La concentración de ayer empoderó a las convocantes, a los participantes, a las mujeres y consiguió poner en cuestión la desigualdad cotidiana. Al desnaturalizar el machismo, lo debilitó, en sus propias redes y en su propia institucionalidad dicen Lucila Schonfeld y Alejandro Grimson, que participaron de la marcha y analizan las consecuencias. La campaña #NiUnaMenos visibilizó datos, estadísticas, nombres de víctimas y victimarios, historias, acciones, inacciones, complicidades, indiferencia. Instaló de modo tajante la idea de que no se mata por amor: un femicidio es un asesinato.



Fotos de portada e interior: Melisa Scarcella
Fotos de slide: Catalina Bartolomé

Ya nada será igual. De ahora en más, el 3 de junio de 2015 es un día histórico en la lucha por los derechos de las mujeres, contra la violencia de género y los femicidios. Una lastimadura dolorosa para la cultura patriarcal, de la que todos y todas formamos parte.

 

La dimensión de la convocatoria se sentía ya desde las redes. Antes de la marcha, el hashtag había sido replicado 185.000 veces. Pero nunca se sabe cuánto puede esa sensación expresar sólo “el pequeño círculo alrededor” de los cronistas. Según nos íbamos acercando, fuimos construyendo una certeza mayor. No era nuestro pequeño círculo.

 

La convocatoria fue masiva.

 

—Hace una hora empezaron a pasar en malones —dice la kiosquera en Riobamba y Sarmiento a las 16.45. Vamos bien.

 

Muchos pensaron que la cita era tempranera, al menos para la tradición de marchas en la Ciudad de Buenos Aires. ¿Quienes pueden llegar a tiempo después del trabajo, para estar en Congreso a las cinco de la tarde?

 

El entusiasmo de las más de doscientas mil almas que colmaron la plaza por ser parte de ese “día trascendental” derribó toda previsión.

 

 

Por Callao circulaban muchas personas, pocas banderas, muchos carteles caseros, remeras preparadas para ese día con la foto de una mujer ¿muerta?, ¿víctima de la trata?, vendedores de pins de #NiUnaMenos, grupos de mujeres de diferentes generaciones, adolescentes, mujeres y hombres que superaban las seis décadas. Esa multitud completamente heterogénea coincidía en un objetivo: querían entrar a la plaza (mucha gente no lo logró, la plaza estaba llena y desbordaba por todas las calles que la rodean). Para eso había que poner el cuerpo, un poco más, como en toda concentración masiva; apretaditos, dejarse llevar por el movimiento de la masa, aguantar con delicadeza y paciencia los empujones. Porque estaban en una concentración contra la violencia.

 

—En esta marcha no podés entrar a los empujones, y menos si sos varón —dijo uno.

 

Si enfrentar la violencia contra las mujeres y decir basta de machismo fue la consigna que reunió a la multitud, la palabra que la definió, este 3 de junio, es heterogeneidad. Una mayoría de mujeres, pero una muy nutrida participación de varones, de todas las edades.

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Cerca del escenario, en las rejas que rodean una parte de la plaza, la más cercana al Congreso, la agrupación La Poderosa pegó afiches. Ahí mismo, agarrado con las dos manos a los barrotes de esas rejas, un hombre de traje gris, de unos 70 años, parece esperar. Tiene tal vez el rostro más triste de la tarde. Su esposa está a su lado, también pendiente de lo que pase en el escenario. No lleva cartel alguno, pero no hay duda: les falta alguien. En la solapa del saco lleva un prendedor pequeño con una foto. Ante tanto dolor los cronistas no se atreverían a violentar esa intimidad.

 

Son muchos, muchísimos los que vinieron porque no quieren que haya #NiUnaMenos, porque no quieren más violencia contra las mujeres. Pero son muchos también los que trajeron su propia causa, su propia tristeza, la foto de su amiga, de su hermana, de su hija, de su madre… Son muchas las que trajeron su propio cuerpo de víctima de la violencia, para sentirse —tal vez— menos solas. Para ver y oír cuántas otras sufren esa violencia que les quita a diario la sonrisa, que las priva de ver a sus hijos porque el padre violento es más poderoso e influyente en un sistema judicial misógino. Son muchas las que cuando miran te dicen “yo también soy víctima” y pareciera que van a decir “y todavía no me animo a gritarlo”. Son muchas también las que trajeron su propio cuerpo para interpelar a los otros, probar hasta qué punto los estereotipos se pueden hacer trastabillar.

 

No vinieron mayormente de los barrios a los que llega el subte. Una gran parte de la plaza fue ocupada por ciudadanos que se desplazaron desde Moreno, Lanús, La Matanza, Berazategui, San Miguel y otras localidades de los primeros y segundos cordones del conurbano.

 

Son muchos y diversos los rostros, más blancos, más morenos, rostros duros y curtidos, dolidos, con arrugas de la memoria, golpeados, protectores. Rostros con sonrisa de primera marcha, otros de todas las marchas. Gargantas que gritan por primera vez, y también los que llegan afónicos, voces alegres, rostros orgullosos. Todas las vestimentas y todos los cuerpos. Y muchos jóvenes y adultos que hablan a través de un cartel hecho en casa: una frase, una denuncia, un rostro, una fecha, un asesinato, una cultura criminal, un femicida prófugo.

 

Se veían aquí y allá cuerpos agrupados, guiados —para no perderse— por un referente del barrio, de la villa, de asociaciones, de partidos, de grupos sindicales, de centros de estudiantes, de colectivos de artistas.

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Desde el escenario se leyó el documento que contiene definiciones y reclamos e interpeló a todos los actores institucionales, políticos y mediáticos. La multitud respaldó con su presencia: espera que cada uno de esos actores se haga cargo de la parte que le corresponde. El aplausómetro se hizo sentir en varios momentos, y los artistas que leían debieron detenerse y retomar.

 

Cada uno, cada grupo, tiene relatos y formas de cuestionamiento de la cultura machista. Tres adolescentes de la comisión de género de un colegio público porteño apuntan contra el modelo de ser macho y ser princesa, en el que si el varón “se come veinte pibas es un campeón, mientras una mujer que lo hace es una chica fácil”. Una joven de Misiones le comenta a su amiga que “hace unos años si te fajaban era culpa tuya”. Otra dice que si una mujer de un policía es golpeada, cuando quiere hacer la denuncia, en la comisaría la atiende otro golpeador. Patricia vino con otras veinte mujeres hasta el Congreso: coordina un grupo en Moreno, donde hacen trabajo territorial y en las escuelas. Andrea es víctima de abuso judicial por denunciar a un abusador poderoso: los hijos fueron condenados a convivir con su perpetrador e impedidos de contacto materno. Una “justicia” misógina con estrategias de silenciamiento hacia las mujeres. Pasa un grupo de cartoneras organizadas, al lado de un veterano de la policía que acompaña a su esposa e hijas en la protesta. Una mujer joven pide la legalización del aborto, como varios miles; una inmigrante de países vecinos reclama que no se culpabilice a la víctima, una dirigente de la Juventud Peronista dice “la violencia de género no tiene ideología política”, unos adolescentes de Villa Celina dicen la violencia empieza por el abuso de la palabra…

 

Si querías ver diversidad, lo ideal era dar una vuelta por Congreso el 3 de junio. Todos fueron por lo mismo y cada uno con sus propias razones.

 

Los participantes con los que hablamos quisieran que mañana se resuelva todo. Que se otorgue presupuesto, que haya datos oficiales, que cambie la justicia, que cambien los varones, que no se discrimine. Pero, saben, será una larga lucha. Están preparados y hablan de la necesidad de “empoderarse”. Si hay algo evidente es que la concentración las y los empoderó. A las convocantes, a los participantes, a las mujeres. Al desnaturalizar el machismo, lo debilitó, en sus propias redes y en su propia institucionalidad.

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Pasadas las seis de la tarde, cuando era ya imposible entrar a la Plaza entre Callao y Paraná, cuando los manifestantes llegaban por Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio y tampoco se podía avanzar desde las calles perpendiculares, culminó la lectura del documento y las adhesiones. Las organizadoras invitaron a desconcentrar con cuidado y respeto. Sin embargo, pocos se fueron lentamente. La mayoría se quedó haciendo escuchar los reclamos y celebrando. Una batucada acá, una chacarera allá, cantitos por otro lado, aplausos por doquier. En más de un rincón se respiraba aire carnavalesco. A la violencia se la enfrenta con bronca y también con fiesta. Los mismos rostros que más temprano revelaban preocupación por acercarse al escenario, por entrar a la plaza, por no perder a los amigos o familiares con que habían concurrido, más tarde iban dibujando carcajadas. Por el éxito, por las dimensiones, por los encuentros y por la música. Todo en medio del humo de choripanes, bondiolas, lomitos, crujidos de hamburguesas y huevos fritos, y vendedores ambulantes que ofrecían sándwiches naturistas y chipá.

 

La campaña #NiUnaMenos y esta movilización han producido una herida en la cultura patriarcal. “Ningún pibe nace machista” reza un cartel. Los cuerpos de la multitud, sus carteles y las voces en las redes y los medios han sido incisivos. “Ninguna mujer nace princesa.” La campaña contra la violencia consiguió poner en cuestión la desigualdad cotidiana. Visibilizó datos, estadísticas, nombres de víctimas y victimarios, historias, acciones, inacciones, complicidades, indiferencia. Instaló de modo tajante la idea de que no se mata por amor: un femicidio es un asesinato. Al politizar el amor, atacó la violencia.

 

Claro está que no es lo mismo terminar de reglamentar una ley aprobada hace seis años y otorgar el presupuesto necesario —lo cual es factible ahora mismo— que preguntarse qué va a suceder en aquellos casos en que la denigración de la mujer es un negocio. Un negocio ilegal como la trata, clandestino, o también un negocio perfectamente legal como la denigración mediática de las mujeres. ¿Puede limitarse y regularse la difusión de la cultura machista? ¿Qué tal si la humillación mide treinta puntos de rating? Será un desafío para quienes vinieron a la Plaza mostrar esa correlación. Si #NiUnaMenos despertó una amplísima adhesión, no pocos también serán televidentes de programas que hacen de la cosificación de las mujeres su razón de ser.

 

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La lucha cultural es así: avanza sobre contradicciones. Como decía un grupo de pibes del conurbano, “vinimos para cambiar la subjetividad de nosotros mismos”. Lenguajes con historias muy diversas se entremezclaron. Con sueños y voluntades se fueron retirando de la plaza, incluso cuando ingresaba una demorada columna de secundarios que arengaba contra el sistema patriarcal.

 

La gran pregunta que deja el 3 de junio es cómo herir de muerte pacíficamente a la violencia contra las mujeres. Tiene respuestas: con más palabras, más justicia, más cuerpos, más leyes, más Estado, más democracia, más igualdad de derechos.

 

Hay quienes ven esta movilización como un paso más entre muchos, en una lucha de décadas. Hay un antes y un después del 3 de junio. Fue el 17 de octubre de los derechos de las mujeres. Modificó radicalmente la visibilidad de esa lucha y su legitimidad pública. Un día histórico que promete quedar en la memoria e inspirar nuevos cambios.

 

La Argentina es un país extraño. Tiene, qué duda cabe, sus cosas complicadas. Pero también tiene esto: una multitudinaria movilización inédita en todo el continente contra los femicidios y la violencia de género, que reivindica los derechos a la igualdad y dignidad de todos los seres humanos.

 

En un país donde todo hecho se interpreta desde la dicotomía política, incluyendo el gas pimienta y el escándalo de la FIFA, #NiUnaMenos logró politizar la desigualdad de género trascendiendo todas las divisiones establecidas.

 

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Ya nada será igual. Un fallo aberrante de jueces misóginos puede despertar un estallido en redes sociales y ese estallido lograr su renuncia o edel juicio político. Los acosadores y golpeadores ya no se mueven en una sociedad indiferente. Los estereotipos de género trastabillaron.

 

En plena campaña electoral, vivimos una movilización multitudinaria ni kirchnerista ni antikirchnerista. Y que reclama derechos, los exige, interpela.

 

Alguien que cambió el siglo XX dijo que una chispa puede encender la pradera. Ayer ocurrió.

 

Todos los sexos, los géneros, las identidades sexuales, las pertenencias políticas y un solo deseo: basta.

 


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