La frontera política entre nuestro territorio continental y las islas Malvinas está obturada. Así lo ven los ingleses: de un lado una posesión británica con tres mil personas y un millón de pingüinos; del otro, 44 millones de malvineros. En la narrativa isleña dominante, las Malvinas son un pedazo de tierra que alguna vez fue parte de Sudáfrica, luego fue habitado por sacrificados colonizadores británicos y hoy es un portal hacia la Antártida. ¿Cómo es recibido un argentino que pasa un día en las Islas?



Fotos: Julio Burdman y Gobierno de San Juan/flickr.

 

Podemos decir que las islas Malvinas, territorio británico de ultramar que nuestro país reclama como propio, limitan con la Argentina. Al igual que Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Brasil. La tradición diplomática criolla nos recomienda decir que no limitan con nosotros, porque son nuestras. Pero en los hechos, sabemos que no funciona así. Allí donde termina el Mar Argentino, comienzan las aguas bajo control de las naves británicas que custodian sus posesiones. El mar es el mar, es de la fauna marítima que lo habita; las fronteras humanas son políticas. Pero el punto es que del otro lado de esa frontera, cicatrizada por la guerra de 1982, hay un territorio irredento que despierta enorme curiosidad. Y que está ahí nomás. Entre Río Gallegos y la costa de la isla Gran Malvina hay poco más de 600 kilómetros. Más o menos la distancia que media entre la Ciudad de Buenos Aires y Bahía Blanca.

 

Y sin embargo, como sabemos, esas islas cercanas están muy lejos. En todos los sentidos. Para empezar, porque es muy difícil para un ciudadano argentino poner un pie en ellas. Es difícil cruzar ese mar. A diferencia de lo que ocurre con nuestros otros cinco límites, que son fluidos y están abiertos. Esta frontera política entre nuestro territorio continental y las islas está obturada. Al igual que las otras fronteras políticas sudamericanas en las que hay o hubo una disputa de soberanía: Bolivia/Paraguay, Brasil/Guayana Francesa, Colombia/Panamá, Venezuela/Guyana. Los estados simplemente no construyen los puentes para que haya comunicación entre las personas que vive a ambos lados de la frontera. Y con eso alcanza para obturar. En el caso de Malvinas, además, hablamos de una posesión británica con poquísimos habitantes, que tiene del otro lado del mar a un país de 44 millones de malvineros. Una asimetría que asusta. Sin demasiado esfuerzo, las islas podrían inundarse de argentinos. Las barreras políticas son necesarias para la continuidad del status quo.

 

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No hay, por ahora, vuelos directos ni barcos que unan a la Argentina territorial con las islas. Hay un vuelo desde la ciudad chilena de Punta Arenas, de baja frecuencia e incertidumbre climática. Tampoco hay demasiados lugares donde quedarse a dormir en Malvinas. No es un viaje fácil de organizar, ni hay operadores turísticos que lo hagan por uno. Y mudarse allí, para un argentino, sería quimérico. Residir en Puerto Argentino / Port Stanley, la única ciudad de las islas, donde hoy viven unas 2000 personas (entre temporarios y permanentes) requiere al menos tres cosas: una casa, un trabajo y una autorización. Para solicitar esta última, hay que presentar un formulario con la firma de al menos un residente permanente. Ninguna de las tres es fácil de obtener, en especial para un argentino. Todo ello contribuye a explicar por qué la población de las islas no crece, a diferencia de lo que ocurrió con la isla fueguina, cuya población se multiplicó por 100 en solo unas décadas. En el Atlántico Sur, el poder oculto de los argentinos es nuestra visión romántica de la Patagonia y del Sur. Nuestra Legión Extranjera, el pasaporte a un nuevo comienzo. Nunca faltan argentinos y argentinas dispuestos a dejar todo y lanzarse a colonizar el frío. Los isleños nativos de Malvinas descienden de ingleses valientes, pero carecen de esa cultura del sueño sureño, que pobló a la Patagonia argentina de pescadores, terratenientes, fugitivos, revolucionarios, hippies mochileros y otros buscas.

 

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Para llegar al territorio irredento, el triunfo electoral de Mauricio Macri abrió una ventana adicional. Desde hace algo más de dos años, en el marco de un clima político bilateral más favorable, las empresas de cruceros que recorren el Atlántico Sur obtuvieron permisos para que los barcos que tocan puerto en Argentina hagan una parada en la capital de las islas. Hay una ruta que va desde Buenos Aires a Santiago de Chile, cruzando el canal de Beagle y el estrecho de Magallanes. Otra, que no cruza al Pacífico, va desde Malvinas hasta la Isla Elefante (en el Océano Antártico, reclamada por Argentina, Chile y Reino Unido) y vuelve a Buenos Aires. Estos cruceros turísticos hasta Malvinas existían antes de la guerra (mi abuela tomó uno en 1975). Volvieron.

 

Con ese plan, ahorré unos pesos y emarqué. El recorrido entre las capitales de Argentina y Chile dura 14 días, y la parada en Malvinas solo uno. De 7 de la mañana hasta las 4 de la tarde. Era cuestión de encomendarse a Poseidón para que el viento no impida el desembarco (la letra chica del boleto advertía sobre esta posibilidad) y planificar todo bien para que esas 9 horas rindiesen al máximo.

 

La historia según Phil

 

Nunca había tomado un crucero ni sabía nada del asunto, por eso me sorprendí al subir y notar que entre los miles de pasajeros había pocos argentinos. Pese a que zarpaba del puerto de Buenos Aires y paraba nada menos que en Malvinas. Esperaba encontrar un gran contingente argentinos vestidos de celeste y blanco que, al igual que yo, solo habían emprendido el viaje para pisar Malvinas. Me encontré con una empresa europea con bandera de las Bahamas, tripulación de indonesios y malayos y más del 90% pasajeros que no provenía de América Latina. Los crucereros son una camarilla que vive al margen del mundo de la tierra firme. Eso noté el día del desembarco en Puerto Argentino / Port Stanley, cinco días después de haber dejado Buenos Aires. La enorme mayoría de los pasajeros se fue a ver a los pingüinos. La realeza local. Y es comprensible, ya que en las islas duermen algo más de 3 mil seres humanos, contando a los casi mil soldados apostados allí, según la información que maneja el Ministerio de Defensa. La mitad son nativos y la otra mitad tienen 60 nacionalidades. Además, en las Islas viven un millón y medio de pingüinos.

 

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Finalmente llegamos. Se hizo difícil dormir la noche anterior, sobre todo si uno aguardaba el amanecer desde la cubierta del barco, valiéndose de unos binoculares para avistar y gritar tierra. Lo del “manto de neblinas” era cierto: lo primero que se ve en el horizonte son unas pequeñas rocas detrás de la niebla. Es increíble lo que pueden movilizar unas rocas. El desembarco fue un drenaje lento, ya que el puerto no es natural y su muelle (el del famoso cartel WELCOME TO THE FALKLAND ISLANDS, punto emblemático del turismo geopolítico) es pequeño. Por lo que los barcos grandes deben anclar lejos, y trasladar a sus personas en lanchas propias. Junto al muelle los esperan los ómnibus locales para llevarlos a las playas de las enormes pingüineras. Para responder a la demanda de los argentinos desembarcantes hay un bus que sale directo desde allí hasta el cementerio de Darwin, a unos 200 kilómetros del puerto. El traslado de ida y vuelta, más la recorrida por el lugar, consume casi toda la jornada. Y finalmente, unos pocos argentinos y británicos nostálgicos e interesados en la cuestión Malvinas, más algún que otro desprevenido, pasamos de los pingüinos y tomamos la excursión de Phil Middleton, un librero local que se gana unos dólares adicionales como guía turístico, cuando llegan los barcos.

 

Phil Middleton es un inglés nacionalista y orgulloso. No nació en las islas, aclara, pero dice que ellas son su lugar en el mundo y que ser isleño es su nacionalidad. Comanda la excursión “Falklands Battlefields”, que recorre los alrededores del Puerto señalando lugares de batallas y contando la historia de la breve pero traumática guerra. Desde un punto de vista británico, claro. Apenas arrancó el micro, se registró un primer chispazo. Una familia de argentinos oriundos de Laferrere, partido de La Matanza, se quejó airadamente porque el guía hablaba en inglés. Ahí se dejaron ver las remeras malvineras y las banderas argentinas, hasta entonces camufladas por la ropa de abrigo. Phil montó en colera: se hablaba en inglés porque ese es el idioma de las islas, porque es el único idioma que él hablaba, y porque así había sido anunciado en la web de su miniemprendimiento turístico. Los argentinos, familiares de un combatiente, no cedieron e insistieron que solo hablaban español. Otra argentina ofició de mediadora-traductora. Phil le pidió a su amigo chofer que detuviera el micro: o aceptaban sus reglas, o se bajaban ya. Desde otro rincón del micro, otra disimulada pasajera develó su nacionalidad albiceleste y saltó en apoyo de los ofendidos. La mediadora-traductora intercedió. Los ánimos se calmaron, nadie abandonó el bus. Phil dio el visto bueno al chofer: seguimos adelante. Aunque Phil nunca se repuso del incidente y se refirió un par de veces a los excursionistas revoltosos. No le gustaba nada que los turistas se sacaran fotos desplegando banderas argentinas en los escenarios de la guerra.

 

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Horas más tarde, visité a Phil en su pequeña librería en la pequeña ciudad y volvimos a repasar el incidente: para él, los argentinos que “no aceptan” el status político de la islas deberían ir directo al Cementerio de Darwin, a encontrarse con sus muertos. Su “Falklands Battlefields” no está pensado para ellos. Darwin, de hecho, es mencionado reiteradamente por Phil. En la narrativa isleña dominante, las Malvinas son un inusual fenómeno geológico, un pedazo de tierra que alguna vez fue parte de Sudáfrica. Se habla de Atlántico Sur y no de América del Sur. Ese fenómeno único y excepcional capturó la atención de Charles Darwin. Malvinas y Galápagos, hermanadas por la singularidad. Dicen allí que el refundador de la biología solo tuvo palabras de desaliento para las futuras generaciones de colonos -rincón del infierno, habría dicho- pero no dejó de inspirarse en ellas para elaborar su teoría de la evolución de las especies. En suma, las islas pasaron de la geología a Darwin, los balleneros, y la sacrificada colonización británica. Hasta la invasión argentina de 1982. Ni una palabra del imperio español, el virreinato, la gobernación argentina o el gaucho Rivero. Sin embargo, no pueden obviarse algunos rastros. La excursión de Phil Middleton llega hasta la “Estancia House”, un establecimiento agropecuario pionero que fue utilizado como base de los paracaidistas británicos en 1982. Y ahí nomás está el “Cerro Vernet”, que lleva el nombre del gobernador argentino de la década de 1820.  

 

La excursión de los campos de batalla va sobre camino de asfalto –que parece construido hace poco- y recorre algunos de los cerros que fueron utilizados por los británicos para avanzar sobre la capital de las islas. La ocupación militar argentina tomó el puerto, mientras que la operación británica ingresó por San Carlos, al otro lado de la isla y avanzó por tierra para recuperar la pequeña ciudad. Phil cuenta que en abril de 1982 él era maestro de primaria, y que siguió dando clases en su casa. Sin embargo, no hay mucho que mostrar. Salvo en el Cerro Harriet, que cuenta con un monolito y placa conmemorativa, no hay monumentos a la guerra. Caminando por los campos de batalla se encuentran algunos restos de aeronaves argentinas derribadas. Que han sido dejadas ahí, sin tocar.

 

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El relato isleño, según los ingleses

 

En las islas hay muy pocos habitantes, aunque el territorio del archipiélago tenga una extensión comparable a la de Bélgica. En Puerto Argentino/Port Stanley está la gran mayoría de ellos. Todos tienen camionetas y vehículos 4 x 4. Las casas son confortables. Si hacemos caso omiso del clima, se vive bien. Hay wifi para todo el pueblo, pero no es gratis. Los isleños no son pescadores, descienden de granjeros. Aunque las ovejas ya no rinden. Viven de las licencias de pesca, que es realizada por grandes empresas extranjeras. Los extranjeros que se mudan allí lo hacen atraídos por los altos ingresos. Hay una pequeña ciudad, un pequeño gobierno y una pequeña economía, pero como hay pocos entre quienes repartir, la renta es buena. Una idea de equilibrio social inmovilista y antiemprendedor subyace en todo lo relativo a la vida en Malvinas. El cambio no es bueno. El turismo no es bueno, porque habría que invertir en infraestructura. El petróleo off-shore no es bueno, porque se requiere un precio alto del barril de crudo para que las inversiones valgan la pena, y nada de eso es bueno. La construcción de nuevas casas no es buena, porque la infraestructura colapsaría y no alcanzaría la comida para todos. Todo, salvo el pescado, es importado; aún el agua mineral. Los vuelos directos desde territorio argentino no son nada buenos. Y la visita de argentinos, eso sí que no tiene nada de bueno.

 

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Cada vez que llega algún crucero o contigente de visitantes que incluye a presuntos argentinos, se despliega un pequeño comité de antibienvenida. Algunos negocios cierran y ponen en sus ventanas carteles de rechazo a los argentinos “hasta que no reconozcan nuestra soberanía”. Y por las calles de la ciudad dan la vuelta algunas camionetas cubiertas de union jacks y carteles nacionalistas. Las mismas camionetas militantes -dos o tres, no más- giran alrededor de la calle principal. Uno tiene la impresión de que esas personas se tomaron el día para desfilar. La mayoría de la gente del lugar, sin embargo, es amable y cordial. Como Phil, el nacionalista, que no rehúsa una conversación civilizada si siente el respeto. O los bartenders del Globe Tavern, el conocido pub inglés del pueblo, que vende cervezas, hamburguesas y papas fritas llegadas desde un barco de provisiones que zarpa desde el puerto inglés de Bradford. O las empleadas del Historic Dockyard Museum, espacio guardián del relato isleño.

 

El museo transmite cinco mensajes fundamentales. El primero es Malvinas como excepción natural, caso estudio de la teoría darwiniana, fauna irrepetible, suelo de roca, millones de pingüinos. El segundo es Malvinas como hogar del trabajador marítimo. Marineros, capitanes, balleneros y pescadores son, después de los pingüinos, los colonos más legítimos del lugar. Allí, desde luego, la imagen hispánica y gauchesca de los argentinos cubiertos de cuero vacuno queda relegada. El tercero es la colonización británica, hecha de historias familiares, damas inglesas de riendas tomar, los primeros agentes de policía y misioneros cristianos, que en su afán evangelizador llevaron a las islas a indios fueguinos. El cuarto mensaje, claro está, es la historia de la guerra de 1982 desde la perspectiva de los isleños. Su condición de víctimas de una guerra impensada refundó el sentido de las Malvinas, y los visibilizó ante el electorado británico. El Museo Dockyard recoge testimonios de cómo vivieron los habitantes del puerto -en muchos casos, descendientes de esos misioneros y esas damas corajudas- la militarización.

 

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El quinto mensaje nos interesa especialmente. Allí, Puerto Argentino/Port Stanley es presentado como un portal hacia la Antártida. El museo conserva la primera vivienda británica utilizada en el continente blanco, y numerosos elementos que recuerdan las reales campañas antárticas. El puerto bien podría ser la capital de la Antártida Británica. Y allí es cuando todos los otros elementos cobran un sentido potente. La fauna virgen, los expedicionarios, los exploradores, la gente del mar, todo eso nos empuja más y más hacia el sur. Hacia el Polo Sur. Malvinas y la Antártida. Y entonces sonó la sirena del barco: hora de volver.

 

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