El jurado del Primer Premio de Crónicas La Voluntad eligió este texto, que Anfibia publica en exclusiva. La autora, Silvina Prieto --en la foto de tapa-- convivió casi un año con la falsa médica Giselle Rímolo, en el penal de Ezeiza. Despojada de sordidez, con ironía y sin llegar al cinismo, la crónica de Prieto vuelve sobre la cultura tumbera superando los clichés, el lugar común de la compasión progresista, y dándole a ese mundo de violencias y tragedias cotidianas, el aire fresco de una escena en libertad. Certera para los detalles, ágil en los diálogos, filosa en las pinceladas, Prieto, una mujer de 46 años condenada a cadena perpetua, se ha formado en talleres de escritura a los que accedió después de pelear ante los jueces por su derecho a la educación.



Expectantes, esperábamos su entrada. En cualquier momento estaría bailando entre nosotras. ¿Traería las mejores joyas? ¿Llegaría con su chofer?


A las 8.30, el ruido ensordecedor de un carro de metal con las ruedas chuecas por tantos años de uso nos avisó que estaba listo el desayuno: un mate cocido color verde sobrenatural. No lo bebería ni el perro más sediento. Así es el despertar, todas las mañanas, de las mujeres que habitan la unidad 31 de la cárcel de Ezeiza. Popularmente se la conoce como “country de Ezeiza” y se la suele catalogar como cárcel modelo.


Se destaca por estar rodeado de hermosos campos verdes, que se ven hasta que la vista se pierde en un horizonte anaranjado. Los grandes ventanales de sus edificaciones dan a la autopista, recorrida por un tráfico interminable, y su fondo limita con un campo donde se cría ganado. Los amaneceres en este lugar no tienen comparación con los de ninguna parte del mundo. El paisaje es hermoso, pero lo que ocurre dentro del predio es otra historia. En su momento, para entrar a este penal debías ostentar ciertas cualidades, como una muy buena conducta o, simplemente, ser madre. La unidad se dividía en dos sectores: el “a”, que alojaba a estudiantes y trabajadoras, y el “b”, donde estaban madres con sus hijos menores de cuatro años.


Las diferencias podían deberse a distintos motivos, pero el fundamental era la superpoblación de la Unidad 3 (ahora Complejo Penitenciario IV) con más de 800 personas, contra 150 de la 31. La convivencia entre mujeres y sus diferentes condiciones jamás fue fácil. No estaba mal aceptar la imposición de horarios fijos, tareas laborales, estudios, recreación o actos patrios; lo malo era que la mayoría no estaba acostumbrada a una rutina y la vida loca prevalecía.


Las casi 200 mujeres de este verdadero jardín del Edén penitenciario nos habíamos enterado por los programas de chimentos y por los noticieros que una “celebridad” había caído en desgracia. En cualquier momento, iba a hacer su aparición.


Seguíamos con tanta atención la vida de la diva que no nos dimos cuenta de que ya estaba entre nosotras. La habían traído de incógnito y no la podían alojar en pabellones comunes porque transitaba un post-operatorio de una lipoescultura reciente. Así, vendada e inflamada, no podía mostrarse en público. Por eso, pasó su primera etapa en cautiverio en el centro médico de la unidad.


Una mañana muy temprano, envuelta entre uniformes grises y borceguíes negros, la llevaron hasta el Pabellón 17, el de ingreso. Un galpón con techo de chapa, camas cuchetas empotradas al piso, un corredor entre el espacio de las camas, con mesas y sillas plásticas que hacía las veces de comedor, un patio pequeño, una cocina y un baño con tres duchas y tres inodoros para cuarenta personas.


“Imposible vivir en estas condiciones”, habrá pensado la doctorcita. Planeó una estrategia: luego de hacer la fila correspondiente y esperar su turno, desde uno de los teléfonos públicos de los pasillos centrales, llamó a algún programa de televisión y propagó el rumor de que la querían violar.


Lejano de la realidad. La gente que la rodeaba estaba en la misma situación que ella o peor. Las personas que recién ingresan a un penal suelen tener el ánimo por el suelo, la autoestima baja: obligadas a convivir con treinta y nueve mujeres que no conocen, están preocupadas por sus familias. En ese contexto, no quedaba energía como para pensar en una recién llegada, que solo conocían por los medios.


Pero el chiste le salió bien. Luego de que las noticias y los abogados alertaran a las autoridades, ese mismo día Giselle Rímolo fue conducida al Pabellón 6. Si bien continuaba detenida, las celdas eran individuales, había lavadero, cocina- comedor, patio y baño con dos inodoros y tres duchas para nueve personas.


La calidad de vida había cambiado, pero luego de esa difamación la vida de la doctorcita no pudo ser la misma. Tanto el pabellón afectado como el resto de la gente empezó una guerra que duraría hasta que ella se fuera. Nadie hace semejante comentario y se queda a vivir tranquilo en un penal. Pero como las noticias de hoy envuelven los huevos de mañana: el tema se fue olvidando y, con la llegada de nuevas compañeras, casi nadie se acordaba de Giselle.

 

El club de las rubias

 

En ese momento vivía en el Pabellón 7 y ya había trazado mi rutina de trabajo y estudio. Trabajaba como fajinera (persona que se encarga de la limpieza) en la sección Educación y también organizaba la biblioteca. Me anotaba en cuanto curso se dictara (poesía, guitarra, taller literario, programación, inglés). Tenía que ocupar mi tiempo en cosas productivas y dejar de pensar en el tiempo que iba a pasar ahí. Así y todo no estaba ajena a las noticias y rumores de las compañeras nuevas que iban ingresando. En esa época hubo varias y bastante famosas: la tía de un gobernador bonaerense dedicado en su juventud al deporte (a la que venía a visitar asiduamente un corredor de turismo carretera), la ex esposa de un afamado empresario del rubro de los electrodomésticos con cadena de negocios en todo el país, una señora mayor cuyo apellido estaba ligado al de una conocida marca de autos italianos, otra señora muy distinguida de la sociedad de una provincia central del país, cuyo apellido estaba ligado al de famoso presidente argentino. La lista podría continuar con otros nombres de mujeres que por alguna u otra razón se han salido del camino del bien para transitar el mundo de la adrenalina. Nadie está exento de visitar estos pasillos.

 

Un mediodía, al volver de mi trabajo para almorzar, me encontré con una recorrida de jefas, incluida la de Seguridad Interna. Esas visitas nunca fueron gratas porque la mayoría de las veces traían alguna noticia desagradable. Pero esa vez, no. Venía a decirme que varias compañeras que conocí en el momento en que llegué a la prisión habían pedido por escrito mi traslado al Pabellón 6.
—Señora, tiene cinco minutos para cambiar de alojamiento —me dijo la jefa y, acomodándose los anteojos, que se le resbalaban por la nariz, dio media vuelta y desapareció como había llegado.

 

Mis actuales compañeras y yo nos quedamos sorprendidas, hasta que el grupo reaccionó. Insistentes como pájaros carpintero, mis compañeras no dejaban de reclamar: “Negate al cambio”, “¡Claro, se va con la Rímolo!”, “Sí… ¡allá tiene a sus amigas!”.
Puras demostraciones de celos afectuosos e injustificados. Guardé como pude mis pertenencias (“los monos”) que a esa altura de la condena se resumían en doce bolsas de consorcio. Y entre ropa, zapatos, papeles de la causa y herencias de otras compañeras que se habían ido en libertad, me mudé siguiendo los designios trazados por el sistema.

 

 

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Muñeca para armar

 

Mis antiguas compañeras me esperaban hacía semanas: el encuentro fue muy emocionante. Me sorprendió verlas maquilladas y arregladas como para una fiesta. Siempre me quedé con la duda de si secretamente querían pertenecer al club de las rubias o lo habían hecho para recibirme. Años más tarde alguien me confió que lo habían hecho por mí.

 

Como los obreros de las construcciones pasándose baldes de cemento, me ayudaron a entrar las bolsas. Con ayuda y todo acomodarme en mi nuevo espacio me tomó casi tres horas.

 

Todavía no la había visto y me moría de curiosidad. En un momento de relax en que las chicas me invitaron a tomar mate (práctica indispensable para el chusmerío) vi a una rubia despampanante salir de la ducha envuelta en un gigantesco toallón blanco con el pelo aún chorreando agua. Con una sonrisa tímida pero con gran dominio de anfitriona se presentó y me invitó, junto con las demás, a cenar en el comedor.

 

Giselle Rímolo contaba con un séquito que la seguía a todos lados. Aunque se trataba de amoldar a la vida tumbera lo mejor posible, nunca pasó desapercibida. Se cuidaba tanto en las comidas como en el más mínimo de los detalles de su imagen. Algunas de las compañeras hacían de estilistas, manicuras, cosmetólogas o psicólogas. En esta vida todo tiene un precio. Giselle lo pagaba sin chistar.
Cada vez que se duchaba, se generaba una ceremonia. Las estilistas entraban al baño a recuperar el pelo de las extensiones que, con el agua, se iba despegando. Con mucha paciencia lo secaban, peinaban y volvían a unir todo con la pistola de siliconas.

 

Lamentablemente las uñas esculpidas no corrieron la misma suerte. Y sin embargo, ella no se resignaba jamás. Debía seguir mostrándose como una estrella: para su familia, su novio y los abogados.

 

El desfile continúa

 

Como en las mejores agencias de noticias, en ese ambiente de compañerismo equilibrado nos íbamos enterando cuándo venían a visitarla.

 

A muchas de las chicas les encantaba admirar, aunque fuera unos instantes, al abogado de Giselle. Un bombonazo. El mismo que, dicen, tiene su oficina como la de El abogado del Diablo.

 

Las primeras veces Giselle recibió a su novio, a los abogados y a sus familiares en el SUM (Salón de Usos Múltiples), que se usaba como gimnasio.

 

¡Oh, casualidad! ¡Se podía salir a practicar vóley justo en medio de tan famosa reunión!

 

La cantidad de veces que la pelota se fue a los pies del abogado era inverosímil. Con cada devolución acompañada de sonrisas se oían los suspiros.

 

A medida que la causa avanzó, fueron buscando un poco más de calma y privacidad en la sala de abogados del penal, que estaba en un pasillo contiguo al gimnasio. Pero ni siquiera esta maniobra desalentó a las enamoradas para seguir con la tarea de espionaje.
Así también conocimos a Silvio S., todo un caballero que desplegaba buen humor y repartía besos y autógrafos a pedido de las fanáticas. Siempre bien predispuesto y vestido con trajes en tonos claros que destacaban su elegancia. De un día para el otro no lo vimos más. Estaba preso en Devoto. 

 

La mesa está servida

 

Por lo general se dice que en un penal de hombres se ven más visitas que en uno de mujeres. Tal vez la fidelidad femenina se destaca más en estas circunstancias. Es cierto que las oportunidades de trabajo para los masculinos son menores que para las mujeres. Mantenerse dentro de un penal no es fácil. También convengamos que las mujeres tenemos más gastos: maquillaje, maquinitas de afeitar, jabón perfumado, ropa, algún perfume permitido, corpiños de encaje para alguna ocasión especial en las visitas íntimas (ya no se usa el término “higiénicas”, porque de higiénicas no tienen nada y debería extenderme en una explicación que no viene al caso por ahora). Pero es verdad. Si uno pudiera pararse a observar la entrada en ambos penales a la misma hora, vería la diferencia. Por eso es que cada vez que alguien recibe visita todo se transforma en una fiesta. Se le da mucha importancia porque es lo que conecta con el afuera, con la familia, con los afectos, las noticias del día, los manjares que no se prueban hace años. Manjares que una minoría disfruta de manera ilegal, pero que con la venia de los penitenciarios se vuelven tan legal como el agua que sale de los grifos.

 

Pasamos veladas encantadoras, hacinadas en el Sum, con chicos que juegan a la pelota y usan los termos de agua caliente para sus arcos de fútbol, escuchando de fondo la música ensordecedora de los himnos de la cárcel (cumbia villera, cumbia santafesina, salsa de la buena, bachata y algún que otro rock and roll), manos de enamorados que se pierden bajo los manteles que sospechosamente están más caídos de un lado que del otro. Los baños, tanto para los visitantes como los que usan las internas, rotos desde hace años, dejan una estela de agua que decanta, por el desnivel del piso, hacia el patio con jardín y todo eso. Da la sensación de estar pasando un día genial en un recreo en el Delta del Paraná.

 

Luego de esas cinco horas de algarabía, nos despedimos con resignación de nuestros familiares o amigos, que con lágrimas en los ojos nos ven desaparecer por un pasillo oscuro, para volver a la rutina: “la requisa”, que no es otra cosa que la revisión obligatoria de todas las pertenencias que nos trae nuestra familia y la revisión de nuestros cuerpos desnudos.

 

Pero como cada regla tiene su excepción (si no, no existirían reglas) y la justicia no es ajena a esto, las visitas de la gente famosa son diferentes: resguardadas de los curiosos y con una cantidad de privilegios que las presas comunes no gozamos. Así, gracias a la corta estancia de Giselle en la cárcel, el “rancho” –grupo reducido de compañeras que se juntan por afinidad y conveniencia– disfrutaba de algunos productos prohibidos, no ilegales. Silvio y el abogado le traían sánguches de miga triples, tortas rellenas, fiambres de todo tipo y las estrellas: milanesas ya preparadas y listas para freír. Además de buenos maquillajes de calidad, cigarrillos Box y muchos medicamentos que muchas veces salvaron nuestro estómago y que no eran precisamente para adelgazar.

 

Política común dentro de cada “rancho”: compartir lo que se traía de una visita. La mesa del comedor se llenaba de paquetes para el disfrute de todas. Cabe aclarar que, aunque Giselle era un personaje público y con mucho más poder adquisitivo que el resto, las demás no nos quedábamos atrás en cuanto a volumen de paquetes y que, cuando ella se quedaba sin tarjetas o sin cigarrillos, también nosotras se los brindábamos.

 

El “rancho” se componía de cinco mujeres: Mónica P., Carla Z., Betiana Z., Silvina P. y Giselle, de entre 25 y 45 años. La mayoría había pasado por la Unidad 3. Veníamos con un bagaje cultural y de vida muy distintos. Así y todo, congeniábamos bastante bien y tratábamos de llevar una convivencia tranquila.

 

 

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Heidi y Manolito

 

Como ocurre en todo penal, además de la flora y de la fauna que nos rodeaba, teníamos la posibilidad de disfrutar de unos simpáticos perritos adoptivos, que veíamos a través de una ventanita que daba al penal de hombres (la Unidad 19). Giselle los bautizó Heidi y Manolito. En dos platos, les preparaba fiambre y milanesas que los pichichos se encargaban de tragar frenéticamente y les acercaba un tacho con agua. Meses después, leí en alguna revista de chusmerío de la época que Giselle mencionaba a los dos perritos por sus nombres y con mucho cariño.

 

Luego de su partida siguieron viniendo a alimentarse, hasta que un día un alma caritativa se los llevó a su casa. Supimos que estaban bien cuidados y que esa persona los había vacunado. Que se bañaban periódicamente y que fueron felices. Mientras estuvieron con nosotras, nos encargábamos de llamarlos sacando medio brazo afuera y así podíamos darles un poco de amor intercambiando pulgas, babas y garrapatas.

 

Una visita inesperada

 

Luego de varios meses, Giselle leía revistas y miraba hipnotizada la televisión, buscando alguna noticia que hablara de ella. Mantenía su imagen a fuerza de prácticas estéticas, charlaba a más no poder de los planes que haría cuando recuperara la libertad, compartía sus vivencias con sus compañeras, se ocupaba de los perritos, acataba órdenes de las celadoras (guardia cárceles, grises, policías, yuta) y estudiaba algún que otro curso en la sección Educación.

 

Una de las tantas noches en que nos reuníamos alrededor de la única tele que tenía el “rancho”, nos acomodamos las cinco, como pudimos, en uno de los dormitorios/celda de nuestra compañera Mónica. Tres encima de la cama, Giselle en una silla en el único rinconcito que quedaba, haciendo una “ele” con la puerta que da al pasillo que conecta los dormitorios, el baño y el lavadero. En un extremo del pasillo, la reja cerrada. En el extremo opuesto, la ventana que daba al campo, también cerrada. Yo, metida con una silla plástica, de esas de jardín, en medio de la puerta de la celda, mitad del cuerpo dentro y el respaldo de la silla, casi en el pasillo. Todas charlábamos a la vez, mirábamos la tele, nos íbamos pasando el mate, Giselle preparaba pan con fiambre.

 

—Uy, disculpe…

 

Alguien había posado su mano en mi hombro izquierdo y había pronunciado esas palabras. Cuando me di vuelta para mirar, no había nadie. Giré mi cabeza para el lado derecho y vi como una imagen nubosa de color blanco se iba difuminando a medida que se acercaba a la ventana del campo. La miré a Giselle. Estaba pálida.

 

—¿Vos viste lo mismo que yo? —le pregunté.

 

—No, no, yo no vi nada.

 

El pan se le cayó al piso. Las manos le temblaban.

 

Las demás chicas, concentradas en el programa. Años más tarde una de las chicas que todavía seguía detenida me confirmó que ella también había visto algo, pero que le había dado tanto miedo que respondió lo mismo que las demás.

 

Mar de Tiburones

 

Por las noches lloraba en silencio, pero las paredes parecían de cartón. No era hermosa, aunque sí interesante. Flaca, rubia, pelo largo, siempre impecable aunque no se vistiera como en libertad. Su lenguaje coloquial invitaba a la conversación de temas banales y cosas intrascendentes que la sacaban por un rato del mundo tumbero. Siempre supo guardar muy bien en su interior lo más íntimo, lo que la angustiaba, y pocas veces demostró debilidad. Todas pasamos por la misma experiencia. Con esas características era previsible que el mar de tiburones que la rodeaba estuviera al acecho para sacarle ventaja. Muchas veces insinuó que la tenían amenazada de otros pabellones, que le pedían “cosas” (cigarrillos, tarjetas de teléfono, tintura para el cabello) como pago a cambio de protección. Allí, uno termina haciendo lo que puede y se defiende con las herramientas que trae del mundo exterior. Por sobre todas las cosas, siempre trató de caerle simpática a todo el mundo. Eso hizo que cada vez que daba algo lo diera con franqueza y no por miedo.

 

A pesar de esta circunstancia, algunos días de la semana (cuando le tocaba realizar la limpieza del pasillo central y común a todas las internas) tenía que enfrentarse con algunos peces gordos que la asediaban, tanto para la entrega de alguna tarjeta de teléfono, como para recibir piropos y propuestas de los “chongos” (mujeres que gustan de otras mujeres, pero que se visten de varoncito para masculinizarse y adoptan lenguaje y ademanes de hombre). Puedo asegurar que jamás aceptó.

 

La despedida

 

Con Giselle, compartimos unos cuantos meses de ese fatídico 2004. Se fue un viernes, envuelta en un tailleur de reconocida marca de color rosa, que hacía juego con las uñas recién pintadas y el pelo medio ondulado. Nunca pareció una presa común, tampoco lo era, pero se encargó de no sobresalir demasiado. Solemos levantarnos muy temprano. Las primeras mañanas, Giselle peregrinaba a los teléfonos públicos. No paraba de llamar a su abogado para que la sacara lo más rápido posible. La pasó mal y después se acomodó.

Ese viernes, una la peinó, ella se maquilló, se pintó las uñas de las manos y de los pies. Eligió bien la bijouterie, no muy cargada, apenas unos anillos, aros haciendo juego y una pulsera que a último momento terminó regalando como recuerdo. A cada rato iba al baño: el único lugar donde una puede mirarse en un espejo.

 

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Enfundada ya en sus tacos, se escuchaba el tac tac a cada paso que daba. Parecía nerviosa, confundida y, alegre: una maraña de sentimientos encontrados. En los ojos se le veían las ganas de llorar, gritar, putear a alguien, todo comprimido en la garganta. No debía llorar porque se le hubiera corrido el maquillaje. No debía gritar porque iban a pensar que le estábamos haciendo algo. No debía putear, porque lo único que le faltaba en su último día de cárcel era irse con una sanción. Parecía sentirse una diva venida a menos, pero el hecho de ponerse coqueta le levantó el ánimo. Tenía que enfrentarse a la mismísima señora Justicia, al fiscal y a los abogados, a los medios que la estarían asediando, a los familiares, a los pocos amigos que quedan luego de pasar por la prisión y, lo más difícil, a ella misma.

 

Fue acomodando las pocas pertenencias que se iba a llevar dentro de la cartera. Antes de despedirse repartió sus bienes materiales entre su “rancho”. Todas por igual sin distinción de jerarquías. Juegos de sábanas sin usar, maquillajes, tintura para el cabello, cigarrillos, tarjetas de teléfono, esmaltes para las uñas,costurero, medicamentos para dolencias mínimas y comestibles de todo tipo que compartimos con las mascotas.

 

Al mediodía, una celadora le avisó que el carro de traslado la esperaba. Después de tantas vivencias, el cariño aflora. Más allá de las acusaciones, el compañerismo es ciego como la justicia. Por regla general y una cuestión de respeto, entre los presos más viejos existe el código de no preguntar por qué causa entró uno al penal: salvo al juez, a nadie le debe importar. Ya bastante sufrimiento es el que uno padece estando en estas condiciones. Uno y su conciencia. Lo que sí importa es cómo actua con los que lo rodean.

 

Entre abrazos, lágrimas, sonrisas expresando toda la fuerza para enfrentar el futuro, empujones de algunas desubicadas, gritos, aplausos y cacerolazos, la vimos irse por esos pasillos interminables y a media luz que a veces conducen hacia la libertad.

 

Sólo la volví a ver en las noticias. Supe que le habían pedido nueve años de prisión y que parte de la causa prescribió. Cuando la vi en la tele se la notaba muy desmejorada. Muchas personas que transitan por estos lugares no vuelven a ser las mismas. Las rejas te consumen el físico y el cerebro. Hay que tener cintura para bancarse tanto tiempo de encierro y salir coherente.

 

Pasaron unos cuantos años. Los “ranchos” se disolvieron y a medida que se dio el recambio en la población penal, se formaron otros nuevos, con compañeras distintas.

 

A las de entonces no las volví a ver más. Es una buena señal porque no reincidieron. A otras, con el correr de la tecnología las ubiqué en el ciberespacio. Se dedicaron a formar una familia o a rearmar la que ya tenían. Algunas, con hijos o nietos.

 

Acá, estamos las que seguimos esperando la libertad, con salidas transitorias que nos permiten volver a la sociedad, despacio, pero con paso firme. El paso del tiempo no fue en vano. Afuera, hay personas que nos esperan con alegría. Saber eso nos da la fuerza y la dignidad que, de a poco, fuimos perdiendo en la prisión. 


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