.

 

“Estoy de acuerdo con Nené”, dice Josefina y explica: “Es cierto que yo estuve una semana alojada sin ninguna información y que tampoco preguntaron por mi vieja en ese momento, pero a mí me salvaron la identidad. Me permitieron crecer con mi familia. Son distintas formas de trabajar y que demuestran valentía. Porque la orden no era facilitar las cosas sino entorpecerlas”.

 

 

“Muchos se hicieron los boludos y los chicos terminaron en cualquier lado. Quebrar esa lógica del Poder Judicial no es nada fácil. Y ellas lo rompieron no sólo en lo formal al guardar los expedientes, también desde lo humano dando un dato, avisando de algo que fue vital después”, agrega.

 

Desde Tribunales Federales, la Unidad Fiscal de Asistencia a las causas por violaciones a los Derechos Humanos investiga todas las actuaciones surgidas por chicos NN desde 1975 a 1980 en los dos juzgados de Menores de la ciudad de Rosario, que puedan encubrir una apropiación ilegal. Tienen un problema: el 90 por ciento de los expedientes “se perdieron”. En 2010, los 20 expedientes guardados en el Juzgado de Menores N°2 fueron agrupados bajo la denominada “Causa Abuelas”. No surgieron nuevos delitos ni imputados de esa información pero contribuyó a rearmar la verdad histórica y avanzar en otras investigaciones. Además, una copia del contenido fue entregado a los familiares en 2015. Algunos de los originales ya están en el archivo de los Tribunales provinciales y fueron declarados por su director, Carlos María Corbo, “de valor histórico” e “indestructibles”.


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