El profesor Joseph M. Pierce participó de la protesta espontánea en el mítico Stonewall de Nueva York, lugar que marcó el comienzo del movimiento de liberación homosexual en Estados Unidos. Una multitud sostuvo pancartas anti-anti-islámicas y a favor del control de armas. Hicieron un llamado a no caer en la fácil categorización de la masacre como simple ‘terrorismo’. “El aliento queer es un acto revolucionario”, dice.



Fotos: Prensa New York City Mayors Office – Oficina de la Alcaldía de la Ciudad de Nueva York

 
 

 

 

Me veo reflejado en la vitrina, con esas letras en rojo. Estoy besando a mi novio. Su piel, su olor, me recuerdan a lo que iba, a lo que voy. A lo que busco. A lo que deseo. Y ese deseo es un acto revolucionario. Esa búsqueda. Ese aliento.

 

El aliento queer es un acto revolucionario. Respirar como cuerpo prófugo, como delincuente, como un cuerpo que existe frente a tanta violencia.

 

Me había despertado algo tarde y no me di cuenta hasta después. Hasta cuando abrí el Facebook. No pensaba llorar. Y no lloré, hasta ver el video de una madre recibiendo mensajes de texto de su hijo, su hijo que estaba secuestrado en el baño del Pulse.

 

Vi la noticia de los más de 50 asesinados en Orlando, Florida. En una disco gay. Latino Night.

 

Latino Night. Cuerpos entrelazados. Sudados. Cuerpos morenos, cuerpos negros que bailan abandonados en la noche a pesar de todo.

 

Fui al Stonewall porque los espacios tienen su historia, su memoria. Pensé que ese lugar me devolvería algo de esa lucha, ese desafío. Pensé que esos ladrillos cobrizos, esa oscuridad, ese piso sucio, me devolvería algo. Me harían sentir algo que había perdido. Stonewall. Lugar donde, tras una razzia en 1969, se armaron una serie de protestas violentas, explosivas. Travestis, negras, boricuas, maricas, butch-dykes, el comienzo del movimiento de liberación homosexual en los Estados Unidos. Un lugar donde nuestros cuerpos disidentes comenzaron a sentirse libres.

 

Latino night. Cuando existís como un cuerpo moreno, cuando amás como un cuerpo moreno, cuando tu cuerpo está siempre sujeto a los varios modos de violencia que acechan tu latinidad, ¿qué importa si podés bailar? ¿Si tenés el espacio para bailar? ¿Qué importa esa pista de baile en la noche latina?

 

O, por otro lado, ¿qué pasa si bailar es lo único que te hace humano? ¿Qué pasa cuando tu cuerpo solo se vuelve cuerpo cuando baila, cuando se articula, cuando gime, cuando suda, cuando menea? ¿Por eso importa el boliche gay? ¿La noche latina? Cuando ese espacio te permite ser, moverse, respirar, devenir.

 

¿Qué dicen esos cuerpos latinos bailando en el Pulse en su noche latina? Qué aire, qué espacio, qué ambiente cambian, con sus cuerpos negros, prietos, morenos, trigueños? ¿Qué cambia cuando revolvés el aire con esas piernas morenas hermosas? ¿Qué arabescos, qué estela marica, creás con ese cuerpo?

 

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En el Stonewall se armó una protesta espontánea después de la masacre en Pulse. Unas doscientas personas se conglomeraron en Christopher Street sobre las 5 de la tarde. Era raro. La policía anti-terrorista al lado de los boricuas saliendo del desfile de orgullo puertorriqueño. Una ironía histórica. Nos protegen los policías contra el terrorismo que habían creado ellos. Una multitud. Pancartas anti-anti-islámicas. Pancartas a favor del control de armas. Afuera del bar se subieron activistas y compañeros para hablar de resistencia. De amor. Hicimos eco de sus llamados a no perdernos. A no caer en la fácil categorización de la masacre como simple ‘terrorismo’. Hablaron miembros de Black Lives Matter. La crítica no puede ser tautológica.

 

No podemos dejar de bailar. No podemos dejar de sudar, de menear, de desear. No podemos dejar de insistir en la complejidad del asunto, de insistir en la crítica a la misoginia, la homofobia, la islamofobia, la masculinidad tóxica, en constante crisis. Periodistas que preguntaban lo típico: ¿cómo te sentís, te sentís seguro, por qué viniste al Stonewall?

 

¿Por qué ir al Stonewall? Para estar con esos cuerpos, los cuerpos que amamos, que deseamos, que nos conmuevan, que acariciamos, que anhelamos. Cuerpos entregados a la noche. Cuerpos que no volverán. Cuerpos que se deshacen. Cuerpos cuyo sudor, cuyo brillo, no volveremos a inhalar. Cuerpos que importan. Cuerpos cuya materia, cuyo devenir, nos salvan del olvido.

 

Para respirar ese deseo, ese aliento, esa intransigencia que el cuerpo marica escenifica con su terrible inconmensurabilidad. Ver, sentir, tocar esos cuerpos, besarnos, bailar.


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