Las denuncias por casos de acoso escolar vienen creciendo a un ritmo de un 30% anual, según “Bullying sin fronteras”. La especialista de UNSAM Mónica Pini y el cronista y profesor Walter Lezcano cuentan las historias detrás de los titulares y analizan la nueva legislación y la crisis de autoridad de la escuela. La doble moral del mundo adulto y los medios de comunicación: los mismos que fomentan la ridiculización son los que acusan y satanizan a los jóvenes cuando agreden a otro.



Fotografías: Alejandro Barbosa
Diseño de portada: Eduardo Carrera y Marcela Dato

 

Era un martes común y corriente en el turno tarde de una escuela secundaria del conurbano bonaerense. Casi al final de la clase de Prácticas del lenguaje de segundo año, de pronto, una nena le gritó a un compañero una palabra cargada de bronca, defendiéndose de una burla inocente y a la vez intentando dañar: boliguayo. Supuestamente era un insulto; el chico lo sintió como una agresión verbal de esas que nublan las ideas y hacen contestar a los cabezazos. El docente, a quien llamaremos Javier, tuvo que intervenir para que guardara esas manos preparadas como armas para un duelo. Javier sacó a la alumna afuera del curso y ella no hizo más que culpar a su compañero y buscarle pelea. “Vení, vení”, le dijo sacando pecho. Cuando Javier empezó su sermón sobre la tolerancia y la aceptación del otro, vio que la actitud de la alumna reflejaba hastío. No le interesaba en lo más mínimo lo que estaban por decirle. Sentate, nena, le ordenó al final, con impotencia. Ese sentimiento está cada vez más instalado entre los docentes y entre los adultos en general cuando tratan de poner límites a ciertas reacciones de niños y jóvenes, o cuando intentan que actúen con criterios más justos, de los que no tienen modelos por ninguna parte.

 

Unos días más tarde el docente dirá en un bar frente a la estación de trenes de Quilmes: “son pibes que están acostumbrados a arreglar así las cosas: piña y sangre, y a ver quién tiene razón”.

 

La socialización de los chicos y chicas es muy diferente de la de hace cincuenta años. Este tipo de situaciones entre adolescentes están ligadas a los cambios sociales, culturales, económicos y políticos de las últimas décadas del siglo XX, que tienen consecuencias tanto en las familias como en la escuela.

 

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Las políticas neoliberales de los años noventa en Argentina, por ejemplo, causaron niveles de desempleo muy altos y un enorme aumento de la pobreza. A la ruptura generacional debida a la velocidad de los cambios tecnológicos y culturales, se suma el quiebre de los lazos de solidaridad social, consecuencia del “sálvese quien pueda”. En los hogares, fue disolviéndose la separación entre los espacios propios de los adultos y los de los niños, así como la forma en que circula la información y se ejerce la autoridad en las casas. “Mientras la veía sentarse me preguntaba cómo se hace para enseñar a chicos así a aceptar al otro, cómo se le hace ver que todos son parte de lo mismo, que las diferencias ayudan a ver las cosas más claras. En fin, todo eso que mis padres me dijeron que era importante para la vida y que yo también lo había aprendido en la escuela. Me parece que las cosas cambiaron mucho”, cuenta Javier.

 


 

En la emisión del 1 de mayo del programa Showmatch se baila música disco. Las parejas pasan por la enorme pista y escuchan el veredicto de cada uno de los integrantes del jurado: Nacha Guevara, Moria Casán, Soledad Silveyra y Marcelo Polino.

 

Es el turno de Vicky Xipolitakis, body color fucsia, tacos blancos y un rubio platinado brillante en la cabeza. Bailan con su acompañante el tema One more time de Daft Punk. Cuando terminan el baile van corriendo a festejar con su coach. Vuelven al lado de Tinelli y mientras les alcanzan unas botellas de Gatorade se disponen a escuchar la devolución del jurado. La primera que habla es Nacha Guevara:

 

—Tengo un cortocircuito psicosomático después de verte.

 

—¿Qué significa eso?— pregunta Xipolitakis.       

 

—Es por tener que ver a esta señora después de Maximiliano Guerra. Cuando entraste el otro día pensé: es una chica que podría estar en Las Vegas bailando. Después bajaste, balbuceaste, lloraste y te tiraste al piso. Entonces yo me dije: es una familia griega. Los griegos son muy dramáticos…

 

—No, pasa que…

 

—Dejame hablar. Es mi turno, Señora. Pensé que ibas a incendiar la pista. Y después llega la verdad. El momento en que hay que bailar. Y la verdad es que no bailás. Para la discoteca te las debés rebuscar bien pero aquí es otra cosa. Un reconocimiento pequeño al coreógrafo, que hizo lo que pudo, y a tu compañero porque bailar con alguien que no baila es muy difícil. Lo siento.

 

Y pone su puntaje: 1.

 

La bailarina ve el número y dice:

 

—Parece que por ser Victoria Xipolitaki quieren hacer bowling conmigo. No, pará: bullying. ¿Cómo se dice?  

 

Esta equivocación, decir “bowling” en vez de “bullying”, volvió a llevar al mainstream televisivo una problemática que desde hace un tiempo recibe cada vez más atención en los medios. Y de paso, demostró que el bullying, al ser pronunciado por los labios de Xipolitakis, puede convertirse en un significante vaciado de contenido. Sin embargo, puertas adentro, las instituciones educativas tienen que lidiar día a día la violencia escolar. Puertas afuera el tema se convierte en noticia de titulares escalofriantes cuando los casos alcanzan altos grados de violencia. Detrás de cada una de esas historias confluye una serie de factores que no suelen tenerse en cuenta.

 

 

Gonzalo Santos, autor de En las escuelas. Una excursión a los colegios públicos del GBA (Santiago Arcos), es docente de secundaria con casi diez años de experiencia. En un bar de Avellaneda, cerca del terciario donde da clases, cuenta que cuando empezó a enseñar le sorprendió el trato que los alumnos tenían con él.

 

-No sabía muy bien qué hacer, cómo actuar, porque no tenía claro cómo debe comportarse un docente cuando los alumnos se ponen violentos con uno. Me trataban como si yo no fuese profesor”.

 

A veces el docente no tiene ninguna otra herramienta que su personalidad y su carisma para enfrentar a grupos problemáticos. “Cuando tuve amenazas concretas de los alumnos me replanteé mi trabajo”. Que le iban a destruir el auto. Que lo iban “a cagar a trompadas” a la salida. Que se cuide cuando ande por la calle. Que si no aprobaba a todos algo malo le iba a pasar. En su opinión, las amenazas suceden cuando no hay herramientas institucionales para frenarlas o la dirección de la escuela no es fuerte.

 

—¿Cómo veías la situación personal de estos chicos afuera de la escuela?

 

—Cuando empezás a escuchar las historias de los pibes, lo que les pasa en sus casas, empezás a comprenderlos y tratás de trabajar de otra manera. Aún así se presentan conflictos. En general noto que los padres no se ocupan de los chicos. Es muy difícil trabajar con los pibes problemáticos si no es en conjunto con los padres.

Según él, a veces la escuela no encuentra la manera de lidiar con las formas de violencia cotidiana y constante. Sin embargo, cree que “ahora por parte del Estado hay más contención que antes: más ayuda social”.

 


 

En Temperley, en un barrio de clase media pudiente donde circulan muchos ancianos y madres con niños en brazos se alza una vivienda humilde en la esquina de Ingeniero Mitre y Achupallas. Un tejido oxidado en el frente y grandes chapas puestas como murallas cubren la entrada a la casa. Como si se estuvieran resguardando del afuera o como si quisieran impedir las miradas invasivas de sus vecinos. Un colectivo amarillo sobre la calle parece llevar ahí siglos: con las ruedas desinfladas, los vidrios rotos y telarañas.

 

Esta es la casa donde vivía, junto a su madre y sus abuelos, Víctor Feletto. Un niño que el viernes 31 de marzo del año 2012 alrededor de las 13 hs, luego de volver del colegio, fue hasta la habitación de su abuelo, José Feletto, agarró una de las dos armas que tenía en su escritorio, volvió a su pieza y se quitó la vida de un tiro en la cabeza. En la edición del miércoles 4 de abril el diario La Nación tituló: “Se suicidó un alumno de 12 años por acoso escolar”. ¿Es tan directa la relación causa y consecuencia?

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El término bullying, que se importa del inglés, tiene una definición específica y no es cualquier tipo de violencia, sino el acoso que se reitera a lo largo del tiempo en el ámbito escolar y en el cual hay un diferencial de poder a favor del perpetrador. En muchos casos, como decía Gonzalo Santos, se encuentra naturalizada. Por otro lado, los medios destacan actos extremos y realizan una construcción de la escuela como un lugar de riesgo cuando en realidad hoy es el lugar más seguro socialmente hablando. En ella, los hechos de violencia son relativos, sobre todo en relación con el clima social de agresión e intolerancia que se viven en otros ámbitos.

 


 

En el año 2011, cuando el término bullying apenas se conocía en nuestro país, apareció un estudio llamado Clima, conflictos y violencia en la escuela, que realizaron UNICEF y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Se consultaba a docentes, directivos, alumnos y padres de escuelas secundarias públicas y privadas de la Ciudad de Buenos Aires y del Gran Buenos Aires. Al 66% de los alumnos que conoce sobre situaciones constantes de humillación, hostigamiento o ridiculización entre sus pares se suma un 22% que teme que le ocurra a ellos mismos. El 52% consideró la violencia en el ámbito escolar como un problema muy grave o grave. El 66% de los alumnos pertenecientes a los tres últimos años de las escuelas secundarias conoce situaciones de maltrato como burlarse de una característica física de un compañero y comentarlo en público, no querer compartir alguna actividad o simplemente evitarlo, obligarlo a hacer algo en contra de su propia voluntad, discriminarlo por cómo se viste, por cuestiones étnicas o religiosas, narradas en orden descendente de frecuencia

 

“¿Quiere ver una foto de él?”, dice Marta Ángel Linetta, la madre de Victor Feletto. Tiene puesta unas botas de lluvia, un buzo sucio, un pantalón de jogging gris con algunas manchas de barro en las rodillas y unos rulos inamovibles.

 

Cuando trae la foto cubierta por una bolsita de nylon hasta la puerta de entrada de su casa, la acerca y lo que se ve es un chico rollizo y sonriente, abanderado, que parece orgulloso de lo que acaba de lograr. “Yo nunca tuve ningún problema con él, ninguno”, dice y se lleva la foto al pecho mientras su mirada se dirige al suelo.

 

Victor Feletto no conoció a su padre (Mabel no quiere hablar de eso, su rostro de pronto cambia y se vuelve rígido, inapelable: “fue algo muy traumático”). Por eso tenía el apellido de su abuelastro. Tenía dos amigos: unos a la vuelta de su casa y otro era un compañerito de la escuela. Mabel cuenta, ahora con una sonrisa, que desde chico siempre dijo que sería veterinario:

 

—Era un loco por los animales. Su abuelo le había prometido que cuando fuera grande se iban ir a vivir al campo y ahí tener un montón de animales.

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En la edición del 15 de julio del 2013, el Diario Popular ponía este titular en tapa: “Hubo más de 780 casos de bullying en un semestre”. Y en la bajada decía: “Se trata de chicos victimizados por sus compañeros, y el estudio de la ONG “Bullying Sin Fronteras” reveló que las denuncias vienen creciendo a un ritmo anual del 30%. Seis casos de chicos fallecidos en los últimos cuatro años.

 

Hay una larga historia de legitimación social del desprecio hacia los diferentes, de la humillación a otro más débil para esgrimir una dudosa superioridad. Programas de televisión populares -el rey es Marcelo Tinelli- basan la diversión en generar ese tipo de situaciones. Una parte importante de este fenómeno, así como de la violencia doméstica, no es su novedad sino su visibilidad. En torno a los medios, todo se agrava por la doble moral: los mismos medios y personas que fomentan la ridiculización del semejante son los que acusan y satanizan a los jóvenes cuando agreden a otro.

 


 

La casa de Julieta Salazar queda en un barrio de Quilmes que linda con un pequeño arroyo y una calle de tierra que se pone espesa los días de lluvia. Una vez adentro se ven las paredes sin revocar y una buena cantidad de fotos enmarcadas: muchas de ella contenta con su uniforme de camisa blanca, corbata y pollera cuadrillé haciendo juego. En esa época tenía trece años. Todas son de la época en la que iba a una institución privada. Eso fue hace dos años, ahora tiene quince recién cumplidos y acaba de cambiarse a una pública. Ella es una chiquita simpática de pelo negro, contextura delgada, mirada risueña y sonrisa dispuesta. El padre, Mariano Salazar, trabaja en una metalúrgica. Mientras prepara el mate cuenta:

 

—Yo no la quería cambiar. Pero tengo dos nenas y un chico. No los podía tener mucho tiempo más a todos en la misma pieza. Ellas querían su lugar así que las cambié el año pasado a una escuela de acá cerca. Con dos cuotas menos pude ahorrar para hacerles su pieza que ya la tienen.

 

Cuando Julieta entró a la escuela nueva sintió que todo era diferente a la privada. Desde la manera de hablar o los temas de conversación, hasta la vestimenta que usaban. De todas formas, se llevó bien con todos sus compañeros. Fueron unos meses apacibles. Pero un comentario desafortunado (“vos siempre andás con el mismo pantalón”) dicho en el baño hacia una compañera, Yanina Da Silva, determinó que las cosas empezaran a cambiar.

“Para mí estábamos jugando, no pensé que se lo iba a tomar así de mal”, dice Julieta.

 


 

El Estado comenzó a ver que su intervención era necesaria. En mayo de este año se lanzó “Guía Federal de Convivencia Democrática”, la primera sobre violencia escolar. El texto fue repartido en las 48 mil escuelas públicas y privadas del país. Pide involucrar a las familias en la prevención y critica a los adultos y alumnos que ven las peleas y no hacen nada.

 

El día del lanzamiento el ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, le dijo a la radio América que estaban “preocupados” por los casos de violencia escolar que se conocieron en los últimos tiempos y advirtió que “algunos se pueden resolver y otros terminan en una vereda con un homicidio”.

 

Sin embargo, estos eventos extremos son excepcionales. El fenómeno que sí presenta una mayor amenaza para los estudiantes en todas partes es la violencia institucionalizada, habitual y banal, por ejemplo, situaciones de ridiculización u hostigamiento por alguna característica personal, que por lo general son más usuales y difíciles de modificar.

 

La guía federal despliega un marco conceptual y jurídico, el antes, el durante y el después en relación con las situaciones que afectan la convivencia en la escuela y una orientación para intervenir en conflictos relacionados con cyberbullying, discriminación u hostigamiento por orientación sexual o identidad de género. También critica cómo los medios abordan los fenómenos de violencia: “La manera de presentar la información vulnera el derecho de las personas involucradas y no ayuda a la comprensión del fenómeno”. La guía busca reforzar una legislación vigente, ya que en noviembre de 2013 se sancionó la Ley 26.892 de “promoción de la convivencia y el abordaje de la conflictividad en las instituciones educativas”, pero todavía no se aplica básicamente por cuestiones de entendimiento entre los ministerios y las provincias. Esta ley busca en concreto unificar y darle un marco nacional a la prevención de situaciones de violencia escolar, con instancias de participación de la comunidad y en todos los niveles del sistema educativo.

 


 

Víctor Feletto había sufrido problemas de acoso en varias oportunidades, incluso en una escuela anterior. El primer problema lo tuvo en la primaria. Los compañeros le pegaban y él no sabía defenderse. Así que decidieron cambiarlo. No es sencillo para las familias de sectores populares hacer valer sus reclamos en un terreno que les es ajeno como la escuela, y en algunos casos también recurren a la violencia.

 

A partir de quinto grado fue a la escuela 371 de Lomas de Zamora. Cuando Víctor ya tenía diez años Mabel empezó a sentir ciertos cambios en su hijo: empezó a volverse cada vez más callado. Pero ella no le dio mucha importancia. Un día, Mabel le miró un cuaderno con el que andaba siempre y lo vio lleno de monstruos. Estaban tan bien dibujados que a ella le daban miedo.

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Cuando empezó sexto grado ya se volvió completamente retraído. Su vida social pasaba por la iglesia del barrio donde, en el 2011, tomó la primera comunión. En las vacaciones del 2012 tuvo la suerte de viajar a Córdoba e ir al zoológico. Ese año era particularmente importante porque empezaba el secundario.

 

Había empezado bien de ánimo, pero después ya se había vuelto callado otra vez. Después, pensando en eso, Mabel descubrió que estaba deprimido. “No lo supe ver a tiempo.”

 

En la clase de gimnasia era donde los compañeros lo molestaban y llegaron a pegarle. Una vez, su madre regresó de su trabajo de limpieza en una casa del barrio y le vio el cuerpo lleno de moretones. Decidió llevarlo a la guardia del hospital Lucio Meléndez donde le hicieron unas placas. “Mientras esperábamos en el pasillo de la guardia me dijo que habían sido los compañeros del curso, que no quería ir más a gimnasia”.

 

El viernes 31 de marzo, Víctor Feletto salió de su escuela rápido porque el día anterior su mejor amigo dentro de la escuela había sufrido una golpiza. Se bajó del colectivo en la calle Eva Perón, corrió las tres cuadras hasta su casa y se metió como quien busca resguardarse de un animal peligroso. Eran alrededor de las doce y cuarto del mediodía. Entró directo a la pieza de sus abuelos y luego se encerró en la suya. Sólo estaba su abuela en la casa, Mabel Albornoz, que lo llamó para almorzar. Al rato, mientras preparaba la mesa escuchó el ruido. Volvió a la pieza de su nieto y encontró a Víctor tirado en el piso, con el arma en una mano y con la televisión prendida enfrente. “Tenía pólvora en los dedos”, dice Mabel.

 

José Feletto, el dueño del arma con el que se suicidó su nieto Víctor, dijo al diario La Nación: “Lo mató el colegio”. Mabel, en cambio, dice: “Yo no creo que fuera culpa de la escuela. A veces pienso que si esas armas no hubiesen estado ahí…Yo no sé: a veces le cuento a mi mamá: siento el pecho como si fuera una máquina. Es algo que no se me va ir más esto del pecho”.

 

La autoridad de la escuela y del docente están cuestionadas, no solo por el papel de los medios como nuevos agentes educativos. Al debilitamiento de las instituciones se le suma una extendida reacción contra el autoritarismo que dificulta el reconocimiento de cualquier autoridad, aunque sea legítima. A partir de allí, la escuela pasó a ser considerada la responsable de no dar las respuestas esperadas. Pero la crisis educativa es una crisis de la sociedad toda, y la crisis de la autoridad del docente, también es las del mundo adulto en general.

 


 

Un estudio reciente sobre la discriminación en las escuelas en América Latina realizado por la Campaña Latinoamericana por el Derecho a la Educación, refleja que el 78% de los adultos que trabajan en instituciones educativas de primera infancia en Latinoamérica fueron testigos de algún tipo de discriminación. Entre las formas más mencionadas están: características no valoradas por la sociedad, condición social y económica, raza, orientación sexual, discapacidad, ubicación geográfica, religión, edad, condición de migración y origen indígena.

 


 

Julieta Salazar hizo un comentario que no le cayó muy bien a Yanina Da Silva. Lo primero que pasó después fue que sus compañeros empezaron a dejarla sola en los recreos y adentro del aula.

 

Se acuerda de eso, hace silencio, y larga una sonrisa triste. Comparte un mate excesivamente dulce con su padre y después explica:

 

—Pasa que ellos eran todos compañeros desde antes. Y yo llegué como la nueva y no me lo perdonaron. Y seguido de eso me empezaron a decir que me hacía la linda. Y me apodaron “la cheta”. Yo no sabía qué era eso. Digo, yo era tan pobre como todos ellos. Pero decían que yo venía del privado y me creía mejor que todos. Nada que ver.

 

Hasta ahí fue sólo silencio. No la pasaba bien pero concentrándose en las clases podía sobrellevarlo. Pero al poco tiempo empezaron a llegarle notitas que decían “te vamos a agarrar a la salida y te vamos a cagar a palos”. No supo cómo reaccionar; nunca se había enfrentado a algo así.

 

—Eso me puso muy nerviosa al principio porque el privado era todo tan distinto. Mi papá me había enseñado que todo se arreglaba hablando y me di cuenta de que Yanina no quería hablar conmigo. Así que empecé a volver con mi hermana o mi mamá a casa. Cada vez que me la cruzaba a Yanina en el patio del colegio decía para que yo la escuche: “esta no se va ir de acá sin probar mis manos””.

 

—¿No hablaste de esto con nadie: la preceptora o la directora?

 

—Cuando le conté a la preceptora se puso del lado de Yanina porque la conocía desde chica y me dijo que yo le había dicho algo malo y le dio la razón.

 

La tensión de las amenazas duró dos meses en los cuales recibía mensajes al celular que decían: cuidate, Cheta.

Pero no pasó nada y Julieta, más tranquila, creyó que todo había terminado, y empezó a salir sola del colegio. Hasta que un día le pareció extraño ver a la salida a un grupo grande de chicos ir juntos para el mismo lado. Como ella iba para la otra esquina no le dio mayor importancia y siguió su camino habitual. Cuando hizo unas cuadras se encontró nuevamente al grupo y le produjo cierto temor saber que debía seguir por ahí para llegar a su casa. Siguió caminando y, ni bien los tuvo cerca, se formó un círculo alrededor suyo. La empujaron adentro: ahí la esperaba Yanina. “Defendete”, fue lo único que escuchó antes de que la agarrara de los pelos, la tirara al piso y le diera arañazos en la cara. Desde el suelo, mientras Yanina le daba patadas en el estómago. Julieta vio que casi todos estaban con los celulares en alto filmándo. Y que sonreían. Hay abundante literatura dedicada a mostrar el papel de la cultura y los medios de comunicación en la construcción de los estereotipos del cuerpo femenino y su efecto sobre la autoestima y la salud.

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Pero ¿por qué una crítica o un insulto no se responden con indiferencia o a lo sumo con otro insulto, sino que rápidamente provoca amenazas o golpes? Y si por un lado se condena, por otro hay una especie de acostumbramiento a las conductas agresivas. También en las redes sociales se crean sitios de “odio” hacia alguien o algo.

***

La escuela Nº 371 queda a unas pocas cuadras de la estación de Lomas de Zamora. Es un edificio grande porque funcionan las modalidades de primaria, secundaria y CENS en los tres turnos: mañana, tarde y vespertino. Las porteras son amables y saben guiar hacia la preceptoría. Una vez ahí, cuando se menciona el nombre de Víctor Feletto las caras sonrientes de las preceptoras se vuelven severas, incómodas, casi molestas. Dicen que no pueden responder nada, que primero hay que hablar con la directora. Señalan el camino hacia esa oficina.

 

La puerta está abierta y una mujer rubia sentada frente a una computadora ve que alguien se acerca y extiende la mano con amabilidad. Y cuando escucha el nombre de Víctor Feletto vuelve a ocurrir lo de antes: un visible desagrado le desfigura la cara. Alcanza a decir dos cosas: que los hechos no fueron como dijo la prensa y “si quieren saber algo diríjanse a Inspección”. Y cierra la puerta intempestivamente.

 

No olvidemos que el sistema educativo es una organización jerárquica y que, tratándose de temas muy delicados, incluso políticamente, prevalece el temor a decir algo indebido o que sea distorsionado si se publica.

 

Adriana Verón contesta por teléfono desde la sede de inspectores de escuelas secundarias de Lomas de Zamora. Su voz es calma y responde a todas las preguntas, absolutamente todas, con gentileza y paciencia. Cuenta que luego del suicidio de Víctor Feletto se convocó al equipo distrital de infancia y adolescencia (EDIA) de la Dirección de Psicología de la DGCE y se trabajó con los profesores y los preceptores de la institución para hablar sobre el hecho. Y además se hizo una investigación y seguimiento interno del caso y se llegó a la conclusión de que lo que sucedió con Víctor Feletto.

 

—No fue un caso de bullying. Sí, hubo un acto violencia pero no sostenido en el tiempo ni hubo hostigamiento. Es por eso que los medios tienen que tener más cuidado con lo que publican sobre el tema porque se puede dañar mucho a una institución y a las personas que están a cargo.

 

Al escuchar algunas de las diferentes voces de esta historia, logramos una trama más densa de significados y problemas detrás de una situación terriblemente dolorosa de la que los medios destacan el escándalo. Pobreza, una madre sola que trabaja por horas, un niño estudioso y bastante solitario con el apellido de su abuelastro, escuelas que no lo contienen, compañeros que lo rechazan, depresión, armas al alcance de la mano, iglesia que tampoco lo contiene, angustia silenciosa, golpes, miedo y muerte.

 


 

A Javier, el docente del affaire “boliguayo”, le sirven el té de boldo que pidió. Se lo ve cansado. Son las 18 hs y estuvo dando clases desde las 7:45. Mientras abre dos sobrecitos de edulcorante y los vuelca en su taza dice que la relación entre los chicos no empeoró. Incluso algunos compañeros de ellos le contaron que hacía poco, en una fiesta del barrio, esos mismos que casi se agarran a las piñas se estuvieron dando unos besos. “Son imprevisibles los pendejos”. De todas maneras, son historias que escucha todo el tiempo. Historias de pibes que se pelean, se hacen sangrar y que después se reconcilian porque reconocen en el otro a un igual. “Es como si formaran parte de una familia”. No pasa lo mismo cuando se enfrentan a un adulto o a alguien de otros barrios o que pertenece a otras clases sociales. “Ahí, en esos casos, las peleas son a todo o nada”, dice Javier.

 


 

La dirección de la escuela es pequeña: un escritorio, dos sillas, un mueble con carpetas numeradas, una computadora vieja y en un costado una pila de netbooks del plan “Conectar igualdad” que ya no sirven. “El problema que tuvo Julieta en nuestra escuela fue uno de los tantos que tuvimos el año pasado. Y que todavía seguimos teniendo este año. Son problemáticas con las cuales debemos batallar constantemente”, cuenta la directora, Jazmín Argañaraz, mientras fuma cerca de la ventana que da a la calle. “Pero te voy a decir algo: me doy cuenta de que muchos de los problemas que se dan en la escuela no son propios de la institución. Nacen o se desarrollan afuera de la escuela y encuentran en los salones o patios nuestros el lugar de cruce para dirimirlos. Los chicos, muchas veces, se hacen cargo de los problemas o frustraciones sociales de los padres. Más en una comunidad donde la droga y la pobreza están tan presentes. Nosotros tenemos que contener a los chicos y casi siempre le encontramos solución a estos conflictos”.

 

En el caso de Julieta hubo intervención del Gabinete pedagógico. Se la contuvo y se actuó rápidamente y ella siguió yendo a la escuela y pasó de año con muy buenas notas. No tuvo ningún otro problema con Yanina porque hubo un seguimiento del caso donde cada semana se las citaba al gabinete y dialogaban con el equipo de psicopedagogas para que hubiera integración entre ellas y pudieran dejar atrás lo sucedido. Para la directora, lo más importante es que el video de la pelea no se subió en ninguna red social. Eso fue, piensa ella, porque actuaron con celeridad. Y amplía la idea: “Y así es como nos movemos siempre. Pero no en esta escuela, sino en todas las escuelas los docentes trabajan para que esto no ocurra o, por lo menos, no se convierta en un determinante negativo para la vida futura de ninguno de nuestros alumnos”.

 


 

Un video llamado “La venganza de los nerds” del canal de cable VH1 forma parte de una campaña anti-bullying. Tuvo más de un millón de visitas en YouTube. En él se ve cómo son sometidos a diversas vejaciones físicas 5 chicos que representan el modelo estadounidense de lo uncool. Con la melodía de I will survive de Gloria Gaynor y una lírica revanchista, se pretende mostrar que todas esas personas que sufren bullying el día de mañana pueden ser grandes y poderosas y hacerles la vida imposible a sus humilladores. Al final del video se lee la leyenda: Nerds today, Bosses tomorrow. Ese final deja un sabor agridulce, por supuesto. Porque, de alguna forma, reproduce lo que combate.

 


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