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Lunes 14 de Mayo de 2012

Tu cristo no me gusta

La Semana Santa en Sevilla mezcla tradición, negocio, religiosidad y, competencia entre devotos. Los sevillanos, agrupados en hermandades, recorren las calles con imágenes de vírgenes y cristos de una tonelada y media sobre la espalda. En Sevilla la rivalidad de los fieles puede ser como la de las hinchadas.

Herencia romana, medieval y árabe, las calles del centro de Sevilla son pasillos de adoquines irregulares que serpentean entre muros y desembocan en plazuelas. Hay esquinas imposibles, hay balcones que ocupan el espacio de la calle. Pero los ojos y las cámaras de fotos y de videos de miles de turistas no se detienen en detalles arquitectónicos; se enfocan en las estatuas de la Virgen o Cristo.
Las figuras, llamadas pasos, de más de dos metros de altura y una base de cuatro metros de ancho, se mueven con la procesión: parecen flotar. Y sin embargo, estas moles de oro y plata, 1500 kilos de devoción y cristiandad, se pasean por las callecitas gracias a los hombres que están debajo. Los ignorados costaleros: hombres que por un curioso fanatismo, que ellos llaman devoción, cargan kilos y kilos sobre su humana cervical. La semana santa en Sevilla mezcla tradición, negocio, religiosidad y, sobre todo, mucho esfuerzo.
Antiguamente, quienes llevaban las figuras eran trabajadores del puerto, profesionales del acarreo a hombro, que para amortiguar el impacto usaban costales, bolsas de arpillera. Le decían costaleros. El nombre quedó. Y a pesar de que el trabajo se hace gratis, no es fácil hacerse un lugar entre estos devotos. Cada iglesia tiene su plantilla completa y para tener el privilegio hay que esperar que alguno se retire de la actividad. Dicen, por lo bajo, que hay iglesias que cobran algo parecido a un bono contribución. Se necesitan entre 30 y 55 hombres por figura. Cada uno de ellos carga, sobre la séptima vértebra, una viga transversal de madera redondeada: en promedio treinta y ocho kilos. ¿Por qué una espalda querría doler de esta manera?
El bar El Chiringuito, en el barrio de la Alfalfa, es un pasillo no más grande que un colectivo sin asientos, piso de cemento, paredes blancas, fotos de Camarón de la Isla, de los Mártires del Compás y de Pata Negra. La charla, como sucede casi siempre en los infinitos bares sevillanos, surge porque sí. Acodado en una barra, Ramón Muñoz, treinta años, flaco, mirada profunda y chiste compulsivo, costalero de Los Negritos, toma cerveza de a tragos cortos.
—Desde pequeñito he visto a mi viejo de penitente, arrodillao en una parada. Lo he visto sufrir. Lo he visto en sus costumbres, sus raíces. Yo, personalmente, a la figura que está en el paso no la sigo, yo sigo a mi viejo. Soy cristiano, pero la iglesia no la piso. ¿Por qué de costalero? Creo que son las raíces de tu tierra. Y nada más.
Casi un millón de personas, la mitad turistas, participan de las celebraciones en una ciudad que tiene 700 mil habitantes. A los sevillanos no les gusta que su Semana Santa se compare con el Carnaval de Río. No se trata de una fiesta pagana, dicen. Las procesiones de las sesenta hermandades que llevan la Virgen o el Cristo, y que distinguen a cada iglesia, son el eje de la celebración. Hay hermandades grandes, cofradías chicas, algunas surgieron en los últimos años, otras que tienen cinco siglos de vida.
Dos sevillanos, deben tener entre 25 y 30 años, escuchan al costalero, se acercan a opinar. Se ríen de los pasos madrileños. Dicen que los de la Capital no entienden nada. Dicen que cargan el palio –el soporte que hace las veces de escenario de las figuras– sobre ruedas. Les parece poco serio. Aseguran que para diferenciar a la hermandad que está desfilando no necesitan mirar la figura, lo saben sólo con ver la manera de caminar.

Paradójicamente, el triunfo de los costaleros es que la gente no se de cuenta de que ellos existen. Los pasos serios hacen gala de un ascetismo en el deslizarse. De ahí el desprecio por los pasos con ruedas.
Las dos cofradías más grandes son El Gran Poder, que data de 1477 y cuya basílica se encuentra en el casco histórico de la ciudad, y la Esperanza de Triana, fundada en 1418 del otro lado del Guadalquivir. Triana fue conocido durante mucho tiempo como el barrio de los gitanos. Esas dos cofradías, junto con El Silencio, Los Gitanos, La Macarena y El Calvario son las más populares. Desfilan en la madrugada del Viernes Santo: La Madrugá, el prime time de la Semana Santa.
Los pasos gitanos establecieron “el picadito”, una manera de alterar el orden de las pisadas para que parezca una especie de balanceo. En estos detalles mínimos, invisibles para un turista, se basa la rivalidad entre hermandades. El picadito es visto por los serios como una coreografía inaceptable. Los amantes de los pasos gitanos dicen que los otros son aburridos. Desde hace años, la pelea mantiene la tradición.

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