Roberto Carlos, Xuxa, Getúlio Vargas, la historia de Brasil y el compilado que suena en el momento “carnaval carioca” de los casamientos argentinos se cruzan en esta cuarta y última entrega de la “historia incompleta de las canciones de cancha”, del escritor Manuel Soriano. Un recorrido minucioso por los ritmos del país vecino que inspiraron a hinchadas de todos los colores para alentar, autocelebrarse o denigrar a rivales y árbitros.



Según cuenta la leyenda, después del maracanazo, Obdulio Varela, el gran capitán uruguayo, se escapó a caminar solo por las calles de Río de Janeiro y se arrepintió de haber causado tanta tristeza. “Pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció.”, dice Eduardo Galeano en su libro Fútbol a sol y sombra. Otra versión dice que esa noche Obdulio se fue con un amigo a un bar, y estaba comiendo unos panchos cuando unos brasileños lo reconocieron y lo invitaron a salir de copas. Y Obdulio le dijo a su amigo: “Mirá, voy a ir para que no crean que tengo miedo, pero capaz que quieren tirarme al río.” Esta es, supuestamente, la versión que el propio Obdulio contó a un diario unos años más tarde, y más allá de su veracidad, me parece más interesante como historia, ya que rompe la simetría heroica del relato de Galeano.

 

Sesenta y cuatro años más tarde, Brasil vuelve a perder en un Mundial que organiza, en este caso en una semifinal, por 7 a 1 contra Alemania, y en un programa de la televisión argentina muestran imágenes de hinchas brasileños llorando o haciendo fuerza por no llorar, y la gente del programa se ríe y canta, y luego parten la pantalla para que el espectador argentino pueda ver las dos cosas al mismo tiempo: a la derecha los hombres y mujeres brasileños llorando o haciendo fuerza por no llorar, y a la izquierda la cara en éxtasis de Oscar Alfredo Ruggeri mientras mira estas imágenes en un monitor. “Hoy cuando lloraban, aplaudía… de los chiquitos no, de los grandes me cago de la risa…. si muere gente yo te digo, no, la verdad que lo siento mucho… pero esto es fútbol… lo que lo putié a Oczil ese, Özil, cuando erró el octavo… si ellos hacen lo mismo… vamos a ver mañana qué cantamos…”, dice Ruggeri, entre otras cosas, en este fragmento del programa que se puede encontrar en YouTube con el título: Ruggeri ve imágenes de los brasileros llorando y lo disfruta.

 

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El hincha de la selección argentina es muy distinto al hincha de un equipo, y esa diferencia se nota en las canciones. El hincha de la selección es más ingenuo, amargo, familiar, ñoño, cordial (según a quién se le pregunte), y entonces tenemos cantitos de aliento como “Mandarina, mandarina”, “Esta barra quilombera” o el ya un poco triste “Volveremos a ser campeones como en el 86”. Pero hay un factor que acerca a un tipo de hincha al otro. Cuando aparece Brasil en la escena, el hincha de la selección se parece más, en sus miserias y virtudes, al hincha de todos los domingos, y por eso hubo que esperar a que Brasil organizara un Mundial para que los argentinos pudieran ponerse de acuerdo en cantar algo nuevo.

 

La canción es “Brasil decime qué se siente”: tiene la melodía de Bad Moon Rising, de Creedence Clearwater Revival, y una letra que copia en su estructura al “River decime qué se siente” que canta Boca para joder con el descenso. Stu Cook, el bajista de Creedence, dijo: “Los fans de Argentina saben que Bad moon rising golpea y mete miedo en los corazones de los rivales.” La canción fue un éxito notable. Poco le importó a la gente que el letrista haya tenido que invocar un partido del siglo pasado para poder burlarnos de Brasil, que después del golazo de Claudio Paul Caniggia, en ese lapso en el que supuestamente se la pasaron llorando, los brasileños ganaron dos Mundiales y cuatro Copas América, y que toda la canción, salvo por la aparición de Messi en el octavo verso, suena como a un jubilado que ensalza su propio pasado mientras le da de comer a las palomas.  

 

 

Pero en realidad no quiero hablar de esta canción, sino de otras canciones, que vienen de Brasil, y que se cantan en las tribunas argentinas todos los domingos. Si me extendí un poco más de la cuenta en la introducción, fue para solo mostrar hasta qué punto tenemos incorporada la rivalidad futbolística con Brasil. Y sin embargo:

 

UNO: “Un día estaba en Port Talbot, un pueblo minero en Gales que por ese entonces se encontraba al borde de la quiebra. La playa, al igual que el resto del pueblo, estaba cubierta por una manta de polvo de carbón. Todo era frío, terrible y gris, pero al atardecer el sol se puso sobre el mar y creó un contraste hermoso. De pronto tuve esta imagen: un hombre sentado en la arena escucha una radio portátil, empieza a sonar la canción Brazil, y ese hombre se eleva por encima de la grisura que lo rodea y logra escapar.” Esto dijo Terry Gilliam cuando le preguntaron cómo se le ocurrió la película Brazil. La canción que menciona, la que produjo el chispazo en su cerebro, originalmente se llamó “Aquarela do Brasil” y fue escrita por el compositor mineiro Ary Barroso en 1938. Debido a la exaltación de lo brasileño, esta canción fue acusada de servir como propaganda del gobierno de Getúlio Vargas; tres años más tarde la usó Disney en su película “Saludos amigos”, en la que un loro llamado José Carioca lleva al Pato Donald a conocer los lugares más emblemáticos de Brasil; luego se hizo una versión en inglés que cantó Frank Sinatra, Bing Crosby y Geoff Muldaur; y luego la tocaron casi todos los grandes de la música brasileña.

 

 

La versión de Geoff Muldaur fue la que inspiró a Gilliam en 1983. No sé qué versión inspiró a la hinchada de Boca, y si fue antes o después; es probable que haya sido una versión en portugués (quizá la de Disco Samba, de la que hablaré en el punto cuatro). Pero lo cierto es que la melodía superó la rivalidad entre países, y esa letra que repite Brasil, Brasil, y que nombra cosas exageradamente brasileñas como mulatos misteriosos, panderetas, morenas sensuales de mirada indiscreta, o coqueros que dan coco, se cambió por una letra que de tan simple no vale la pena transcribir. Alcanza con decir que repite “oh, y dale dale dale bo”, que en el estribillo dice “campeón” cuando la original dice “Brasil”, y que se suele acompañar con trompetas, bombos y platillos que seguramente entran a la cancha de manera ilegal.

 

 

Es errado pensar que todas las canciones de cancha son canciones de aliento. Las que intentan dar ánimo a su equipo son mayoría, pero también hay canciones con otros objetivos: festejar, amenazar, insultar, celebrar a la propia hinchada (es decir, auto-celebrarse), recordar a los jugadores que la camiseta es más importante que ellos, humillar. Muchas veces se mezclan las cosas y entonces vemos a oficinistas con sus hijos cantando cosas como aguantar los trapos o matar gente. Pero no me quería meter en el aspecto social de la cuestión sino en la música y las emociones que la música genera. En la película de Gilliam, la melodía de Ary Barroso es un símbolo de escape, una forma de soñar despierto, y la pantalla se ilumina cada vez que suenan sus acordes. La versión de la hinchada es una canción de aliento, pero no hay un pedido urgente, no hay grandes exigencias, suena más bien como una música de fondo cuando en el partido no pasa gran cosa; es un arrullo agradable y constante, que aún puede servir como herramienta de evasión si tu vida es lo suficientemente miserable.

 

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DOS: Así como la adaptación anterior mantiene el espíritu de la canción original, hay otras que lo rompen a pedazos. Quizá el mejor ejemplo de esto sea la versión de cancha de “Annie’s song” de John Denver, pero ese es un caso tan interesante que merece tener su propia crónica, y además ahora estamos hablando de Brasil.

Creo que fue en 1997: Javier Castrilli estaba terminando su carrera como árbitro, y para ese entonces ya no se sabía si era un justiciero que se atrevía a hacerle frente a los poderosos y/o un maniático y/o una persona que, como Marcelo Bielsa o Björk, no pertenece completamente a este mundo. En ese momento yo tenía una novia brasileña y la llevé a la cancha a ver a Boca. No me acuerdo el rival pero sí que Castrilli cobró un penal a su favor faltando veinte minutos. Tampoco me acuerdo si el penal estuvo bien cobrado, pero la hinchada cantó.

 

Catrilli hijo de puta

La puta que te parió

Castrilli hijo de puta

La puta que te parió.

                                   

 

Y cuando el delantero rival (puede haber sido Walter Adrián Parodi, se me vienen sus rulos a la cabeza) metió la pelota contra un palo, la gente siguió cantando contra Castrilli, y mi novia brasileña cantó bajito con el mismo ritmo:

 

Cidade Maravilhosa    

Cheia de encanto mil

Cidade Maravilhosa

Coração do meu Brasil.

 

 

Esta marcha fue compuesta por André Filho para el carnaval de 1935. La primera versión grabada es de Aurora Miranda, la hermana menor de Carmen. Luego se instaló como himno de Río de Janeiro y se repitió hasta convertirse en tarjeta postal. No sé cuánta gente sabe que cuando insulta a un árbitro (o al menos a los árbitros cuyos apellidos tienen dos o tres sílabas) lo hace a ritmo de samba. Una vez, en un carnaval de Río, vi a un grupo de argentinos hacer fusión con las dos versiones. Una banda tocaba la marcha en la calle, y sobre ella los argentinos (uno tenía una camiseta de Huracán firmada por Fernando Quiroz) cantaron mezclando los versos uno y tres de la original con los versos dos y cuatro de la adaptación. No había intención insultar, creo. En ese momento todos estábamos de acuerdo en que Río era la mejor ciudad del mundo.            

 

TRES: En la primera viñeta está Charlie Brown sentado solo en un banco donde podrían caber tres o cuatro niños. Sostiene sobre su falda una bolsa de papel. El lugar parece el patio de una escuela. Dice: “¿Por qué no puedo almorzar con esa chica pelirroja? Así sería feliz”. En la segunda viñeta, está parado y todavía más triste. Dice: “Nunca le voy a gustar a nadie”. En la tercera y última viñeta, empieza a caminar y dice: “La hora del almuerzo es la más desoladora del día”.

 

A principios de los setenta, Benito di Paula (Nova Friburgo, 1941) vivía en Santos, en una pensión de italianos donde recibían todos los meses de Italia la revista Peanuts de Charles Schulz. Se ganaba la vida cantando canciones de otros en boliches nocturnos. Imagino la siguiente escena: Benito está almorzando en la pensión y lee en italiano la tira que acabo de contar (o alguna otra en la que Charlie se siente muy solo y hasta su perro Snoopy lo forrea); entonces Benito se da cuenta de que Charlie Brown necesita un amigo, o al menos una canción, y empieza a tararear.

 

Eh, meu amigo Charlie

Eh, meu amigo

Charlie Brown, Charlie Brown

 

 

Lo que Benito le propone a Charlie para mitigar su dilema existencial es algo parecido a lo que hacía José Carioca con el Pato Donald: mostrarle las grandes maravillas de Brasil. Le dice en la canción: Charlie, si vos quisieras, te podría mostrar la Bahía de Caetano, nuestra gente buena, el sonido de Jorge Ben, nuestra San Pablo tierra de la llovizna, Vinícius de Moraes, nuestro carnaval, etc.

 

¿Qué responde Charlie? La canción lo deja abierto, pero quizá no tendría que haber mencionado lo de la llovizna. Creo que Charlie podría aferrarse a lo de la llovizna para no aceptar la invitación. De todas formas, la canción fue un éxito mundial: vendió cuatro millones de copias en Europa, e hizo que tradujeran la tira Peanuts al portugués (A turma do Minduim), según cuenta el autor en una entrevista.

 

Una de las maravillas que nombra la canción es “a torcida do Flamengo, coisa igual não tem”, pero no fue esa hinchada la que hizo su adaptación a cantito de cancha, creo, sino una hinchada argentina. Es difícil saber cuál porque es una de esas que cantan casi todas.

 

Oh, vamos X, vamos

Oh, vamos X, vamos

Ponga huevos, que ganamos.

 

 

Puede haber algunas variaciones en los primeros versos: River repite “Oh, vamos Millonarios”, Boca repite “Oh, nosotros alentamos”, para la selección se repite “Oh, Argentina vamos”. Sin las eses finales, por supuesto. En todos los casos se trata de una de las canciones de aliento más efectivas que existe. Se hace sentir, empuja. Es un mensaje franco y directo que le daría ánimo hasta al propio Charlie Brown en su hora del almuerzo.

 

Siguiendo la pista de esta canción, encuentro un blog llamado “rockola tribunera” dedicado a recopilar las canciones originales de los cantitos de cancha. Este descubrimiento me recuerda dos cosas. La primera, es que este cantito también se puede usar en contra del rival (en el blog están las versiones contra Boca, Estudiantes de La Plata, o los equipos de Rosario), e incluso en contra de los jugadores del propio equipo: el famoso “que se vayan todos / que no quede uno solo”, que luego se usó de manera política durante la crisis de 2001. La segunda, es que la materia sobre la que uno escribe casi nunca es original, así que más vale ser original en la forma, o al menos intentarlo.

 

Acabo de mandar a la dirección de contacto que figura en la página oficial de Benito di Paula, un mensaje en el que le cuento sobre esta crónica y el enlace a unos videos de hinchadas argentinas cantando sus versiones de “Meu amigo Charlie”. No creo que Benito me responda.

 

CUATRO: Aquarela do Brasil, Meu amigo Charlie, y la canción de la que voy a hablar ahora, están incluidas en un remix (comprime veintiún canciones brasileñas en seis minutos y medio) que se llama “Disco Samba” y suele (o solía) usarse en las fiestas de casamientos en el momento del trencito y el cotillón. A esa hora, a la que conviene llegar anestesiado, el argentino se permite jugar con la idea que tiene de lo brasileño, y entonces se pone collares coloridos y máscaras con brillantina, y sacude maracas y bananas de plástico, e intenta mover las caderas de una forma que no le es natural.

 

 

Este remix, al que se lo suele llamar “carnaval carioca” y que representa para nosotros una síntesis de Brasil, es en realidad una creación del grupo belga Two Man Sound. Su versión completa de YouTube tiene 5.406.989 visualizaciones, y 1257 comentarios, en su mayoría comentarios argentinos. En la primera canción se puede ver a uno de los belgas (saco blanco, sombrero, bigotito) parado en una azotea con los brazos abiertos mientras su imagen se funde con la del Cristo Redentor. La decimoctava canción del remix dice en su estribillo:

 

Ô-lê-lê, ô-lá-lá,

Pega no ganzê

Pega no ganzá

 

Ganzá es un instrumento de percusión. Ganzê no es nada pero tenía que rimar. El mensaje sería: agarrá los instrumentos y ponete a sambar. Originariamente fue compuesta por Zuzuca en 1971 para su Festa para um rei negro, luego la adaptó la escola do samba Salgueiro para salir en carnaval, luego los belgas, y luego las hinchadas de fútbol.  

 

El Barcelona la usa para decir que son los mejores. En Argentina, tiene varios usos, ya que la simpleza de su estructura permite meter casi cualquier mensaje siempre que se respete la rima. Voy a nombrar los dos más comunes: Uno es para pedirle a un jugador que no se vaya: O-le-le, o-la-la / X es de Racing / de Racing no se va.

 

 

El segundo es: O-le-le, o-la-la / X se la come / Y se la da, siendo Y el equipo que la canta, y X el equipo rival, aunque también se puede usar de forma personalizada. Lo que importa acá es que hay un macho y una hembra, un activo y un pasivo, pero este tema ya pertenece a otra crónica en la que abordo la cuestión sexual de los cantitos con mayor detalle.

 

CINCO: Yo también prefiero que pierda Brasil. En cualquier momento, en cualquier circunstancia, siempre prefiero que pierda (esto se restringe al fútbol: no me molesta que triunfen sus nadadores, artistas, judokas, científicos, tenistas o supermodelos). Incluso cuando jugó contra Inglaterra en el Mundial de 2002. Ese partido lo vi en un bar, y ante el dilema pseudo-patriótico, la mayoría terminó hinchando contra Brasil, sin que eso sirviera de mucho porque en ese partido Ronaldinho tenía veintidós años y empezó a demostrar el jugador que iba a ser. Ese mundial, recuerdo, puse el despertador para ver la final entre Brasil y Alemania que se jugaba de madrugada. Pero algo no funcionó. Cuando me desperté y miré el reloj, alguien ya había salido campeón del mundo hacía al menos un par de horas. Estaba solo en mi habitación, a oscuras. Encendí la tele desde la cama. Era un aparato viejo. Primero se prendía el sonido: escuché tambores, gritos, el fraseo agudo de una cuica. Al segundo la pantalla daba como un chispazo y se encendía: lo primero que vi fueron las piernas fuertes y abrillantadas de una bailarina de samba. Entonces apagué la tele y me di vuelta en la cama, y ni siquiera busqué el resumen del partido en otro canal.  

 

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Lo único que hace que esto no sea enteramente patético es que el sentimiento es recíproco (estoy generalizando, por supuesto): Brasil también quiere que pierda Argentina. Una rivalidad no correspondida es incluso más triste que un amor no correspondido. Por eso no me gusta que los argentinos hinchen por Uruguay. Vivo en Montevideo desde hace doce años y entonces (como el dentista de Seinfeld que se convirtió al judaísmo para poder contar chistes de judíos) puedo hablar de esto con cierta legitimidad. Argentinos, por respeto, hinchen en contra de Uruguay.

 

Pero volviendo a Brasil, es curioso que, a pesar de la rivalidad futbolística, sus canciones hayan tenido tanto éxito entre las hinchadas argentinas. Se puede pensar que muchas de estas canciones nos llegaron a través de un remix belga y que ese factor sirvió como moderador. Pero pocos saben que esta gente es belga (poco se sabe de los belgas en general). También se puede pensar que el hincha de todos los domingos no tiene la rivalidad con Brasil como algo prioritario. Cualquier hincha de un equipo argentino prefiere que su rival doméstico pierda contra un equipo brasileño si juegan por alguna copa internacional. Incluso hay cierto orgullo en pensarlo así: yo soy primero de mi equipo, después argentino.

 

Nunca me interesó mucho el folclore de las barras bravas, ni siquiera cuando era adolescente. Pero sí recuerdo que en la barra de Boca (al menos en los noventa) había un tipo de bigote que siempre usaba una remera roja y negra de Flamengo, y que hacía una especie de mímica de las canciones, exagerada, como si se las estuviera explicando a una audiencia de primera infancia. Lo recuerdo, además, porque era el único que usaba la remera de otro club sin que eso le trajera problemas. Quizá fue este tipo el encargado de acercar las canciones brasileñas a la hinchada, aunque reconozco que esta conjetura no tiene mucho fundamento.

 

SEIS: En 1977, Roberto Carlos compuso la canción “Amigo”, dedicada a Erasmo Carlos, su compañero de ruta en la música. Dos años después, un coro de niños mexicanos la cantó para recibir al Papa Juan Pablo II en DF. En YouTube se puede ver el video que en su momento fue transmitido en vivo para todo el mundo: afuera, en la plaza, hay millones; en la iglesia los niños cantan, vestidos con pantalón blanco y polera roja con cuello de tortuga, cantan “tu eres mi amigo del alma, realmente mi amigo”, mientras el Papa sube al altar y se acomoda el sombrero. El director de cámaras se concentra en un niño rubio, que en un momento de la canción (cuando dicen “sonrisa y abrazo festivo a cada llegada”) se emociona y se seca las lágrimas con el puño de la polera roja.

 

 

La canción fue un éxito mundial y sirve como banda sonora en miles de videos de YouTube, sobre todo montajes de fotos de tono nostálgico y evocativo, del tipo “Aún te recuerdo, Andrés”. También se usó como cortina musical de un programa de entrevistas a jugadores de fútbol. No puedo rastrear su nombre pero el conductor era muy alto y flaco, y tenía la producción de un programa de cable de los noventa, pero a pesar de eso conseguían invitados importantes (entre ellos Roberto Carlos, el futbolista), y al final del programa pasaban la canción, y mostraban al entrevistador y el entrevistado haciendo unos pases en una plaza, simulaban una jugada y le metían un gol en un arco hecho con buzos a alguien que seguramente era el productor, y les costaba hacer el gol porque el entrevistador era muy alto y torpe, pero cuando lo conseguían, se abrazaban para festejarlo y sonaba la canción a pleno, y al verlos uno sentía una mezcla de emoción, ternura y vergüenza ajena.

 

El cantito “Se viene la banda de Merlo”, considerado por muchos como una de las mejores adaptaciones de cancha de todos los tiempos, mantiene el espíritu de lealtad y afecto de la canción original. Es uno de esos cantitos que hasta los hinchas de otros equipos reconocen como valiosos. Por ejemplo, Nicolás comenta en YouTube: “No soy hincha de Merlo, pero cuando explota este tema me dan ganas de ir a recuperar las Malvinas”. En esa explosión a la que hace referencia Nicolás, la hinchada dice: A los jugadores les pido que dejen la vida / cuando yo me muera los voy a alentar desde arriba / Se viene la banda de Merlo / Se viene la banda de Merlo / Se viene la banda de Merlo / Parque San Martín.

 

 

SIETE: Esta apenas la voy a nombrar para decir que existe. “Es la hora de bailar”, de Xuxa. En la cancha se dice “Es la hora de ganar”, y aunque es un cantito que empuja a su equipo, puede dar un poco de vergüenza cuando repite: “Oh, Oh, Oh”.    

 

 

OCHO: Mamãe eu quero. Este samba tuvo un recorrido que a esta altura ya nos resulta conocido: se compuso en 1937 como una marcha para carnaval, luego se hizo una versión en inglés que cantó Carmen Miranda y se incluyó en la inexplicable película “Down argentine way”, luego la cantaron Bing Crosby, Jerry Lewis, los Hermanos Marx, Tom y Jerry, y Lucille Ball. El capítulo de Tom y Jerry es de 1943, se puede encontrar en YouTube y tiene 24.846.904 visualizaciones. En los comentarios, la gente está de acuerdo en que dibujitos eran los de antes, pero uno se queja de la visión estereotipada de Hollywood hacia Brasil, dice que las maracas de Jerry no son las que se usan para tocar samba, otro le responde que no joda con su revisionismo, que no son maracas sino sonajeros de bebé, que tampoco se toca samba con bigotes de gato, como hacen acá con los bigotes Tom.

 

 

La canción de cancha no cambia mucho. Lo que el hincha le pide a su mamá es que gane X y todo el año es carnaval. Este cantito, casi un berrinche, puede parecer desubicado entre canciones que hablan de huevos, corridas y roturas de culo, pero se sabe que, al menos en los países con influencia italiana, hasta los tipos más jodidos –metaleros, mafiosos, boxeadores- tienen permitido mostrar su costado mamero sin que eso los haga menos hombres.  

 

 

NUEVE: Esta no estaba en mis planes, pero me la hace notar un amigo de River y la tengo que agregar. La canción original es “Whisky a Go Go”, de la banda carioca Roupa Nova, y si no entró en el Disco Samba belga fue solo por una cuestión cronológica. La versión de cancha dice: Vamos vamos vamos River Plate / yo te alentaba sin saber por qué / ahora sé / somos campeones otra vez. También me dice mi amigo que no sabe para qué me gasto en hacer todo esto de las canciones de cancha y sus versiones originales si ya lo hicieron es un programa de radio que se llama “Gente Sexy”.    

 

DIEZ: “Madascar”, de la insoportable Olodum. La adaptación toma la melodía del estribillo y hace un juego de rimas pre-escolar con algunas vocales. Y voy a cortar acá la búsqueda porque ya me tiene un poco cansado.

 

ONCE: Acabo de recibir un mail de una persona llamada Julio Quattrucci Junior que dice ser el manager de Benito di Paula. Me dice que Benito no sabía lo de las hinchadas argentinas y que está muy emocionado. Me manda unas palabras de su parte: “É muito gratificante para um artista ver sua música cruzar fronteiras e conquistar massas. Á toda nação Argentina, que assim como os Brasileiros são amantes do futebol arte, muito obrigado! Que o nosso querido Charlie Brown ainda possa embalar muitos gols e vitórias, no grito apaixonado de seus torcedores, independente do seu time do coração.”

 

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DOCE: Había terminado esta crónica unas semanas antes del Mundial de Rusia. Ahora la reviso un par de meses después. A los cantitos de la hinchada argentina no le fue mucho mejor que al equipo. No hubo nada parecido a un hit; ni siquiera con la ayuda de las redes sociales se logró imponer una canción.

 

En su momento pensé que podía aprovechar este recorrido por las canciones brasileras y el mensaje fraterno de Benito (¡dice que somos amantes del fútbol arte!) para desruggerizarme un poco y mirar el mundial desde una perspectiva más elevada. Pero lo cierto, y es un poco triste admitirlo, es que Eden Hazard, por la forma y el fondo de lo que hizo, fue por lejos el jugador que más disfruté en este mundial.

 

¿Por quién habrá hinchado ese partido el belga de bigotes de Two Man sound? ¿Por el país donde nació o por el que lo hizo millonario? Es difícil saber. No es algo que se pueda manejar a voluntad. 


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