Como juez de Nueva York, Thomas Griesa vio desfilar frente a su martillo todo tipo de demandas y personajes: estrellas de rock, famosos venidos a menos, estafadores colosales y mafiosos. A los 84 años, el conflicto judicial con los fondos buitre lo incomoda. No siempre sus decisiones han sido ratificadas por la cámara de apelaciones o celebradas universalmente. Marina Aizen, la primera periodista que cubrió una audiencia de Argentina en el despacho de Griesa, en 2002, reconstruye la trayectoria de un juez hastiado, cuyo nombre se convirtió en sinónimo de buitre.



En los afiches pegados en las calles de Buenos Aires, el rostro de Thomas Griesa lo hace parecer un anciano decrépito. Su nombre, su cara, está asociado desde hace unos años a la palabra buitre. Para compararlo con un pájaro, habría que buscar uno más sofisticado, quizás el ruiseñor. Sentado hace más de 40 años en la misma Corte, a la que llegó gracias a propuesta de Richard Nixon en pleno escándalo de Watergate, el juez -que curiosamente es un demócrata- ha visto desfilar todo tipo de demandas y personajes frente a su estrado: crímenes pasionales, estrellas de rock, famosos venidos a menos, estafadores colosales, mafiosi. Se ha enfrentado con el FBI y con poderes económicos que querían cambiarle el rostro a Manhattan. El de la “República”, como se le dicen a nuestro país en las audiencias orales, no es para él más que otro de esos casos polémicos. Tras doce años de litigio constante, el juicio entre Argentina y los fondos buitre es uno que lo frustra. Y más también: lo saca de quicio.

 

Los jueces federales en los Estados Unidos son personajes muy poderosos. Y tienen una escenografía acorde: el estrado de los magistrados elevado por sobre los demás, visten toga, usan martillo y lo golpean con fuerza, el banquillo donde se sientan los testigos, el sitio reservado a los jurados, los bancos de madera y hasta los policías tribunalicios. Todo proyecta el vigor de la autoridad que tiene un juez federal en Estados Unidos.  Y aunque a sus 84 años Griesa ya sea un hombre físicamente disminuido, con la espalda doblada directamente en forma de L, todavía provoca reverencias a su paso. Y eso que ahora hay que explicarle las cosas despacito y en voz alta para que las entienda. A veces, incluso, hay que recordarle la naturaleza de sus propias órdenes, mientras el regaña con impaciencia a los martillazos. Pero una vez que comprende el argumento de los abogados litigantes (cualquiera sea y del lado que esté), se vuelve filoso y cortante. Bien lo sabe Argentina.

 

Estoy segura de que fui de la primera periodista argentina en cubrir a Griesa, allá por 2002, y que estampé por primera vez su nombre en un diario. Ya era un señor viejito y me impresionó su oratoria: cómo develaba sus pensamientos a medida que analizaba un problema, como quien va contando su estrategia de ajedrez en voz alta. Me acuerdo que escribí la crónica en el subterráneo de Nueva York, camino a mi casa, apurada por el cierre. En la primera audiencia, la Argentina empezó ganando la partida uno a cero. Pero estaba claro que iba a ser un resultado difícil de mantener en el tiempo. En ese momento, para decirlo en argentino, la audiencia estaba llena de chantas. Estaban los abogados que defendían la posición argentina: Jonathan Blackman (del estudio Cleary Gotlieb Steam & Hamilton) más gordo que la foto que hoy puede verse en la web del buffette. Pero también había otros abogados que veían en el default del país una mina de oro a futuro, entre ellos un poderoso agente de Manhattan que años después representó a bonistas argentinos y terminó preso por estafa.

 

A Griesa no le importa demasiado que lo conviertan en una caricatura de ave. Lo que le molesta, parece, es que se cuestionen sus decisiones. Se rían de sus fallos, dice él. En la última audiencia del 27 de junio -el mismo día que Argentina intentó pagar a los bonistas que entraron al canje, contraviniendo la orden del juez, Griesa confesó: “He tenido problemas, lo he expresado, con la República”. Lo hizo mientras consolaba a los abogados del país por el comportamiento de su cliente, según consta en las transcripciones textuales de la audiencia. “Ustedes han actuado en buena fe ante mí en cada oportunidad y aprecio eso”. Parecía decir: lo siento.

 

Ese día, Griesa llegó a la Corte con pocas pulgas. No venía con ánimos de embargar nada, como lo pintó la prensa (de hecho, los 539 millones de dólares que depositó el Gobierno nunca abandonaron Buenos Aires, es decir, no se movieron de la cuenta que el Bank of New York Mellon tiene en el Banco Central), sino que llegó para reiterar algo que ya había ordenado antes: que el país y los buitres negocien con Daniel Pollak, el llamado “special master”. El mediador.

 

Y esto es lo que los delegados del gobierno deberían estar haciendo hoy, lunes 7 de julio. “Lo importante es que haya negociaciones para un acuerdo. Hay muchos litigios aquí. Si hay un default van a haber más. Sería deseable que haya un acuerdo. Pero esto no es algo que vaya ocurrir de un día para el otro”, dijo Griesa en la última audiencia. ¿Un vaticinio?  “Tenían un special master que los pudo haber asistido en la discusión de lo que se podría haber hecho (respecto de la fecha en que se gatilla un default). No se necesita un genio para darse cuenta de eso (…). Ahora, la República tiene que comprometerse a participar de las negociaciones, no necesita dar más excusas (…). Dijeron que iban a mandar una delegación para verme. Bueno, yo no puedo participar. He designado un special master, un muy talentoso special master, para que me asista. Así que he establecido las circunstancias para que haya negociaciones para un acuerdo”.

 

Lo que se supone que la Argentina debe acordar con el mediador es el pago de 1,4 mil millones de dólares al fondo buitre NML, perteneciente a Paul Singer, la cara más visible de los buitres, un hombre de pocas canas, barba bien recortada y un rictus de sonrisa contenida. Él jugó sus cartas en la Corte del Distrito Sur de Manhattan, y Griesa vestido con su toga negra, empuñando su martillo y su poder, le dio la razón.

 

 

 

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En los Estados Unidos, existen mecanismos legales de coerción a los que en Argentina no estamos muy acostumbrados. Es decir, se usan estrategias legales sofisticadas para doblegar a alguien a cumplir con algún objetivo. Piensen, por ejemplo, en la ley Helms-Burton para reforzar el embargo a Cuba. Qué hacía: imponía penas a las compañías de países extranjeros que querían comerciar con la Isla para reforzar el boicot comercial contra Fidel Castro. Aquí, en la Argentina, la Corte Suprema intentó un camino legal parecido en la causa del Riachuelo, al permitir al juez de ejecución de Quilmes sancionar pecuniariamente de sus propios bolsillos a los funcionarios que no acataran sus fallos para limpiar el río. Griesa hace algo similar en la causa de los buitres: sino le pagás a NML, no le pagás a nadie. Desde el estrado, él explica porqué:

 

“¿Qué ha hecho la República con mis fallos durante la última docena de años? Los ha ignorado todos. Y eso es lo que me preocupa. Tendremos otros fallos, y la República hará lo que ha hecho hasta ahora, ignorarlos. Creo que hay un mecanismo para prevenir lo que hablo, porque no quiero otra farsa. La ventaja del pari pasu (la cláusula que da igualdad de cobro a todas las partes) es que finalmente, después de todos estos años, se produzca un mecanismo para obligar a la República a pagar a los demandantes como se supone. Y después de intentos frustrados, cuando la República dijo que no pagaría estos fallos, los demandantes trataron de encontrar activos aquí y allá, lo que no condujo a nada. Y la República siguió sin pagar. No queremos volver a eso. Se puede hablar de negociación. La negociación está bien. Pero, como juez, lo que quiero es un mecanismo legal para prevenir otra situación donde la República se vuelva a reír de un fallo”.

 

En esta encrucijada está Argentina hoy.

 

Griesa, o “Grisei”, como se pronuncia en inglés, nació en 1930, en medio de la Gran Depresión. Hijo de un banquero de Kansas, fue a universidades de elite (Harvard y Stanford), lo que a cualquiera le garantiza el éxito en la vida profesional. Es melómano: toca el clavicordio -una verdadera extrañeza- y le agrada participar de un grupo de música de cámara. Se casó en 1963 y no tuvo hijos. Jugaba asiduamente al tenis y sus contrincantes eran siempre señores de elite. Pero no le tiene miedo a la calle: ha llegado a mezclarse en las zonas turbias de Manhattan entre prostitutas, para entender el business de la venta de sexo. Claro, él era más joven y Nueva York entonces una ciudad calamitosa.

 

Como juez de Nueva York, Griesa vio pasar frente a sus narices y su martillo toda clase de inescrupulosos. No siempre sus decisiones han sido ratificadas por la cámara de apelaciones o celebradas universalmente. En los últimos años fue criticado por grupos ecologistas y el estado de Nueva York por interponerse a una regulación nueva sobre las botellitas de plástico de agua mineral. Dijeron que él excedió su autoridad en el tema. Así es Griesa: un juez que no tiene miedo, ni aún a esta edad, en meterse en territorios legales que no han sido explorados, en aguas que no han sido navegadas. Nadie conoce un antecedente de un juez que declare a un país en desacato por la falta de cumplimiento de una orden y qué consecuencias ello tendría. Por ahora, Griesa no se ha animado, o no ha querido, probar esa ruta, que podría resultar, cuanto menos, muy improductiva para todas las partes involucradas en el caso de la Argentina. Pero Griesa supo ser osado: amenazó con desacato al mismísimo jefe del FBI por no entregarle -como había ordenado- documentos sobre las pinchaduras de teléfono y persecuciones que sufrieron durante 35 años los miembros (unos dos mil) del Partido Socialista de los Trabajadores (PST). Ese también hubiera sido un terreno legal complejo. No le tuvo miedo.

 

Griesa es miembro de la iglesia Christian Science, una centenaria secta de Boston que edita el diario de posiciones progresistas (acaso uno de los mejores de los Estados Unidos), el Christian Science Monitor. Griesa suele reflexionar sobre la justicia de manera filosófica, se debate sobre cuestiones del bien y del mal en el estrado. Reflexiona en voz alta. En la Corte, en el estrado, desarrolla su pensamiento mientras habla. Y los que lo rodean lo pintan como un hombre de pensamiento agudo.

 

Un caso reciente, que nos puede ayudar a entender quién es, es el de un juicio que le hizo la marca inglesa de pilotos y paraguas Burberry a unos falsificadores chinos. No sólo la recompensó con 180 millones de dólares, sino que le dio permiso a chupar todo ese dinero de las cuentas de Pay Pal de las fábricas truchas. Y le permitió a Burberry requisar todos los sitios de internet en donde se ofrecieran copias falsificadas de sus productos, ya fueran carteras o chalinas. “La Corte entiende la importancia de proteger las marcas contra esta clase de infracciones”.

 

 

 

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No sólo los funcionarios argentinos han tratado al juez de injusto. Griesa sentenció a 10 años de prisión a un hombre de 82. El tipo era parte de una organización que se llamaba “Father Dollar”, dedicada a incendiar propiedades para cobrar los seguros, algo bastante frecuente en los barrios de Harlem y el sur del Bronx. “Esto es como condenarlo a cadena perpetua”, se quejaron los abogados. El juez respondió: “Si hubiera sido un hombre más joven y con mejor salud, le hubiera impuesto una sentencia más larga. Tenemos un crimen enorme y no habrá sido justicia si no se reconoce esto”.

 

Griesa fue el primer juez en aplicar una ley que se ideó para combatir la mafia, llamada RICO Act. Es la madre del concepto “asociación ilícita”. Así fue como el mafioso Frank “Funzi” Tieri, un personaje de entonces 76 años que apareció en la Corte en silla de ruedas y una enfermera (la mafia italiana de New York nunca se priva de estos personajes) terminó en la cárcel. El tipo pertenecía al clan Genovese, una de las cinco familias de la poderosa Cosa Nostra, y era el boss más poderoso en esos días. Después, obvio, vinieron otros. Los mafiosi nunca se acaban.

 

A Griesa tampoco se le ablandó el corazón cuando tuvo que condenar a Leona Hemsley a prisión por evadir impuestos. Quizás este nombre no le diga nada a los argentinos, pero a fines de los años 80, era la tapa de todos los diarios de Nueva York. La apodaban “La Reina de la Maldad”, porque tenía fama de tratar muy mal a sus empleados. Era dueña de una cadena hotelera importante, estaba casada con un anciano, que había sido el fundador del emporio. Cuando ella se murió le dejó su fortuna al perro. La dama se desmayó frente a los tribunales cuando la sentenciaron, pero a su señoría el shock no lo movió un ápice. En esos días Griesa fue, como ahora en la Argentina, un tema central para los medios.

 

Otro caso mediático de Griesa fue cuando condenó al financista Michele Sindona, un tipo del que ahora no nos acordamos, pero que supo ser el magnate más rico de Italia. Había empezado como vendedor de frutas y verduras en la calle y terminó con una fortuna que hizo estafando a otros.

 

El juez no dudó cuando tuvo que sancionar a un colega con una multa de 7 mil dólares por haber celebrado la boda de su hija en el edificio de la Corte de Federal del Sur de Manhattan, ubicada en Foley Square, una placita muy linda donde suelen verse inmigrantes chinos jugando una especie de dominó. En la misma edificación habita Griesa, en el piso 26. ¿Cómo fuimos a parar a estos tribunales, ubicados al 500 de la calle Pearl? Griesa lo dijo así en la última audiencia: “La República está en la jurisdicción de esta Corte, (porque) la República es la que consintió estar en la jurisdicción de esta Corte cuando se emitieron originalmente los bonos. Ya hemos hablado de eso un millón de veces”. 

 

Esto no sólo sucedió con los bonos emitidos en los 90, sino también en los de los canjes del 2005 y 2010. Esto lo hacen todo el tiempo muchos países porque es como un certificado IRAM de calidad de que si no se paga un bono, el bonista tiene a quien recurrir.  La pregunta que todavía nadie le hizo a la justicia argentina es si es constitucional o no someterse a la ley de otro país.

 

Ahora, en julio de 2014, hastiado del caso argentino, Griesa está de mal humor. Cuando llegó a la audiencia del 27 de junio, le dijo a los abogados: “Miren… Tienen que entender. Se supone que estoy de vacaciones y estoy en mi casa tanto como sea posible, lo que no es mucho decir en estos días. Así y todo, he llegado puntualmente”.


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