Los infectados de dengue describen a la enfermedad como una patada en la nuca, púas en las plantas de los pies o una resaca asesina. Este año las cifras alcanzaron a las de 2009, cuando Argentina vivió la peor epidemia provocada por el mosquito. Ana Prieto recorrió hospitales, habló con enfermos que volaban de fiebre, consultó a los mejores especialistas. Sin conciencia social sobre la transmisión y la prevención, y con lluvias constantes que generan criaderos, los argentinos encomiendan su suerte al tarro de repelente.



Foto portada: Julieta De Marziani
Fotos interior: Instituto Sanofi Pasteur

 

Escena

 

En los jardines del hospital Muñiz hay personas que caminan como si tuvieran piernas de madera.

 

Por ejemplo Juan, a quien su padre y su novia ayudan a bajar los siete escalones del tráiler médico, y a sentarse al borde de un cantero.

 

La madre le alcanza una botella de agua tibia (hace calor en Buenos Aires), pero Juan no la recibe.

 

“Que se hidrate” dice la mujer, repitiendo las instrucciones que acaba de darle la enfermera. “Que le ponga una gotita de reliverán al agua si no la soporta”.

 

“Está caliente”, dice la novia, tocándole la nuca, la frente, la boca.

 

“Ya va a pasar, cinco días y pasa”, dice el padre.

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Hablan como si él no estuviera, porque es como si él no estuviera. No los mira, ni asiente ni contesta. No se mueve, porque con cada oscilación muscular siente que el cuerpo se le rompe. El único indicio de que está consciente son sus ojos, que parecen estar posados sobre algo espantoso.

 

“Mucha agua”, insiste la madre, y se la da ella misma, levantándole el mentón y posando con cuidado la botella en sus labios.

“Y reposo”, dice la novia.

 

“Soy un convencido de que esto lo crearon ellos”, dice el padre, sin preocuparse por aclarar quiénes son “ellos”. Tal vez se refiere a la industria médica global, o a los enfermeros del Muñiz, o a la fábrica que produce el repelente que acaba de alcanzarle su nuera. “Mezclaron esto con aquello a ver qué salía”, declara mientras agita el envase, “y listo, acá nos tenés a todos”.

 

Porque son muchos los que esperan su entrada al tráiler instalado en los jardines del hospital. Otro hombre con piernas de madera sube las escaleras una a una. A los enfermeros que lo reciben les basta ese andar lento y los 39 de fiebre para saber que llega un paciente más con dengue.

 

El hombre destapa el repelente y rocía el pelo y la remera de Ramones de su hijo, que solo cierra los ojos, como si no estuviera.

 

El contagio

 

En pocas palabras, el proceso es así: una hembra de la especie de mosquito Aedes aegypti pica a una persona infectada con el virus del dengue, contagiándose en consecuencia, y transmitiéndolo a su vez a cualquier persona que pique a partir de entonces.

 

En detalle, el proceso es más interesante y revelador: a pocas horas de nacer, la hembra de la especie de mosquito Aedes aegypti copula con un macho de la misma especie y, porque la naturaleza así lo quiere, necesita ciertos componentes de la sangre humana para que los huevos maduren en su interior, y también para efectuar la acción mecánica de ponerlos. Para lograr ambas cosas, debe tomar sangre hasta saciarse, es decir, hasta quedar literalmente a punto de reventar.

 

La mosquita grisácea y más bien vulgar de la especie Culex, que suele picarnos de noche y atormentarnos con su zumbido insomne, también necesita sangre para que sus huevos se desarrollen. La diferencia es que a la Culex con un solo damnificado le basta. La mosquita Aedes, en cambio, pica más de una vez: va de persona en persona hasta satisfacerse. Además, lo hace de día.

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Para que la hembra del Aedes se convierta en un receptáculo móvil de dengue deben cumplirse dos condiciones: que pique a alguien que tenga el virus recorriéndole la sangre justo en ese momento, y que viva lo suficiente para que el virus llegue a sus glándulas salivales y pueda transmitirlo la próxima vez que se disponga a picar.

 

Este proceso no es inmediato. Una persona puede “ofertarle” el virus del dengue a una Aedes durante cinco o seis días, como mucho. Para eso debe haber sido infectada por otra Aedes con dengue unos días antes (siete en promedio). Y el tiempo que una mosquita necesita para volverse infectante es, en una latitud como la de Buenos Aires, de unos 12 días.

 

Que esta cadena de contagio resulte exitosa no es una mala coincidencia, ni un evento desafortunado ni una catástrofe inesperada. Es, en realidad, muy común. Hoy el dengue es endémico en más de 100 países y en 2015 se notificaron 2,35 millones de casos solo en el continente americano.

 

Los enfermos

 

Rosalía describe al dengue como púas en las plantas de sus pies.

Sebastián como una resaca asesina.

Braian como una patada en la nuca.

 

Rosalía vive en Villa Lugano.

Sebastián en Paternal.

Braian en Morón.

 

Rosalía es empleada doméstica.

Sebastián es profesor de Letras en la UBA.

Braian es estudiante y repositor.

 

Rosalía se atendió en el hospital Piñero, de capital.

Sebastián en el sanatorio Güemes, de capital.

Braian en el Posadas, del partido de Morón.

 

Rosalía, que empezó con los síntomas un miércoles a la medianoche, decidió quedarse quieta en la cama todo el jueves y delegó en su hija de 17 el cuidado de sus hijos de 14 y 8. Pero el viernes no quiso faltar al trabajo. Caminar a la parada del colectivo fue como caminar por una alfombra de espinas y sintió que le prensaban el hombro con dos tenazas cuando le hizo señas al colectivero para que la levantara. Fue doloroso subir y doloroso viajar y quién sabe cómo pensó Rosalía que iba a poder tender camas, limpiar vidrios y hacer la comida en la casa de Palermo en la que le pagan por mes.

 

Sebastián empezó con los síntomas el mismo día que Rosalía y a 14 kilómetros de distancia. Intentó levantarse a las 9, a las 10 y a las 11 y terminó lográndolo pasado el mediodía. La noche anterior había jugado al fútbol, había tomado cerveza y se había acostado tarde y por eso, pensó, estaba agotado y resacoso. Llegó a la facultad poco antes de las 2 y estuvo hasta las 6 tomando exámenes finales. Tenía que prolongar la tarde llenando planillas pero se disculpó y volvió a su casa, seguro de que si se recostaba un rato se disolverían los efectos de la trasnochada. Más tarde iba a ayudar a su hermana a mudarse pero no pudo porque tenía 39,5 grados de fiebre.

 

Braian empezó con los síntomas a 21 kilómetros de la casa de Sebastián, y tres semanas después que él y Rosalía. Se llenó el cuerpo de antigripal, convencido de que era un resfrío, pero no le sirvió para dejar de sentir que le estaban pateando la parte posterior de la cabeza y pisoteándole la cadera. Tres días después fue al hospital.

 

El origen

 

No se sabe en qué momento de la evolución el dengue entró en el flujo sanguíneo de un ser humano por primera vez, pero sí que seguramente llegó a América en los barcos que traficaron esclavos a partir del siglo XVI, y que venían cargados de hombres con el virus y de huevos pegados en las paredes oscuras de barriles repletos de agua. En cada puerto, los traficantes vendían unos cuantos esclavos y desembarcaban unos cuantos barriles. Los mosquitos prefirieron los trópicos y subtrópicos del nuevo continente, pero también se adentraron en el norte y en el sur. En 1798, por ejemplo, otra célebre enfermedad transmitida por el Aedes aegypti, la fiebre amarilla, mató a 5 mil personas en Boston, Nueva York y Filadelfia. Poco más de 70 años después, en 1871, el desastre llegó a Buenos Aires. Los primeros casos aparecieron en San Telmo a fines de enero y dos meses después 13 mil setecientas de las 170 mil personas que vivían en la ciudad en ese entonces habían muerto. Es como si hoy murieran 240 mil porteños por una misma causa en menos de 60 días.

Incubación del virus del dengue

Incubación del virus del dengue

 

En ese entonces poco y nada se sabía sobre la microbiología, y se culpaba de la tragedia a las emanaciones perniciosas y los miasmas pútridos que pululaban en los malos aires de Buenos Aires. Lo mismo ocurría en otras zonas del mundo con la malaria, enfermedad que carga en su nombre la temprana interpretación de su causa, ya que proviene del italiano “mal” y “aria” (“mal aire”), pues hasta descubrirse de qué manera el parásito plasmodium penetra en el cuerpo humano (cortesía del mosquito Anopheles), se creía que uno enfermaba por respirar el aire viciado de las ciénagas y los pantanos.

 

La palabra “dengue” fue aceptada en la denominación médica en 1869, pero se desconoce su origen. Una de las teorías es que proviene de la expresión swahili “Ka-dinga pepo”, que hace referencia a un calambre repentino provocado por un “espíritu maligno”. Con singular y no poco cruel ingenio, los ingleses asentados en el Caribe también la llamaron “fiebre dandy”, supuestamente por el andar pausado y estirado de los esclavos, colonizados y colonizadores que contraían el virus.

Otro de sus nombres populares entró por primera vez en la literatura médica de mano del estadounidense Benjamin Rush, que describió los síntomas de una fiebre epidémica sin nombre conocido que se propagó en Filadelfia en 1780:  “Esta fiebre generalmente llegaba con rigor, pero rara vez con escalofríos regulares”, escribió.

 

“Los dolores que la acompañaban eran exquisitamente severos en la cabeza, espalda y extremidades. Los dolores en la cabeza a veces se ubicaban en las partes posteriores de la misma, y en otras ocupaban solo los globos oculares. Algunos se quejaban de que su piel dolía al tacto, en todo el cuerpo. Por estas circunstancias, a veces se creía que la enfermedad era un reumatismo. Pero el nombre más usado por toda clase de personas era el de ‘fiebre quebrantahuesos’”.

 

Las cifras

 

Se dice que en una guerra la primera víctima es la verdad, y en las últimas semanas se ha dicho, con otras palabras, que en medio de la epidemia de dengue la primera víctima ha sido el conteo estadístico. Sin embargo, tres especialistas consultados, Tomás Orduna, jefe del servicio de Patología Regional y Medicina Tropical del Hospital Muñiz, Nicolás Schweigmann, director del Grupo de Estudios de Mosquitos y profesor del Departamento de Ecología, Genética y Evolución de la UBA, y Rosa Bologna, jefa del servicio de Epidemiología e Infectología del hospital infantil Garrahan, están de acuerdo en que las estadísticas que publica semanalmente el Ministerio de Salud de la Nación están bien hechas, o tan responsablemente hechas como ha sido posible.

 

“Después del brote de dengue y de gripe H1N1 en 2009, se ha mejorado mucho el sistema de vigilancia epidemiológica a nivel nacional y municipal. Así que desde hace varios meses venimos anticipando la posibilidad de tener un brote importante este año”, dice Bologna en su oficina del hospital Garrahan de la ciudad de Buenos Aires, donde a la semana 11 de la epidemia su equipo ya había atendido a 180 chicos de capital y conurbano por sospecha de dengue, con 75 casos confirmados.

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Para Schweigmann, es inevitable que haya subregistros. “Hay enfermos que no van al hospital, hay clínicas privadas que no informan, hay saturación de sistemas de salud donde se quedan sin reactivos diagnósticos”. Además, tanto él como Tomás Orduna refieren a la subestimada importancia del dengue asintomático, es decir, del dengue contraído que no presenta síntomas, o presenta síntomas tan leves que la persona afectada no busca atención médica y, por lo tanto, queda fuera de cualquier registro estadístico. Desde luego, esas personas no revestirían la menor relevancia sino fuera porque pueden transmitir dengue a una Aedes aegypti aunque no se sientan enfermas, y si no fuera porque llegan a representar nada menos que a tres de cada cuatro infectados.

 

Dicho esto, a mediados de marzo de 2016 no cabía duda de que Argentina se enfrentaba a la peor epidemia de dengue de su historia, después de la primera peor epidemia de dengue de su historia, que enfermó a casi 27 mil personas y mató a cinco en el año 2009.

 

Esa epidemia, que comenzó en Bolivia, fue particularmente hostil en Salta y Chaco, y para sorpresa de los epidemiólogos, el virus también se expandió en Catamarca, cuyas condiciones climatológicas poco tienen que ver con los aires tropicales atribuibles al dengue. Por primera vez en la historia, además, aparecieron casos autóctonos de la enfermedad en Buenos Aires, es decir, producto de una transmisión local, y no de un contagio producido en otras zonas del país o de la región. Y todo conspiró para favorecer esa transmisión: una urbanización explosiva y desordenada con una altísima densidad y movilidad demográfica, una circulación creciente del mosquito –cuya población aumentaba desde 1999–, y altas temperaturas medias que se mantuvieron hasta bien comenzado el otoño y que favorecieron la supervivencia del Aedes y el nacimiento de nuevas camadas. A eso se sumó la nula conciencia social respecto de la transmisión y prevención de la enfermedad.

 

Tras cinco años de relativa tranquilidad, hoy la historia se repite, con un factor más: el fenómeno de El Niño, que altera los patrones de temperatura y genera más lluvias (y por lo tanto más criaderos potenciales), y cuyos efectos se han agudizado notablemente bajo el imperio del calentamiento global.

 

En las primeras 11 semanas epidemiológicas de 2016 (del 3 de enero al 19 de marzo) había un total de 20.523 casos de dengue confirmados y probables en Argentina. La mitad provenía de la norteña provincia de Misiones, con 11.510 enfermos, seguida por la híper poblada provincia de Buenos Aires, con 1.463. Vale aclarar que hay un sospechado bache entre una localidad y otra, marcado por Formosa, que dejó de enviar sus estadísticas al Ministerio de Salud desde la semana seis, estacionándose en 734 casos. A mediados de marzo las otras provincias más afectadas eran, en orden, Salta (480), Santa Fe (360), Chaco (280) y Corrientes (229).

 

Ahora bien, esas cifras refieren a términos absolutos, pero los criterios epidemiológicos son algo más complejos y conviene observar la tasa de infectados cada cien mil habitantes para tener una idea más precisa de la gravedad del asunto. Así mirado, la ciudad de Posadas estaba al tope del país en la semana 11, con 2.935 casos cada cien mil habitantes. Teniendo en cuenta que, según el censo poblacional de 2010, en esa ciudad viven 324.756 personas, puede decirse que se está viviendo allí un verdadero azote epidemiológico.

 

Incluso estacionándose en febrero y en una cifra desactualizada, la Ciudad de Formosa, con 234.354 habitantes según el mismo censo, es la segunda capital provincial más afectada del país, con una tasa de 231 infectados. Después siguen las localidades de Orán en Salta (178), Ituzaingó en Corrientes (170) y 25 de mayo en Chaco (106).

 

En esa gran cabeza de pulpo nacional que es la provincia de Buenos Aires, en la que viven más de 16 millones de personas, el partido más afectado por el Aedes aegypti a la semana 11 es el de Morón, con 106 casos de dengue y por lo tanto una tasa de aproximadamente 33 portadores de virus cada 100 mil de sus 321 mil habitantes.

 

Lo que se hace

 

Construido en El Palomar, partido de Morón, y con 56 mil metros cuadrados, el hospital Posadas es uno de los más grandes de la provincia de Buenos Aires, y uno de los que cargan con las historias más sórdidas. Durante la última dictadura militar funcionó allí el centro de detención clandestino “El Chalet”, y si hoy el ex presidente de facto Reynaldo Bignone está preso, es por su papel en la privación de la libertad, tortura y desaparición de personal médico a partir de la intervención del hospital, el 28 de marzo de 1976.

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Hoy el Posadas tiene problemas distintos. A la izquierda del hall central del cuerpo principal del edificio, un grupo de trabajadores de la salud acampan por los 641 miembros del servicio médico, de limpieza, de seguridad y de cocina que fueron despedidos cuando asumió la nueva gestión, de mano del gobierno de Mauricio Macri. Unas semanas antes el hospital había estado en el ojo de la tormenta, al demostrarse que en noviembre de 2015 se habían destinado 600 mil pesos de sus fondos para organizar un acto partidario al que asistió la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner.

 

Aparte de ser uno de los tantos epicentros de la puja política, esa mole gigantesca grafica buena parte de la alienación nacional: es el orgullo de un país con un sistema activo de salud pública, y a la vez la vergüenza de un país que abandona su salud pública. El hall central es luminoso, limpio, está bien pintado y tiene señalética nueva, pero basta ascender un piso para que la oscuridad, las paredes descascaradas y las precarias salas de espera nos hagan comprender por qué tanta gente se siente profundamente triste en los hospitales públicos.

 

A partir de la semana 10 de la epidemia y debido a la circulación extendida del virus en Buenos Aires, se dejaron de hacer análisis de certeza a todos los pacientes (un protocolo común en casos así), y los médicos trabajan hoy solo con los signos clínicos, es decir, si una persona llega con la sintomatología típica del dengue y además vive en una localidad donde se sabe que hay más casos, se asume que esa persona está, en efecto, acarreando el virus. (Los análisis de certeza se siguen haciendo a embarazadas, bebés, adultos mayores y personas con enfermedades de base o complicaciones graves, además de análisis para monitorear que siga circulando el mismo tipo de dengue en la zona –hay cuatro–, y verificar si acaso ha llegado otro virus, a saber, chikungunya o zika, transmitidos por el mismo mosquito).

 

Quienes han sido diagnosticados y no presentan signos de complicación son enviados a sus casas con la instrucción de no tomar otro medicamento que paracetamol (nada de ibupofreno, aspirinas o corticoides), beber agua y evitar ser picado por mosquitos. Además deben volver al hospital cada día para ser controlados y hacerse revisar su nivel de plaquetas.

 

Cuando las plaquetas descienden a menos de 100 mil por milímetro cúbico de sangre, nos encontramos ante un probable “signo de alarma”. Hay otros: náuseas, vómitos, dolor persistente en el abdomen, presión baja sostenida, sangrado de mucosas e irritabilidad, aunque seguramente la irritabilidad no sea un parámetro cuando se trata con pacientes que han tenido que esperar un promedio de cuatro horas en una guardia hospitalaria. Como sea, estos signos de alarma requieren hidratación inmediata.

 

Promediando un pasillo opaco de más de cien metros en el primer piso del hospital Posadas, hay una puerta de doble hoja con un cartel que dice “cirugía ambulatoria” y tras la cual parece transcurrir una escena de siglos pasados. Sobre camillas sucesivas, diez hombres y mujeres yacen cubiertos por telas mosquiteras, blancas y diáfanas como vilanos. Son pacientes con dengue que mostraron signos de alarma y necesitaron hidratación. Por eso reciben líquido a través del suero conectado a sus brazos. Estarán así unas cuantas horas y luego podrán irse a sus casas, donde de un modo u otro deberán seguir evitando que una Aedes aegypti les pique, se contagie y siga extendiendo el virus por el partido de Morón.

 

Lo que no se hizo

 

Con tono de China Zorrilla en Esperando la Carroza, una señora le dijo a Florencia: “Mirá piba que desde mi departamento veo que un vecino se dejó la pelopincho llena y se fue de vacaciones”.

 

Durante todo el verano porteño, Florencia estuvo a cargo de uno de los 38 Centros de Salud y Acción Comunitaria que dependen de los hospitales públicos de la Ciudad de Buenos Aires. Su tarea como médica clínica era no solo atender a pacientes que llegan al Centro con cualquier tipo de dolencia, sino coordinar partidas para alertar a los vecinos cuando aparecía un brote de dengue en la zona. Esas partidas debían recorrer ocho cuadras alrededor del caso en cuestión, tocar puertas, explicar cómo se transmite el virus, cómo eliminar huevos y cómo reaccionar ante los primeros síntomas.

 

Entre enero y marzo el trabajo de Florencia y su equipo no fue nada fácil por tres motivos: la epidemia ya estaba encima, su equipo era pequeño y había muchos porteños de vacaciones, como aquel señor que dejó su pelopincho llena. También interfirió un cuarto factor, eventual pero memorable. A fines de febrero, un chico de 15 años tuvo diagnóstico confirmado de dengue, y Florencia organizó una recorrida al edificio de Balvanera en el que vivía el paciente y las cuadras aledañas. “Mandé a residentes y a una enfermera con folletería a tocar las puertas para hacer un trabajo de concientización en todo el edificio y los alrededores” cuenta. “En eso una de las residentes me llama para decirme que el portero no los quería dejar pasar porque dos días antes habían entrado dos chorros diciendo que iban a fumigar. Robaron y golpearon a dos jubilados, que terminaron en el mismo hospital para el que trabajamos”.

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Tal fue la inventiva de aquellos ladrones, que mientras buscaban a alguien apropiado a quien robar tocaron timbres y dejaron un número de teléfono apócrifo para que las personas llamaran “en caso de dengue”. “Es increíble que me hayan meado el asado de esa forma”, dice Florencia.

 

Para ella, buena parte de la responsabilidad de que estemos en medio de la peor epidemia de dengue de la historia argentina puede resumirse así: “Nadie se acuerda de la salud hasta que tiene un problema de salud. Y si te retrotraés a las campañas políticas del año pasado, te das cuenta de que ningún candidato hablaba de la salud. Ni a la gente ni a los políticos les importa demasiado la salud pública, pero la usan para pegarle al contrincante cada vez que pueden”.

 

La opinión de Tomás Orduna no es muy diferente: “En 2015 la situación electoral y la puja política nos distrajeron mucho y no hubo una concientización de impacto a nivel municipal, provincial y nacional para destruir criaderos de Aedes aegypti. La concientización respecto del dengue debe hacerse todos los años y todo el año. Es como el uso de preservativo para el HIV: no basta con haberlo dicho hace dos décadas; hay que seguir difundiéndolo y ofreciendo preservativos gratis. Acá lo mismo: el invierno es la mejor época para descubrir criaderos y eliminarlos antes de que llegue el calor y las grandes lluvias del verano”.

 

Porque sino –todos los especialistas consultados coinciden–, es demasiado tarde. Porque sino, solo queda confiar en las fumigaciones y los repelentes para disminuir el posible impacto de la enfermedad. Pero lo cierto es que cuando se tiene una epidemia encima, creer que se llegará a repeler o a matar a todos los mosquitos que pululan por el país es prácticamente un acto de fe. Es como pretender, ejemplifica Schweigmann, que un equipo de bomberos apague 50 focos de incendio en una sola noche.

 

La idea del repelente como respuesta a todo el mal, sin embargo, es exitosa. Por eso algunos comercios especularon con sus precios durante febrero (farmacias que cobraban entre $90 y $120 por productos que en otras tiendas se mantuvieron entre $35 y $55), por eso aparecieron publicidades televisivas donde se afirma engañosamente que tal o cual producto está “especialmente diseñado” para “combatir” el dengue, y por eso el diputado santafesino Luis Rubeo creyó que era una buena idea repartir repelentes gratuitos con su cara en el envase.

Desde un punto de vista casi ontológico, Nicolás Schweigmann describe la verdadera utilidad de ese producto: “El repelente solamente sirve para que la hembra del Aedes aegypti no me pique a mí. Y si no me pica a mí, es muy sencillo: va a ir a picar a otro”.

 

Los enfermos

 

Al verla llegar como llegó, el jefe de Rosalía le dijo que fuese al hospital y que se olvidara de trabajar hasta que estuviera mejor. Así que volvió a la parada del colectivo y fue al Piñero, donde se encontró con una guardia repleta “y con los mismos síntomas todo el mundo: dolor de huesos, dolor de cuerpo, dolor de cabeza y la fiebre alta”. Tuvo que volver el sábado y el domingo a controlarse, esperando un promedio de cuatro horas cada día. El domingo se quedó más tiempo porque presentó signos de alarma y necesitó hidratación vía suero. Cuando esa tarde volvió a casa, su hijo menor tenía fiebre, y al día siguiente el del medio. Los llevó al hospital Garrahan y el diagnóstico fue el mismo: dengue probable. “La fiebre de mi hijo chiquito fue más fácil de controlar, pero la del mayor era desesperante. No bajaba con nada y no sabés qué hacer porque no le podés dar más de lo que te dicen que le podés dar. Tenía que tomar líquido pero todo lo que tomaba lo devolvía” cuenta Rosalía. “Ahora están mejor. Cuando les bajó la fiebre, respiré. Pero caminan lento y les duele todo. Es un dolor horrible”.

 

Mientras sus hijos estaban en cama y como los casos se multiplicaban en la calle estrecha de Villa Lugano en la que vive, la junta vecinal organizó la fumigación de todas las casas. Al salir de la suya, le dijeron que no habían encontrado ningún posible criadero. “Tal vez hay uno en lo de la vecina de al lado o la de enfrente” dice. “Si igual el bicho vuela, y acá estamos todos juntos”.

 

Sebastián llamó a una médica de la obra social, que llegó a la medianoche. Como la revisión no mostró infección alguna, sospechó que podía ser dengue, y le dio la instrucción de no tomar nada salvo paracetamol e ir a un hospital. Así que Sebastián fue al día siguiente al sanatorio Güemes, en Almagro, con 39,5 de fiebre y una espera de cinco horas. Le hicieron el estudio de certeza –que estaría listo 15 días después– y otro de sangre, que demostró que sus plaquetas bajaban y que no había otra infección, con lo que pasó a la categoría de “dengue probable”. El dolor en su cuerpo ya no se parecía a ninguna resaca del pasado. “No podía estar en ninguna posición por más de 15 minutos. Sentía como si tuviera contracturadas todas las articulaciones. Le dicen ‘el rompehuesos’, pero yo no sé cómo definir un dolor de huesos; más bien sentía acalambrado todo el cuerpo”.

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Su novia tuvo la idea de poner dos colchones blandos y viejos de una plaza sobre el colchón de dos plazas firme y compacto que comparten. Más o menos así Sebastián pudo campear el dolor. Lo más engorroso fue volver a la guardia cada día, y llegó a transitar las largas esperas reclinado en el asiento de su auto. Hoy, ya recuperado, recuerda que durante los días de fiebre y dolor no podía leer, no podía comer y no hablaba, cosas que no suele dejar de hacer. Siente que durante cinco días no estuvo.

 

Mientras Braian esperaba junto a otras 12 personas su turno para entrar al área de infectología del hospital Posadas, el médico que hacía las extracciones de sangre salió con un envase de repelente y pidió a todos que se rociaran. Las instrucciones, tras revisarlo y diagnosticarlo con dengue probable fueron las mismas: paracetamol, agua, reposo, y repelente. Al llegar a su casa, su novia había empezado a mostrar los mismos síntomas. Así que entre el miércoles y el sábado fueron juntos al hospital cada día. Igual que Sebastián, Braian no sabía en qué posición ponerse. “La cabeza me explotaba y si me acostaba era peor. Así que daba vueltas, toda la noche”.

 

Su novia tuvo signos de alarma dos veces, uno el viernes y otro el sábado. Es una de las mujeres que están tras la puerta doble hoja del Posadas, acostadas bajo tela mosquitera.

 

Rosalía, Sebastián y Braian ignoran dónde les picó la Aedes aegypti. Tienen sus teorías y sospechas pero se han resignado a no saberlo nunca. Ni Rosalía ni Sebastián han visto mosquitos en sus casas, barrios, o lugares de trabajo. Braian, en cambio, los ve todo el tiempo. Desenfunda el repelente que lleva en su mochila para rociarse cada dos horas y, solidario, lo ofrece a cualquier persona que le dirija la palabra.

 

El mosquito

 

El Aedes aegypti es algo más grande que el mosquito grisáceo y ruidoso al que estamos acostumbrados. Tiene patas negras moteadas por pintitas blancas, y un dibujo en forma de lira en el lomo que, desde luego, no resulta distinguible a simple vista. Su particularidad calamitosa es que no zumba y, por lo tanto, no da aviso de que se encuentra en los alrededores. “Es fino y sutil”, describe Tomás Orduna. “Lo tenés encima y no te das cuenta. Algo te pasa por el rabillo del ojo y no llegás a identificarlo. En general pica en la parte inferior del cuerpo, y trabaja a primera hora de la mañana y última hora de la tarde. Prefiere los lugares frescos y sombreados y le molesta el calor intenso. No suele venir de a cientos, como el clásico mosquito que te pica en el Tigre. Se toma su tiempo y es delicado, como un danzarín de El lago de los cisnes”.

 

Y las razones de que este danzarín viva, se reproduzca, pique y sea capaz de enfermar a miles de personas tiene que ver con nosotros, los humanos. “Hay animales e insectos que se domicilian, aprovechando el ambiente generado por el hombre, y su éxito reproductivo es grandioso gracias a todo lo que les damos”, dice Nicolás Schweigmann. “Las ratas, las cucarachas, los murciélagos y los mosquitos son bichos indeseables, pero a los que de algún modo estamos brindando los  recursos necesarios para que vivan y se instalen”.

 

El recurso que le regalamos a la hembra del Aedes aegypti es apenas un poco de agua en un recipiente. Eso es todo lo que necesita. Se apoya en las paredes de ese envase, cacharro, comedero, bebedero, botella, florero, frasco, tupper, cubierta, pileta o maceta que dejamos por ahí con agua de lluvia o potable, detecta la humedad con unos sensores que tiene en la cola, y coloca sus huevos más o menos a un milímetro sobre el nivel del agua. Si no son molestados, esos huevos pueden sobrevivir todo un otoño y todo un invierno y eclosionar con la llegada del calor.

 

La mosquita no desova ni en un charco, ni en un lago, ni en un río ni en el mar. Por eso el Aedes aegypti está clasificado como un insecto domiciliario o peridomiciliario, y por eso las imágenes de individuos vestidos de astronauta que varios medios argentinos difundieron en enero y en febrero en plena faena de fumigar los bosques de Palermo o las plazas del partido de San Martín, o 50 hectáreas de “parques, costas de río y espejos de agua” de los que se ocupó un avión contratado por la Municipalidad de Rivadavia en la provincia de Mendoza, son una medida cara e inútil y no termina de saberse si las administraciones que ordenaron tales actos lo hacen por desconocimiento o por propaganda, y sea cual sea el caso, el resultado es igual de grave: ninguno.

 

La pobreza y la riqueza

 

En la primera semana de marzo se supo que en una cuadra linda, limpia y ABC1 del partido de Vicente López, por lo menos ocho personas habían enfermado de dengue. Mientras el virus estaba circulando en lugares como Ciudad Oculta y Villa 31, esa noticia fue noticia por la errada idea ciudadana y periodística de que el dengue es una enfermedad de la pobreza. Lo cierto es que solo bastó una señora que no vaciara los envases plásticos llenos de agua que había acumulado en su patio para que las mosquitas los llenaran de huevos.

 

“Cuando el virus circula, circula” dice Rosa Bolonga. “No vivir en la pobreza no te protege contra el dengue”. Es cierto y obvio, sin embargo, que en un entorno de menos recursos la enfermedad va a pegar más fuerte. Donde no hay agua corriente, hay que acumularla. Donde no se recolecta la basura, deshacerse de los envases es imposible. Donde se vive en hacinamiento, la mosquita encontrará portadores de sangre sin ninguna dificultad. Donde no hay obra social, la atención médica será más lenta y más ineficiente. En las epidemias, como en la vida, los pobres pierden siempre.

 

La muerte

 

A la semana 15 de la epidemia, cinco personas habían muerto por dengue en Argentina. Cuatro todavía tienen la clasificación de “dengue probable” (dos de Capital Federal y dos de Salta), y la quinta murió en Chaco, con diagnóstico confirmado.

 

“Mi mujer ha sido víctima de una larga cadena de cosas que no se hicieron como correspondía”, dice Mario Marcelo, esposo de Laura López de 47 años, que falleció en el hospital Muñiz el 31 de marzo.

 

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La semana anterior, Laura había tenido fiebre y le dijo a su marido que creía que podía ser dengue. Y lo creía porque dos chicos de la escuela José Pedro Varela de Barracas en la que trabajaba como maestra de segundo grado tenían el virus. El miércoles 23 fue al hospital Muñiz, donde se le pidió que hiciera un tratamiento ambulatorio que decidió seguir en el Sanatorio Méndez por su obra social, Obsba. “Ahí fue el Domingo Santo. Le hicieron estudios, le pusieron suero esa única vez y la mandaron a casa de vuelta diciéndole que todo estaba bien”, cuenta Marcelo. “No le dijeron que tuviera dengue. Le dijeron que volviera el martes y el martes volvió. A gatas podía caminar y no recibió tratamiento alguno”.

 

También volvió el miércoles. La tuvieron en una camilla, le hicieron un estudio de sangre y, cuenta Marcelo, la volvieron a mandar a su casa, sin tratamiento.

 

“El jueves a la mañana la llevé de emergencia al Muñiz. Gritaba de dolor”. La internaron de inmediato. A la hora y media tuvo un paro y pudo salir. “Ahí pensé que se salvaba, pero a los diez minutos tuvo otro paro, y falleció”.

 

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires fumigó la escuela José Pedro Varela solo después de la muerte de Laura. Al 3 de abril, en pleno pico de la epidemia, faltaba fumigar 330 de los 740 colegios porteños.

 

Marcelo piensa que el mosquito le picó en la escuela, primero porque había otros casos y, segundo, porque tanto él como su mujer eran muy conscientes de cómo controlar los recipientes en su casa de Parque Patricios. Hoy, además del dolor por la muerte de su compañera y madre de sus dos hijos, debe lidiar con la idea de que Laura murió a causa de su salud vulnerable.

 

“Tenemos un puesto de diarios, pero no he querido leer nada de lo que ha salido en la prensa porque me hace mal”, dice Marcelo. “Lo que sé lo sé por mis sobrinos, y sé que se dijo que Laura era hipertensa. No es cierto. Era diabética, pero estaba bien controlada. En el Méndez no tuvo la atención médica que tenía que tener. Nunca la atendió la misma persona en la guardia y nadie dimensionó lo mal que estaba”.

 

Marcelo, que en el ambiente deportivo es conocido como “El Fruta” y fue Director Técnico de Nueva Chicago y uno de los jugadores más queridos de Ferro, quiere limpio el nombre de su esposa. “Siempre los maestros son los que pagan el pato por lo que ocurre en la sociedad.”

 

Cuando pueda reponerse del duelo, piensa accionar contra el sanatorio. “Ha sido un golpe muy duro. Hoy estoy padeciendo decirle a mi hija de trece años que a la madre no la tiene más”.

 

Final

 

Al 16 de abril de 2016, tras la semana 15 de la epidemia, se habían notificado 27.235 casos de dengue probables y confirmados en Argentina, y la circulación de dos de los cuatro serotipos que existen: el 1 y el 4. Lanús superó a Morón, con una tasa de 79 infectados cada 100.000 habitantes, y Morón ascendió de 33 a 57. Posadas ya tiene una tasa de casi 3.500 y Formosa, tras nueve semanas de silencio, pasó de 231 a 232.

 

La buena noticia es que quienes contrajeron dengue en la epidemia 2015-2016 adquirieron inmunidad de por vida contra el serotipo en particular que los afectó. La mala es que si en una futura epidemia esa persona es picada por un mosquito que lleva otro serotipo, aumenta su riesgo de padecer dengue grave.

 

Otra buena noticia es que una vacuna contra el dengue ha sido aprobada en México, Brasil, El Salvador y Filipinas. La mala es que su administración en tres dosis complejiza la logística de una inmunización masiva y efectiva y que la OMS recomienda utilizarla, por ahora, solo en las regiones donde el dengue es endémico.

 

La última buena noticia es que el frío llegó a la Argentina y las Aedes dejarán de picar de un momento a otro. La mala es que si nada se hace por destruir los cientos de miles de minúsculos huevos que depositaron en vida, nacerán nuevos mosquitos en la primavera, que se reproducirán, picarán y desovarán durante el verano, mientras intentamos contenerlos a todos, día tras día, con un envase mediano de repelente.


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