El sábado, las calles de Buenos Aires volvieron a ser parte de un ritual caótico con bailes y consignas por la diversidad. La escritora Marta Dillon dice que, este año, la marcha del Orgullo eligió el amor pero también decidió rechazar a un candidato que alguna vez declaró que los homosexuales eran enfermos. “Acá nadie olvida nada”.



Navego por las redes sociales como empujando una canoa con un solo remo. El avance es moroso, el lecho por el que me muevo entorpece la herramienta, se enreda entre raíces, zarcillos, restos sólidos y brillantes de algo que fue y se niega a dejar de ser aunque la música ya no suene, aunque el agua se haya llevado por esos intrincados caminos de lo que se deshecha un río de pintura de colores, de glitter, de rímel y de rouge. Las imágenes de la última Marcha del Orgullo LGBTIQ son más que una tentación para el ojo voyeur que se detiene en ese pedazo de lengua que se adivina en un beso, en la media de red corrida hasta completar un agujero en la rodilla, en las encapuchadas que se penetran con las manos encima de una parada de colectivo, en la inmensas tetas de tres jóvenes que apenas pueden tener 20 y las lucen desnudas pero adornadas por diminutas motas multicolores.

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Son un golpe al corazón, la apelación inmediata a un lugar exacto en el pecho donde entran y se expanden como una esponja que se hincha con las mismas lágrimas que me generan. Hay una radicalidad tal en esas capturas, hay una puesta en acto que sólo puedo llamar total en cada cuerpo que aparece retratado, orgulloso de sí y de lo que comunica; prepotente también en ese orgullo que se suelta la melena o se la rapa pero dice ésta soy, aquí mis goces, ésta mi ansia. Son cientas, son miles, no puedo dejar de mirarlas, busco también esas en las que aparezco, casi desnuda, la boca siempre abierta como si estuviera tragándome el instante en que no hay nada más que esa disposición a absorberlo todo, el cuerpo en estado presente, librado a su goce, a lo que no sabe de su goce, a lo que desea saber de eso lábil que llamamos goce y que el sábado pasado era tan contundente como los bordes ásperos de una piedra que se sujeta en la mano, se sopesa y se arroja. Y que cuando está en el aire, igual que en el cuento del Sastrecillo Valiente, ya no es una piedra si no un pájaro de curso aéreo impredecible, que no impactará en nadie más que en quien arroja, lanzado por su propio músculo, por su flema hacia eso que podría ser, hacia eso que fluye y arrastra, se instala en la calle, la transforma así. Y nos transforma, a todos y cada una de quienes ocupamos nuestro lugar en la corriente. Ahí está la fatal atracción de las imágenes que ahora se comparten en las redes sociales: en ellas hacemos pie en el todo.

 

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Primero, el cuerpo en la calle, su discurrir permanente y fluído, su presencia absoluta. Un si no el cuerpo performateado como un desafío personal y colectivo. Un cuerpo que hace cuerpo con otros y entrelazados conforman el rito de cada año: un espacio de tiempo que se abre sobre una geografía concreta y la rediseña para robársela, incluso, al tiempo y atraparla en un parpadeo de la memoria: su existencia es efímera pero su promesa permanente; volverá a suceder. Todos y todas hacemos lo que nunca en el espacio público, nos suspendemos en la fiesta. “Nada me gusta más que estar en tetas en la calle”, dice Exquisita Lange con una raya de fucsia como un pequeño antifaz sobre los ojos y su peluca azul. “Nada me gusta más”, suscribo y la abrazo y la transpiración y la pintura nos imprimen diseños nuevos a cada una. Después se separa y leo en su espalda: Justicia para Diana Sacayán. Si todos y todas flotamos en la fiesta es también porque estamos sujetos al piso por el duelo como una plomada. No hace un mes todavía que el cuerpo de la dirigente travesti apareció masacrado en su propio departamento. Quienes asistimos a su velorio vimos las marcas de la violencia en la cara inánime, su boca de toba más hinchada todavía, los tajos en la frente, los hematomas en las mejillas. Aquí nadie olvida nada. El duelo está tan presente como cada afirmación subjetiva. El nombre de la dirigente se escapa de la consigna principal de la marcha y se hace más presente que nunca, está escrito sobre la piel, en carteles manuscritos, en fotos impresas sobre remeras y convertidas en pancarta, en banderas que se imponen por pura justicia reclamando Justicia. La más visible la llevaron un grupo de activistas del Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación –que lideraba Sacayán-, la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, familiares de Diana, Allit –la organización que lidera LohanaBerkins, la madre de todas las travas ahora-, Abosex, el Partido Comunista. Se metieron en la cabecera de la marcha, empujando ese grito por encima de la frase que convocaba exigiendo la ley antidiscriminatoria, y se instalaron ahí para contener también a todas las expresiones que venían detrás. A esa altura de la vigorosa columna que iba a cubrir la Avenida de Mayo desde la Plaza hasta el Congreso como un inmenso dragón chino que serpenteaba por el asfalto hasta deshacerse, al final, en múltiples lenguas de fuego, una mujer de seguridad le pidió a una lesbiana que se cubra las tetas, “por los chicos”. “Por mi hijo, no –dijo María Luisa Peralta junto a la madre de su hijo- viene desde los tres meses y tiene 9 años, esta es su familia y su fiesta y no tiene problemas con el cuerpo desnudo. Más me cuesta explicarle que ahora nos falta una y espero que nunca tenga que ver un cuerpo maltratado como vimos el de Diana”. El niño llevaba en la espalda la inscripción: “vengo con mi tía trava”. Cerca de él marchaban muchas, entre ellas, Lohana Berkins.

 

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La consigna oficial de la marcha pedía “Ley antidiscriminatoria ya! Sigamos ampliando derechos”. Por supuesto no estaba claro de qué ley se habla cuando hay tres proyecto en danza, pero no es algo que pueda entrar en una frase convocante. Queda afuera que es una ley penal y como tal no amplía derechos si no que fija pena y tipifica conductas que ya no se tolerarán, como ser echado o echada de un restorán o de cualquier otro lugar público por unos besos que no son heterosexuales; conductas para las que la comunidad autoconvocada encontró su propio modo de condena en los escraches que multiplican por cien los besos y los cuerpos desnudos. No es lo único que trae la ley, claro, pero daría herramientas punitivas y cuesta imaginar cómo podría contribuir a terminar con la homo-lesbo-trans-bi fobia. Como si no hubiera suficientes experiencias que hablan de que aumentar penaso crearlas no reduce los delitos ni las conductas condenables. Ocho subconsignas se anotan, un poco más invisibles detrás de la primera y esas sí dialogan de otra manera con las demandas de este colectivo que no siempre sabe que lo es, pero que puesto en la calle a fuerza de baile y caos creativo se hace tangible. Acceso real a la salud y el trabajo de las personas trans; Ni una menos, basta de violencia machista y patriarcal, ley de aborto y producción pública de misoprostol; separación de la Iglesia y el Estado; No al racismo, la xenofobia y el sexismo; por un ámbito deportivo sin discriminación ni violencia; legalización del autocultivo y consumo de marihuana; no a la violencia institucional;puestas en ese orden caótico todas hablan de alguna manera del derecho a la autonomía, a las decisiones libres, al goce protegido, al dolor por lo que no es y debería. Todo junto, todo mezclado, ninguna incluye el nombre de Diana Sacayán que es todavía una herida abierta pero en casi todas ella está presente y por esa sangre que sigue escurriéndose se menearon el sábado los cuerpos. Porque es bien de travesti eso de bailar sobre las heridas, de no silenciar el duelo si no de vivirlo al mismo tiempo que se vive. Y para vivir hace falta bailar.

 

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En la calle habían quedado ya las miles de latas de cerveza convertidas en despojos sobre la calle, pisoteadas, círculos deformes, chatos y arrugadossin más alma que esa que se escurría en ríos de orín sobre el asfalto cuando me tocó abrazar a una chica. Le toqué los brazos por debajo de su camisa, los recorrí mientras todavía vibraba algo de lo que nos había sacudido cuando el sol le disputaba brillo a la purpurina sobre las pieles. Cerca de los hombros, de los dos, como si la simetría importara, las cicatrices de unos cortes mal hechos con un cuchillo de cocina. Las marcas mismas parecían haberse retobado, los queloides no permitían pasar por alto esas señales. No se si le pregunto o ella me lo dice, atenta a esa breve demora de mis dedos sobre las protuberancias mal cicatrizadas. Me dice que ella misma hizo la herida original, que era un momento de mucha angustia, ahí en esa provincia del litoral donde lesbiana no era una palabra habilitada. Presiono un poco más sobre ese remedo de silencio enquistado, me dice al oído que quisiera quitarse esas marcas y la abrazo como puedo, tiene la espalda tan ancha que fallo en mis ganas de contenerla. Todos los cuerpos en ese espacio tiempo de la Avenida de Mayo estallada en arco iris comparten algo de vulnerabilidad, sino la marcha no sería tan catártica. Todos y todas sabemos que la disidencia importa unos cuantos rechazos, aun en las historias más sencillas; sino porqué tanta necesidad de autoafirmación. Compartida, la fragilidad se vuelve potencia, se vuelve deseo y el deseo mueve hasta el curso de la rotación de la Tierra. Porque somos débiles caemos con facilidad en otros brazos que nos cobijan, porque tenemos estas cicatrices no hay miedo en exhibir las pieles en este espacio tiempo del recreo combativo, porque atravesamos el dolor y lo convertimos en goce es que existe la fiesta y puede volverse juego con la misma apertura y otra vez, la misma vulnerabilidad, con que se vive en la primera infancia, antes de ser modelados y modeladas según el gusto de la cultura patriarcal en la que vivimos, respiramos y nos asfixiamos, donde a cada quien le toca un lugar en el modo de producción y reproducción de la vida y sus supuestas reglas de convivencia; como en la infancia antes de que a los nenes les pregunten si tienen novia y a las nenas si tienen novio. Pero aunque los hay, no somos niños y niñas; somos la nota disruptiva, la arruga en el mantel que tiende la heterosexualidad obligatoria y sus corporalidades correctas: somos la mancha de vino en la camisa recién planchada. Nos imponemos visibles y generamos una contracorriente de circulación de los goces y los afectos, mellamos la atmósfera que no queremos respirar, taladramos con nuestra existencia puesta en acto y en la calle, todos los goces, todos los placeres, incluso los que todavía no sabemos que existen pero rozamos, con la punta de los dedos, ahí están, dispuestos a ser asaltados, apropiados, inventados.

 

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Alguien me apunta mientras escribo el comentario de un transeúnte: “Disfruten porque les queda poco, hasta el 10 de diciembre, después se acaba”. La sentencia generó furia pero hacía referencia también a otra consigna que no estuvo anotada en ningún consenso pero se impuso: “Amor sí, Macri no” y cerró el acto a puro grito, esa “politización”, como si todo lo demás no lo fuera, se hizo reactiva para unxspocxs y carne para la mayoría ¿cómo no expresarse frente al ballotage inminente? En cada esquina se intervinieron carteles mostrando el voto en contra a la ley de matrimonio igualitario, en contra de la ley de fertilidad asistida, mudo en la ley de Identidad de género de la vicepresidenta de la fórmula Mauricio Macri  -Gabriela Michetti y de las muchas declaraciones que ahora enmascara el Jefe de Gobierno con aspiraciones presidenciales sobre la homosexualidad como enfermedad y el horror de tener una hija o un hijo que no suscriba la norma. Amor, sí, de todos modos, desbordaba el destino binario de los votos tanto como las corporalidades que el sábado estuvieron en danza desafiando la existencia tranquila de dos modos de ser, varón o mujer, con los genitales bien puestos. Amor sí se expandió como modo de protección de los unos con las otras, las otras con los unos y todas las combinaciones posibles que pueden hacerse forzando el lenguaje para que nadie quede afuera. De ese amor se habla y como en ningún otro lugar tiene un privilegio particular en esta marcha. Porque quienes estuvieron ahí el sábado saben que no hay un modo de ser que está recortado de los otros, que formamos parte de la misma trama y que más que inclusión lo que se requiere es la conciencia de que formamos parte de la misma trama, todos y todas hilos que se tejen y que hasta los que están en el centro son afectados por aquellos que se tensan desde los bordes. Una amiga me manda un texto escrito por John Jordan, artista y activista que motorizó las movilizaciones anticapitalistas en Londres, antes del cambio de siglo. Lo leo y siento que me habla al oído. Rescato un fragmento: “Y cuando hablo de amor no hablo de las nociones autocentradas de amor romántico que funcionan como un asunto de negocios, como un intercambio entre dos personas: sino del amor como un regalo colectivo, una extensión del yo para arropar al otro(…). Elegir el amor es ir en contra de los valores culturales predominantes que ven en cada esquina la guerra hobbesiana de todos contra todos, es rechazar que la competición sea la divisa de las relaciones humanas”. La marcha del Orgullo, este año eligió el amor, así, en estos términos, como todos los años. Pero también eligió decir “no”, a una figura concreta, a un candidato concreto. Porque así como nadie olvida nada, tampoco nadie quiere perder nada. Y no es miedo, es determinación.

 

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¿Qué queda de la fiesta cuando ya se ha apagado hasta el eco de la música que resuena en los oídos hasta mucho después de silenciado el emisor? ¿Qué queda cuando el lunes se despeja y ya viajar en el subte no admite de la misma manera el atuendo multicolor ni sea posible pasearse semidesnuda por la Avenida de Mayo? Queda esto que somos transformado por aquello que podemos ser, queda el llamado de la manada, ese aullido de loba que sustrae de la rutina y señala una pertenencia que hace posible la visibilidad, ese activismo cotidiano y tantas veces agotador que hace la diferencia, cada día, todos los días en cualquier lado. Queda la mancha de vino en la camisa bien planchada para el trabajo, tan indeleble como una cicatriz, orgullosa marca de pertenencia a eso que no es lo normal. Que afortunadamente, no es lo normal.

 


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