Un palacio art noveau del centro porteño que funcionó como refugio de anarquistas, centro de reuniones de Perón y bailanta, es la nueva sede de la Cienciología argentina. Heredera de la cultura norteamericana, la creencia articula ciencia ficción, espiritualidad oriental, autoayuda, psicología conductista y una mirada sacralizada de la vida cotidiana con argumentos de divulgación científica y tecnológica. ¿Cómo viven los devotos argentinos de la religión publicitada cuando Tom Cruise se comió una placenta?



El sushi sobrevive al calor del verano en una mesa. Entre las celebridades invitadas están el empresario Juan Carlos Blumberg y el escritor Edgardo Cozarinsky, aunque también hay adhesiones de Gabriel Mariotto, Diego Santilli, Aníbal Ibarra. Pero todo el calor de diciembre está metido en el cuerpo de un solo hombre y este hombre acaba de subir al escenario en la noche más importante de su vida. Gustavo Libardi, máximo exponente de la Cienciología en el país, no es el líder carismático que el movimiento necesitaría pero se desenvuelve con soltura, a pesar de que carga con el inevitable nerviosismo de los que no están acostumbrados a la exposición pública.

En el salón central de la Unione Operai Italiani, un edificio fantasmal del centro porteño (Sarmiento 1372) que hoy huele a catering de cumpleaños de 15, con hornos encendidos que despachan pizzas sin parar, transcurre la noche más importante para la historia de la Cienciología Argentina.

 

En este palacio art noveau, casi sin ventanas y sin aire acondicionado, funcionó el sindicato de los operarios italianos desde 1830. También fue la primera escuela italiana de niñas, sede de operas, recitales y actos patrióticos de la colectividad, refugio de anarquistas como Severino DiGiovani y, se dice también, centro de operaciones de una de las primeras reuniones partidarias del Coronel Perón. En la década de 1990 fue usado para fiestas y terminó como una bailanta en el 2000. Desde este año funcionará allí la filial argentina de la Cienciología, un movimiento creado por el escritor norteamericano de ciencia ficción Ron Hubbard y famoso a nivel mundial porque Tom Cruise decidió comerse la placenta de su hija recién nacida: algo que no hace casi ninguno de los cienciólogos del mundo, pero que sirvió como una plataforma publicitaria fenomenal. Y en este espacio, bello e intimidante, la orquesta de cámara que empieza a sonar –porque a eso vino la mayoría, a escuchar un concierto de música clásica que auspicia un movimiento que todavía no es muy conocido, aunque tiene el áurea de los empresarios exitosos y de cierto contacto con las celebrities de Hollywood– funciona de manera perfecta como la banda de sonido de la prosperidad y el éxito que promete el movimiento.

 

Como en el cristianismo, el mito de origen de la Cienciología se basa en la difusión de un libro: Dianética, escrito por Hubbard en 1950. En Argentina, cuenta Libardi, comenzó durante la década de 1980 con los primeros cursos organizados por un lector ocasional de Dianética, luego de haber comprado el libro a un mexicano que los vendía en la calle Florida. La nueva sede muestra una nueva etapa de la Cienciología en Argentina. Casi treinta años después, con iglesias en muchos países y una difusión transnacional, sus estrategias apuntan a tener una inserción más acorde con una sociedad en donde su presencia no deja de ser una novedad, no siempre agradable. La compra y reciclado de un edificio tradicional de la ciudad para convertirlo en un centro de actividades dedicadas a la música clásica dialoga bien con la imagen de progreso de las clases medias y explica, en parte, el apoyo de periodistas, celebridades, empresarios y políticos. Esta estrategia muestra un fuerte contraste con la de las iglesias evangélicas pentecostales que, desde la década de 1980, se establecieron en los antiguos cines o teatros del Centro y para la cultura ilustrada encarnaron una presencia indeseable, vulgar, símbolo de decadencia social.

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Más allá de los ejemplos popularizados y caricaturizados por los medios de comunicación como un tanto excéntrica, la Cienciología es una religión de origen norteamericano fundada en una matriz protestante con una particular prioridad del individuo y el esfuerzo como vehículo del cambio personal y social. Heredera de la cultura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, articula ciencia ficción, espiritualidad oriental, autoayuda, psicología conductista-motivacional y, en sentido amplio, una mirada sacralizada de la vida cotidiana con argumentos de divulgación científica y tecnológica. La Cienciología no es un caso aislado. Por el contrario, es un ejemplo relativamente exitoso de un proceso de sacralización de la experiencia de personas educadas que pertenecen a estilos de vida modernos, cosmopolitas, que sufren por los problemas del trabajo, las relaciones afectivas, las compras en el supermercado y la cuota del colegio de sus hijos.

 

Lejos de juntar ingenuos o crédulos, la Cienciología podría ser puesta al lado de toda una serie de experiencias diversas y heterogéneas vinculadas con la Nueva Era o las espiritualidades alternativas de origen norteamericano que se difunden y crecen en Argentina desde la década de 1980. No casualmente, la propia iglesia y sus miembros utilizan el término Scientology en lugar de Cienciología para referirse a sí mismos, lo que da cuenta de la importancia que tiene el origen norteamericano y, en cierto modo, la legitimidad del mismo para su difusión local.

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Juliana Benítez está leyendo el diario en un café porteño. Una de las siete mil cienciólogas argentinas, ve un aviso chiquito, al pie de página, en el que aparece un edificio en venta. Copia los datos de la inmobiliaria –o arranca un pedazo de diario, eso no lo sabemos– y se los lleva a Gustavo Libardi, el presidente de Cienciología en Argentina. Y dos años más tarde, después de que todos los cienciólogos hacen su aporte para llegar al millón y medio de dólares que costó el edificio, se firma la escritura. Esta es la historia oficial sobre la nueva sede de Cienciología en Argentina. El palacio de Unione Italiani es por ahora futuro, porque será inaugurado en 2015. La restauración costará al menos dos millones de pesos más y en ella trabajará Fabio Grementieri, uno de los especialistas argentinos más cotizados, responsable de la puesta a punto del edificio del Hotel Alvear. 

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Alejandro tiene 45 años y vive en pareja con su novia. Es abogado especialista en derecho inmobiliario y desde joven practica kung-fu. En el verano de 1990, cuando tenía 21 años, un amigo le recomendó el libro Dianética. En esa época leía filosofía oriental y estaba interesado en el budismo, el hinduismo y la cábala. Si bien había ido a un colegio católico y crecido en un ambiente católico, en ese momento se consideraba un budista por elección, pero con una sensibilidad espiritual muy amplia. “El cristianismo es una religión preciosa que tiene un componente espiritual enorme”, dice. Compró Dianética en la librería Zivals de la esquina de Corrientes y Callao, en el centro de Buenos Aires. “Recuerdo que todos los libros estaban en exposición apilados en una esquina de la librería, formando una gran pirámide”. Luego de leerlo se entusiasmó y buscó a los cientólogos de Buenos Aires en la antigua sede de la calle Florida. Allí hizo un test de personalidad y empezó a asistir de los cursos básicos. Desde entonces, no paró de participar, hacer cursos más avanzados, estudiar y encontrar amigos. Personas con quien comparte su amistad y lo que entiende como una misma “filosofía religiosa” de perfeccionamiento personal y social, es decir una búsqueda por “ser cada vez mejores” que significa más espiritualidad, más entendimiento, más comunicación, más racionalidad.

 

No dejó de ser católico ni budista para participar de la Cienciología. Por eso Alejandro insiste con que su “filosofía religiosa” permite mantener indentificaciones diversas y modos de creencia simultáneos que se articulan. Que sean simultáneos, como algunos principios budistas o la figura de Jesús, no quiere decir que sean infinitos y que se mezclen sin ninguna lógica aparente. En realidad esas diferentes creencias son leídas con la llave maestra de la espiritualidad contemporéna: la intimidad y la sacralización de la experienica cotidiana. Por eso Alejandro dice que la Cienciología no tiene órdenes sino “ítems que podes experimentar vos mismo” y que en realidad son una forma de aprendizaje. Esa diversidad propia de la creencia es también un rasgo de la nueva espiritualidad, que más que cambiar, rechazar y jeraruizar prioriza el mantener, aceptar y sumar creencias y valores.

 

Para Alejandro la Cienciología es una mezcla de una “sensibilidad espiritual”, que el propio Hubbard cultivaba con estudios dedicados a diversas religiones y prácticas artísticas como la fotografía y la música, y “sensibilidad racional” que tiene que ver con los trabajos de Hubbard en base a ciencias como la física, la química o la biología.

 

La Cienciología es, sobre todo, una espiritualidad racional. Como parte de una tradición cristiana liberal propia de los Estados Unidos, supone una idea del hombre como naturalmente bondadoso. Alejandro dice que los seres humanos son buenos y que cuanto mejor se comuniquen, más claramente se va a manifestar su parte espiritual y va a producirse una convivencia cada vez más pacífica.

Ese trabajo sobre la comunicación es muy importante, nos cuenta. Cuando estaba en la facultad de derecho aplicó técnicas de estudio inspiradas en Dianética que le daban mayor calidad a su aprendizaje. Si bien se consideraba poco estudioso en ese momento, le parecío que el método era “muy razonable” y apuntaba a corregir fenómenos desagradables en el aprendizaje. Las técnicas apuntan a desbloquear esas sensaciones negativas para que el estudio sea más placentero. Pero no hay manera de saber cuáles son esas prácticas: se aprenden en los cursos y los cienciólogos prefieren mantenerlas en reserva.

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Alejandro terminó la carrera en dos años, la mitad del tiempo que le hubiese llevado si seguía con el ritmo con el que venía desde que había empezado a estudiar. Y además su promedio aumentó considerablemente, convirtiéndose en un alumno mucho mejor del que había sido. Todo esto, dice Alejandro, “lejos de esoterismos” era profundamente “racional”. Era algo práctico que identificaba los bloqueos y mejoraba la comunicación. Ese proceso es para Alejandro una verdad espiritual universal que está en todas las religiones, como por ejemplo la confesión cristiana, donde el acto de contar los problemas mejora a la persona desbloqueando un aspecto energético. Lo espiritual es la posibilidad de comunicarse, de estar vivo, de ser más racional, más ético.

 

Vivió la elección del papa argentino como muchas otras personas que reinvindican su flexibilidad, su espiritualidad y su simpleza, en cierto modo una de las causas de su eficacia social. Seguía a Bergoglio desde hace tiempo, estaba al tanto de su trabajo en las villas, la fundación La Alameda y su austeridad. Ese despertar espiritual se percibe también en todo el fenómeno alrededor del Papa Francisco, nos dice entusiasmado. Y aclara que no es un despertar de la conciencia, sino un cambio de conducta. La Cienciología, de cierta manera, es pura práctica, es una conducta, insiste Alejandro. La distancia entre conciencia y conducta es significativa de una espiritualidad contemporánea que se vive como inmanente y en donde la conciencia siempre es un problema. Como muchas otras personas que han re-sacralizado sus vidas en algún tipo de espiritualidad, Alejandro insiste en aspectos semejantes que depositan la existencia en un “hacer” y en un “vivir”.

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Betiana detesta a todo lo que esté relacionado con la Cienciología. Estuvo casada más de diez años con uno de los miembros actuales de la religión y ahora está en pleno divorcio. Antes de la entrevista, pide pruebas de que no estamos infiltrados en la organización y ni bien obtiene nuestra confianza advierte:

 

-Se están metiendo con una mafia, estos tipos están infiltrados en todos lados. ¿Están seguros de lo que están haciendo?

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Llega a la entrevista acompañada por un primo. Betiana cuenta la historia de su marido, un hombre atrapado por la Cienciología: entró a la religión a finales de los 90, empezó a hacer los cursos y terminó entregando buena parte de la facturación de su empresa: según su ex mujer, casi dos millones de pesos, librando cheques sin parar para cumplir con la organización e intentando reclutar nuevos fieles entre sus empleados. Muchas de las cosas que cuenta también pueden leerse en el libro “Cienciología. Hollywood y la prisión de la fe”, del periodista Lawrence Wright, del staff de la revista New Yorker y ganador de un premio Pulitzer en 2007 por un artículo sobre Al Qaeda. El libro está basado en la historia de Cienciología y su vínculo con las celebridades de Hollywood. En especial, está centrado en la figura de un “arrepentido”: Paul Haggis, guionista y director ganador de tres premios Oscar (dos por Crash y uno por Million Dólar Baby). Haggis abandonó Cienciología en 2009 porque la iglesia no estaba de acuerdo con el matrimonio homosexual. En el libro, explica lo que sintió al salir.

-Estuve en una secta durante 35 años. Todo el mundo era capaz de ver eso, no puedo entender cómo yo no podía verlo.

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El hall del edificio que actualmente usa la Cienciología para cursos y conferencias es mucho más modesto. Está en Ayacucho al 1000 y en la entrada tiene vitrinas con diferentes ediciones de los trabajos de Hubbard en castellano (hay traducciones de sus 18 libros) más ediciones resumidas en DVD, que se reproducen en un televisor sin sonido. Las tapas de sus libros y películas comparten la estética de la novela popular de ciencia ficción norteamericana: títulos con colores fuertes, contrastes de amarillo y rojo sobre un fondo de rayos y máquinas. Los folletos en el salón principal hablan de “una civilización sin demencia, sin criminales y sin guerra, donde el capaz pueda prosperar y los seres honestos puedan tener derechos, y en donde el hombre sea libre para elevarse a mayores alturas” e invitan a “unirse a un movimiento por un mundo mejor”. Ofrecen también diversos programas humanitarios: “un mundo sin drogas”, “el camino de la felicidad”, “unidos por los derechos humanos”, “ministros voluntarios de Scientology” y la “Comisión Ciudadana por los Derechos Humanos”. Los rostros de tres jóvenes amables, de ojos despiertos y sonrisas firmes son la carta de presentación de una invitación a la afiliación por seis meses. En sintonía con un lenguaje contemporáneo, la imagen insinúa también la diversidad étnica, cultural y de género.

 

La puerta de entrada a la Cienciología es un test de 200 preguntas, conocido como Análisis de Capacidad Oxford, que sirve para medir el nivel de estrés del encuestado. “¿Tienes en ocasiones espasmos musculares sin que haya una razón lógica para ello?”, “¿Tiene muchos amigos?”, “Suele quedarse solo en las reuniones?”. Las respuestas posibles son tres: “sí, o generalmente sí”, “incierto, más o menos” o “no, por lo general no”, aunque algunas preguntas parecieran haber quedado atrapadas en una traducción imposible de resolver con esas opciones: “¿Con frecuencia te encuentras yendo en todas las direcciones al mismo tiempo?”, “¿Te molesta el ruido del viento o de una casa al asentarse?”.

 

Un programa especialmente diseñado por la Cienciología indicaría nuestro nivel de estrés y bienestar personal y nuestra condición para un posible futuro tratamiento con el e-meter, un dispositivo que materializa el carácter científico-tecnológico de la dianética y que asegura una transformación efectiva casi instantánea.El e-meter es un aparato electrónico, con aspecto de artefacto de ciencia ficción, que permite medir la carga emotiva de las preguntas del auditor, como se denomina a los especialistas entrenados en esos recursos terapéuticos, y descubrir más rápidamente los traumas escondidos de la persona. De cierta manera el e-meter ayuda al que lo utiliza a realizar su thetan, la conciencia universal encarnada en cada individuo que puede asemejarse con la interpretación el arhat hindu o el bodhisattva budista según la interpretación de Hubbard.

 

La efectividad de ese tratamiento, de todas maneras, necesita de otras terapias como por ejemplo hacerse “auditar” o participar en diferentes actividades que la Cienciología manifiesta solo a los participantes que deciden hacerlo, tienen las condiciones y pagan el precio. El dinero en este caso no resulta un problema por dos razones. En primer lugar, porque los participantes en general poseen los medios para hacerlo y, en segundo lugar porque en la propia concepción económica de la Cienciología, el dinero no es algo rechazado o negado por la espiritualidad: por el contrario resulta un elemento vinculado con el buen desarrollo personal y con el éxito individual.

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Anonymous de Argentina acusa a la Cienciología de “secta pedófila”. Durante dos años, un grupo realizó protestas en la sede de Ayacucho. Básicamente, se reunían en la puerta, todos con sus máscaras de Guy Fawker para repartir folletos. Una protesta pacífica, pero que molestaba a los cienciólogos. Uno de los integrantes de Anonymous, apodado Petete, filmó un incidente que terminó con un miembro de Cienciología y con Petete en la comisaría. La escena es, por momentos, dantesca. Un cienciólogo quiere filmar a los que lo están filmando. Les corre la máscara. Después vuelve, se empujan, caen al piso. Aparecen vecinos para separarlos. El cienciólogo se va. Los de Anonymous se pelean con los vecinos (los llaman “supuestos vecinos”, desconfían de su neutralidad). Se insultan. Un vecino de Barrio Norte, siempre con un Fox Terrier en brazos, les dice que en vez de escracharlos deberían ir a la justicia. No entiende muy bien qué es lo que acaba de pasar: quiénes son los buenos y quiénes los malos.

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Según Petete, Libardi es “el director de la Oficina de Asuntos Especiales, una especie de “CIA” dentro de la Cienciología” que se dedica a las relaciones públicas y al espionaje, y a “infiltrarse en gobiernos, instituciones de todo tipo, controlar daños e investigar a sus enemigos”. Anonymous realizó protesta entre 2009 y 2012 y después del incidente, hubo una mediación y no llegaron a juicio. Libardi conoce a sus enemigos: de Petete sabe el nombre verdadero (por este incidente que llegó a la comisaría; para la denuncia el integrante de Anonymous debió dar su nombre verdadero) y también reconoce a Pablo Salum, fundador del movimiento Anti Sectas, como otro de los detractores. “No entiendo por qué lo hacen. Qué hagan su vida. Entiendo que este chico Salum tuvo un problema con el Maestro Amor”, se defiende Libardi. A pesar de que acordaron en la mediación algo así como un pacto de no agresión, Anonymous vigila las actividades de la Cienciología. Incluso Petete, que ayudó a su novia estadounidense a salir de la Cienciología, es un fiel oyente de “Ayudemos a Ayudar”, el programa que Libardi tiene en Radio Cultura y que no escapa demasiado al tono de los programas de difusión de los que tiene cualquier organismo o institución que compra espacios en radios de mediano alcance. Pero las acusaciones no son solo aquí, sino que se acumulan en varios países. La causa más importante fue en Francia, cuando el líder de la religión fue condenado por fraude. Y en Estados Unidos, la sobrina de uno de los máximos referentes publicó un libro en donde contó, entre otras cuestiones, que la Cienciología separaba a las personas de sus familias. En Bélgica la organización está a punto de ir a juicio. En contraste con ello, respetados cientistas sociales como el sociólogo inglés Bryan Wilson, entre otros, defendieron a la cienciología en los debates sobre pluralismo y diversidad religiosa, mostrando diferentes niveles de intolerancia a modos de creencia que son contemporáneos a un mundo que cambia rápido e inesperadamente.

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La Cienciología pareciera subvertir las relaciones entre ficción y realidad. Ron Hubbard, ingeniero y explorador, fue un exitoso escritor de novelas populares de ciencia ficción que publicaba incluso en Astounding Science Fiction, una de las revistas más importantes del género en los 50. Buena parte de la cosmología de la Cienciología proviene de ensayos escritos entre la ficción y la realidad por el propio Hubbard durante esa década. Tal vez este sea un caso ejemplar en donde la ficción moderna construye un sistema de creencias que se hace real en sus consecuencias y que resulta eficaz en la vida cotidiana.

De acuerdo con Hubbard el sufrimiento personal tiene su origen en situaciones traumáticas. Dianetics: The Modern Science of Mental Health, obra que condensa buena parte de las ideas y la ética de la Cienciología, y que según sus editores ha vendido desde 1950 más de cinco millones de copias, propone que la “mente” funciona como un registro infalible. Los recuerdos, de esta manera, son el origen del dolor. Cualquier situación traumática o engram (incluso en la gestación o aún en vidas pasadas) deja un registro que es causa de malestar. Lejos de volver sobre ese dolor -algo que, según los cienciólogos, empeora la cuestión y por ende muestra el camino equivocado del psicoanálisis- el trabajo personal es un trabajo de liberación de ese registro traumático que es siempre causa tanto del sufrimiento psíquico como físico.

 

En 1950, la dianética y el método de terapia inspirado en ella denominado por Hubbard “auditar” no paró de difundirse. Ese proceso iba acompañado de nuevas y viejas técnicas manifiestas en manuales de éxito, autocontrol y auto-conocimiento que eran un boom de ventas. En sintonía con otras obras semejantes de la década como las del actor, especialista en hablar en público y relaciones humanas, Dale Carnegie que escribió, entre otras, el best-seller How to Win Friends and Influence People en 1937 o la del pastor metodista y fundador del pensamiento positivo Norman Vincent Peale que en 1952 publicaba The Power of Positive Thinking. La fundación de Hubbard, con dieciocho salas de consulta, reportaba hacia 1950 quinientos grupos de “auditación” en los Estados Unidos distribuidos en Nueva York, Los Ángeles, Washington, Chicago y Honolulu. Su libro fue traducido rápidamente al francés, al japonés y al alemán, estas últimas lenguas, no casualmente, de sociedades que estaban recibiendo el embate de la cultura norteamericana luego de la derrota militar de la segunda guerra mundial.

 

Hay un aspecto central en la forma de ver el mundo de la Cienciología: el problema del control externo y la limitación de la autonomía personal es uno de sus postulados básicos. Religiosos, especialistas en bienestar personal y, sobre todo, psiquiatras y psicólogos pueden ser un “problema” para los seguidores de la Cienciología. Aunque también muchos de sus seguidores parecen aceptar que mientras exista un desarrollo espiritual, sea cual fuere la religión o la espiritualidad, el proyecto de una comunicación más efectiva está siendo realizado. En ciertos casos, sin embargo, tanto las religiones como la psicología y la psiquiatría pueden ser formas de limitar la autonomía del individuo. Libardi dice que la psicología se quedó en las puertas de un gran descubrimiento. Lo que los psiquiatras no lograban comprender es que “la persona humana está hecha de mucho más que un cerebro” y, sobre todo, que “con el uso de pastillas se bloqueaba cada vez más la posibilidad de la autonomía personal”. Los psiquiatras, así, pueden convertirse en parte de un sistema de control que, junto con el Estado que los considera como un saber legítimo, reprimen la posibilidad de una vida más plena. La meditación que promueven otros grupos espirituales contemporáneos, puede también tener un efecto no favorable. Libardi sostiene que la difusión de prácticas espirituales como la meditación no hace más que complicar la cuestión, porque en cierta forma pone a las personas en un estado de quietud y de reflexión sobre sí mismos que llevaba al letargo.

 

- La quietud de la mente no es lo que los cienciólogos buscamos. Los cienciólogos estamos activos, por eso somos peligrosos para el sistema.

 

El edificio de Unione Italiani ahora está vacío, otro mediodía de diciembre, después del concierto inaugural. Libardi lo muestra con orgullo, cuenta detalles de la restauración: las salas en donde se dictarán los cursos, el salón principal en donde se harán los conciertos. Sube las escaleras de cemento hasta el último piso: ahí una última escalera de aluminio lo conduce hasta el techo. “Vení, es la primera vez que voy a subir”, invita. Desde la terraza, la ciudad de Buenos Aires parece infinita. 

 


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