Al igual que con la Influenza, para algunos “Patricia” fue un huracán mediático, una confabulación de la NASA con el presidente mexicano Peña Nieto, el PRI y otras fuerzas para distraer a la población con fines indeterminados. Para otros era una amenaza real. El sábado, después de ver la información oficial y etnografiar redes, la antropóloga Rossana Reguillo salió a recorrer las tienditas del bario. Porque, dice, una cosa es el miedo que se deriva de la amenaza concreta y otra el experimentado, que puede desbordar las dimensiones de lo que solemos llamar realidad.



El huracán Patricia fue cobrando fuerza a partir de la tarde del jueves 22 de octubre. Las noticias que circulaban por internet y las redes sociales, eran cada vez más alarmantes; la televisión comercial y las estaciones de radio interrumpieron sus transmisiones normales para incluir segmentos informativos, pronósticos, llamados de la autoridad. “El peor de la historia” empezaba a abrirse paso en el imaginario colectivo, con una semejanza a lo acontecido en 2009 con la epidemia AH1N1, que también tuvo su epicentro en México.

 

El apocalipsis con nombre de mujer, tocaría tierra entre las cuatro y las seis de la tarde del viernes 23, afectando a varios estados del centro-occidente del país: Jalisco, Nayarit, Colima, principalmente; con vientos superiores a los 300 kilómetros y ráfagas de hasta 400, las predicciones científicas y mediáticas planteaban el peor de los escenarios posibles: devastación y muerte. Pero una cosa es el discurso oficial y otra, distinta, su recepción y su libre interpretación.

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Al igual que pasó con la Influenza, para algunos Patricia fue el huracán mediático, una especie de confabulación de la NASA con el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, el PRI y otras fuerzas; una cortina de humo o agua en este caso para distraer a la población con fines aún indeterminados (aunque hay quienes afirman que el aumento a la gasolina es la explicación de la existencia de Patricia); para otros, la llegada inminente del dedo flamígero de Dios como respuesta a tanto pecado y ateísmo (hubo quienes culparon al matrimonio igualitario de semejante ira); para muchos, se trataba de eso, de un huracán con un altísimo poder destructivo y compartían la preocupación de científicos y autoridades.

 

Mucho antes de tocar tierra, Patricia ya había destruido los diques de la contención cartesiana en lo que toca a las emociones y se convirtió en un buen termómetro para calibrar la temperatura de las tempestades que azotan a México desde hace varios años, años en los que hemos ido contando muertos y desaparecidos, en los que hemos visto crecer la impunidad, el autoritarismo, el cinismo de la clase política. Patricia se convirtió en un acelerador de partículas.

 

Dice Wikipedia sobre este dispositivo: “Utiliza campos electromagnéticos para acelerar partículas cargadas hasta altas velocidades, y así, colisionarlas con otras partículas. De esta manera, se generan multitud de nuevas partículas que -generalmente- son muy inestables y duran menos de un segundo”. Patricia hizo colisionar imaginarios religiosos, políticos, culturales; avivó la desconfianza y la crítica contra las autoridades, sacó al “pequeño” experto que todos llevamos dentro, propició acalorados debates, deshizo “amistades” en Facebook, provocó bloqueos en twitter y en las calles urbanas, que sufrieron poco su embate, terminó por ser para muchos una desilusión muy grande. El estudiante y bloguero Juan Yves Palomar lo expresó con mucha claridad en su post del día 25, al que tituló “México, el huracán y la tragedia”, cito un fragmento:

 

“Resulta bastante ilustrativa una frase que me he encontrado en el muro de Facebook de un contacto: “El mexicano se decepciona si la historia no termina en tragedia”. Pensé; chale que cierta es esa afirmación. Pero no es cierta porque sea la única ‘verdad verdadera’ sino que a ojos de una gran capa de la población la degradación del huracán Patricia ha resultado en algo fofo; algo para el chacoteo del menosprecio y el chistecito mamón.

Pareciera anecdótico pero no lo es: la narrativa de la tragedia como promesa redentora es algo que se alimenta de varias circunstancias desde el discurso mesiánico del gobierno hasta por la herencia católico cristiana de nuestro país y ni que decir de la cultura de la telenovela instalada en los últimos 60 años”.

 

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Pero resulta que Patricia hizo un daño muy grande, muy real y terrible en varios pueblos, ciudades y comunidades de la costa y de la sierra de Jalisco, Nayarit y Colima que incluyó seis muertos, pero eso ha quedado obturado por el urbanocentrismo que campea en casi todas las capitales de casi todas las ciudades de América Latina. Pero no esto lo que quisiera abordar en estas páginas, me interesa volver sobre la aguda observación de Juan, acerca de la tragedia como promesa redentora; mi punto de observación es urbano, es Guadalajara, eso marca un límite (las grandes crónicas de lo sucedido en el sur y noroeste de Jalisco, están por venir, afortunadamente tenemos periodistas de gran calibre; hay sin embargo imágenes, videos y reportajes terribles). Veamos.

 

A las 7 de la mañana del día 24, instalo mi “centro de operaciones”, un radio, una televisión y dos computadoras, con dos objetivos muy sencillos: monitorear la información “oficial” y etnografiar las redes que no es tarea sencilla, por la velocidad e intensidad en la que se suceden los post, los tuits, las conversaciones; la forma en que una nota, un enlace, un video, una foto se convierten en virales, dificultan calibrar los nudos y nodos que generan polémica o adhesiones, descalificaciones o aprobaciones y especialmente la posibilidad de retener para la crónica y el análisis de las “partículas” que colisionan y hacen estallar otras partículas. La incertidumbre y la ambigüedad acelerando la relación entre el miedo (al huracán y sus consecuencias) y la esperanza (algo pasará que detendrá al huracán) y a partir de esa relación, toda la gama, mezcla, y tránsitos entre diferentes estados emocionales.

 

Ya para las once de la mañana, se informa que Patricia, viene con tal fuerza que será capaz de atravesar los dos sistemas montañosos que llamamos “sierras madres” –nunca un nombre me ha parecido más apropiado-, y llegar por tierra hasta Estados Unidos. Aprendí durante mis recurrentes visitas a  Buenos Aires, la importancia vital, de la distinción entre grados Celsius y sensación térmica para medir la temperatura; he incorporado ese saber para mis análisis sobre las emociones, especialmente el miedo. Una cosa es el miedo objetivo, ese que se deriva de la amenaza real y el miedo subjetivamente experimentado, que desborda con mucho las dimensiones de lo que solemos llamar objetivo. La sensación térmica provocada por Patricia, subió la temperatura varios grados y en la medida en que transcurrían las horas y los minutos antes de su arribo a tierra firme, el imaginario hacia estallar la escala de huracanes de Saffir-Simpson, que la había ubicado en 5, la más alta. La colaboración entre información, manejo mediático, cultura telenovelera como la llama Palomar, o hollywoodesca como la llamo yo, fue construyendo la trama del “objeto espantable” que para Descartes, ese gran filósofo de las pasiones, es lo que causa en nosotros la pasión y las consecuentes acciones.

 

El discurso religioso iba ganando terreno, se abrió paso el llamado a la “cadena de oraciones”, el día gris y con esa llovizna que anuncia grandes tempestades, se prestaba para la fatalidad. Los noticieros radiofónicos reportaban desde distintos puntos del estado de Jalisco, sobre los refugios, el acopio de víveres y materiales de primera necesidad, los llamados cada vez más enérgicos de la autoridad, se traducían en las discusiones que se daban en las redes: que si están exagerando, que si no es suficiente, que ahora sí ya “valimos madres”, que no hagan caso, es un huracán mediático, que bájenle a su histeria, que recen por la salvación de México. Patricia acelerando las partículas.

 

#FueElAstronauta

 

A la una de la tarde de ese viernes, después de que el astronauta Scott Kelly (@stationCDRKelly) tuiteara desde el espacio una impresionante fotografía del huracán, caí en la cuenta de que no tenía víveres de respaldo y también me percaté de que no tenía dato empírico en la piel, me faltaba calle y observación directa. Así que armada de un débil paraguas –la temporada de lluvias que es intensa en mi ciudad, terminó con mis mejores sombrillas-, el celular y un impermeable, decidí salir a patrullar las tienditas de mi barrio y el supermercado más grande, porque son los mejores lugares para tomarle el pulso al sentimiento colectivo.

 

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En la tiendita de la esquina, ya no había pan, ni leche, las latas eran pocas y esos frijolitos caseros que prepara la mamá de la tendera, se habían terminado. Dos vecinas conversaban acaloradamente

 

—Aquí (en Guadalajara) no va a pasar nada.

 

—No te confíes ya dijeron que viene entrando con categoría 3 —decía una dulce señora de pelo gris —. Yo por las dudas ya tengo velas, agua y mis cigarritos, no vaya a ser.

 

Se dirigieron a mí, en lo que yo fingía atención desmedida en la oferta de pan chatarra que se exhibe en el mostrador principal.

 

—A ver maestra, usted que sabe. ¿Si va a llegar el huracán o no?, yo digo que sí, con el calentamiento global todo está patas para arriba.

 

—¿Verdad que no, maestra?, es una exageración, pobres los de Puerto Vallarta, pero aquí, pss qué.

 

No se me ocurrió mejor respuesta que mostrarles la foto de Patricia que había tuiteado Kelly y decirles que ante una cosa tan inesperada, más valía tomar precauciones sin alarmarse demasiado. La vecina incrédula, añadió a su compra tres litros de agua, unos panes y dos litros de leche. Me retiré de la tiendita con cierta culpa. Al llegar a mi casa, sonó el teléfono.

 

Conozco bien la zona que va de Guadalajara a Puerto Vallarta. Voy con cierta regularidad desde antes de que nacieran mis hijos, conozco la geografía, el paisaje y las culturas locales. Una amiga me contaba que había quedado atrapadas en Sayulita, que ya no había podido salir, que las carreteras estaban colapsadas y que los grandes supermercados como el Sams estaban desabastecidos, que solamente había podido conseguir agua; que la gente se mostraba muy agresiva, que se arrebataba los productos, que nadie hablaba con nadie, que no confiaban en los refugios. Colgué con una sensación mezcla de miedo, preocupación y confianza en que nada grave iba a pasar. Pensé en el campamento de tortugas que en Lo de Marcos, un pequeño pueblo costero de Nayarit, finalmente parece agrupar a muchos en la preservación y cuidado de sus mares; el día anterior, habían liberado 200 tortuguitas con mucho regocijo; pensé en todos los esfuerzos para armar y sostener ese campamento, las patrullas nocturnas, el amor y cuidado puesto en recoger los huevos y depositarlos en el vivero, a orillas de la playa. Recordé a un mesero muy simpático de Punta Mita, que nos explicó que los huracanes se portan bien, porque la sierra nos cuida, pero algo se me rompía por dentro ¿Y sí Patricia tenía la fuerza para cruzar la sierra?

 

Mi segunda parada fue en otra tiendita, un poco más grande; estaba vacía, solamente el dueño y yo. Le pregunté por lo que habían llevado sus clientes: “Velas, agua, leche ¡y muchas cervezas!”. Me dijo. Y para mi sorpresa me mostró en su celular la segunda foto de Kelly, el astronauta.

 

—Así se ve, maestra. ¿Usted cree que no nos va a cargar el demonio? Yo voy a cerrar a las tres.

 

Las calles del barrio estaban solas pero mi teléfono se convirtió en un repiqueteadero: mi gente atorada en el tráfico urbano, sin poder avanzar y la radio diciendo que ya todos teníamos que estar a resguardo a las cuatro de la tarde.

 

La última parada fue en el supermercado, que normalmente está vacío. Las filas en las cajas eran casi tan grandes como las que vi durante la fase aguda de la Influenza. Me dediqué a llenar mi carrito, en lo que hablaba por teléfono y observaba las compras de los otros: velas, agua, latas de atún, pan y huevo, mayormente, pero también mucho alcohol y cervezas. La gente, a diferencia de las tiendas chicas, no se habla, no se toca, no cruza miradas y está atenta a sus celulares.

 

—Ya voy para allá —dice un joven con una niña de tres o cuatro años subida en el carrito de compras— No te apures, ya la tengo, estamos bien. NO —y se hace un silencio—. Dile que no, que no te puedes quedar, que todo se suspendió, que todo cierra a las 4.

 

Lo perdí de vista en los pañales, pero intuí que la madre de la niña estaba en el trabajo, sin posibilidad de salir.

Me acerqué a la zona de la farmacia porque me sorprendió la cantidad de gente mayor haciendo fila. Aspirinas, adviles, pastillas para la diarrea y antigripales era lo que pedían. La cajera le informó amablemente a una señora, que cerrarían a las 4 y que estaban preparados para lo peor, sus compañeros –le dijo–, ya estaban guardando todo lo de la bodega para la inundación; una señora informó a la cajera y a todos los que la escuchábamos que en su agencia de viajes, ya habían puesto costales y cintas en los cristales, todos aprobamos las medidas.

 

Hace algunos meses con mi nieta de 11 años, empezamos a jugar en el diseño de juegos de mesa; aburridas de la limitada y tradicional oferta de turista, monopoly, trivia y demás. Diseñamos un pequeño prototipo de juego de sobrevivencia para el “fin del mundo”; lo interesante del ejercicio fue nuestra discusión sobre el “kit” de sobrevivencia básica que otorgaríamos a los jugadores. Tuvimos varias coincidencias, agua, abrigos, navaja, latas, encendedor, pero las diferencias irreconciliables, vinieron con la propuesta de una vacuna contra zombis, que proponía ella y una caja con aspirinas, vendas, alcohol y otras cositas, que proponía yo. Al final, ganó ella, porque me hizo ver que ante una catástrofe imprevisible las curitas no sirven y hay que estar preparados para lo peor.

A las 6 de la tarde, los dos tuits de Kelly el astronauta, sumaban ya 67,650 retuiteos o menciones y habían sido marcados como favoritos por 44,146 usuarios de twitter. La lluvia persistía y empezaba a hacer frío pero no había tormenta, ni nada que en la ciudad hiciera pensar o sentir que estaríamos en el ojo de Patricia. Pensé entonces, lo pienso ahora, que esas fotos de Kelly, portentosas, mostraban sin artilugios políticos el verdadero rostro de Patricia, un fenómeno mayúsculo, ingobernable, impredecible. La lejanía como un punto de apreciación, me daría otra clave fundamental un día después.

 

Yo te conmino

 

Y mientras Patricia arrasaba poblados y comunidades costeras, con fuerza disminuida por su enfrentamiento con el coloso que llamamos Sierra Madre Occidental, que contuvo su paso, la vidente y profeta Ana Méndez Ferrel, conminaba en nombre de Jesús, al huracán. Con 2.985.832 reproducciones de su video en Facebook, la profeta lograba reagrupar, sin saberlo, las partículas religiosas.

 

En su autoridad sobre los huracanes, decretado por la vidente, se combinaban en “el día después de mañana”, el pensamiento mágico y esperanzador: podemos conjurar el poder de la naturaleza en nombre de Jesús. Imposible calibrar si en el número de veces que se compartió el video, hay aprobación o burla, lo que es relevante es que un discurso de este tipo, se instale como parte de una conversación colectiva en torno a un fenómeno de la naturaleza. La tragedia como como promesa redentora, a la que se refiere Juan Palomar.

 

¿La calma?

 

Qué deja un fenómeno como Patricia a su paso por los territorios geográficos y simbólicos. La pregunta por la catástrofe me ha acompañado mucho años; estoy convencida de que el acontecimiento catastrófico, tiene no solo el poder de hacer un daño físico, sino además el de convertirse en un revelador de los sentidos profundos que comandan las relaciones sociales.

 

Si bien es cierto que el  huracán Patricia movilizó a las autoridades, a expertos, a opinólogos, a profetas, a la gente,  movilizó, sobre todo, emociones e imaginarios: ella aminoró su paso y hay que atender con cuidado y solidaridad sus efectos;  pero el vendaval de emociones aún sigue sacudiendo el paisaje de las redes y las conversaciones en la calle. La incertidumbre y la ambigüedad acelerando la relación entre el miedo (al huracán y sus consecuencias) y la esperanza (algo pasará que detendrá al huracán) y a partir de esa relación, toda la gama, mezcla, y tránsitos entre diferentes estados emocionales.

 

Lo que ha circulado en las redes no es un asunto colateral, es clave atenderlo para estar en mejores condiciones de atender las urgencias.

 

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Líneas arriba aludí al efecto de lejanía. Hace varias semanas hubo un terremoto en Chile y me sorprendió un nuevo desarrollo, una aplicación en FB, en el que la gente en la zona de afectación podía reportarse y decir que estaba bien. Confieso que me impresionó favorablemente, con varios amigos regados por territorio chileno, encontré muy buena la aplicación; sin embargo, cuando la noche del 23 ya muy tarde, cuando una lluviecita constante pero débil indicaba que el peligro de Patricia había sigo conjurado en la ciudad en que vivo, me molestó recibir notificaciones de gente de mi ciudad que se reportaba bien; Comprobación del estado de seguridad la llama FB.

Me vi mal, muy mal, me salió lo legisladora y escribí en mi muro, un extrañamiento: “Por favor, dejen de confirmar que están bien o voy a perder la confianza en este aparato de manera irremediable….a quién le hablan?”. Fueron varios de mis amigos reales y contactos de Facebook los que me hicieron caer en lo erróneo de mi percepción: la aplicación de esta red social está pensada para la lejanía; es más allá de los afanes del que la usa, una manera de hacer ver de manera global que la tragedia no pasó encima de nosotros. Con todas las críticas y las reservas que hay que hacer y guardar sobre el nuevo capitalismo afectivo, esta aplicación tranquilizó a tíos, novios, hermanas, amigos y amigas que vieron, quizás las fotos de Kelly, el astronauta y escucharon pasmados la voz de trueno de la vidente o, participaron convencidos en las cadenas de oración.

 

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El recuento de los daños está todavía pendiente. Las poblaciones vulnerables en las costas, pobres y siempre castigadas están enfrentando las consecuencias del huracán; en los entornos urbanos, se sigue discutiendo, de maneras complicadas, sí las autoridades exageraron, si Patricia es un invento del duopolio Nasa-Pri, si hemos sido perdonados por Dios. A estas alturas, queda claro que la naturaleza se contrarrestó a sí misma: la sierra ese portento que guarda las costas del Pacífico, frenó el ímpetu destructor de Patricia y, que, al menos esta vez, la autoridad estuvo a la altura en materia de prevención, queda pendiente la atención real a los afectados.

 

El apocalipsis con nombre de mujer nos deja varios aprendizajes y muchas preguntas: las consecuencias a futuro del peso del discurso bíblico o religioso, el ensanchamiento creciente entre el gobierno y la ciudadanía, el auge de las redes que le bajan la guardia al discurso científico o pretendidamente científico. Una vez más, este país se enfrenta a la posibilidad de una catástrofe de proporciones apocalípticas y una vez más, pese a las emociones desatadas, el humor se asoma como posibilidad de reconciliar las múltiples y encontradas formas en que se percibe la inminencia de la catástrofe

 

Como le dice y le repite Ygritte a Jon Snow, en Guerra de Tronos: “You know nothing Jon Snow”, los tiempos son inciertos, las amenazas múltiples y la sensación térmica frente a la madre de todas las catástrofes crece. En ello estamos, no obstante mi vecina de pelo gris y ojos coquetos me dijo hoy que hicimos bien en hacerle caso al “astronauta”.

 

 


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