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Martes 26 de Febrero de 2013

Tu cerebro entra en un tupper

En el subsuelo de una fundación en el barrio porteño de Belgrano, se acumulan mitades de cerebros. Algunos se congelan, otros se mantienen en formol. Donados por personas que querían ayudar a la ciencia, se los trata con cuidado y delicadeza, se los estudia y analiza. Pálidos, enjutos, parecidos a un champiñón enorme, de tan familiares, abruman.

"Sorpresivamente
una burbuja brillante brotó del interior del cerebro
como un mensaje venido de la otra margen,
y no había boca que lo pronunciara".

Poema Sala De Disección, de José Watanabé.

Miguel Ruidavets coordina el biobanco del Departamento de Neuropatología de la Fundación Fleni. Su cerebro debe pesar cerca de un kilo, un kilo y medio, aunque cubierto de hueso, carne y pelo, no abruma.
En la mesada hay pilas de tuppers. Los de tapa verde están vacíos. Los de tapa azul tienen, adentro. Cerebros. Mitades de cerebros, sumergidas en formaldehido. Cada tupper tiene una etiqueta con un número. Aunque en algunos, en cursiva, tienen un nombre. Un nombre y un apellido. Como si se tratara de la portada de un cuaderno o la manera de marcar un objeto personal
— Olvidate de nombres que veas. Son de la gente que los donó. Pero no tendrían que estar ahí — le dice Riudavets al fotógrafo.
Son los recién llegados. Los que todavía no se transformaron en una cifra y llevan el nombre de sus antiguos portadores. Acá, después de un tiempo, los cerebros no tienen nombre: son anónimos, puros objetos de ciencia.
Llegar acá no es fácil.
Si el dueño del cerebro no lo dispuso y lo dejó por escrito antes de morir, la decisión queda en manos de la familia. Muchas veces, alguno hace el trámite y luego se arrepiente, o se arman discusiones. Se trata de que sea una decisión unánime y se debe presentar una autorización firmada por los responsables. Cuando esto ocurre, se pone en movimiento la cadena que los traerá al Fleni. 

Las mitades que no están en los tuppers van a la heladera: a ochenta grados bajo cero, cortados y puestos en bolsas para freezar. Vistos desde lejos, parecen el stock de una persona solitaria y previsora, que congela su semana gastronómica con obsesión.
El doctor Riudavets ya se puso los guantes azules y, con cuidado, saca un cerebro entero.
Pálido, enjuto, parecido a un champiñón enorme. Que de tan familiar, abruma.
Riudavets lo agarra como si sostuviera una vasija frágil y milenaria, que pudiera caerse (o resbalar).
Los cerebros se miden en centímetros cúbicos, en promedio, van de los 12 a los 15 cm. Este se ve lustroso. Chorrea gotas de formaldehído. Riudavets hace un gesto: aguanta el ardor que le provoca en los ojos.
El color no cuenta, dice. El formaldehido los amarrona.
En España hay unos doce bancos de cerebros. En Estados Unidos, más de cuarenta. En
América Latina, tres: uno en Brasil, uno reciente en México y este de Argentina, que se creó en el 2006, cuando luego de rechazar un puesto en Australia y otro en Canadá Riudavets decidió volver al país junto a su mujer, que es médica especialista en dermatología. Así, también podrían criar en el país a su hija recién nacida.
Lo que se hace aquí, en definitiva, son autopsias del cerebro.
— Detectamos enfermedades raras y casos de Alzheimer o mutaciones que nos llevan a hacerles estudios a las familias. Podemos responder preguntas sobre enfermedades que venían de generación en generación y que antes no podían detectarse. Podemos ofrecer un estudio genético, darles la oportunidad de que planifiquen, que decidan si quieren tener hijos o no.
A los familiares del donante, claro. Para él, lamentablemente, habrá sido tarde.

***

El cerebro es nuestra caja negra, la zona misteriosa. Allí, a través de los siglos, los científicos han buscado la clave de la genialidad y la locura, el alma, el secreto del amor, la llave para explicar la humanidad.
Entre 1489 y 1513, Leonardo Da Vinci se dedicó a retratar la anatomía humana y entre dibujos de precisión asombrosa, produjo láminas que recreaban su visión del cerebro. Hace unos años, un médico, Frank Meshberger, estudió los frescos de Miguel Angel en la Capilla Sixtina, y dijo que en la Creación de Adán, la nube que rodea la figura de Dios es, en realidad, el dibujo de un cerebro humano.
Cerca de 1800 tuvo lugar el nacimiento de la frenología, una ciencia que por aquellos años, afirmaba que el carácter de una persona estaba determinado por la forma de su cráneo, una idea que se acoplaba al racismo de la época. Con los años, la disciplina quedó en el olvido.
En 1924, el neurólogo Oskar Vogt, tuvo que fetear un cerebro muy particular. En 31 mil partes el cerebro de Vladimir Ilyich Lenin. Fue su primera experiencia en lo que luego se llamaría el Instituto de Investigación Cerebral de Moscú, donde recibiría otros cerebros de personalidades como Máximo Gorki o Sergej Eisenstein.
Vogt dijo que sí, que algunas neuronas del padre de la Revolución, las de la capa III de la corteza cerebral, eran más grandes que las del común de las personas. Los escépticos dijeron que, en vistas de la presión política y económica, ese resultado era dudoso.
Vogt publicó el informe: las capas se perdieron. Lo que quedan son imágenes: fotos que retratan las placas de vidrio que archivaron algunas de esas finas láminas de cerebro que, de tan delgadas, se parecían más a una colección de mariposas muertas.
Esto no fue sólo una excentricidad rusa. Al cerebro de Einstein lo partieron, lo expusieron, lo excavaron hasta la obsesión. Durante cuarenta años, nadie supo dónde estaba.
En 1996, la curiosidad del periodista Michael Paterniti descubrió el misterio: en abril de 1955, una hora y media después de la muerte del físico, el patólogo Thomas Harvey, a cargo de la autopsia, se robó el cerebro: 1,230 kilogramos de masa encefálica, y los ojos, que regaló al oftalmólogo de Einstein.
Durante 40 años, Harvey guardó el cerebro del creador de la teoría de la Relatividad en la cocina de su casa. Paterniti lo buscó y lo convenció de devolverlo a los familiares. El periodista, el patólogo y la caja viajaron en un Buick desde Kansas hasta California.
Durante el viaje, que luego describió en el libro “Viajando con Mr. Albert”, Paterniti confesó que, en secreto, ansiaba que Harvey se durmiera para poder meter la mano el tupper y tocar, al menos por unos segundos, eso que alguna vez había sido del famoso Albert Einstein.

***

Cuarenta y nueve cerebros apilados en tuppers de plástico.
En su mayoría, pertenecientes a personas que sufrieron enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o Parkinson, y fueron donados desde 2006 a este biobanco, el primero de América Latina. Aquí se los estudia, se les practica una autopsia cerebral (gratuita). Así, se les da cierta tranquilidad a los familiares del paciente muerto, que sabrán si hay que tomar recaudos ante lo hereditario.
El lugar de trabajo es sobrio. Es parecido a una cocina austera, sin demasiada personalidad. La luz blanca del techo bastante bajo, en el subsuelo de este edificio del barrio de Belgrano, hace olvidar que, afuera, la ciudad se derrite por el calor. No hay ventanas. Los ruidos del exterior no llegan. Todo lo habita el zumbido de las dos enormes heladeras que, como un par de custodios de algún secreto, ocupan una de las paredes. Una mesada en forma de L, una pileta, una máquina vieja, parecida a una cafetera que sirve para acelerar partículas y que alguien dejó allí y olvidó retirar. Sobre la mesada, están ellos, los cuarenta y nueve: algunos, enteros; otros, en mitades.
— Es una arqueología del cerebro —dice el doctor Riudavets y dice que por las mañanas, trabaja en la morgue judicial. Y que uno no se convierte en millonario (ni mucho menos) escarbando en la materia gris.

***

A mediados de 2006, luego de algunas notas y de un simposio para presentarlo a la sociedad, el biobanco de la Fundación Fleni recibió a su primer cerebro. Terminaba el otoño. Una señora se presentó y dijo que la madre tenía Alzheimer; estaba por morir. Ella había leído de la existencia del banco y quería donar el cerebro para la investigación. No creía que después de muerto el cuerpo sirviera para algo. Eran descendientes de ingleses. Riudavets le explicó el protocolo. Ella escuchó. Se llevó el consentimiento para firmar. Al mes, volvió a llamar. La madre había muerto.
Luego vinieron otros. El tiempo máximo para recibirlo es hasta 18 horas después del fallecimiento. Los reciben, sobre todo, de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores, donde mandan un especialista para hacer la evisceración (la extracción correcta del cerebro). También de algunas ciudades del interior del país, aunque menos. Es necesario que el cerebro se extraiga de manera adecuada y ese trabajo lo realizaun eviscerador, puesto que no todos los hospitales tienen cubierto. Los cerebros viajan en unos baldes con formaldehido, en avión o en ómnibus. Han llegado de
provincias como Corrientes y Tucumán. Mil doscientos kilómetros para ayudar a la ciencia.
— “Antes de que se esté pudriendo en una tumba, que sirva”, suelen decir los que lo donan —dice Riudavets, joven, prolijo y con el humor de quien disfruta su trabajo.
— ¿Por qué la extracción requiere de tanto cuidado?
— Un hígado es un hígado. Son muy parecidos. El cerebro es como si tuviera muchos órganos metidos dentro de un gran órgano. Una zona hace que muevas la mano derecha; otra, que pienses mejor; otra, que llores. Cada enfermedad tiende a tener cierto patrón particular dentro del cerebro. Tenés que tener cuidado. Si lo sacan mal y está muy roto, se puede jorobar la toma.
— ¿Y usted? ¿Tiene pensado donar el suyo?
— No tendría problemas. Total, después no pasa nada.
En la mesada, con tapa verde, hay varios tuppers que todavía están vacíos. 

Anfibia
Universidad Nacional de San Martín
Kells