La carrera de Cazzu empezó a los 10 años. Primero fue el folklore, en su casa de Fraile Pintado, Jujuy. Después, ya instalada en Buenos Aires, se decepcionó con la cumbia: no le gustó el ambiente. De la mano del reggaeton llegó a la cima del trap: es la trapera estrella de la movida local, metió hits con millones de reproducciones en Youtube y es referente de un montón de mujeres que rapean.



Fotos: Lau Bacanal.

 

Cazzu está en el escenario. Su tono de voz es ronroneante, sútil, dolido pero nunca quebrado. Como quien acaricia un piano, susurra sobre una intro, hasta que empieza el latido del dembow. La fiesta se enciende. El público, unos siete metros más abajo, filma, baila, corea. Cazzu en las alturas: en la cresta de la nueva ola. Cazzu, la chica de Jujuy que sólo quería cantar y ahora tiene millones de reproducciones en Youtube, teloneó a estrellas internacionales como Daddy Yankee y a Bad Bunny y es referente, junto a Duki, de una movida local en crecimiento.

 

Son las tres de la mañana y todo el mundo, bailando. Estamos en Mind, una discoteca en Saavedra, a 100 metros de la General Paz. Es el momento álgido de la Black Cream, una fiesta que ya tiene once años. Si esta fuera la película de Cazzu, la secuencia se repetiría en cámara lenta, con la arenga de la gente, sonando pastosa. Ahí la vemos caminando por el balcón del boliche, sobre el público, con sus dos bailarinas y Sky, su inseparable Dj. Cazzu viste esas minis escocesas que lucen las chicas de Battle Royale. Su silueta, de espaldas, recortada por las luces. Sí, podría ser también, la imagen del afiche de su película.

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Así como aquel jueves por la madrugada fue en Saavedra, la escena podría ser un sábado en Córdoba, o un miércoles en Mendoza. Un lunes en el Uniclub del Abasto, o en los sold out de Bad Bunny en el Luna Park. El trap es el movimiento musical del momento. Y puede que se termine mañana: pero si ocurre, ya cambió muchas cosas, en muy poco tiempo. En diciembre del año pasado, la vi a Cazzu en el Club Matienzo, en una fecha para 300 personas. En lo que pasó del año, su nombre se instaló en el Olimpo de este género expansivo.

 

El trap es inflamable, es material con capacidad para enredarse y mutar con todo: con el reggaetón, con la cumbia, con el EDM (esa música electrónica de estadio, de bajos avasallantes). Una cantidad de etiquetas, pegada encima de la otra. Géneros refundados en el nuevo milenio. Y Cazzu los conoce bien. Desde que era Juli K, una adolescente norteña, que buscaba la manera de salir adelante con su voz: “Siempre andaba en movidas, escuchaba punk, andaba en skate. Y me encantaba el reggaetón”. En su canción Maldade$, Cazzu cita a los grandes compositores de ese género, a veces denostado: el Tego Calderón, Don Omar, Randy, Chencho y Maldy, de Plan B, De la Ghetto, El Father, Farruko, Los Cangrys, artistas que Juli escuchaba a los 12 años, cuando le prometía a su mamá que alguna vez, iba a cantar con una estrella como Daddy Yankee.

 

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“Hoy los chicos pueden empezar una carrera haciendo reggaetón, pero en ese momento ni había productores. Entonces armé Juli K, una banda de cumbia con reggaetón. Ese fue el primer paso para lograr algo copado. En Tucumán ya nos conocían y en Buenos Aires nos empezaron a conocer. Esa banda me dejó muy contenta. Era lo que es Cazzu hoy, un antecedente. Tiene ese mensaje: me veía como la chica rebelde que está al mando de la situación. Y me dio mucho aprendizaje: de cómo es el juego en un mercado totalmente desconocido. La frialdad, las cosas que tenés que enfrentar”, dice sentada en el camarín.  

 

Conversamos en una pausa de la filmación de “Mi Cubana Remix”, una superproducción que reunió en una mansión de Villa Devoto a más de diez bailarinas, un cantante boricua llamado Eladio Carrión y a Ecko, Khea y Omar Varela, la joven crema de Mueva Records. Omar está por cumplir 20 años y tiene en su haber las bases instrumentales de, por empezar, la primera trilogía de hits del trap nacional. “B.U.H.O.” (con Khea y Duki), “Hello Cotto” (Duki)  y por supuesto “Loca”, el tema que cierra con un feat de Cazzu y hoy está en los 292 millones de vistas. “B.U.H.O. fue una puerta importante”, dice Cazzu, “pero mi vecina no lo conoce. Por ahí no sabés qué es el trap, pero sí conocés “Loca”. Hace poco una vecina joven que siempre me atendía en el kiosco, me dice ‘vos sos Cazzu!'”. Y yo ‘por fin te saco una sonrisa'”.

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En la casa de Julieta Cazzuchelli en Fraile Pintado, Jujuy, se escuchaba folklore. “Mi mamá bailaba, mi papá era guitarrero. Mi hermana tenía condiciones para cantar, tenía talento”. El aval paterno instaló a las dos hermanas en Tucumán, con la condición de estudiar. “Me metí en cine durante tres años, claramente como un plan B por no poder hacer algo con la música.  A escondidas de mi viejo, que nunca me cortaron nada, pero querían que estudie”.

 

Juli (“La Cazzu” como le decía el preceptor o como tenía bordado en su campera de egresada) ya transitaba a su manera su propio camino en la música: “Yo sabía que quería cantar. Aprendí cantando folklore, pero mis amigos no eran tan del folklore. Así, tuve una banda de cumbia norteña, otra de santafesina y hasta un casi contrato que se derritió”. Julieta ansiaba buscar cabidas: ondas, movidas, escenas. “Juli K me dio la luz verde, ver que podíamos. Pero estaba muy dolida por cómo se frustraba las cosas y le puse una lápida a la cumbia. Me decidí a hacer reggaetón”. Y, Buscando a Cazzu, salió rumbo a Buenos Aires.

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Hace tres o cuatro años atrás, el trap era endogámico y casi de ghetto. Ahora tiene circuitos: fiestas con recitales incrustados en algún momento de la noche. Ciclos que se replican en Buenos Aires, Córdoba, Jujuy, Mendoza. Toda una generación de jóvenes -cantantes, beatmakers, videastas- entran y salen de este terreno fértil, promiscuo, recuperado, camaleónico, digital: aunque se pueden parecer, hay muchos estilos de trap dando vueltas, con diferentes cepas, como los vinos.

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¿A qué suena? Una forma de resumirlo sería: una parte de rap, una parte de dub y, principalmente, una parte de electrónica. En este regreso del trap (que tiene un antecedente en el crunk, o el rap sureño, de los 90s) se ha revalorizado el sonido de la Roland 808, una máquina de ritmos que se discontinuó en 1983. Silencios y frecuencias graves bien pesadas y espaciadas. Melodías oscuras, emotivas, melancólicas y sintéticas. Justamente, a veces, la voz del cantante también se enmascara con un procesador de audio, llamado autotune. Para algunos críticos, es una manera de corregir defectos en cantantes sin técnica. Para mi es el sonido más cercano a una voz en tiempo de algoritmos.

 

Las letras tienen que ver con la ruta de la juerga, del “egotrip” del rapero que se autolegitima, de la batalla hormonal, de pussys, de weed, de marcas de ropa de lujo, de la vida en el vip, el cachondeo y el lujo, el trapicheo. En muchas, subyace la angustia, un lamento existencial de criatura urbana. Estéticamente también: sus plataformas son audiovisuales también. Sin embargo es material inestable, y se modifica en cada ciudad donde suena. Un acento, una línea y ya está la diferencia.

 

El trap local avanza en tándem con la consolidación del reggaetón. Hace unos meses, en GEBA, cantaron Daddy Yankee y Ozuna, el artista consagrado y otro que se posicionó rápidamente como uno de los nuevos astros. Ese día, en camarines, Cazzu esperaba su momento para salir a preparar el ambiente con sus compañeros de Mueva Records. Minutos antes, recibía un mensaje de su mamá que le recordaba aquella visión, a sus doce años, cantando con Daddy Yankee. “Estoy viviendo un sueño”, se dijo y salió a cantar bajo el cielo de Palermo. La esperaban miles de personas.

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Para entender cómo se instaló el trap en un año, en un país donde el hip hop nunca logró romper el campo de gravedad de las radios hacia el gran público, hay varios factores: la capacidad del sonido de filtrarse y mezclarse con otros géneros, la consolidación del reggaetón como un género más cercano al pop y que representa ya una esencia latinoamericana. Es el momento en que una generación que creció con el ritmo que surgió entre Puerto Rico y Panamá está empezando a hacer su propia música.

 

También podemos adjudicar el fenómeno trap al crecimiento de las competencias de freestyle en las plazas. Desde la espontaneidad de El Quinto Escalón en Parque Rivadavia en Caballito, a la Batalla de los Gallos, avalada por Red Bull. Hace poco en la final nacional, transmitida desde el Luna Park, con una audiencia de 50 a 80 mil espectadores online, algunos seguían la batalla, pero la mayoría esperaba a Duki, la gran estrella argentina. En ese mismo Luna Park, se presentó Bad Bunny, un joven boricua que hace dos años era un desconocido y hoy está en el top del género. Eso no fue todo: Cazzu y Bad Bunny se dieron un beso de telenovela. Instagram en llamas.

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Estamos en el VIP. Cazzu con los suyos, entre amigos. Muchos de los que forman el núcleo duro del nuevo panorama del trap estan ahí. Es una especie de bienvenida a Duki y Ysy_A, recién llegados de romperla en España. Hace menos de tres años, Cazzu también estaba en Europa, con otro contexto totalmente diferente.

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Cuando se instaló en Buenos Aires, hace tres años, empezó a moverse: “Llegué de Jujuy, dejé los bolsos y salí. Salí a ver cómo empezar y también necesitaba laburar. Tenía que ganar plata porque siendo mujer, eso de ‘grabar de onda’, siempre puede ser turbio. Hay que tener mucha cintura para manejarse”.

 

Consiguió un trabajo como diseñadora de imagen de una banda de cumbia turra, que se iba de gira a Europa. No los nombra, pero ahí aprendió otra vez con los dientes apretados: “Fueron situaciones desafortunadas. Pude ver gente que maltrataba su trabajo, su suerte. Me hubiese gustado estar en su lugar. Todo era más importante que estar en el escenario, y para mí nada importa tanto como eso”. De esa gira volvió bajoneada, pero con una certeza. “No sé qué era, pero sentía que toda esa amargura y maltrato, eran por algo. No sé… re volada, como si me hubiese tomado un té de golondrina, tuve una sensación futurística: algo iba a pasar adelante, no sabía qué era”. Pronto todo empezó a tener sentido. Empezó a grabar temas y videos. El primero fue “Más”, que era como “un r&b con trap, pero no quería hacer algo fake. Solo quería rapear”.

 

—En ese entonces, salió tu mixtape “Maldade$”, con una estética clara que remite a Kill Bill. Sé que sos fan del animé, pero ¿qué onda eso?

 

—Esa estética surgió después de hacer varias pruebas con mi amigo Imorv, que es quien lo diseñó… No sé si fue tan pensado pero es un estilo que representa fuerte lo que es Cazzu, un poco ruda, con ciertos dolores ocultos, versátil y lista para matar (metafóricamente jaja) a los enemys.

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De esta generación, también se dirá que no van a esperar un contrato para moverse. Lo que ganaba, Cazzu lo invertía en hacer videos, producciones y empezó a llamar la atención. “En ese momento lo conozco a Neo Pistea, al Malajunta. Y todos me trataron con mucho respeto, algo que no me había pasado con el reggaetón. Haber conocido a Marcianos Crew, ser re fan de él y poder conversar. Poder llamar colegas, a Fianru, a traperos que admiraba. Hoy todos se han consolidado”.

 

—¿Que pasó cuando la rompió “Loca”?

 

—Fue una locura real. Venía de trabajar con Cristian Kriz como beatmaker y después de sacar Killah, empecé cruzarme con mucha gente del ambiente trapero – rapero. En esas conocí a Omar Varela. Yo venía haciendo algo más R&B, y de pronto me presentan a Khea, que era un re bebé, pero tenía una voz tremenda. Me quería invitar a cantar un tema, y yo primero le dije que no, porque no hago temas con gente que no conozco. Pero, bueno, ese día nos conocimos más. Me mostraron “Loca”, que es un trap más chill, y lo hice así como R&B. Ese día que nos conocimos salió el tema y flipó.

 

—Hace poco vi un video que estás con Khea cantando “Loca” con Pablo Lescano. ¿Lo viviste con un poco de sabor a revancha con la cumbia?

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—¡Hace muchos años no me ponía tan nerviosa de subir a un escenario! Y fue porque Khea prácticamente me obligó (risas). Fue re lindo. Él lo conoció a Pablo y hablaron de cantar juntos y yo solo estaba ahí, entonces Khea me pidió que lo segundee. Mi respeto y mi amor a la cumbia es eterno.

 

La noche y la canción terminan donde todo empezó : en el vip del boliche porteño. Cazzu, Duki, CRO, Soul G, la joven guardia del trap está en su salsa. Los viajes a Colombia, los Luna Park, los festivales, ya se materializan en el futuro cercano. Cazzu, con sus 24 años, ya sumó muchas millas. “Estamos re pegados. Y a veces me quejo, porque quisiera poder estar tranquila económicamente… Y también hay mochilas extras que me puedo llegar a poner por ser mujer, que a veces me sacan de mi eje. Ya sabés, la sensibilidad, lo de siempre. Como mujeres hemos estado expuestas, esto pasa y es súper difícil”. Mira a sus compañeros y sigue: “Todavía no les tocó vivir lo que ya me tocó. A mí a veces me asusta, espero que todos sepan maniobrar. De momento, componemos, escribimos canciones. Estamos rebeldes con las disqueras, no queremos que se metan. Queremos ser nosotros”.


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