Contra todos los pronósticos, el PRO dio el batacazo. Flexible y pragmático, se constituyó como una renovación de la centro derecha, valorizando la práctica política pero resistiendo cualquier cercanía con los partidos clásicos. Convocó outsiders, empresarios, gente de ONG’s y de los think tanks liberales entusiasmados por “el sentido común para la política de Mauricio”. Ayer, en el búnker, hasta las mujeres con taco aguja se sumaron al pogo. Con vistas al balotaje, Macri pidió integrar a cualquiera que esté dispuesto a meterse de lleno entre los globos: hasta nombró a Nicolás del Caño, “la izquierda que lucha por la equidad”.



Hace más diez años Mauricio Macri se propuso fundar un nuevo partido. No era una misión fácil en la Argentina, por su historia pasada, ni por su historia reciente. Pero algo había: un clima, un ethos de época, el deseo de un tipo de cambio. Son las ideas que hoy, a horas de que termine la votación, mientras se esperan los resultados circulan en este salón en Costa Salguero: que los argentinos merecen otra Argentina, que sólo es cuestión de “tirar para arriba”, “pensar distinto”, trabajar con humildad y en equipo. Ahora, para sorpresa de todos, esa “revolución de felicidad” ya no es más un deseo de futuro. Está ahí, a la vuelta de la esquina. Eso sienten las personas que van llegando al bunker de Cambiemos. Los que vienen a festejar la llegada al Balotaje y se encuentran con esos rumores que hasta hace pocas horas parecían imposibles: el arrebato al peronismo de la Provincia de Buenos Aires, una diferencia de dos puntos con el candidato del Frente para la Victoria, Daniel Scioli.

 

Cuando en unas pocas horas los primeros cómputos oficiales confirmen esas tendencias, se hablará de un terremoto, y acá habrá sólo euforia. Mauricio Macri se jactará de haber cambiado a la política argentina y los militantes del PRO cantarán “Vidal Gobernadora”, sabiendo que se trata de una realidad. Pero ahora, apenas pasadas las siete, nadie se anima a pensar en ese escenario. Lo que todos festejan es lo que anuncia la pantalla central del bunker de Cambiemos: #Haybalotaje. El primero de la historia argentina.

 

Quienes se dedicaron a estudiarlo, lo explican con claridad: el PRO es otro hijo del 2001. Cuando la política sacó al país de la crisis y el caos, ese mensaje se expandió también entre las clases medias y medias altas. Así varios se fueron animando, arrimando.  

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—La política me daba miedo, como a todo el mundo. Me fui enganchando muy de a poco, porque yo tenía mi carrera como ingeniero y no la quería poner en juego. Pero acá encontré gente honesta y capaz – dice Daniel, un asesor de la Fundación Pensar, mientras muestra a las cámaras de televisión un papel impreso en hoja A4. Se titula “La Nueva política PRO” y tiene un lema: “Transformá tu queja en acción y al inconformista que hay en vos en protagonista del cambio”. Daniel sigue: “El PRO es muy abierto, a veces demasiado, también eso puede ser un poco peligroso porque invita a trabajar a todo el que quiera venir, no importa si es el Momo Venegas o el rabino Bergman. Eso hace que no podamos tener una ideología”.    

 

No se siente incómodo ni contradictorio al decir eso, porque en ese decir despojado hay una decisión. El PRO se quiere a sí mismo flexible y pragmático. Un partido postideológico, basado en el voluntarismo y no ya en La Voluntad. Daniel es un ejemplo del emprendedor PRO, alguien que busca sumar a esos que “están tapados de compromisos laborales, académicos y familiares y no hacen por su país, más que votar”. 

 

¿Preferirías que algunos de esos dirigentes no estén?

 

—No. Justamente —responde, como sintiéndose incomprendido—. Ese es nuestro principio, el de la libertad. Así vamos a alcanzar al país del potencial infinito. No debería ser tan difícil, pero no lo conseguimos porque la calidad de nuestros políticos es muy mala.

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La dinámica del bunker es similar a la de un cumpleaños de quince. Las luces se alternan creando distintos climas. Las secuencias se suceden prolijamente: hay una recepción, una primera ronda de comida, una tanda de baile, un discurso. El catering es abundante, pero sencillo, un menú criollo de pizza y empanadas, que se completa con la opción de dos food tracks, en las afueras del salón.  

 

La opción PRO, nacho con cheddar, es el más pedido entre los jóvenes que rodean a Piter Robledo. El joven macrista está más convencido que nunca del futuro triunfo presidencial: “Éramos los ’90, los neoliberales, unos globos sin ideas, que no entendíamos nada y ahora estamos disputando el poder al peronismo. Los grandes perdedores en todo esto son los formadores de Opinión Pública. Clarín hace 25 tapas que lo muestra a Cambiemos como un fracaso”, se queja.

 

Es una idea que se repite en este bunker, que el enemigo del PRO fueron los prejuicios y que estos resultados son una “reparación histórica”, la muestra de que esos preconceptos eran de los políticos y no de la gente, con quienes dicen poder comunicarse de “manera directa” . “Fueron años de lidiar con acusaciones, que no teníamos equipos, que no sabíamos hacer política. Por suerte no hay duda de que el cambio somos nosotros y que la gente quiere eso. A esa idea de cambio vamos a apostar en esta nueva etapa”, agrega con cierto histrionismo, la diputada Paula Bertol, antes de volver a las pistas. 

 

La música no para un minuto y es toda festiva: Elvis Costello, Ricky Martin, los Fabulosos Cadillacs. Dos parejas de la “comuna 12”, del barrio de Saavedra, disfrutan de su primer acto político. Visten de amarillo, para estar a tono, y bailan con energía el Tutá, Tutá de los Auténticos decadentes. Hace unas semanas, una amiga del PRO los invitó a participar de una reunión para convencer a indecisos. Fueron ocho y debatieron durante dos horas “sobre los planes de salud, de urbanización de villas, de seguridad”. Cuentan eso, pero aclaran rápido: no fueron las ideas las que los convencieron,  fueron las personas. 

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—La verdad es que no conozco tanto de las propuestas. A mí me gusta la gente del PRO. Me encanta Rodríguez Larreta, es sencillo, simpático, carismático, se acerca a hablar con los vecinos a las confiterías -dice María José, administrativa judicial. Para ella, estar hoy acá no es un gesto militante. Esa palabra le resulta lejana y hasta hostil. Habla de un mundo que no le pertenece. Para ella, venir es un modo de  “acercarse”, de continuar con “ese contacto real”.

 

Tampoco a Griselda le gusta llamarse militante porque, aclara, su vida “no depende del PRO”, y porque lo que hace lo hace a modo de agradecimiento, “con Dios y con Macri, que me dio trabajo”. Griselda está feliz porque es salteña y Gerardo Morales ganó en la Provincia de Jujuy donde estudian sus hijos. Y está ronca porque hace dos días que no para de llamar a los vecinos de la Ciudad de Buenos Aires desde el Call center que –cuenta- el PRO instaló en el Ministerio de salud porteño, donde es secretaria. “Hicimos muchísimos llamados, desde la campaña de Rodríguez Larreta estamos con esto”, confiesa sin ver allí un uso discrecional de lo público.

 

Los dirigentes del PRO parecen conocer ese deseo de contacto del que habla María José, porque a cada rato, se escapan de los centros de cómputos y se entregan a los saludos y las selfies. No todos salen y no todos convocan del mismo modo: Santilli y Rodríguez Larreta son, sin duda, dos de los preferidos. Parecen ser también los que más gozan de esa cercanía. Se los ve felices, la sonrisa amplia, el abrazo confiado.  

 

Vidal y Michetti, en cambio, prefieren el protagonismo del escenario. Salieron juntas, por primera vez, cerca de las nueve. Vidal enfocó la vista en la cámara, se dirigió a un “vos” imaginario y sugirió con sutileza, que algo bueno podía pasar en “ese lugar imposible”, en el conurbano. Michetti prefirió usar la metáfora de una “luz que guía”.

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El PRO se constituyó como una renovación de la centro derecha capaz de valorizar a la práctica política, pero resistiendo cualquier cercanía con los partidos tradicionales. Por consejo del gurú ecuatoriano, Jaime Durán Barba, su objetivo fue crear un espacio que represente “la novedad” ante la vieja política. Y aunque muchos de sus dirigentes venían de tradiciones ya definidas, el PRO tuvo como premisa sumar outsiders, gente suelta del mundo empresario, de las ONG’s, de los think tanks liberales. Eso hasta este año, cuando en la búsqueda de ser una fuerza con peso nacional, Macri se alió a dos fuertes críticos del PRO, Ernesto Sanz y Elisa Carrió.

 

Ahora, a la luz de los rumores que corren, de los números cada vez más ajustados con el FPV, esa decisión aparece para todos como la más acertada. Para las segundas líneas radicales porque, a pesar de su escaso protagonismo en el triunfo, la alianza les permitió retener una serie de intendencias y hoy especulan con la conformación de un gobierno que no sea solo PRO. Para el macrismo, porque esa unidad le permitió fortalecer a Macri como un líder “con amplitud y capacidad de diálogo”.

 

—Esto es como el comunismo, pero en el buen sentido —dice sin ironía, un trabajador del Ministerio de Justicia de la ciudad.

 

Fue al bunker con su compañero de trabajo, ambos militantes del PRO desde sus orígenes. Los entusiasma “el sentido común para la política” de Mauricio Macri, su capacidad de armar un partido capaz de convocarlos a ellos, “los profesionales”. Confían tanto en la renovación del PRO, que no les inquieta ni las recientes denuncias de corrupción, ni el creciente peso de figuras que, como Patricia Bullrich, deambularon aquí y allá. “Necesitás personas con experiencia. Si alguien es profesional en algo, eso es valioso. Es como un médico, te toca rotar en un hospital y después en otro”, agrega mientras intenta alcanzar una empanada entre la multitud que se abalanza sobre las bandejas.

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Eso también dirá Macri en unas horas, cuando el clima triunfalista sea total y los globos celeste y blanco que cuelgan del techo, vuelen por el aire junto a los papelitos, y hasta las mujeres con taco aguja se sumen al pogo, como solo se ve en los casamientos. Dirá que él creció y aprendió del contacto con otros dirigentes y pedirá los votos de Margarita Stolbizer, Sergio Massa y hasta de Nicolás del Caño, de “esa izquierda que lucha por la equidad”.

 

También reconocerá la bandera de los trabajadores que ha levantado el peronismo, y la gente aplaudirá con la misma fuerza que a sus aliados radicales, aunque muchos crean allí que el peronismo “solo tira para abajo”. Esa es parte de la generosidad PRO: no limitarse ante los orígenes, sumar a cualquiera que esté dispuesto a meterse de lleno entre los globos, mientras deje de lado viejas escarapelas. 

 

La relación de Macri con el peronismo fue compleja desde siempre. Hoy vuelve a ser una intriga ante un balotaje en el que los dos candidatos necesitan apropiarse de los votos de Sergio Massa. Durante años, el ex presidente de Boca Juniors mantuvo un rechazo a cualquier acuerdo. Más tarde, coqueteó con la idea de un acercamiento en los inicios de su armado electoral, pero finalmente sólo se quedó con Carlos Reutemann y rechazó de cuajo cualquier interna con Massa. Al final de la campaña, cuando algunos empezaban a hablar del paso de “un bipartidismo a una democracia peronista”, Macri se acercó nuevamente, pero ya no a un peronismo real, sino a un peronismo como cita del pasado. En un gesto desconcertante para varios, inauguró una estatua de Perón, junto a Hugo Moyano y Eduardo Duhalde.

 

Ahora mismo, en este bunker a punto de explotar, empiezan a correr las primeras especulaciones. Algunos se muestran tranquilos con la idea de que el voto de Massa es más opositor que peronista, y otros apuestan a la habilidad de diálogo de su dirigente para negociaciones futuras. Pero para eso, todavía falta. Queda por delante toda una noche de festejos, la alegría compartido por haber logrado este segundo lugar que, todos confían, es el camino seguro a la Presidencia.


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