En la ría de Vigo, más de dos mil mujeres faenan mariscos. Cuando baja la marea, se encorvan y arañan los lechos en busca de almejas y ostras como si fueran pepitas de oro. Casadas con pescadores y hombres que viven la mitad de sus vidas en el mar, prefieren trabajar en la costa que limpiar casas en la ciudad. Mujeres de manos callosas y espaldas con lumbalgia, organizadas para enfrentar a las mafias de intermediarios y compradores.



Más de dos mil mujeres faenan, mariscando, en la ría de Vigo. El fruto es, sobre todo, el croque o berberecho y la almeja con todos sus sabrosos travestismos: fina, babosa, japonesa, rubia, bicuda. Y también navaja, carneiro, reló, zamburiñas, ostras, ostión… Tribus de moluscos que se ocultan o mimetizan en los fondos cuando el mar se repliega. Y entonces llegan ellas para arañar o cavar en el lecho, con sus pequeños rastrillos o con azadas.

 

Calladas, encorvadas hacia la arena, moviendo enérgicamente los brazos a contrarreloj, la mirada concentrada como si cada bivalvo fuera un pequeño grano de oro.


La luna es la diosa. Cuando la luna se llena con cara feliz de madre clueca, como un melocotón en almíbar, se abren como nunca las carnes de la ría, mareas bajísimas, y el arenal se ofrece como una bandeja promisoria para las madres del mar. Las mareas milagrosas son en tiempo de plenilunios de Pascua (Ramos y Ceniza), y también son buenas las de San Martiño, que era amigo de los astros. Hay un libro de ancestros ahí arriba, en la bóveda de la ría, en el que las madres leen con la exactitud de una tabla de mareas.


Hay días, como hoy, en que la diosa luna anda huida. Al amanecer, por la boca de la ría, cabalgando sobre las islas Cíes, han entrado jinetes oscuros, nubarrones tremendos, que ponen el mar del revés e inyectan hasta el tuétano de los huesos una humedad antigua, de líquenes y reuma. Ellas han bajado igual.


Las de Moaña son seiscientas. Las madres del mar mejor organizadas. Faenan todo el año porque han puesto fin al imperio de los intermediarios, se han marcado cuotas, evitan la esquilmación y siembran y cultivan el mar como un labradío de común. Vienen del litoral pero también, en grupos parroquiales, de las aldeas de los montes del Morrazo: Berducedo, O Cruceiro, Abelendo, Domaio, Meira, O Caero, O Latón, O con. Bajo la tormenta, por caminos de anfibios, con las ropas de agua y los pertrechos, envueltas en jirones de niebla, parecen extras de una película de ciencia-ficción.


Pero son tan reales que traen la casa a cuestas.

 

Carmen Otero, por ejemplo, ha venido desde Barbucedo. Anda por los cuarenta y pico. Su marido trabaja de peón. Le pagan poco. Carmen se ha levantado a la hora de la lechuza, cuando Vigo, la urbe atlántica, varada allá enfrente, parece aún la Gran Nave Galáctica de las Almas en Pena, una Santa Compaña de fluorescencias y neón. Después de rastrillar los campos marinos, con sus croques y almejas, se irá a labrar la tierra del maíz, con la ayuda de su burro Rubio, compañero de fatigas agrícolas desde hace siete años. No tiene tiempo para hablar. Cuando termina el pesaje, sale a paso apurado hacia la aldea.


-¿Entrevista? ¿Por qué no entrevistas a la princesa Lady Di?


-Me gusta más usted.


-Mira, neniño, no estoy para charlas. Tengo que trabajar la tierra, alimentar a los animales, hacer la comida…


-¿Qué va a hacer de comer?


-Pollo. Pollo y patatas.


-¿El pollo es de casa?


-¡Claro!


-¿Lo mató usted?


-No. Yo no soy capaz. Me da pena. También los corderos me dan pena. Lo mató mi hijo. Le hace un corte aquí, por el cuello, y ya está… Además, ¿a quién le importa quién mató el pollo?


-¿Comen marisco?


-Croques sí. Almejas, no. Con lo que te dan  por un kilo de almejas puedes comprar cosas más necesarias.
Miro sus orejas agujereadas, el lugar de los pendientes. No sé por qué, pregunto: ¿Hay algún regalo que recuerde con especial cariño?


-Nunca me han regalado nada, ¿terminamos?


-Espere. Sólo una pregunta. ¿Le cuenta cuentos a su nieta para dormirla?


(¡Bien! He conseguido que sonría y le brillen los ojos).


-No. Es ella quien me los cuenta a mí y me duerme. Tiene cinco años. Se llama Duvinila…

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También cuida de una nieta, Amelia, de A Paradela, un lugar bajo el monte Agudelo. La visión de la niña, peinarla, le hace feliz. Es la cría de una de sus tres hijas. La tuvo de soltera. “Mejor así, en casa”, dice con su mirada azulada, como si le aliviase saberla libre de un destino no querido. Y en la aldea ha dejado “desayunado” un pequeño mundo animal: dos terneros, un burro, dos cerdos, gallinas y ovejas. El marido está embarcado. Por las Malvinas, antes. Ahora, por el Mar de la Plata.


Es el caso de muchas de ellas. Casadas con pescadores, con hombres del mar. Algunos cerca, en la árdora, en la bajura. Otros, a cientos o miles de millas. En el Banco Sahariano, en el Gran Sol, en Terranova, en las Malvinas, en el Índico. Adiós, un beso, hasta dentro de cinco meses. En fin, para qué contar.

 

 

Las lumbalgias. Ésa es la dolencia más frecuente, dicen los médicos. Ellas lo expresan, sin quejarse, echando las manos a la espalda. Hay otra, un eufemismo, “los nervios”. Evitar que los nervios se metan en la cabeza, ése es el desafío cuando la vida se presenta en forma de alimaña y enseña los dientes.


La lumbalgia puede ser también una metáfora. He visto radiografías de la columna de mujeres mayores que arrancaron sobre la cabeza pesos de hasta ochenta kilos. Las cervicales parecían nudos de un castaño centenario. Sus espaldas han soportado el peso del mundo.


Así deben de ser las vértebras de María. María Collazo, de sesenta y tres años, comparte el marisqueo con el cultivo de flores para vender. De los berberechos y la almeja se va a ala margarita reina, las cinias, las dalias y las siemprevivas. “Cuando rastrillo en la playa o rareo en la hierba, pienso mucho en lo que fue mi vida. Y tengo ganas de descansar”. Viuda, tiene todavía un hijo a su cargo. “Es bueno, pero a veces le vienen rarezas a la cabeza, dicen que es porque se tragó el parto antes de nacer”. María tiene una pierna de palo, por una gangrena de la infancia. “En casa tengo una ortopédica, pero no me da gracia al andar”. Esta que lleva es de madera de nogal. Se la hizo un carpintero de Tirán. “También mi hijo sabe hacerlas, es muy mañoso para todo. ¡Ay, si no tuviera esas rarezas!”.

 

Ahora, viéndolas inclinarse bajo la tormenta, sigue dando la impresión de que si estas mujeres desfalleciesen todo el universo de la ría se haría añicos como una fuente de porcelana. Fueron ellas, en Moaña como en otras partes de las Rías Baixas, las que hicieron frente a la meiga azul, a la heroína, que embrujó a tantos jóvenes. Es vital su salario neolítico, arrancando a la mar y la tierra. Y las que tienen el hombre en el mar tratan de tejer los lazos afectivas, sosteniendo los hilos macho y hambre, de padre y madre.


Alicia notó los dolores del primer parto cuando mariscaba en esta playa de Moaña, a las 9.30 de la mañana. Su marido, marinero de la mercante, pudo volver cuando el niño daba ya los primeros pasos. Ella se había casado a los dieciséis años. El banquete, para quince familiares, fue un caldo de tocino. No hubo foto de boda. A la mañana siguiente se fueron a la ribera, a mariscar. Alicia fue guardando su parte para pagar la cama de matrimonio. Sabía lo que era el trabajo. Había ido seis meses a la escuela y de noche. Jornadas interminables en fábricas de conservas. Descargas en el Berbés de Vigo, con la patela (cesta grande), a la cabeza. Cuando aquella primera larga ausencia del marido, con el primer hijo dentro, reparó horrorizada en que no tenía ninguna foto suya. Fueron veintidós meses. “Pasaba las noches recordando sus rasgos, imaginando su cara”. En aquella experiencia, aprendió algunas cosas decisivas. “En la casa de los marineros, debe estar bien visible la foto del padre. Las madres deben enseñarles a los hijos el rostro del padre, hablarles de la dureza de su trabajo, que sepan lo que cuesta ganar el dinero. Y las madres tampoco deben meter en su cama a los críos, porque si lo hacen los pequeños verán en el padre a un intruso, alguien que llega y los expulsa del calor de la madre”.

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Alicia Rodríguez tiene ahora cincuenta y un años, cuatro hijos y cuatro nietos. Es cabeza y alma en la organización de las mariscadoras de Moaña. Podría hacer también de portavoz de los trabajadores del mar. Navegó en ocasiones con su marido y sabe lo que es de verdad un temporal. “Se escoraba el barco y te decían “cuenta hasta seis segundos, si no se endereza, nos hundimos”. Sus meses de escuela nocturna los ha suplido con una permanente ansia por saber. Asiste a todos los cursos para gente del mar, el último de radiotelefonista. Hasta hace unos pocos años, los frutos de la ría eran monopolio de unos pocos compradores, y lo sigue siendo en otras partes de Galicia. El primero de octubre se abría la temporada, bajaban familias enteras a la ribera, miles de personas que vivían la ficción de llenar sacas de berberechos. Los precios eran de risa. A los pocos días, ya no quedaba nada que rastrear.


“Había una mafia y la tiramos abajo”, dice Alicia, que combina la dulzura de los sentidos con una firmeza granítica.
Costó sangre, sudor y lágrimas. Los conflictos en la ría no son una broma. Alicia recuerda perfectamente el día en que decidieron hacer frente a aquella gente. Había un tratante de chaquetas de cuero y anillo de oro macizo.

 

Decía: “A ti te compro, a ti no te compro…”. Ella le dijo: “No abuses tanto”. Él echó una carcajada: “¡Esta tonta de qué va”. Aquella frase surtió el efecto de una capanada de ira justiciera en su cabeza. Al año siguiente, las mariscadoras se conjugaron. Ni una palabra, ni siquiera en casa.  Cuando llego el primero de octubre, dijeron a los compradores: “Nada de mangoneos. A cotizar en lonja, libremente”. Fue la guerra. Amenazas. Zarandeos. Presiones de todo tipo, con políticos del poder conservador por medio. Alicia perdió kilos. Pero las mujeres, las madres del mar, ganaron la batalla del amor propio. “Que nadie nos pisotee. Se acabó”.

 

Luego vino el resto. Las largas vigilias de vigilancia en las playas. La limpieza y siembra de los arenales. La distribución de cuotas para que seiscientas mujeres, durante todo el año, pudieran tener unos ingresos permanentes. Influir en el mercado: ajustar las capturas según los precios. El sueño siguiente, la utopía que les ronda, es una cooperativa y poder comercializar los propios productos.


En realidad, la ría está llena de heroínas, más anónimas si cabe dentro del traje de aguas, absolutamente indiferentes a toda vanidad mediática. Una foto, una pregunta periodística,no valen un berberecho. Y el mar no para. Va y viene, abre su vientre nutricio y lo cierra implacable.


La historia de Rosa Peréz, cuarenta y siete años, no es antigua, es de ahora, pero parece un cuento de Dickens. A la edad de jugar con las muñecas, Rosa trabajaba en una cordelería en jornadas de tantas horas como años tenía: diez. Y ése era el suelo: diez pesetas. A los doce años cambio de empleo: una fábrica de conservas. Se hizo moza, en los tiempos de la yenka, de Adamo y el Dúo Dinámico. Pero también en la época de las excursiones que acababan en conclaves clandestinos en bosques y playas, donde alumbraba el rechazo a la dictadura de franco. La península del Morrazo fue siempre tierra indómita y Rosa era de esa estirpe. “Yo era rebelde”. Se casó a los veintitrés años. Dos hijas muy seguidas. Se separó de su marido  y tuvo que sacar sola adelante a su camada. Y lo consiguió. “Fue duro, no estaba bien visto en aquel tiempo que te separaras”. Llego a trabajar en las obras, conduciendo una hormigonera.


Rosa, desde la infancia, nunca dejo de ir a mariscar a la ribera cuando llegaba la temporada.


“Es un recurso pero también es algo que te engancha. Hubo un tiempo en que estaba visto como cosa de los muy pobres. Pero ahora, cuando ha pasado el espejismo de las vacas gordas, ha recobrado valor. A las mujeres les estima. Es tu cosecha. La ría es como una madre que nos protege”. María Olivia, de treinta y cuatro años, huérfana de un pescador que naufragó en el Cabo de Home, lo tiene claro: “Prefiero cien veces la ría que ir de criada a Vigo”. Amalia, de veintisiete años, es lectora de Tolkien (El señor de los anillos) e hizo salto de altura y atletismo. La ría es ahora para ella el espacio de una maratón interminable.

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Hay ancianas que miran por la ventana a la ribera y sienten punzadas de nostalgia.


La madre de O`Caramuxo, una de ellas. Le enseño a coger el longueirón (especie de navaja), un arte muy difícil. Hay que ir pisando fuerte en la arena, distinguir un minúsculo agujero que se abre y, como el rayo, meter a modo de horquilla los dedos índice y corazón. O`Caramuxo es capaz de capturar 300 longueirones. Ha habido auténticos fenómenos en la ría, como Lolo da Viuda, Lolo de Paz o Luis de Maxímo, que cogían hasta mil, pero eso pasó cuando el mundo era mundo. Ahora hay algunos hombres, muy pocos, mariscando a pie. Pepe O`Caramuxo es uno de ellos. Un personaje fascinante, propio de una onvencion de don Álvaro Cunqueiro. Además de mariscador y gran pescador de fanecas y calamares, O´Caramuxo es propietario de once millones de abejas (ciento tres colmenas) que producen miel con sabor a mar, capador de cerdos, cantador de bingo en la Cofradía de Pescadores, constructor de su propia casa (“Llevo nueve años haciéndola”) y compositor de las letras sátiras que todo  el pueblo de Moaña tararea en carnaval. ¡Quien fuera O`Caramuxo! La descripción que hace este hombre de cómo se pilla un longueirón, de la vida de las abejas (“Si entra un ratón en la colmena lo matan y lo embalsaman para que no pudra”) o de cómo se canta el bingo (¡La pareja de la Guardia Civil! ¡El 55!) Revela un ingenio envidiable.


-Oye, Pepe- le dice un vecino – el otro día me picó una de tus abejas.


-¿Cómo lo sabes? ¿Le miraste la matrícula!


Es un contador de historias nato. Le han querido llevar de candidato todos los partidos. Pero nada. La ría es su reino. Las mariscadoras, las mejores compañeras que un hombre puede desear. Cuando busca en la arena, vuelve a ser el niño que oye la voz de la madre que le susurra: “Ahí hay oro”.


El oro humilde que la diosa luna siembra cada año en  el mar.


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