En la carpa de la UNSAM, frente a cientos de personas, el director de Anfibia Cristian Alarcón leyó la laudatio a Paul Auster. Un texto que resume la obra del escritor norteamericano y que habla de Tomás Eloy Martínez, Kafka, las consecuencias del azar y de un hombre triste que en su jardín del sur de Chile rastrilla las hojas secas.



Primero pediré disculpas por mi rol de laudador, tan inmerecido. Decenas de escritores aquí presentes, y otros tantos críticos y académicos lo hubieran hecho mejor que este cronista. Luego le pediré disculpas, señor Auster, por la necesidad de ser traducido de mi español a algún tipo de inglés. Nos acompañará aquí esa experiencia espantosa de la traducción: quedar en manos de un desconocido, persiguiendo la comprensión. Debemos confiar, eso sí, teniendo en cuenta lo más importante que quizás usted nos deja en su obra, en que cualquier malentendido es simple causa del tiempo presente, tan traidor: si algo malo, imprevisto ocurre, durante esta laudatio, seremos exiliados en su propia literatura, al resguardo de la sabia, implacable,  vital confusión.

Con su primer gran libro, La invención de la soledad, Paul Auster ha conseguido perturbarnos hasta dejarnos solos como huérfanos. Esa horfandad real, que sobreviene con un llamado telefónico en el que le dicen que su padre murió, un día de 1979,  –como sucederá 23 años después con su madre en Diario de Invierno— jugará luego un partido siempre chicanero con su literatura. Gran parte de las 16 novelas de Auster caminarán el abismo del ser hijo y del ser padre sin pretender jamás la redención de un vínculo que parece imposible sin una cuota de desgracia. Y es por donde prefiero comenzar: en esa familia de clase media de Newark, en el estado de New Jersey, en los años 50, hecha de un hombre golpeado por la sombra de la muerte de su propio padre cuando él era un niño, portador de un secreto que se lleva a la tumba; una mujer bella, encantadora y protectora que resistirá junto al niño hasta el inevitable divorcio; una niña hermosa como un hada que en sus primeros juegos choca contra su sufrida salud mental; y el pibe, un soñador que se refugia en el béisbol americano –pasión eterna por los Mets—y en los libros donde encontrará el pasado y el futuro.

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Ustedes, lectores de Auster, lo saben: ese libro está dividido en dos libros. El primero narra la historia de un hombre austero y aferrado a lo suyo cuya madre, adorada, asesinó a su marido –es decir el abuelo de Paul Auster– un 23 de enero de 1919. Ese es el secreto que nos revela el autor; y que al autor le revela la casualidad: un viejo que conoció a la familia en esos años olvidados se pone a charlar con una prima durante un vuelo y luego envía una carta, y los diarios donde el asesinato fue tapa. Ese texto, Retrato de un hombre invisible, es un relato que golpea fuerte, como lo hacen los crímenes en las familias y los silencios rotos. Y cuando ese libro termina viene Memoria, que a, a mi, en lo personal, me lleva una y otra vez a examinar mi camino como escritor: la primer gran indagación esencial de Paul Auster, la que nos muestra no solo el camino hacia La trilogía de Nueva York –sobre todo Ciudad de cristal–, El Palacio de la Luna, Leviatán, Broklyng Follies, La música del azar, Viajes por el Scriptorium, Diario de Invierno o el último, Informe del interior, sino hacia el anterior Paul Auster, el hombre que leyó y tradujo, viajó en barco carguero y se recluyó en una buhardilla de París, y escribió poesía, el que forjó al escritor que hoy está en Buenos Aires para recibir la admiración de sus seguidores y un doctorado honoris causa, hoy, aquí, en la Universidad Nacional de San Martín.

Es decir, Paul Auster, el hombre de 67 años con esas 16 novelas, y varios libros de no ficción autobiográfica,  el guionista y director de cine –casi todos aquí vimos y disfrutamos Smoke, ese cuento de hadas en Brooklyn–, el marido de la escritora Siri Husvedt, su única editora, vino de otro lugar: fue otro y fue otros antes de comenzar toda su obra. Eso, me parece inquietante: el origen de este escritor, su mapa inicial, la tierra oscura y húmeda en la que cimentó su estilo, su mirada, la escritura que hoy lo vuelve único, deslumbrante.

Entonces allí aparece un ensayo que escribió en los setenta sobre una novela crucial para la literatura moderna pero que no está hoy en los anaqueles de las librerías posmodernas: El hambre, del noruego Knut Hamsun. Hamsun murió poco tiempo después de que naciera Auster: en 1952, tenía noventa y largos años y se fue con una culpa de la que no se hizo cargo: apreció el régimen nazi en los últimos años de su vida. Vale aquí una cita al pie: la madre de Siri Husvedt  escapó de la ocupación nazi a Noruega.  El ensayo se llama “El arte del hambre” y es luminoso: Auster podría haberse dedicado solo a leer a los grandes de la literatura universal, y a contárnoslo, y su obra hubiera sido plena. En él aparecen algunas claves, como la posibilidad de la gran literatura de escapar del tiempo histórico, algo que tiene que ver con la diferencia entre piedad y consolación y la noción cierta de que el lenguaje puede empujar no hacia la verdad, sino hacia la conciencia de que esta no existe como tal. Al analizar cómo, a medida que el hambre lo empuja hacia la muerte, el protasgonista construye falacias y hasta palabras que provienen de un lenguaje que no existe Auster concluye: “En el reino del la mentira tiene la misma relación con la verdad que el mal con el bien en el reino de la moral. Esa, es la regla, y funciona si creemos en ella”.

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Hay otro hombre centenario que se vuelve fundamental para aquel Paul Auster, que es este. Se trata de Maurice Blanchot, quizás el mas esquivo de los pensadores franceses del siglo pasado, quien muere en París, también centenario, enclaustrado en su departamento, pero como una sombra ineludible para sus contemporáneos en el 2003: lo despide Jacques Derrida con una carta que conmueve desde la admiración filosófica de quienes se nutrieron de un pensamiento en el que la desgracia de la literatura es que al mismo tiempo es dicha y es infelicidad, es muerte y no lo es, y por lo tanto se desprende del lenguaje porque lo niega.

La historia de Peter Stillman, el niño sometido a un feroz experimento que lo hace crecer en el encierro y el abandono para probar si es capaz de crecer sin lenguaje –una figura que obsesiona a Auster–, la  voz kafkiana construida por Auster como si se hubiera usado para ello el automatismo psíquico de los surreralistas, y el temor a ser asesinado por un padre que vuelve para terminar aquel experimento, mantienen la tensión de La ciudad de cristal. Ahí es donde se puede ver al Auster capaz de llevar la filosofía existencial de un pensador francés como Blanchot a una narrativa norteamericana enraizada en  su ciudad.  El padre de Stillman, el hombre al que el escritor Daniel Quinn devenido el detective Paul Auster, persigue desde la locura un lenguaje que no existe en lo real.  Y que recolecta en las calles, como si el lenguaje se hubiera derramado el detritus de la ciudad. Esa es la ciudad en la que construye sus historias, una ciudad plena de impurezas, de seres que se entregan al abandono, o que se embarcan en búsquedas obsesivas, sin límites ni racionalidad. Y en esa huella, detrás de Blanchot, y del noruego Hamsun, está la paternidad de Franz Kafka. Auster hereda la poesía norteamericana de Whitman, pero hace carne su prosa en el austríaco por el que ha declarado toda su admiración y agradecimiento. Coincide con quien fuera su amigo y colega Tomás Eloy Martínez que Kafka –no Borges, por ejemplo–, es un autor que cambia la vida de un escritor: es un antes y un después de  su lectura.

Tomas Eloy es quien rescata, de una confesión que le hace en sus encuentros en NY, una historia que Auster cuenta en su novela Brooklyn Follies, la historia de la muñeca. El protagonista, Nathan, instalado en el barrio de Auster para terminar sus días pero entregado a una deriva existencial entre desopilante y esperanzadora, conversa con su sobrino Tom sobre literatura. Tom es un erudito loco que trabaja en una librería y estudió literatura. Sabe. Y cuenta que en 1923 Kafka, enamorado y conviviendo por única vez en su vida con su joven novia en Berlín, se cruza en la calle con una niña que llora desconsolada. Le han robado su muñeca. Kafka la tranquiliza inventándole una historia. Su muñeca se ha ido pero ha enviado una carta que él posee, y se la llevará. Kafka no solo escribe ese día una carta para llevarle a la niña, sino que durante las próximas tres semanas, día a día, escribe cartas que hilan una vida en la que la muñeca se instala en otra ciudad, hace nuevos amigos y finalmente se enamora. Logra cerrar la historia para la niña cuando su muñeca se casa, y por lo tanto se despide de la nena. La nena ya se olvidó para entonces de la muñeca, ya no la extraña. “La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un  mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir”, dice Tom, el sobrino de Nathan, el alter ego viejo de Auster. Es imposible no recordar que 1923 es el año en que la abuela de  Paul Auster asesina al abuelo de Paul Auster, es el año en que su padre es testigo de ese crimen, cuando comienza el largo círculo de la soledad.

Tomas Eloy se obsesionó con esa historia, leyó cada línea de los diarios de Kafka buscando comprobarla. Y se lo preguntó a Paul Auster en una clase de literatura con sus alumnos en Rutgers. Auster le aseguró que así era: Kafka no solo era un autor extraordinario, era también un tipo increíble, una buena persona. En las novelas de Paul Auster al drama del imprevisto que termina con el cotidiano de alguien lo suele subvertir una felicidad tremendamente difícil de conseguir en la buena literatura: la que proviene no de un estado de felicidad líquida, no de escenas de contentura, o de lo que conocemos por mundo sensible, sino de un estar dispuesto a que no todo sea asible, no todo sea explicable, y no todo sea narrable. Lo que no está en los libros de Auster, como la íntima poesía de Blanchot, o la de su amigo, Edmond Jabès, es lo que los hace.

Así lo podemos ver en El palacio de la luna, una de sus novelas más adorables: la vida de Marco Stanley Fogg, un joven que fue criado por un tío, abandonado cuando era bebé por su padre –huérfanos seremos–,  se deja estar sin importarle el futuro hasta volverse un linyera en el Central Park, un parque oscuro y sórdido, nada parecido al de hoy porque estamos a fines de los sesenta y el hombre está llegando a la luna. Lo rescatan un amigo y una chica –con la que tiene un sexo divertido y urgente–, y encuentra trabajo acompañando a un viejo ciego al que debe leerle y del que debe escribir su historia. El destino lo empuja a un viaje en el que encontrará al nieto del viejo, que termina siendo su padre.  Tragedia total, al tiempo que re encuentra al padre, su novia se hace un aborto y le niega tener un hijo. El padre muere. Marco sigue el viaje. La trama es compleja, trepidante, pero no deja que uno se aleje. Es uno de esos libros iniciáticos, quizás, dice el propio Auster, podría ser el mejor que para un joven comience con lo suyo. Y es cierto, aunque en casi todos sus personajes vagan, caminan, se encierran, o viajan, se someten a leyes que surgen de sus obsesiones, pero también de un cierto capricho, que como lectores aceptamos simplemente porque no hay ser humano que no se haya desplazado por esa inercia que esta en el límite de la locura: si todos pudiésemos administrar nuestro deseo, la vida dejaría de ser, parece advertirnos Auster en sus libros.

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Y acercándonos al doctorado que nos tiene reunidos hoy aquí, cómo no reconocer la maestría de Auster para insertar en sus tramas el misterio de las casualidades. Aunque por lógica de repetición a él lo tienen harto las reflexiones que consideran su obra como literatura del azar. El azar, colegas, amigos, no es la palabra justa: es poca cosa para definir lo que implican la manera en que pueden rimar las palabras, y la forma en que pueden rimar los objetos, las personas, y los hechos. En La invención de la soledad Auster lo explica con roomtomb y womb –habitación, tumba, útero–, y luego con breath y death –aliento y muerte–. “Dos o más hechos que rimen establecen una conexión en el mundo y añaden una sinapsis más a recorrer en el extenso plenum de la experiencia”, dice Paul. Y así es: sus tramas son una telaraña en la que los nudos se hacen de cruces de tiempo y espacio múltiples. Es inútil resistirse al caos que crea para ordenar. La desorganización aparente está mediada por la lógica de un destino que como una flecha se cumplirá. O no. Es lo que Samuel Beckett, con quien Auster se carteó en los setenta, nos manda a hacer: “encontrar una forma que deje lugar a la confusión”.

El amante que se encuentra con la amada a la que rehuía hasta hace cinco minutos, el hijo que se descubre viviendo en el mismo departamento en el que su padre dos décadas antes pasó la guerra, el apuesto pintor que tres días después de recordar a un amor de recibe el llamado de la mujer y se casa con ella, una de las historias delCuaderno rojo, las coincidencias de Auster son imborrables. Y cuando uno las lee advierten en la vida del lector que pueden habitar el cotidiano de cualquiera: ¿no les ha ocurrido lo que de vez en cuando me pasa, una extraña sensación de ser guiados por un guionista que no respeta las nociones de verosimilitud? Paul Auster lo advierte con sus propias lecturas: se expropia lo que se lee para uno trasladarlo a sus propias experiencias, recuerdos, sentimientos. Y en estos meses de lectura y re lectura de Paul Auster me ha ocurrido.

Aquí lo confieso, como una manera de despedirme de ustedes y de Paul. El sábado, por ejemplo, cuando intentaba comprender la diferencia entre piedad y consolación, cruzando como tiempos distintos algunos párrafos de la obra de Paul Auster con las de sus maestros. Pensaba en el consuelo que Kafka le daba a la nena de la muñeca, y el que reclamara para sí Peter Stillman padre en Ciudad de cristal, cuando dialoga con el investigador privado Paul Auster, que es en realidad Daniel Quinn, el escritor. El viejo loco parece no reconocer a Quinn aunque ya lo ha visto en dos oportunidades. Y Quinn, el falso Paul Auster, aprovecha y se hace pasar por el hijo del viejo, Peter Stillman.

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El encuentro me hizo recordar un viaje al sur de Chile de hace unos diez años. Mi padre había quemado las naves en la Argentina y había regresado a su país después de 30 años de exilio. Enemistado con mi madre, a miles de kilómetros de Buenos Aires, no tenía con él contacto alguno. Llamé desde un teléfono en Puerto Mont, junto a los barcos de Angelmó, a mi madre, que seguía en nuestra casa de la Patagonia argentina. Y fiel a sus celos dijo que no tenía sus datos. La interrogué: ella había estado alguna vez en la casa en la que mi padre residía. Entonces, presionada, solo me dijo: “bueno, es cerca de un locutorio pintado de verde y blanco. “Está en una esquina?”, pregunté. “Sí”, dijo ella. “¿Del puerto?”. “Sí”, contestó. “¿Atiende una mujer de pelo blanco y gafas negras?”. “Sí, creo que estás ahí”, se conmovió. “Camina en dirección al cerro y busca una casa pintada de rojo”. Apenas la busqué la encontré. Me permitieron subir a la habitación de mi padre. Abrió la puerta incauto. Y al verme, abrió los brazos, le brillaron los ojos. “Es mi hijo”, gritó.

El último sábado leía yo el diálogo entre Peter Stillman y Paul Auster, el Paul Auster trucho de la novela. Hacía algunas horas me habían avisado que mi tía Orfa, la hermana mayor de mi padre, había muerto, después de una agonía de semanas. Mi padre no había podido viajar a visitarla, mi madre había enfermado y se había quedado a cuidarla. Enfrascado en la lectura había olvidado durante dos horas que quería saludarlo, darle mi pésame, preguntar si necesitaba de mi. Leí: “la memoria es una gran bendición, Peter, lo mejor después de la muerte”. Y luego, más abajo leí: “cuando seas viejo, quizás tengas un hijo que te consuele”. Salí entonces del libro de Paul Auster y tomé el teléfono. Atendió mi madre. Ella caminó hasta el parque, donde él rastrillaba las hojas de los árboles caídas sobre el césped. Mi padre me anunció que esa noche regresaba a Chile. Y dijo, a sus 67 años: “pero antes quise hacer esto, juntar las hojas secas y quemarlas; quería ordenarme”.

 Gracias Paul Auster por su literatura, por su sabiduría, y por su legado. La Universidad Nacional de San Martín, sus alumnos, sus profesores, todos los que formamos esto que llamamos Comunidad UNSAM, estamos honrados de otorgarle el título de doctorado Honoris Causa por la extraordinaria dimensión que tiene su obra.

 

Fotos: Victoria Gesualdi, Pablo Carrera Oser, Diego Paruelo, Carolina Beníetez Dabat y Eduardo Carrera


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