Artista de culto, cineasta, performer y escritora, la obra de Miranda July exaspera a muchos por "indie" y "hipster". Otros, la admiran con vigor fan. Ante el lanzamiento de su novela en Argentina las anfibias Sonia Budassi y Sol Dinerstein analizan, impiadosas, su obra y su lugar en el campo cultural. Más allá de los prejuicios y la moda, ven sus textos en conexión con lo contemporáneo, de matriz transmedia y con guiños al género autoayuda y se preguntan ¿por qué amamos y odiamos lo hipster?

Foto de portada: Prensa Festival Paris Cinéma

Fotos de interior: www.mirandajuly.com/angsschool 

 

Frente a 350 personas, aparece en el escenario del Sydney Opera House, en Australia, Miranda July. Es la apertura del Festival All about Women; la sala llena y las acomodadoras, policíacas, persiguen a quien intenta sacar una foto o filmar. July comparte el ciclo con distintas mujeres de trayectoria en la ciencia, el mundo empresarial y el arte –como Piper Kerman, la autora de la autobiografía “Orange is the new black”, que se convirtió en una serie exitosa en Nexflix.  La charla, titulada “Lost Child” refiere, según la autora, a su primer libro, escrito e ilustrado cuando tenía siete años: el relato de una niña que se pierde al seguir una voz que viene del cielo. El programa anuncia que hablará de sus amigos, de la creatividad y la realización de libros, películas y hasta de zapatos (mostrará un video de cuando hizo un par para ella misma), y promete un viaje a la “vida interior” de “una de las artistas más originales de hoy”.

 

A la derecha del escenario, frente a un atril, habla con su voz aguda, quebrada; por momentos, la pantalla muestra secuencias que apoyan su texto. Cada tanto se burla de sí misma: muestra un corto que dirigió y en el cual actuó en los roles de madre e hija a la vez. La imagen provoca risas. Ambas son iguales a la autora detrás el atril; ninguna construcción de personaje parece haber resultado. La complicidad con su público es evidente. En el universo de July la vulnerabilidad se muestra, el error se señala, y el humor aparece al límite exacto del grotesco, cuando lo ridículo resulta incómodo y daña, acaso, de manera fugaz, y en otras circunstancias podría lastimar. Pero no es este el último caso. Al final, se abrirá el micrófono a quienes han solicitado el privilegio de la pregunta con anterioridad. Son en su mayoría jóvenes, pero también hay hombres y mujeres adultas. Algunas chicas se visten muy parecida a ella, vestidos largos hasta la rodilla, algunos floreados, naives y vintage. Las preguntas son íntimas, sobre el proceso creativo, o sus momentos en la universidad (July es parte de una elite cultural: sus padres son escritores y editores de libros). La mayoría inteligentes o graciosas, perfomances en sí mismas; entablan una relación casi de simetría entre la artista y sus seguidores.

 

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Una forma real de participación como, veremos, sucede en muchas de sus obras. Una de las intervenciones anónimas más celebradas es:

—Quiero preguntarte si me puedo sacar una selfie con vos, y con todos ellos que han venido a verte.

 

Cuando el show termina, firma ejemplares de “No one belongs here more than you” (cuentos), “The first bad man” (novela) e “It chooses you” (collage de foto y texto) durante una hora. Para ahorrar tiempo, una asistente pregunta el nombre de los lectores y los anota en un papelito, entonces Miranda no pierde tiempo en preguntar cómo se escribe. El público es medido: nadie le da demasiada charla y si alguien lo hace ella apenas pronuncia dos o tres palabras y sonríe. En la pequeña escena de aquella mañana, ya se cifran algunos conflictos y tensiones en cuanto a la recepción de su obra y, más que nada, su obra en sí.

El núcleo duro de sus fans podría configurar una tribu cuya pertenencia y códigos serían de fácil definición en una lectura rápida: universitarios, sensibles, hipsters, jóvenes. ¿Pero cómo es posible saberlo con certeza cuando a veces se segmentan entre quienes aman sus libros pero no sus películas, sus perfomances pero no sus instalaciones artísticas? ¿Y cómo ante una escritora que, con su primer libro de cuentos, ese género siempre ninguneado por el mercado, vendió la exorbitante cifra de 200 mil ejemplares?  Las mismas lecturas rápidas, han etiquetado su obra y figura: “Punk vestida de princesa”,  “Musa del hipsterismo”, “artista de aspecto frágil y alma punk”, y así. Funcionan como un fusible eficaz para su promoción e incluso como introducción a la obra, decirlo es casi obvio aunque necesario. Porque provocaron ciertos prejuicios y séquitos de odiadores. Cuando las autoras de esta nota decidieron encarar este artículo a propósito del lanzamiento en Argentina de su primera novela “El primer hombre malo” (Literatura Random House), preguntaron por facebook qué les parecía July y si les interesaría una nota sobre ella. Entre más de 100 comentarios, muchos no la conocían y algunos se declaraban fans -la tensión premasiva del producto de culto-, y otros, con asco la llamaron “hipsterísima”, entre otras cosas.

 

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Pieza de multimedia Things We Don’t Understand and Definitely are Not Going To Talk About, 2006.

 

Betina Gonzalez, escritora y crítica literaria, que ha dado clases en universidades de Estados Unidos, decía:

“Las traducciones de sus textos al español no le hacen justicia, pero July no es sólo una escritora muy buena, con un humor único sino también alguien que llevó lo performático al terreno del documental o del film de indagación sobre lo real, ¿cómo no va a valer la pena hablar de todo eso? Incluso para criticar su “hipsterismo” o los límites de ese humor, vale la pena leerla y verla”.

El poeta  Christian Rodriguez opinó: “No la conoce nadie más allá de un circuito culturoso cool. Y justo ahora quedó medio pegada al hipsterismo, pero a mí igual me encanta. Publicá nomás”.

El periodista Diego Marinelli decía: “Es una heroína hipster. No sé si mi voto es positivo o no positivo, mmm…”

Y otros: “Si ya está de moda. Pongan de moda a Juana Molina. Se merece su perfil anfibio. Y que se ponga de moda otra vez. Siempre. Juana.”, “Miranda july es una genia. ¡y punto!” “Antes de leer los comentarios no tenía la más remota idea de quien era.”

 

En Buenos Aires su recepción es diferente, desde luego, a países de habla inglesa: acá sus películas se han presentado en Festivales como el de Mar del Plata y el BAFICI -y se pueden descargar por la web, pero no se estrenaron de manera comercial; su libro de cuentos ha llegado exportado de España vía Seix Barral en pequeñas cantidades y recién ahora, como dijimos, se publica de manera oficial un libro suyo en Argentina. Lo de acotado circuito elitista tendría un basamento comprobable.

 

Odiemos al hipster

Entonces, ¿Qué es ser hipster? ¿ser joven de clase media urbana y usar lentes cuadrados, barba larga y bien recortada o vestidos de ferias americanas? ¿Comer comida orgánica? ¿luchar contra la cultura masiva? Algunos escritores argentinos han sufrido la palabra como una acusación, en privado, mientras daban basura de comer a lombrices guardadas en peceras sobre un monoambiente del barrio de Colegiales. Al mismo tiempo, adolescentes googlean las “nuevas tendencias” que llevan ese nombre para tratar de encajar y ser llamadas así.

 

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La palabra surgió en los años 40, para describir a una subcultura emergente de amantes del jazz y del swing y a los poetas beatniks en los 50. Setenta años más tarde el término renace para definir a una joven tribu urbana de clase media alta, nacida en la era tecnológica; afín a lo “alternativo” frente a lo comercial. Se asocia a la música y el cine independientes, a las costumbres saludables y ecologistas; y a vivir en determinados suburbios.

Los detractores de los hipsters acusan con la misma retórica que los sistémicos usan para alabar o detractar al capitalismo: es capaz de incluir e incorporar hasta sus propias contracorrientes. Así lo hipster, dicen, se volvió una moda frívola y fue absorbida por el mercado, como suele ocurrir con los íconos contraculturales y sus movimientos. Hoy podemos encontrar en revistas de life style, guías completas con los pasos a seguir para convertirte en ellos, que incluyen estilos de vestuario, hábitos alimenticios y culturales.

El problema de la canonización de lo emergente parece ser destino ineludible para las vanguardias y expresiones para-culturales; en la medida en que “lo no encasillado” se define y explica -y muchos lo practican y transforman, es decir, en cierta forma se masifica –  deja de serlo. Este proceso genera debate ya desde antes del movimiento beatnik y hippie en los 50 y 60; llegando a las vanguardias históricas -surrealismo, dadaísmo, futurismo, etc- de principios de Siglo pasado; “Aporías de la vanguardia” del ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger sigue siendo un texto picante, actual y discutible. Asumido el disgusto del tema hispter, preguntamos, ¿qué molesta, y qué atrae, más allá de dichas etiquetas en July?

 

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Instalación Eleven Heavy Things (Once cosas pesadas) en el Pacific Design Center en Los Ángeles. Octubre, 2011.

 

Qué clase de indie sos

 

¿Qué lugar ocupa su obra dentro del cine? Los primeros pasos de Miranda July se dieron en teatro, con experimentos performáticos desde el colegio a la universidad. Uno de ellos, fue el proyecto Joanie4Jackie: publicó en una revista un aviso para que mujeres cineastas, en su mayoría estudiantes, le enviasen sus cortos para que ellas los editara uno junto a otro.

Como realizadora fue buena alumna con respecto a los requisitos para integrarse al circuito de emergencia y consagración. Ante la rápida construcción de su imagen de artista, deberíamos pensar también en lo que los sociólogos llaman el desarrollo de determinadas redes de acceso y la consecución progresiva de méritos y reconocimientos. Sus películas fueron etiquetadas bajo el rótulo de indie, cine independiente norteamericano, aquel producido lejos de los grandes estudios de Hollywood, en general de poco presupuesto. Además de las condiciones de producción, este cine desarrolla cualidades textuales y estéticas singulares. Algunos críticos distinguen entre “Cine Independiente”, definido esencialmente por su modo de producción y “Cine Indie” donde “lo indie” ya no tiene que ver sólo con el proceso productivo sino que se transforma casi en un género en sí mismo. Otros señalan una tercera definición: el “Cine Indiewood”, una especie de cruza entre lo Indie y Hollywood, de lo mainstream y lo no convencional, que se produciría en el momento en que la industria descubre la veta comercial de este tipo de películas ¿El cine de July atraviesa este proceso?

Si bien “Tu, yo y todos los que conocemos”, su primer largometraje estrenado en 2005, se gestó en el taller de guión del festival norteamericano Sundance, una marca prestigiante y poderosa, fue producida por el tanque Metro Goldwin Mayer. Sus atribuciones indie, entonces, estarían más bien relacionadas con aspectos estilísticos. El film no sólo contó con el apoyo de Sundance en su etapa de producción sino que recibió allí el premio del jurado, quien la posicionó dentro de la lista de las 20 nuevos cineastas de este tipo. Al igual que Quentin Tarantino, los hermanos Cohen, Todd Solondz, Paul Thomas Anderson y Christopher Nolan, directores que debutaron en Sundance, entró al mundo del cine con éxito. Como si eso fuera poco, en la fiesta de gala del festival conoció a su actual marido, el director de cine Mike Mills, que presentaba su película “Thumbsucker”. A partir de ahí fue bautizada como la reina del cine indie. Y como directora, guionista y protagonista de todas sus películas no tardó en ganarse sus primeros detractores: la tildaron de vanidosa y narcisista.

 

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Instalación Eleven Heavy Things (Once cosas pesadas) en el Pacific Design Center en Los Ángeles. Octubre, 2011.

 

La crítica cinematográfica especializada la ubicó en esa constelación prestigiosa y con ínfulas irreverentes junto al “Cine Indie” de Todd Solonz, Wes Anderson, Richard Linklater y Spike Jonze, nacido a principios de los 90. Todos ellos comparten estilos y tópicos; sus comedias o comedias dramáticas han sido definidas con el término “quirky”, que podría traducirse como peculiar, raro, único, extravagante, excéntrico o freak pero no necesariamente en un sentido negativo. Freaks: así suelen llamar los críticos a los personajes de su literatura, como a Cheryl, de “El primer hombre malo”.

 

Nadie se merece el dolor de pies

Los mismos tópicos y problemas cruzan sus distintas obras, e incluso alguno de sus trabajos especiales, esos que le dan visibilidad hacia otros públicos y abarcan otras ramas de la industria. El New York Times, por ejemplo, la contrató para entrevistar a la cantante pop Rhianna; la marca Miu Miu, subsidiaria de Prada, para filmar uno de sus fashion films, en que el muestra el funcionamiento de una app creada por ella, “Somebody”. Los usuarios de esa red pueden pedir a un desconocido que recite un mensaje a otra persona, elegida por el primer emisor.

Sus películas retoman y continúan la poética presente en su literatura. En “Tu, yo y todos los que conocemos” Miranda encarna el rol de Christine, una treintañera conductora de un taxi que traslada ancianos. La historia se vuelve metatextual de manera irónica. El personaje sueña con exponer su video experimental en el museo de arte contemporáneo (y un dato prescriptivo: en 2010, la plataforma online de July, learningtoloveyoumore.com fue adquirida por el Museo de arte moderno de San Francisco). Miranda July se convierte entonces en una directora de cine que crea e interpreta el personaje de una artista video experimental. Así, como artista performática, parodia la noción de performance y genera el efecto de autoconciencia de la obra; la obra habla de sí misma; y el personaje de su autora.

 

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Escena del Film Somebody (2014), estrenada en el Festival de Venecia.

 

En una tienda de zapatos, Christine conoce al vendedor, Richard, y crea una de sus mejores escenas, síntesis de la simplicidad y profundidad en lo cotidiano. Lo que se da por supuesto sale a la luz. En estos detalles, potencialmente universales, muestra su capacidad de observación y creación. En un momento, mientras ella elige un calzado, él le dice: “Nadie se merece un dolor de pies”.

Richard: Pensás que merecés ese dolor pero no.

Christine: Quiero decir, me raspa el tobillo, pero todos los zapatos hacen eso. Tengo tobillos bajos.

Richard: Pensás que merecés el dolor, pero no.

Christine: No pienso que me lo merezca.

Richard: Bueno, quizá no concientemente.

Christine: Solo es que mis tobillos son bajos…

Richard: La gente piensa que el dolor de pies es algo natural de la vida pero, la verdad, la vida es mejor que eso.

Michael: Te digo, deberías llevarte unos. Toda tu vida podría ser mejor. Empezando justo ahora.

 

Richard acaba de separarse y mudarse con sus dos hijos. Robbie, el menor, recién está aprendiendo a escribir pero mantiene chats eróticos por internet. La chica del otro lado ignora que sea un niño cuando él mensajea: “Quiero que nos hagamos caca de ida y de vuelta. Juntos. Para siempre”. Los personajes se mueven en una tensión entre madurez e inmadurez, hay rasgos de adultez o precocidad en la niñez y también hay una persistencia del mundo del niño en el adulto.

En la novela “El primer hombre malo” Cheryl ya tiene cuarenta años pero maneja ciertas situaciones de manera infantil, o torpe. Sólo un ejemplo que no es spoiler: enamorada de uno de sus compañeros de trabajo de una compañía que vende videos didácticos de autodefensa -útiles también para estar en forma, bajar de peso, y bailar- sostiene la fantasía de que ha sido su marido en otras vidas, y eso en cualquier momento pueda volver a darse. Aún cuando él le pide consejos sobre cómo seducir a una chica de 16 años y luego solicita que le de permiso para tener relaciones sexuales. Cuando la menor y Philip están juntos, se lo cuenta por teléfono en tiempo real. El juego sádico atraviesa a distintos personajes. A pesar de una gran sucesión de escenas donde sufre humillación y vemos su escasa autoestima, Cheryl regula su tiempo laboral y resuelve varios conflictos de manera eficaz dentro de su propio sistema. Narrada desde su punto de vista, en especial al comienzo, es agotador notar, ante cada proyección suya, que nada de lo deseado se cumplirá; Cheryl aún no lo ha descubierto, el lector, sí. Pero su personaje es complejo; logramos preguntarnos por ella en particular, entenderla en su angustiosa soledad, aún en situaciones caprichosas y molestas. Porque esos planteos son universalizables y no excluyen los de clase, un tema que la crítica suele soslayar. Pocos han señalado que una de las batallas que Cheryl y el resto pasan por su condición de trabajadores y los absurdos regímenes de poder y jerarquías de empresas multinacionales o familiares. Por eso, el perezoso análisis autobiográfico presente en varias reseñas no sería del todo acertado.

La terapeuta, Ruth Anne también aparece como trabajadora y da lugar a otra de las escenas de descolocación de la protagonista. Cheryl sospecha que ha tenido relaciones con el jefe del consultorio. Un día llega tarde a una sesión, concedida en un feriado. Al descubrirla conversando en la puerta con el hombre, decide esconderse en una secuencia propia de una novela de enredos, ridícula. Su comportamiento es poco lógico: pierde el turno de manera innecesaria, y deberá pagarlo de todos modos. Pero las decisiones de los seres humanos, incluso frente a lo más material, del psicoanálisis a esta parte, se sabe, no son siempre racionales. De hecho, en su doctrina conductual, Khanema y Tversky, premios Nobel 2002, analizan dentro de la economía, las decisiones y conductas arbitrarias. ¿Cómo no habría de ser similar frente a relaciones sociales más afectivas? July sabe desenmascararlo con un humor áspero pero sin burlas.

 

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La inadecuación en cuanto a lo sexual y en cuanto a cuestiones prácticas de la vida cotidiana aparece también en los cuentos de “No one belongs here more than you” (2007). En “Majestad”, se narra la obsesión de una mujer, profesora de una ONG, que se enamora del Príncipe William de Inglaterra y planea distintos escenarios -que el lector entiende imposibles- de conquista. El punto de vista es otra vez el de la protagonista. En “El patio compartido”, una imprentera comparte el jardín con Vincent Chang, un descendiente de koreanos, y Helena, hija de griegos, y arma un sistema de horarios para evitar cruzárselos al salir hacia su oficina. (Cheryl hace lo mismo para no ver a un jardinero que heredó cuando compró su casa, y sigue trabajando gratis). Una vez, Chang y la protagonista terminan sentados uno junto al otro, charlando. Hasta que el hombre sufre lo que parece ser un ataque de epilepsia y se desmaya en la silla. Ella no sabe qué hacer y termina durmiendo sobre su hombro. “Presioné mis labios contra su oreja y susurré de nuevo. No es tu culpa. Quizá esa fue la única cosa que siempre quise decirle a alguien, y lo dije. Levanté mi silla y me incliné sobre su hombro. Y a pesar de que estaba verdaderamente asustada por la ese ataque de epilepsia del que estaba a cargo, me dormí. ¿Por qué hice algo tan peligroso e inapropiado?”.

En “El equipo de natación”, una chica que vive por un tiempo en Nevada y no quiere pedirles dinero a sus padres da clases de natación en sus departamento: sobre el piso, sin agua. En “La hermana”, un hombre de más de 50 años espera que su amigo Víctor le presente a su hermana adolescente, Blanca. Luego de varias encuentros fallidos, Víctor le dice:

—Te gustan las nenas

—No, las adolescentes

—¿Donde las conocés?

—¿Qué? Yo no hago eso. Sólo me gusta pensarlo.

 

En su primera película, “Tu, yo y todos los que conocemos”, dos adolescentes coquetean frente al vecino que les deja carteles eróticos donde les cuenta lo que les haría si ellas no fueran menores. A su vez una niña compra y atesora los pequeños electrodomésticos que serán su dote cuando se case. Los personajes fantasean, sueñan despiertos y tienen una sensibilidad infantil pero no ingenua. Se vinculan romántica, sexual y sensualmente en el límite de lo moral y socialmente aceptado. Miranda July explora la sexualidad en la niñez pero nunca abandona su tono cándido, desapegado, y presenta las situaciones más íntimas y privadas como si fueran absolutamente naturales. Hay algo de voyeurismo en eso. En el universo que construye, lo oscuro se presenta con color rosa y el efecto es el de un impacto extraño. Con su tono naive Miranda July se mete con temas tabú como la sexualidad infantil y, como se dijo, deja expuestas fantasías desagradables para los parámetros aceptados ¿eso resultará molesto para muchos?. También, toma del surrealismo recursos que, veremos, no son de fácil asimilación o, al menos, implican un riesgo.

Aunque sus personajes parezcan condenados al fracaso y apáticos, melancólicos e incluso freaks, generan empatía y producen un efecto de alternancia entre la ironía y la identificación en el espectador. A pesar de que están hiperconectados sus historias hablan de la soledad. Parte de su maestría reside en esa capacidad de mezclar lo cotidiano y los planteos personales e incluso “existenciales” en un mismo plano sin caer en cursilerías de manual ni en cinismos remanidos. Allí, quizá, se ancla la fibra más potente de su vigor narrativo: “Crucé el vestíbulo para llegar a la calle. El sol me cegó. Pasaba gente pensando en bocadillos o en haber sido incomprendidos”, dice Cheryl.  

 

Autoayuda y conexión contemporánea

Casi toda su obra juega con el formato autoayuda. En uno de sus cortos, un hombre pregunta a personas en la calle, como si fuera un encuestador, esa gran figura en nuestra sociedad del mercadeo de opinión “¿Sos la persona favorita de alguien?” y luego con qué grado de certeza lo afirmaba. En la plataforma online “Learning to love you more”, deja “consignas”, con instrucciones detalladas de cómo hacerlas. “Trepá a la cima de un árbol y sacá una foto de la vista”, “Sentí las noticias”, “Actuá una llamada telefónica que a otro le gustaría recibir”, “Hacé una despedida”, etc. La gente las realiza, manda su foto, y así se completa la obra.  En su novela, la protagonista compra un pizarrón, y le dice a quien vive con ella: “Podés escribir todo lo que quieras en la pizarra. Podría servir con frases de ánimo, por ejemplo, escribir una cada domingo de la semana. Con la tiza azul escribí ‘NO TE RINDAS’”. Su terapeuta, exhibe una lista de cosas que solían hacerla feliz:

“La música zydeco

Los perros

Mi trabajo

Los días de lluvia

La comida tailandesa

El body surf

Mis amigos”

 

Como dice la investigadora Carolina Duek, la matriz de autoayuda hoy está presente en los discursos cotidianos. Fuera de contexto, las intervenciones de July podrían recordar a los odiosos mandatos de Amelié (Jean-Pierre Jeunet, 2001) que parecen tratar de estúpido al espectador que no disfruta de las cosas simples de la vida. “Amelie tiene de repente la extraña sensación de estar en total armonía consigo misma, en ese instante todo es perfecto, la suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausado rumor de la ciudad. Inspira profundamente y la vida ahora le parece tan sencilla y transparente que un arrebato de amor, parecido a un deseo de ayudar a toda la humanidad la empapa de golpe”, reza un storyline. July puede traer dichas reminiscencias pero no de manera tan digerible ni llana: en sus creaciones hay conciencia del fracaso, del riesgo, mucho humor y por momentos, cierta perversión y conciencia de las contradicciones en la comunicación en nuestro mundo hipermediatizado.

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Si algunas ideologías de la crítica argumentan que los artistas deben crear en conexión con su época, y otros en contra, Miranda July opera dentro de una atmósfera actual reconocible y con puntos de referencia que van desde obras de teatro participativas, la llamada generación “alt lit”, a la serie Girls, de Lena Dunham -como en un mecanismo perfecto de mutua legitimación, una se declara fan de la otra. Algo similar ocurre con el escritor Tao Lin -de quien dijo que sus libros son “movilizadores y necesarios”, o Sara Manguso; sobre su libro “Ongoingness: The End of a Diary” en el que temariza los géneros del yo , dijo: es “rigurosa e inflexible”. Su obra múltiple dialoga con otras contemporáneas surgidas en un mismo ambiente cultural, con sus nichos de público específicos.

Y existe otro factor pocas veces señalado por la crítica: toda su obra puede analizarse como productora de una matriz transmedia tal como la delinean los teóricos clásicos del tema, Carlos Scolari y Henry Jetkins.

 

Creadora Transmedia

Las narrativas transmedia retoman la tradición de la producción seriada de la industria cultural del siglo XIX en una versión “hiperbólica”. Así pasa con la obra de July: los fragmentos narrativos no se organizan en una “serie lineal monomedia” sino que se dispersan en una amplia trama de medios y relatos. Webs, instalaciones donde participa el público, performances, apps, juegos online y películas, retoman las mismas poéticas, climas, situaciones, y a veces personajes de sus libros y novelas. Los llamados “prosumidores”, completan y extienden la obra: su acción define en gran parte a las narrativas transmedia. Los fans introducen nuevos textos en la red para enriquecer las conversaciones; participan y crean. El sitio de The Future muestra un oráculo para predecir el futuro a partir de una suerte de encuesta, pero el caso más patente de la creación transmedia quizá sea de learningtoloveyoumore.com , que generó otros sitios y blogs con contenido que se originó de las “consignas” originales; en casos se inventaron otras, tributarias de las de Miranda July (existe, incluso, una versión argentina). A diferencia de los relatos crossmedia (como los de Matrix, donde existía un núcleo con una historia principal), el espectador o lector no necesita conocer todas las piezas; cada relato en sí mismo tiene un sentido relacionado aunque independiente del original. Para el lanzamiento de su última temporada la serie House of cards instaló piezas por fuera de lo virtual -afiches de propaganda del candidato de la ficción en la vía pública, puestos proselitistas de choripanes, etc. Miranda July, con su última novela, va de los formatos tradicionales -libros, web, piezas de arte- a irrumpir de manera material en la realidad. Con la tienda de venta online “El primer hombre malo. 50 piezas mencionadas en la novela”, quien lo desee puede tener la lista de las cosas que la hacían feliz a la terapeuta, el vestido verde de Clee, o las piezas del jarrón que se rompe en la oficina. Como en sus perfomances, la frontera entre lo documental y la ficción se vuelven permeables. Un fan pagó 103 dólares por un billete de un dólar y una hebilla invisible,  y otro, 102, por una servilleta con un numero de telefono anotado. Como dice Carlos Scolari: “desde el cine hasta los videojuegos se caracterizan por proponer experiencias inmersivas; por otra parte, el mercado de los gadgets (juguetes, disfraces, etc.) nos permite extraer elementos del relato y llevarlos a nuestro mundo cotidiano”.  Desde el punto de vista del marketing, la narrativa transmedia es eficaz.  Robert Pratten, autor de “Transmedia as a Tool for Audience Building” estudia cómo pueden convertirse en instrumentos para la construcción de audiencias masivas. La metáfora, dice Scolari, viene de la perforación petrolera: primero se debe entrar de manera profunda en el imaginario de un grupo reducido y construir un nicho de seguidores; el siguiente paso es expandir este grupo original a través del marketing viral, a cargo de ellos mismos.

 

El odiado gato que habla

En 2011 estrena su segundo largometraje, “The future”, que nació a partir de la obra performática “Things we Don`t understand and are definitely not going to talk about”  (Cosas que no entendemos y sobre las cuales, definitivamente, no vamos a hablar). Allí se le pedía a una pareja real de la audiencia que hiciera el papel de una pareja en la ficción de una película que se filmaba en el teatro. Una vez más, la experimentación con el público participante, lo documental, y el cruce de lenguajes y medios. Esta experiencia le dio la estructura y funcionó como motor creativo (algunos personajes no actores, luego serán parte de un libro de textos y fotos “It chooses you”; el diálogo y la regeneración transmedia es permanente). “The Future” narra la historia de una pareja de treintañeros que a partir de la decisión de adoptar un gato y la responsabilidad que implica, toma conciencia del paso del tiempo y de que no ha realizado aún sus sueños. El gatito tiene una pata rota y se recupera en la veterinaria. Sophie (Miranda July) y Jason (Hamish Linklater), los protagonistas, tendrán un mes antes de que llegue la mascota para concretarlos. Deciden renunciar a sus trabajos e ir en busca de la realización personal. La directora dice haberse inspirado en amigas que llegando a los 40 sin haber realizado sus ambiciones se enfrentan al dilema de ser madres y seguir adelante o dedicar los años que les quedan a cumplir sus deseos. El problema es saber cuáles son realmente esos anhelos. En esta segunda película -cuyos protagonistas, otra vez, son de clase trabajadora- se permite mezclar lo cotidiano con elementos del realismo mágico o del surrealismo, una fórmula que no siempre resulta exitosa, como sucede, en algunos relatos inverosímiles y forzados del escritor Haruki Murakami.

En  “The future”, el gato habla -voz que por supuesto es la de July- y asume la narración (el recurso fue uno de los más criticados de la película). Un hombre conversa con la luna y puede detener el tiempo. De nuevo, muchas cosas suceden dentro de la mente de los personajes y aquí se expresan a partir de metáforas: ¿quién no ha sentido que las horas no pasan cuando vive un duelo?. Como en toda su obra subyace la tensión entre lo experimental y lo narrativo, y lo documental y lo real vuelto otro tipo de relato. Si el pop nos regala el sentimiento digerido, exacerbado e intenso, fácil de convertir y sublimarse como sucede en las canciones tristes que incitan al baile o las decepciones narradas en estribillo pegajoso, la exhibición de sentimientos en los personajes de Miranda July no llegan a la exasperación del drama aunque traspasan la frontera de la comodidad hasta volverse irritantes. Y en este sentido, productivas para generar preguntas y conmover.

 

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Lorrie Moore, de quien Miranda July es deudora en varios sentidos -en especial con su excelente libro de relatos “Autoayuda”, donde trabaja de manera magistral la segunda persona-, contó en una nota publicada en el NY Times que la conoció en una panel sobre estructura narrativa que ambas compartieron con otros escritores en Portland. Al llegar el turno de July, ella, en vez de hablar, se puso a cantar. A partir de eso, Moore ensaya una interesante hipótesis de lectura: “Mi introducción a July fue una de esas en las cuales la vi redefiniendo las fronteras y tomando algo destinado a ser inerte para convertirlo en algo vivo e incómodo, te guste ella o no. Esa fue mi experiencia con respecto a su trabajo desde entonces.”

Como escritora, July (1974) podría ubicarse en una franja intergeneracional entre los canónicos Breat Easton Ellis, la misma Lorrie Moore y David Forster Wallace, y el ecléctico grupo de la alt lit, como el ya citado Tao Lin. Llamados también como escritores de la “new sencirity”, muestran su vulnerabilidad con un humor ya no tan cínico. Obras post 2001 que denotan la conciencia de que Estados Unidos ya no es un imperio omnipotente; en general, dichos relatos nacen en internet, con un estilo en apariencia espontáneo. Detenernos en él excedería el espacio de esta nota, pero July parecería ser una suerte de influencia. A la vez, desafiando la era de la mega especialización en que cada artista debe construirse como experto en su materia -con excepciones-, construye su voz multitasking. En el hall del Sydney Opera House, una última lectora le entrega, emocionada, su ejemplar. Al título de la obra, ella le agrega el nombre pegado en papel adhesivo. “Nadie pertenece más aquí que vos, Ana”. Y su firma. Le quedan más presentaciones de este tipo; en Londres, Berlín. Su cuerpo esbelto y sus ojos claros de pestañas largas, su cuerpo lánguido vestido de abuela en escena, seguirán despertando adeptos. Y, claro, dando argumentos a los detractores de siempre.

 


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