Paula Salischiker relata en primera persona ese momento en la vida de muchas mujeres que de repente sienten unas ganas muy profundas de ser madres. Ese deseo la arrimó a otra cofradía: la de los tratamientos de la maternidad diferida. Con palabras y fotos, Paula cuenta cómo fue y cómo sintió el proceso: hacerse cargo de la decisión, participar en foros para conseguir medicación gratis, esquivar opiniones, "pincharse" donde sea, planear una familia a su medida.



Fotos: Paula Salischiker

 

Es domingo y en la parrilla de mi barrio tres mujeres hablan del embarazo de una amiga mientras trato de sumergirme en mi lectura para no pensar más en ovocitos, pinchazos y sueños congelados.

 

Hace diez días comencé un tratamiento para guardar mis óvulos –no tan viejos pero tampoco tan jóvenes– en una especie de bidón de metal de nitrógeno. Dormirá entre cientos de óvulos de otras mujeres, con el mismo objetivo. Mi Plan B concreto me acerca a una familia, mi propia familia, la que construyo desde que apilo muñecas y hago que lloran para ir a buscarlas rápido y hacerles upa para que se calmen: qué suerte que me tienen para cuidarlas.


 

Para sobreestimular mis óvulos me pincho la panza. Veo videos de Youtube sobre cómo hacerlo, y parece fácil. Me pincho sola, con amigas, con mi novio, en mi casa, en el trabajo, entre reuniones. En unos días –el tercero de los diez en los que voy a hacerlo– soy una experta: antes temblaba de miedo y ahora lo hago apurada, como si nada, esquivando los moretones de los pinchazos anteriores.

 

Aprendí: un lado y otro lado, como el ritmo para dar la teta.

 

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Cuando me siento canchera, sucede lo impensado: se me cae todo el contenido de una ampolla en el piso del lugar donde trabajo antes de poder pasarlo a la jeringa, y tengo tanta bronca que rompo el envase de vidrio con mis manos y lloro bajito para que no me escuchen. Después de unos días tengo la panza hinchada y oh, qué curioso, si me miro al espejo parezco embarazada. Como hice tantas veces en mi vida, tiro de la ropa hacia atrás y aparece mi panza de Menopur, la medicación hormonal que me inyecto a diario.

 

 

Hago una foto.

 

Donde sea que vaya escucho hablar de bebés. No es algo de ahora, me viene pasando hace tiempo. Veo bebés con sus mamás, y defiendo sutilmente la idea de ser madre en las reuniones donde mis amigas, exitosas todas y algunas con otros planes, charlan sobre Margaret Atwood, escenarios distópicos y la idea claustrofóbica de ser madres “para toda la vida”. Mi mamá se me aparece como una heroína: durante 28 fue mamá de algún menor de 18 años. “Habría tenido tres más”, dice cuando le cuento lo que voy a hacer y yo pienso en ese total de siete hijos –cuatro reales y esos tres pendientes–, como un número que supera los mil.  

 

A veces sueño que huelo bebés, como antes de sacar el registro soñaba que manejaba. Otras veces sueño que vuelo por arriba de la oficina donde trabajo y me veo chiquitita frente a la computadora, un puntito perdido. Pero hace días que sueño con los pinchazos, y con las historias de otras mujeres que leo, aunque me prometí hacerlo menos, en los dos foros a los que me uní para conseguir donaciones de mi medicación y reducir a la mitad el costo de mi tratamiento de vitrificación, no contemplado por las obras sociales como un tratamiento necesario a mis 33 años, sin problemas aparentes de fertilidad.

 

La Ley Nacional de Fertilización Asistida ayuda a las mujeres que están intentando ahora, me explican. Las que planificamos intentar mañana nos quedamos afuera pero no me importa: me alegra la conquista de que exista, y recuerdo las caras de todas las que me contaron sus historias entre lágrimas de emoción o tristeza, y mi país me llena de un orgullo que se cuela como un rayo de luz entre las otras cosas oscuras de las que reniego.


 

La amiga de las chicas de la parrilla parece que primero compró la casa gigante para la familia que quería tener desde siempre y mucho después logró tener esa familia. Una visionaria ella, y la casa amplia, un presagio. “La re veo a Ale como madre”, dicen. Pero mientras lo dicen y comparten un litro de cerveza, pausan la charlan. Ale no está enamorada, no se lleva bien con la pareja y solo quiere los hijos. Intuyo que todas ellas, en sus treinta y largos de libertad, mientras se quedan al sol un rato, están dudando sobre si Ale es una genia, una simple mujer que sigue sus instintos o una sometida víctima del estereotipo machista de la mujer como mero útero. Las veo como un espejo en mí: yo también dudo y deseo, en dosis iguales, la mayoría de las cosas.

 

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Hasta hace poco tiempo me interesaban las profesiones y las edades, en ese orden. Hoy, cuando me hablan sobre una mujer no puedo dejar de preguntar sutilmente, en algún momento de la charla, la edad y si tiene o no hijos. No me siento orgullosa de mis intentos de averiguación, pero me gustan los números, fabrico estadísticas y decido que estoy haciendo esto en una edad óptima: ¿quién no necesita una autopalmada en la espalda, después de todos los autogolpes? Mis óvulos de antes de los 35 serán por siempre jóvenes, guardados en Córdoba y Bulnes hasta que yo lo decida.


 

Las esperas en la clínica de fertilidad son extrañas: hay demasiada luz, y todo funciona armónicamente hasta que se cae el sistema y corremos hacia las secretarias para que no se olviden de nosotras.

 

- Hola, tengo el número A03 y represento a todas las mujeres de esta sala. Estamos urgidas, de alguna manera u otra: o nos acordamos demasiado tarde o nos avisaron, sutilmente, que hay menos tiempo que ayer.

 

Eso quiero decir, pero espero a que otras se quejen con más ímpetu. Cuando informan que el sistema se cayó, quiero que me prometan que tienen medidas para que no se les descongelen los óvulos ni se les olvide cerrar correctamente la puertita esa del tubo en el que los meten. Cuando descubro un error de ortografía en las explicaciones del video que pasan en loop, pierdo más la calma: “Inviertan los 40.000 pesos que cada una de nosotras paga en un técnico de PC y en un editor, por favor!”, quiero escribir en el libro de comentarios a disposición.

 

En la primera consulta siento como si viniera por las dudas, a hacer una visita general a la empresa. Me preguntan si estuve alguna vez embarazada: digo que no. Quieren saber el nombre de mi pareja: “No, gracias”, digo fuerte. Al negarme me siento una defensora de los derechos de las mujeres que estamos pensando nuestro futuro desde la libertad de un presente y sin la necesidad de un otro que sea parte de nuestro proyecto. Pero al rato pienso que debería haberle pedido a una amiga que me acompañara, y de ahí en adelante todas las visitas las hago con alguien, y todo es mucho mejor.

 

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Las cuatro clínicas que visito son muy similares, y en la mayoría de los consultorios la escena se repite: doctor principal hombre, doctora levemente al costado, en un supuesto rol menor (al final ella es a quien más voy a ver en este proceso). La opinión es unánime: con 33 años y sin planes de convertirme en madre en breve, lo mejor que puedo hacer es congelar óvulos, un procedimiento idéntico al que realizan las mujeres que hacen tratamientos de fertilidad.

 

En el foro, cuando vuelvo de mis visitas, hago un post y explico mi situación. A los minutos recibo un montón de sugerencias: “Tenelo sola”, “Aprovechá la Ley de Fertilidad y tenelo ahora”, “Congelá que nunca sabés”. Empiezo a recibir propuestas de donaciones que me van a hacer recorrer 10 barrios y conocer a 10 mujeres. Leo historias que me abren un panorama nuevo: chicas de 28 con problemas de infertilidad, mujeres de 49 recientemente enamoradas que quieren volver a ser madres, mujeres solas con una red de amigas y familia para ayudarlas a cumplir su deseo.

 

De a ratos, en la oscuridad de mi casa, siento como si me unieran a ellas unos puntos suspensivos y pienso en mi deseo adelantado y en el de ellas tan presente, y me dan ganas de contestar los comentarios.“Va a salir todo bien, Lorena, hay que tener fe”, “Felicitaciones por tu Beta” y un montón de cosas que hace tres semanas no estaban ni en mi diccionario habitual ni en mi corazón, pero que hoy escribo.

 

Scanned Document

 

De a ratos me encanta no ser estas mujeres porque viven pendientes de sus resultados, pero el tercer día que visito la clínica yo me convierto en una de ellas: no estoy respondiendo bien a la estimulación, hay pocos óvulos y son chiquitos. La extracción es en unos días y tienen que crecer como sea: busco comida recomendada en foros y tomo mucha agua y medito y pienso en hacer reiki e ir a la tarotista mañana mismo: en estos momentos todo ayuda. También lloro en la calle, una actividad que cada tanto me libera: nadie me hace ninguna pregunta pero me siento observada. ¿Qué contestaría si me preguntaran qué me pasa? “¡Mis ovulitos son chiquitos y no están maduros! ¿Por qué a mí, Dios?”. Tengo que ir al trabajo rápido y me olvido completamente de esta historia en mi vida cuando entro a la oficina.


 

Como me gustan las listas, encuentro refugio en ir anotando lo que me dicen las mujeres acerca de este proceso, en orden de escucha:

 

“Los hijos son siempre de la mamá”

“Hacelo, pero no se lo cuentes a nadie, es muy privado”

“¿Tu novio no quiere? Igual nunca es un buen momento”

“En serio? Parecés más chica”

“Siempre te metés en cosas raras”

“A vos te gustan los freaks”

“El mundo de la soltería es una selva, hacés bien”

“No los vas a usar, acordate”

“Te van a sacar como 20”

“Hacelo sola”

“Andate de vacaciones con esa plata y embarazate”

“Te re veo como madre”

“Te lo hacés y te quedás embarazada”

“Mandalo a la mierda y buscate uno que quiera”


 

Después están “las fotos”.

 

“El estudio de FSH es una foto de tu fertilidad al día de hoy”, me dice mi ginecóloga.

 

“La eco vaginal es una foto de tu vagina en este momento”, me dice un médico antes de que me acueste en la camilla.

 

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Todos me hablan de la foto, la instantánea parece ser la mejor analogía que encuentran para aclarar que esto que hacemos es solo una prueba del presente, y nada más que eso: como una imagen, no implica ningún compromiso con el futuro, y solo puede hacerse cargo de un ahora pequeño.

 

Si lo pienso, la clínica a la que voy semana a semana también es una foto de mi vida: es bastante moderna, con cemento alisado y mucho blanco. Renovada seguramente cada un par de años, con cambio de look y actualizaciones pertinentes. Sin embargo, mirando un poco más atentamente salta a la vista que los cimientos están un poco rotos, o quizás solo a punto de moverse.

 

Como también hago un registro visual de mi monografía “Óvulos”, intento hacer fotos en la sala de espera pero no puedo. Siempre llevo la cámara pero no me sale disparar. En la espera previa al último estudio, se acerca una enfermera de unos sesenta a la sala y con su celular hace una panorámica de todas nosotras sentadas. Sin pedir permiso. Me imagino para qué la usará, me horrorizo por ser parte de una foto grupal de un posteo en Facebook con el epígrafe “Sala llena de futuras mamis”.


 

Llega el día y mi amiga, a la que yo acompañé en este proceso hace un año, me viene a buscar por casa en auto. Le cuento que lo que más me impresionó hasta ahora es tener que hacerme un Evatest la noche anterior y ver el resultado positivo para comprobar que todo lo que vine haciendo estas semanas dio sus frutos: falsamente embarazada, con un nivel de hormonas excesivamente elevado, voy mirando las calles y pensando que algo de este hoy mío, 22 de septiembre de 2017, va a quedar congelado para siempre. Es poético, y me enamoro con la idea de que, si me muero mañana, va a haber algo mío vivo en algún lado, por algún tiempo. Celebren mi vida en la esquina de Bulnes, pienso, justo al lado de la concesionaria, en diagonal a la farmacia para la mujer.

 

Somos unas cuarenta personas a las ocho de la mañana en la clínica, parejas en su mayoría. Me hacen ir a caja, pagar y firmar una autorización para la criopreservación de mis óvulos: el precio que pago incluye doce meses de congelamiento, y me comprometo a los 120 dólares anuales cuando ese plazo venza. Menos que tres sesiones de depilación definitiva, pienso justificando mis gastos a priori.

 

Entrar en la sala de espera me impresiona: vienen a verme mi doctor y el anestesista, que de repente es la persona más especial en mi vida: me explica todo y me toca la cabeza: “Son unos minutos nomás”. El quirófano está bastante lleno, me siento y abro las piernas: me explican lo que va a pasar y me dicen que voy a estar sedada en tres, dos, uno.

 

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Me despierto al lado de mi amiga, no sé cuánto tiempo después, y lo único que quiero es ver al médico, que supuestamente ya pasó a verme y con el que mantuve una charla de unos minutos. Como no me acuerdo de nada, vuelve. “¿Qué te dije cuando me desperté?”, le digo. “Te despertaste hablando de Santiago Maldonado”, me dice. Creo que me está cargando y repregunto. “Nos dejaste helados, la mayoría de la gente se despierta muriéndose de risa o callada”. Pienso que ni anestesiada puedo dejar de ser yo. Me vuelvo a dormir y en esos minutos le pido a Vicky que me haga fotos, de las que después nos reímos: parezco una sobreviviente de la movida madrileña de los ochenta.

 

Decido que amo la anestesia, porque me hizo navegar diez minutos por temas muy recurrentes en mí pero desde otros ángulos: desde las alturas de un pensamiento volátil veo a mi papá y su juventud en la cárcel, me veo en mi trabajo, soy comprensiva con la relación con mi novio, amo a mis amigas preferidas, y veo con dulzura las cosas que quiero hacer el año que viene. Estoy todavía drogada y el mundo me parece un lugar ameno. Anoto todo en hojas sueltas, porque me acuerdo que tengo el plan de escribir todas mis experiencias. Tomo un café como si fuera el primero de mi nueva vida. Estoy contenta de haberme hecho cargo de mis deseos y también feliz de ser, por ahora y hasta que yo quiera, miembro de una familia de una sola persona.


 

Como un fotograma, la imagen dos meses y medio después: vivo en una casa nueva y estos días estoy muy cansada y desganada aunque acabo de volver de unas vacaciones cortas en Brasil, recorriendo playas y ciudades con la convicción del que el 2017 fue un año de grandes logros.

 

Me duele mucho la cabeza, la panza y el cuerpo en general.

 

Considero que puede ser algo gravísimo y consulto a amigas no médicas, todo es mejor que buscar síntomas en Google.

 

La que está embarazada de siete meses me sugiere hacer un test de embarazo ya. Dudo durante cinco días y cinco noches. Cuando me decido a comprarlo en la farmacia, me dejan pasar primera y una mujer me sonríe inexplicablemente. Es miércoles y no quiero hacerlo, voy a esperar a estar más descansada y leer bien las instrucciones. El 7 de diciembre, un día antes del casamiento de mi hermana y con una convivencia de siete días recién estrenada, mientras mi novio se baña, me vuelvo a hacer el segundo test del año. Las dos rayas rosas son muy claras: hay algo, adentro mío, que no soy yo. Y está creciendo.


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