El escritor Félix Bruzzone redacta una carta a sus padres desaparecidos, y a sus hijos. “No se tomen todo esto demasiado en serio. Si de algo estoy cansado es de la lástima y de la seriedad. Son cosas serias, sí, y dan mucha pena, pero se pueden ver con cierta gracia”, dice.



Fotos: Archivo Félix Bruzzone.

 

Queridos padres:

 

¿Cómo están? ¡Hace casi 40 años que no sé nada de ustedes! Cuando desaparecieron se dijo así, que estaban “desaparecidos”. ¡Pero eso ya lo sabíamos! Las soluciones tautológicas son buenas para hacer humor pavote, que es el que más me gusta. Pero sus desapariciones eran un caso más serio. ¿Ustedes qué piensan? Aprovecho y les cuento un chiste pavote:

 

Una cuchara se cruza con un tenedor. “¡Chau cuchara! -saluda el tenedor.” La cuchara sigue caminando. El tenedor la vuelve a saludar: “¡Chau cuchara!” La cuchara, nada. Después del tercer intento el tenedor se resigna y se dice: “Peeero, parece que no escuchara.”

 

Retomo, queridos. Se imaginarán que para mí, que también nací hace casi 40 años, y para todos, hubiera sido lindo que no desaparecieran así.  Hubo muchos desaparecidos que reaparecieron. Y como no se sabe todo lo que pasó, la verdad es que la esperanza nunca se pierde. Nosotros recién a los 30 años de que ustedes desaparecieran empezamos a saber algunas pequeñas cosas. Como si solo después de todo ese tiempo alguien hubiera escuchado lo que pedíamos, que era simplemente eso: saber algo. ¿No les parece increíble? Paciencia de tenedores. Orejas de cucharas. Acá en la familia algo sospechábamos, se imaginarán. Pero una cosa es sospechar y otra tener alguna prueba.

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De vos, mamá, casi nada: solo que una chica uruguaya te vio en el baño de uno de los centros clandestinos de detención que en 1976 había en Campo de Mayo. No eras la que limpiaba el baño. Ni habías llegado ahí de casualidad o con ganas de hacer pis. Estabas encapuchada, y bastante maltrecha. Después bueno, qué se yo. ¿Habrás salido? A la chica uruguaya que te vio en el baño un día se la llevó un militar a su casa, la hizo su mujer varios meses y después la liberó, le prometió cosas, algunas cumplió, otras no. Ella después olvidó todo y después, mucho después, de a poco, recuperó la memoria, dio testimonio… Digo: capaz que a vos te pasó algo parecido y solo te faltó la parte de recuperar la memoria. O capaz que estás… no sé, en Mongolia. Muchas veces se dijo que los desaparecidos estaban en Europa. A mí, no sé por qué, Mongolia me suena un poco más.

 

¿Sabías que en Marruecos hubo durante casi 20 años una cárcel clandestina con gente presa? Se llamaba Tazmamart. “He estado muerto 18 años en el infierno de Tazmamart” dijo el subteniente Ahmed Marzuki cuando lo soltaron. “Intentaron devolvernos el aspecto humano, pero algunos ya caminaban en cuatro patas”, se lamentaba después de un tiempo de haber salido. Imaginate una cárcel como esa pero acá, en algún sótano de Tres de Febrero, José C. Paz. No lo veo tan descabellado. Si lo hicieron los feudalistas marroquíes bien podrían haberlo hecho los militares argentinos. Acá ya irían por el doble de años que en Tazmamart pero bueno, podría ser. De hecho, si junto con ustedes los militares me hubieran llevado a mí, lo más probable sería que yo ahora en lugar de estar escribiendo esta carta estuviera en esa rara cárcel que debe ser la de vivir en una familia extraña sin saberlo. Quizá no camine en cuatro patas. Pero bien podría ser una especie de perro.

 

Pasaron cosas muy raras, la verdad, y siguen pasando, y las preguntas están ahí: ¿habrás quedado en libertad, medio perdida, habrás tenido otros hijos?, ¿habrás cambiado mucho, habrás cambiado de familia muchas veces, de amores, de sexo? No hace falta que se haga de noche para hacerse esas preguntas, saltan de abajo de cualquier baldosa. Además, a la noche, últimamente, trato de mirar películas, o esperar hasta que llegue el juego de la palabra, donde todos llaman para adivinar la palabra que forman varias letras sueltas,  adivinarla y entonces sí, irme a dormir tranquilo.

 

De vos, papá, en cambio, sé un poquito más: te vieron siendo asesinado en el Campo de La Ribera, Córdoba. Dicen que para asesinarte primero te colgaron de un árbol, cabeza abajo; te golpearon, te picanearon y te plancharon la cara hasta el hueso. Te plancharon con una plancha. Después te estaquearon al sol y así te moriste, nomás, al sol. ¿Será así? El represor Pedro Vergez lo desmiente . ¿Pero te cuento algo? Desde que me enteré lo de la plancha en tu cara me pareció entender por qué nunca plancho la ropa. En casa hay una plancha, ¿sabés?, pero nunca la encuentro. Y tampoco pude nunca flotar haciendo la plancha en el agua. Nunca. Dicen que es porque soy muy flaco y me falta grasa que me haga flotar. Una explicación fisiológica siempre viene bien, cuando existe. Pero entonces me pregunto: ¿por qué será que soy tan flaco, pellejudo y sin grasa? ¿Vos eras así? ¿Y a los 40 años, que es lo que importa, porque yo ya voy para los 40, habrías sido así como yo, sin una mínima pancita cervecera?

 

Me animo a escribirles porque como no sé dónde están quizá todo lo que se dice de ustedes sea mentira y bueno, capaz que justo hoy leen Anfibia y se llevan una linda sorpresa. Hay que insistir. El ajedrecista Miguel Najdorf hizo algo parecido para dar noticias de su existencia a su familia polaca perdida en el holocausto. Armó unas partidas simultáneas a ciegas contra 45 tableros en Sao Paulo. Lo hizo para batir el record de la época, ser noticia mundial y que algún sobreviviente de la familia supiera de él. Y fue así: batió el récord y se hizo famoso. Pero sus parientes estaban todos muertos. Igual el intento había que hacerlo, ¿no? Najdorf era un genio del ajedrez y un genio de la vida. Hacer eso para contactar a su familia, un crack. Lo mío es mucho más módico. Y en el ajedrez ni hablar. Modestísimo. Escribo esto justo el día en que empieza el torneo de candidatos a la corona mundial de ajedrez. Ojalá a la final llegue Fabiano Caruana, y ojalá Fabiano Caruana llegue algún día a campeón mundial. Un italiano campeón mundial de ajedrez sería algo de gran importancia para la civilización occidental. Ítalo-norteamericano, en realidad, como Rocky Balboa. A veces pienso que a este mundo le faltan algunos Rockys Balboas.

 

Y en la vida… Bueno, se hace lo que se puede. Tengo tres hijos, por ejemplo, en la vida (tres nietos de ustedes, sí), me pareció bien incluirlos en esta carta. Después de todo, ellos seguro que van a poder leerla. Así que esta carta es también para ustedes, mis pequeños.

 

Por ejemplo a vos, Valentino, te voy a contar algo: ¿sabés cuál fue la primera pregunta que hiciste sobre tus abuelos desaparecidos? Te lo recuerdo, preguntaste: “¿Y dónde están?”.

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En ese momento apenas hablabas. Supongo que ahora, que tenés diez años, entendés que fue una pregunta importante. Porque… ¡Es lo que nos preguntamos todos! Desde ese día (en realidad, desde mucho antes, pero desde ese día muy especialmente) me preocupé por tratar de decirte algo, una respuesta. Bastante frustrante, la verdad. Aunque siempre hay que agotar todas las posibilidades. Ya no era que quisiera encontrar a tus abuelos, sino poder decirte algo más sobre adónde habían ido a parar.

 

Hasta ese momento en que vos hiciste tu pregunta tan precisa, yo estaba convencido de que no iba a poder saberse nada más, y a la vez muy contento por saber al menos lo poco que sabía (la mayoría de la gente con familiares desaparecidos no sabe absolutamente nada de lo que les pasó, nada en concreto), me parecía que haber escrito en mis dos primeros libros las peripecias del no saber, del buscar y buscar por buscar, casi sin sentido, ya era suficiente, incluso demasiado.

 

Pero entonces viniste vos con la preguntita. Algo muy básico. “¿Dónde están?”. Y me pareció que era hora de volver a las andadas. Tardé en acomodarme, y todo se fue dando sin ir exactamente atrás de una respuesta. ¿Volver a recorrer organismos de derechos humanos? ¿Ir a ver qué decían las investigaciones judiciales reiniciadas con la reapertura de los juicios? Sí, evidentemente sí. Pero por qué no un poquito más, ya que estaba. Así fue que me clavé varias audiencias de la causa ESMA, como para precalentar. Algo que empecé a hacer así porque sí, como para estar al tanto, estar en tema. Siempre que se mete la cabeza en algún lugar de esos, algo tiene que salir. Y al tiempo, casi por inclinación del tablero, terminé en el Penal de Marcos Paz visitando militares presos.

 

¿Estaba loco? Puede ser. Al volver a casa me enfermé y adelgacé varios kilos. No fue la mejor experiencia de mi vida, te voy a decir. Aunque en cierta forma, ¿qué más se puede hacer? Meterse ahí adentro y preguntarle a los responsables. No preguntárselos en un juicio, como cada tanto hacen los testigos que se sientan a declarar sobre sus parientes desaparecidos. En un juicio es difícil hablar. No conviene. La ley te exime de autoinculparte, obliga a defenderse. Más bien, entonces, ir a la cárcel y decirles: “Si ustedes hablaran y dijeran la verdad quedarían muy bien parados, ¿por qué no lo hacen? No pierden nada. La cadena perpetua ya la tienen.” ¿Qué importancia tiene ahora seguir en silencio? Fue todo muy raro, la verdad. En la cárcel, miren lo que lo que son las cosas, mis pequeños (ahora les hablo a todos porque todos van a hacer esa preguntita de “dónde están”, ¿no?), conocí, de casualidad, a dos hermanos (uno está preso, el otro lo iba a visitar) que sabían del caso del abuelo. Porque el abuelo no era ningún nene de pecho. Él, siendo conscripto, había entregado el Comando de Comunicaciones 141 de Córdoba al ERP. En el copamiento, el abuelo y sus amigos no mataron a nadie, pero a uno de estos militares que conocí en la cárcel, que por ese entonces era el superior del abuelo conscripto, hubo que amasijarlo un poco y dejarlo ahí atado de pies y manos con un alambre. Según ellos, fue el abuelo el encargado de esa misión. ¿Saben algo del destino del abuelo? ¿Nunca averiguaron qué había pasado con el hombre que había entregado un cuartel y amasijado y atado con alambre a uno de ellos? También les dije: “Si me van a contar algo, sería bueno que hablaran de todos los casos que conocen. Si conocen un caso deben conocer muchos más”. El que está preso llegó a decir: “Hicimos cosas terribles”. El otro prometió investigar. Y después, silencio. Y así estamos. Pasó un año y medio, ya. Algunos, yo (ustedes quizá también), todavía podemos esperar. ¿Qué es un año y medio al lado de 40?

 

Bueno, hijos míos, podría seguir y seguir. No se tomen todo esto demasiado en serio. Si de algo estoy cansado es de la lástima y de la seriedad. Son cosas serias, sí, y dan mucha pena, pero se pueden ver con cierta gracia. El buen humor aliviana siempre la espera. En la cárcel los militares también contaron un chiste pavote, de los que me gustan, mientras comíamos sandwichitos de palta y tomate. En el chiste, un vendedor de aspiradoras le demostraba a un cliente las ventajas de su producto usando la aspiradora para destapar un inodoro. Tal era el poder de succión de la máquina que, cuando la desarmaban para vaciar la bolsa, adentro encontraban al vecino del piso de abajo, sentado en su inodoro y leyendo el diario. No era un chiste sobre la dictadura. Pero literalmente “chupaban” a una persona. Me causó mucha gracia. Y me revolvió el estomago. O quizá era que la palta me había caído mal. Fui entonces al baño del penal y dejé un regalo impresionante y oloroso que enseguida inundó el salón donde estábamos. Preferí no hacerme cargo del olor del que todos empezaron a quejarse. Todos pensaron que el responsable había sido otro, uno que había salido del baño justo después que yo. Mientras tanto vuelvo a mi chiste pavote, que a ustedes les encanta. ¿Quién es la cuchara? ¿Quién es el tenedor? ¿Quién escucha y quién saluda? ¿Por qué no habla la cuchara? ¿Por qué saluda el tenedor? ¿Hay segundas intenciones, o terceras, o cuartas? Las cosas siempre son difíciles. Hay que estar atentos. Ahora escucho al tren. Se me acaba el tiempo, tengo que tomarlo para ir a trabajar y dejar esta carta acá.


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