En la peor semana de la relación bilateral entre México y Estados Unidos desde la guerra del siglo XIX, la periodista Cecilia Gonzalez cuenta cómo se vive en el DF la asunción de Trump y analiza las relaciones históricas entre ambos países; las contradicciones con los “gringos” presumidos y la idea de tierra prometida. En estos días, mientras Peña Nieto sufre una crisis de popularidad, el muro se transformó en un tema excluyente, aunque su construcción no sea materialmente tan sencilla. La barrera está, y es la discriminación. El estadounidense se mueve como la derecha europea e influencia a Macri, que también cambió la ley de migraciones.



Foto de portada: Publicidad 5Rabbit Cervecería

Fotos interior:  Creative Commons Gloria Marvick,Narrow Pérez,Tomás Castelazo.

 

El día que Donald Trump asumió como presidente de Estados Unidos, algunas de las frases que se podían escuchar en un Starbucks del Paseo de la Reforma de la Ciudad de México eran:

 

-Estoy bien deprimida.

 

-Parece película de terror.

 

-Ya empezó la pesadilla.

 

-Ya nos llevó la chingada.

 

Ningún cliente sonreía; solos o en grupo estaban atentos a sus computadoras o teléfonos para ver y escuchar el discurso de Trump. Ese interés masivo en torno a la ceremonia de asunción de un presidente estadounidense es inusual.

 

Hasta ese momento, tanto en México como en el resto del mundo, Trump seguía siendo una incógnita. El futuro inmediato era pura incertidumbre. Los más optimistas apostaban a que, ya como presidente, el magnate moderaría su discurso y se plegaría a la institucionalidad que demandaba su nuevo cargo.  

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Se equivocaron. Las dudas se evaporaron desde los primeros minutos de su gobierno, ya que en su discurso inaugural actuó con la misma prepotencia que marcó su exitosa campaña y pocos días después provocó una crisis bilateral con su vecino del sur, actitud que mantendrá con cualquier otro país que no lo apoye, como bien amenazó su nueva embajadora en Naciones Unidas, Nikki Haley: “Quienes no nos respalden sepan que vamos a apuntar sus nombres y vamos a responder como corresponda”.

 

México es apenas el primer caso. Argentina ya lo empezó a padecer: Trump ya canceló la importación de limones argentinos y la facilidad para el otorgamiento de visas, medidas que el presidente Mauricio Macri había anunciado como grandes éxitos diplomáticos. Con Barack Obama fuera del gobierno, terminó el renovado romance con Estados Unidos.


 

Como candidato, Trump comenzó una guerra verbal contra los mexicanos y los eligió como uno de los blancos favoritos de sus múltiples ataques. “Cuando México envía a su gente, no nos mandan a los mejores. Nos mandan gente con un montón de problemas, que traen drogas, crimen y son violadores”, dijo en uno de sus primeros actos. Después usó Twitter para continuar con sus insultos: “Amo a los mexicanos pero México no es nuestro amigo. Ellos nos están matando en la frontera y están matando nuestros empleos y tratados. ¡Peleemos!”. A las frecuentes acusaciones contra la corrupción mexicana y críticas por la fuga del narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán, sumó la advertencia de que mandaría a construir un muro en la frontera con Estados Unidos-México. Y que lo pagarían los mexicanos.

 

La amenaza del muro caló hondo.

 

Los mexicanos se dieron cuenta: tenían un nuevo e inesperado enemigo que, para colmo, pese a sus mensajes racistas y discriminadores (o quizá gracias precisamente a ellos) ganó las elecciones y se convirtió en el hombre más poderoso del mundo.

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Por eso es que la tarde del 31 de agosto del año pasado, Gabriela Ríos lloró al ver por televisión a Donald Trump al lado del presidente mexicano Enrique Peña Nieto en la conferencia que ambos dieron en la Ciudad de México.

 

—Me dio mucho coraje que Peña no le dijera nada, que no le reclamara todo lo que había dicho de nosotros, me acuerdo y me vuelve a doler la panza-, dice esta mujer de 42 años, ejecutiva de una empresa de relaciones públicas.

 

Aun hoy casi nadie se explica por qué Peña Nieto invitó a Trump en plena campaña presidencial de Estados Unidos, después de la oleada de insultos a los mexicanos. El empresario llegó como el candidato perdedor, el que iba detrás de Hillary Clinton, pero fue recibido cual jefe de Estado. Trump mandó en la reunión, en la conferencia de prensa posterior y fue el único que salió ganando. Su campaña se fortaleció al mismo tiempo que la ya de por sí mermada popularidad de Peña Nieto se derrumbó: hoy apenas si tiene 12 por ciento de aprobación. Además de la violencia, los escándalos de corrupción y el alza de los precios de los combustibles, mucho tuvo que ver el sentimiento de humillación que padecieron mexicanos de todas las clases, de todas las edades, que lamentaron que su presidente no los defendiera.

 

—La verdad sentí mucha tristeza, es muy feo que nos maltraten así, porque a los mexicanos siempre nos discriminaron en Estados Unidos, no reconocen que trabajamos mucho, pero además ahora tienen un presidente que nos insulta y nadie le dice nada, por eso estamos enojados con Peña-, explica Hugo, chofer de Uber que trabaja en la ciudad de México y tiene a un hermano en Chicago al que no ha podido ver en 12 años. A Hugo el gobierno de Estados Unidos no le otorga la visa de turista y su hermano no puede salir porque se arriesga a que no lo dejen regresar. Ahora, mucho menos.

 

Los mexicanos nunca han sido bienvenidos por los gobiernos de Estados Unidos. Barack Obama no concretó la reforma migratoria tantas veces prometida que permitiría regularizar a miles de ciudadanos e incluso deportó a 3.4 millones de mexicanos. Fue una expulsión récord. En el caso de Trump, lo agravante es su actitud belicosa porque insulta, agrede y fomenta la discriminación hacia la comunidad inmigrante más numerosa de Estados Unidos.

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Preocupación, incertidumbre y nerviosismo son latentes en el México de principios de 2017, en el arranque de la era Trump. El temor generalizado se respira en las calles. El “gasolinazo” ha provocado protestas cada vez más masivas en todo el país. Ya hubo oleadas de saqueos a comercios y sicosis por el temor a un estallido social. El terror por la inútil guerra narco no cesa. 2016 fue el año más violento del sexenio de Peña Nieto: hubo más de 20 mil asesinatos. Basta abrir cualquier diario cualquier día para enterarse de ejecuciones, fosas comunes, desapariciones de personas, protestas. El país padece una profunda crisis de violaciones a los derechos humanos, con los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa como símbolo.

 

Y para colmo, llegó Trump a cumplir con sus amenazas de campaña en contra de los mexicanos.


 

“¿Y ahora, quién podrá defendernos… de Trump?”, reza una de las pancartas que muestran los manifestantes que la tarde el 9 de enero marchan al Zócalo. Protestan por el “gasolinazo”, pero aprovechan para reclamar la falta de reacción de Peña Nieto ante los ataques del presidente estadounidense.

 

El hastío se mezcla con el ingenio mexicano que puede reír en toda circunstancia. Por eso en la manifestación aparece el dibujo de un Chapulín Colorado que golpea a Trump con su chipote chillón. En las redes sociales se multiplican chistes: “Ahora para la visa a Estados Unidos te van a pedir acta de nacimiento, antecedentes no penales, pico, pala y un poco de cemento…” o el más radical: “Dejen a los gringos sin cocaína dos meses y ellos solitos van a derribar el muro”. La portada de la revista Vanity Fair edición México, que lleva en su portada a una Melania Trump que come diamantes, es trucada con los títulos: “Elige tu outfit ideal para deportar mexicanos”, “Los muros más exclusivos de Estados Unidos” y “Melania Trump: su turbio pasado familiar, las tácticas para lidiar con su marido y cómo planea convertirse en la nueva Eva Braun”.

 

Lo que no es nada gracioso es que cada tuit del empresario, cada medida de su incipiente gobierno, derrumba el peso mexicano que viene sufriendo una persistente devaluación. Desde mediados del año pasado, cuando arrancaron las campañas en Estados Unidos, hasta ahora, el precio del dólar aumentó de 18.5 a 21 pesos, en vaivenes cambiarios explicados en muchas ocasiones por un mensaje de 140 caracteres de Trump.

 

Las expectativas de recuperación del país se nublan porque la economía está atada a la relación con Estados Unidos, principal destino de sus importaciones y su socio, todavía, en el Tratado de Libre Comercio en el que también participa Canadá y que Trump ya advirtió que revisará.


 

—Siempre quise irme a Estados Unidos pero ora ya ni pensarlo, acá están regresando muchos que anduvieron por allá porque dicen que la cosa se puso más fea-, cuenta Esteban Ramos, un vendedor de juguetes de Tepito, uno de los mercados callejeros más grandes de América Latina. Recuerda que, cuando los “mojados” (bautizados así porque cruzaban el Río Bravo de manera ilegal) volvían al barrio, presumían que en Estados Unidos todos tenían casas, autos y trabajo, pero pasado el tiempo reconocían que no era tan así, que a veces la pasaban mal, sin comer o sin tener en dónde vivir. Y que lo más difícil era atravesar una frontera cada vez más vigilada.

 

La frontera entre México y Estados Unidos es una línea imaginaria de 3185 kilómetros que une a una decena de estados de ambos países. Es zona obligada para el paso de decenas de miles de migrantes, principalmente mexicanos y centroamericanos, que cada año desafían ríos o desiertos para llegar a suelo estadounidense con la ilusión de trabajar y salir de la pobreza. La inmigración ilegal se ha convertido en un lucrativo negocio para los “polleros”, personajes que organizan las expediciones, y para las organizaciones criminales que les exigen peajes, los secuestran, los chantajean y, en muchos casos, los asesinan.

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Los mexicanos se van “al otro lado” por motivos económicos y no dejan de añorar su tierra. Por eso allá mantienen sus costumbres, su idioma, su gastronomía, su religión. Su cultura. No siempre logran llevar a su familia y pasan años, a veces la vida, sin volver a ver a padres, hijos, hermanos; a pesar de esa distancia sostienen sus vínculos afectivos y les mandan dinero. Las remesas se convirtieron en una de las principales fuentes de ingresos para México: en 2015 fueron 25 mil millones de dólares, más que los ganancias petroleras.

 

Las recurrentes crisis económicas de México y la pobreza permanente fueron el principal motor de expulsión. Desde los años 70, Estados Unidos se convirtió en “la tierra prometida”, el único país cercano que permitía soñar con obtener un trabajo, con cumplir “el sueño americano”. En los barrios populares de la ciudad de México, en las ciudades y pueblos cada vez más empobrecidos del resto del país, era común escuchar planes de hombres y mujeres de todas las edades que se iban a probar suerte, de manera ilegal, en Estados Unidos. Se construyó una relación contradictoria con los “gringos” presumidos que les habían robado gran parte de su territorio, con el país vecino que consideraba a México como su “patio trasero” y siempre actuaba de manera prepotente, pero que también representaba una oportunidad para escapar de la miseria.

 

Antes, claro, había que cruzar la frontera.

 

Hoy, los mexicanos conforman la comunidad migrante más importante en Estados Unidos. Según el Pew Research Center, son 35 millones de personas. Es casi otro país. Otro México fuera de México. De ellos, 6 millones están indocumentados y son los primeros que temen las deportaciones masivas.

 

Lo grave es que, con Trump, los mexicanos que viven de manera legal en Estados también están amenazados porque el presidente ya logró construir un muro invisible y muy difícil de derribar.

Es un muro de prejuicios que ya existía, que se reflejaba en agresiones cotidianas en contra de los mexicanos radicados en Estados Unidos y que sufrían insultos por no hablar español o simplemente por su aspecto físico. Pero ahora los racistas y xenófobos se envalentonaron gracias a un presidente que expande su discurso de odio

 

Es el mismo muro cultural que ya está existe en Europa, con los líderes de la ultraderecha que ganan votos con violentos mensajes contra los migrantes.

 

O en Argentina, en donde esta semana el presidente Mauricio Macri cambió por decreto la ley de migraciones y distorsionó datos carcelarios para vincular a extranjeros con la inseguridad. El viejo truco de culpar a otros de problemas internos, de fomentar prejuicios y hacer creer que los extranjeros son una amenaza aunque la acusación no se sostenga con los hechos. Por ejemplo: sólo el 17 por ciento de las personas detenidas por delitos de drogas en Argentina son extranjeras, y la mayoría, igual que en Estados Unidos, están acusadas de delitos menores como posesión o traslado de cantidades mínimas de drogas ilegales.

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Pero la realidad no importa. En la era de la posverdad estilo Trump, Macri viola el derecho de legítima defensa, restringe el ingreso y la residencia de emigrantes, facilita expulsiones y propaga la xenofobia. En suma: construye su propio muro. 


 

Primero fueron alambres. Luego bardas de madera y mallas metálicas hasta llegar a cercas de acero reforzadas que impiden cualquier contacto físico. Son las barreras que ya existen en una tercera parte de la frontera México-Estados Unidos.

 

Trump no es original y sí muy demagógico. George Bush, Bill Clinton y George W. Bush ya intentaron construir muros pero los costos de los proyectos eran inviables. Diversas organizaciones han calculado que el muro que propone el nuevo presidente requiere una inversión de unos 25 mil millones de dólares. ¿De dónde van a sacar los recursos? Ni ellos saben. Aunque Trump insiste en que lo van a pagar los mexicanos, no dice cómo. En cuanto propuso aplicar un arancel del 20 por ciento a los productos de su vecino del sur, el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, explicó que era una “propuesta ignorante” porque el costo, en realidad, lo estarían pagando los consumidores estadounidenses, no el pueblo mexicano.

 

El jefe de gabinete de la Casa Blanca, Reince Priebus, sorprendió el pasado fin de semana al señalar que los costos del muro lo podrían pagar los cárteles del narco mexicano. Tampoco dijo cómo, pero ya tienen allá a Joaquín “El Chapo” Guzmán, el capo que fue extraditado de sorpresa a Nueva York un día antes de la toma de posesión de Trump. Algunos analistas lo interpretaron como un gesto de buena voluntad de Peña Nieto, pero el empresario no se conmovió en lo más mínimo y continuó su pelea verbal.

 

México se queja y lamenta el muro que Estados Unidos quiere construir en el norte, pero ya tiene el propio en la frontera sur. Es un muro de un kilómetro de concreto y alambres de púas que dificulta el paso de los migrantes centroamericanos que, al igual que los mexicanos, aspiran a llegar a la tierra gobernada por Donald Trump y que suelen viajar en el tren conocido como “La bestia”, que atraviesa de sur a norte el país. Pero de eso Peña Nieto casi no habla.


 

El año pasado, después de su triunfal gira a México, Trump confirmó que construiría el muro y que lo pagarían los mexicanos. Ya es como su mantra. La frase de cabecera que le reditúa ovaciones en sus actos públicos. Peña Nieto y Trump se enfrascaron en una guerra de mensajes tuiteros, aunque el mexicano siempre trató de ser más cauto para no responderle al empresario en los mismos términos insultantes. Luis Videgaray, entonces secretario de Hacienda y uno de los hombres más cercanos a Peña Nieto, pagó el costo de la humillante gira que él mismo había organizado: fue echado del gabinete.

 

A principios de enero, ya con Trump como presidente electo, Peña Nieto rescató a su amigo Videgaray y lo reincorporó como ministro de Relaciones Exteriores. “Vengo a aprender”, advirtió el funcionario con nula trayectoria diplomática. Muy pronto padeció su falta de experiencia.

Peña Nieto y Trump acordaron una reunión en Washington para el 31 de enero. Las expectativas eran muy altas en México. Se esperaba que la relación se normalizara, que dejara de estar marcada por la tensión, por los pleitos. Ocurrió todo lo contrario. Una semana antes de la cita, Videgaray viajó a Estados Unidos para organizar el encuentro y apenas aterrizó se enteró de que Trump acababa de firmar la orden ejecutiva para construir el muro de la discordia.

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Comenzó así la peor semana de la relación bilateral entre México y Estados Unidos desde la guerra de mediados del siglo XIX.

 

Mientras Videgaray estaba desconcertado en Estados Unidos, en México crecía el clamor para que Peña Nieto cancelara la reunión. Periodistas, empresarios, intelectuales y ciudadanos en general le pidieron al presidente que no fuera, que actuara con dignidad. La noche del miércoles 25 de enero, Peña Nieto emitió un mensaje a la Nación pero no suspendió la cita y sólo reiteró que México no pagaría ningún muro. Al otro día, por la mañana, Trump volvió a tomar la delantera, otra vez mediante un tuit: “Si México no está dispuesto a pagar el tan necesario muro, entonces sería mejor cancelar la inminente reunión”. Peña Nieto ya no tuvo más remedio que confirmar que ya no iría.

El muro se transformó en un tema excluyente en México.

 

—El problema no es el muro, es la actitud de Peña que no sabe qué hacer, ni con esto ni con nada-, se quejaba Sofía, una estudiante de psicología, en otra de las múltiples marchas contra el gasolinazo en la Ciudad de México. El grito de “¡Fuera Peña, fuera Peña!” retumbaba cada vez más fuerte en las calles. Pocas veces antes un presidente mexicano había sufrido un rechazo tan masivo, pero todavía le faltan dos años de gobierno y no tiene el respaldo institucional que necesita para enfrentar a Trump. Es otro de los motivos de incertidumbre para gran parte de los mexicanos: se sienten solos, sin los liderazgos políticos que exigen los cambios.

 

En medio de la crisis con el magnate, en los medios, en las calles, en las redes sociales, el debate era apoyar o no a Peña Nieto.

 

—Orita debemos unirnos, no olvidar las quejas contra Peña pero sí unirnos como país porque Trump viene por todo-, recomendaba un joven empresario en una charla entre amigos en un bar de la Colonia Roma, en medio del pleito entre los presidentes de México y Estados Unidos.

 

—¿Cómo vamos a ayudar a un presidente que no responde, que no reacciona? ¿Y la corrupción, y la violencia, y los muertos y los desaparecidos, eso no es patriotismo?-, le respondía una de sus amigas que se negaba a caer en el juego “de unámonos y apoyemos a Peña Nieto”.

 

Parte de la población se plegó al mensaje de unidad poniendo la bandera tricolor mexicana como su avatar en las redes sociales. Lo mismo hizo Peña Nieto, pero no parece que el símbolo patrio vaya a ser suficiente para contrarrestar a Trump.

 

La tormenta de la crisis bilateral duró tres días, hasta que el viernes las cancillerías de ambos países confirmaron en un comunicado conjunto que los presidentes habían dialogado por telefóno durante una hora y se habían comprometido a no hablar públicamente más del muro. Por ahora. La reunión personal sigue cancelada hasta nuevo aviso, pero queda claro que la relación con Trump será muy complicada.


 

En el país de las telenovelas, la crisis diplomática mantuvo a los mexicanos en vilo, expectantes por el desenlace. La trama se aderezó con la incursión de una figura inesperada: el empresario mexicano Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo, símbolo de la vergonzosa inequidad que hay en México, un país en el que más de la mitad de sus 120 millones de habitantes es pobre.

 

Días antes, en las redes sociales se había lanzado una campaña anónima con el hashgtag #SlimPresidente. Uno de los argumentos más repetidos era que él, como millonario, sería el único en poder enfrentar a Trump, en hablarle de tú a tú. Pero en su larga e inusual presentación ante la prensa convocó a la unidad en torno al presidente y descartó cualquier candidatura para el 2018.  

No le hace falta ser político. En la conferencia, por poder de convocatoria mediática, atención social y propuestas económicas, parecía más bien un jefe de Estado.

 

La comunidad internacional se mostró cauta. Los presidentes de Bolivia, Evo Morales; Perú, Pedro Pablo Kuczynski, y Colombia, Juan Manuel Santos se solidarizaron con México. La cancillería argentina se limitó a enviar un breve comunicado para manifestar su preocupación por “la iniciativa unilateral” de construir el muro. Ernesto Samper, secretario de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) y ex presidente de Colombia, rechazó “la decisión desafiante” de Trump de “imponer al pueblo mexicano la humillante obligación de pagar el aún más humillante muro que se pretende construir”.

 

Desde Israel, el primer ministro Benjamín Netanyahu levantó una polvareda al escribir en Twitter: “El presidente Trump está en lo cierto. Construí un muro en la frontera sur de Israel. Frenó toda la inmigración ilegal. Gran éxito. Gran idea”. Los reclamos del gobierno mexicano lo obligaron a aclarar que no se refería en particular a la pelea entre México y Estados Unidos. Nadie le creyó. 

Las críticas más enérgicas provinieron por parte de la prensa estadounidense, otro de los “enemigos” favoritos del presidente. “Trump comenzó una guerra comercial que no necesitamos”, advirtió The Washington Post en la semana de la crisis bilateral, mientras que The New York Times calificó la actitud del presidente como “un berrinche” y de “absurdas” las amenazas de imponer 20 por ciento de aranceles a las exportaciones para financiar la construcción del muro. El diario El País, el medio más importante en español, publicó un editorial titulado “En defensa de México” en el que convocó a la comunidad iberoamericana a apoyar a “un socio acosado por Trump”.

 

El ex presidente Felipe González fue más contundente: “Veo todavía demasiada cobardía internacional para no responderle a Trump”, acusó y con razón ante la tibieza demostrada ante la pelea con México. Pero los líderes internacionales tendrán que comenzar a diseñar estrategia conjuntas porque esto recién empieza y todos pueden ser amenazados.


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