Junto al fútbol y al boxeo, el Turismo Carretera ocupa el podio de los deportes populares de Argentina. Pero mientras el fútbol y el boxeo femenino crecen y se difuman las barreras de género, en el TC la mujer sólo ocupa el lugar de “promotora”. Un cronista nacido y criado en una ciudad fierrera vuelve a una pista después de treinta años. Qué pasa cuando las imágenes, los ruidos y los olores de la infancia dejan de producir nostalgia mientras la voz del autódromo dice: “Pobres idiotas los que no tengan pasión por esta categoría”



Todas las miradas y los gestos se dirigen a los corredores situados detrás de boxes. Salieron a mostrarse para saludar, firmar gorras y probar motores. Todas, menos tres, que miran hacia arriba y enfocan a la única chica presente en el sector de prensa, una morocha imponente asomada por un ventanuco abierto, que les devuelve la mirada. Con el viento le llegan algunas palabras: perra, puta, bajá y chumápela, te voy a hacer tres hijos. Ella se ríe, sin quitarles la mirada de encima. Le pregunto si no le molesta las cosas que le dicen y gira la cabeza para mirarme a mí como si yo fuese un extraterrestre. Vuelve a mirar a los tipos. Uno de ellos sacala lengua entre los dientes que le faltan y la mueve de arriba a abajo, juntando el frenillo con un hilo grueso de baba.

En un monitor, observamos las pruebas de cámara previas a la transmisión en vivo del sábado, día de las clasificaciones. El camarógrafo elige el rostro de una promotora para probar el foco y, para el balance de blancos, el escote de su blusa cerrada por un botón que protege sus tetas.

 

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Vengo por primera vez al Autódromo Roberto Mouras de la ciudad de La Plata. Me acompañan tres desconocidos que se entregarán con total hospitalidad a una amistad que durará sólo un fin de semana. Conocí a uno de ellos, Pato, a través de un amigo en común. A Pato le quedaba un lugar en el auto y me dejó acompañarlos.

 

La última carrera que presenció Pato en un autódromo fue también en La Plata, hace más de diez años, cuando la categoría del Top Race corría con coches que representaban a clubes de fútbol. Pato usa gorra, llavero, mochila y campera con escudos de Independiente de Avellaneda.

Los otros dos integrantes de la troupe son Javier y Gerardo, carpintero y albañil, los dos de Los Hornos. Los dos morenos, altos, robustos, las manos gruesas y fuertes. Entre los tres trajeron todas las cosas para acampar: calentador, carbón, carne, garrafa, equipo de mate, carpa, parrilla, reposeras, agua.

 

Camino al autódromo, celebraban que este ambiente sea tan familiar, que un hincha de Chevrolet y otro de Ford pudieran comerse un asado sin problemas y se lamentaban de que uno de River y otro de Boca se apuñalen en la calle. Gerardo es hincha de Chevrolet, a Fabián le gusta más Ford, Pato es de Independiente y yo de Racing.

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El humo del caucho de las gomas contra el asfalto se cuela entre el desfile de promotoras en calle de boxes. Paraguas de colores protegen a los pilotos, vayan a donde vayan, mientras la sordina de los motores antes de salir a pista consigue aplastar cualquier otro sonido posible.

 

No entiendo cómo hacen estas chicas para sonreír sin protección auditiva. Pero sonríen igual, mientras los oficiales de control organizan a la gente con silbatos y todos los curiosos nos movemos en bloque para que los coches entren y salgan de su box asignado. Allí donde hay algún piloto para saludar y tocar, sacarse una selfie, autografiarse una gorra, el público de los boxes se amontona como un enjambre.

 

Las mujeres que circulan por esta pasarela parecen libres de marcas de gordura, arrugas o estrías. Y si las hay, han sido ocultadas con tela o colágeno. El cuerpo de la mujer es pura exhibición: espaldas desnudas, vestidos cortos, escotes pronunciados, minifaldas, botas con plataforma, maquillaje y pelo de publicidad.

 

El cuerpo del piloto es metálico: su coche y su uniforme como representación o prolongación de su coche, los mismos estampados publicitarios en cada caso. Y una cara y el dedo gordo de su mano indefectiblemente levantado ante cada foto como únicas manifestaciones de la piel.

 

Lo que sucede en boxes también se representa en la iconografía de la web de la Asociación de Corredores de Turismo Carretera (ACTC), donde toda fotografía femenina se muestra como “las bellezas” de tal o cual autódromo y la imagen masculina existe como continuación anatómica y heroica de un engranaje mecánico.

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“Vamos a estar en el último curvón”, me había dicho Gerardo cuando nos despedimos en la entrada, yo rumbo al sector de Acreditaciones y ellos tres a buscar un lugar donde acampar.

 

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Salgo a buscarlos y comienzo a bordear el autódromo siguiendo el movimiento de los autos, con el público pegado a los alambrados: hombres en cuero y sudados, tatuados con los logotipos de Ford y Chevrolet rodeados por dibujos de fuegos y metales.

 

Son las 16 de una tarde espesa de calor. Pedazos de vacas y corderos chirrían en parrillas y asadores acostados sobre brasas de carbón ardiendo en pozos fabricados a punta de pala.

 

El rugido de los motores durante las pruebas de clasificación se mezcla con cumbias, cuartetos y Los Redondos, esas tres variaciones repitiéndose en todo el trayecto. Mucho vaso térmico de litro con vino y fernet. De vez en cuando, alguna madre o hermana o tía corretea niños que intentan escaparse hacia cualquier lado.

 

Entre la variedad de carpas iglúes y canadieneses, camiones, tráilers, casillas y andamios con tablones improvisados como tribunas, se distribuyen los puestos merchandising oficial y pirata de Ford y Chevrolet. Y algún coche con nombre, humanizado en plots que dicen Azulcito o La Veleta.

 

A las seis de la tarde el sol me sigue partiendo la cabeza y no consigo ubicar ese curvón. Cruzo sogas clavadas con estacas, salto sobre fuegos subterráneos, esquivo pozos, pregunto. Me tratan de chango, polaco, vieja, culiao, facha, amigo, papá: una cordialidad federal.

 

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Justo cuando estoy a punto de completar la vuelta, la gente comienza a entrar al circuito. La organización abre sus puertas para que todos los fans puedan pisar la misma arena donde luchan sus héroes y entren a boxes a sacarse fotos con los pilotos y las promotoras.

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Entro con parte de la hinchada de Ford, escoltada por unos pocos agentes somnolientos de Gendarmería. Los que no quieren caminar hacia los dos accesos principales ya tenían preparados sus propios portales, cortando los alambrados con alicates y tenazas. La gente sigue entrando a la pista desde todos los rincones del autódromo. 

 

La calle de boxes hierve al son de trompetas, bombos y redoblantes, cánticos e intimidaciones leves entre las dos hinchadas más populares del Turismo Carretera. Las vallas de los boxes resisten a duras penas el grueso volumen de fans colgados que piden gorras, autógrafos y besos. Algún técnico pone en marcha un motor y la hinchada aplaude excitada.

 

El ritual termina con los dos corredores que llegan con mejores chances de ganar el título en el centro de su público: Mariano Werner, de Ford, y Matías Rossi, de Chevrolet. La gente los rodea y los toca, los hace cantar y bailar. Será el único momento en el que los pilotos tendrán una escolta netamente masculina. Fuera de esta ceremonia, su séquito principal, su primer círculo de contención, serán siempre las promotoras.

 

Según la ACTC, hay unas 5 agencias autorizadas por la propia categoría para contratar promotoras. Y son los propios pilotos, a través de sus equipos y sponsors, los que les pagan y  quienes las eligen a través de books preparados por las agencias. Pero nadie en la ACTC sabe o está autorizado o quiere decir el nombre de las agencias.

 

El mismo nivel de secretismo también se mantiene en los portales de empleo online, los encargados de mediar en el reclutamiento de promotoras. Nunca dicen de qué agencia se trata y, en contadas ocasiones, hablan de sueldos.

 

Un aviso de GoEmpleo llama a “jóvenes con presencia y predisposición al trabajo” a estar todo el año en el TC Mouras, señalando que “no se selecciona experiencia ni mínimo de estatura” y que “no importa color de piel”. Otro anuncio de Full Empleo Argentina busca chicas para Turismo Carretera y “también para presencias en boliches o desfiles en exposiciones” prometiendo 6 horas de trabajo por día y un ingreso diario de $400 pesos.

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Se hace de noche y las coordenadas manuales ya son imposibles de seguir. Google Maps no sirve. En el autódromono no hay señal 4G ni 3G: 60 mil personas desconectadas de la red. Pido un teléfono a un desconocido que toma un fernet al costado de su carpa y llamo a Pato para que me vaya a buscar a la entrada, donde no hay posibilidad de pérdida. Pato se tuvo que ir a La Plata por un trámite y debe estar volviendo.

 

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En la entrada, los entrerrianos que cobran el acceso me convidan mate con hierbas y el agua caliente es un placebo para la devolución de la energía gastada durante el día. Vuela mucha tierra y si logro ver algo es sólo gracias a las luces continuas de los faros delanteros de los vehículos que hacen cola para entrar: camiones Iveco, motos con el escape libre, deportivos flamantes y hasta una cupé sin capó que intenta una entrada muy pistera pero que se frena en seco al cortársele una manguera. 

 

Entre la humareda densa que desprende esa máquina oxidada, se cruzan grupos de cinco, diez, tres chicas que se bajan de taxis y que pasan sin pagar entrada y sin presentar ninguna credencial. Como si bastara sólo con mostrar los jeans ajustados, el maquillaje excesivo y los zapatos de plataforma.

 

En esas 2 horas que paso en la puerta del “Roberto Mouras” esperando a Pato, ellas serán las únicas mujeres que veré entrando en el autódromo. A lo mejor, tal vez, pasó alguna sentada en un asiento trasero u oculta tras vidrios polarizados. La luz es escasa, pero al volante, al menos, no veo a ninguna.

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Esta crónica empezó mucho antes, en los años ’80 quizás, en un viaje antes del amanecer hasta el Autódromo de Balcarce para ver a correr al Pincho Castellano, un loberense como yo, un mítico corredor del TC que volvió más o menos conocida a la ciudad de Lobería. Nuestro ciudadano ilustre.

 

O, a lo mejor, empezó en esos asados en tantos fogones y campos en los que escuché la pericia con la que muchos amigos, conocidos y desconocidos analizaban carreras, levantaban ídolos y defenestraban conductores, mientras unos hinchaban por Ford y otros por el Chivo. Charlas sobre motores que podían terminar con el mismo chiste: “Hoy me gustaría cogerme a un travesti y que se quede a dormir en mi casa, así mañana miramos juntos la carrera”. En Lobería, en Argentina, para que te gustaran los fierros, había que tener pija. Aunque sea una pija travestida.

 

Y ahora, en pleno reencuentro con Pato, Javier y Gerardo, mientras se cocina el asado, el dispositivo de la memoria funciona como la magdalena de Proust: el olor de las gorras de mis compañeros de camping, esa mezcla de pelo, tela y humo de asado, me transporta a alguna gorra del pasado con cierta marca de fertilizante para el campo que quizás mi padre, algún amigo o yo mismo haya traído de algún asado lejano en un probable autódromo del pasado.

 

Comemos vacío, bondiola y chorizos, sin ensalada, como continuación de una picada compartida con el campamento vecino de balcarceños y marplatenses que nos convidaron de su salame casero y de su queso de chancho y al que nosotros retribuimos con brasas para su carne. Se habla de pesca, de construcción, de hazañas alcohólicas y de las putas que se deben estar cogiendo los amigos y auspiciantes de los corredores.

 

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Después de cenar, el circuito que comunica todo el autódromo se convierte en un pasillo clandestino de fiestas y cánticos de las dos hinchadas. Se escuchan motos deportivas, alguna cupé con el escape libre, mucha más cumbia que antes, bramidos de motores alterados artesanalmente.

 

Nos dormimos con la voz de Daniel Agostini, proveniente de algún tráiler anclado en este campo oscuro y fuera de toda cartografía.

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El domingo desde bien temprano empieza a rugir la voz de Osvaldo Tarafa, que desde los altoparlantes celebra el ejemplo de convivencia que se vivió ayer en calle de boxes. Y pide a los barrabravas “de otros deportes” que imiten este modelo de tolerancia entre los hinchas de Ford y Chevrolet. La voz del autódromo es semi-permanente: el automovilismo como un deporte en vivo narrado en público.

 

Con los primeros mates, le pregunto a mi grupo si crece o decrece la asistencia de público femenino en esta competencia. Gerardo me dice que “es mejor hablar de familia, de un público familiar” y que no sabe si vienen más mujeres, que puede que sí, pero que lo que es seguro es que el TC es un “deporte familiar”.

 

Javier asiente con la cabeza y dice que “hay muchas mujeres fanáticas de los fierros” pero acá lo que más se nota es la “familia entera que viene a disfrutar de un camping, un asado” y que en muchas ocasiones “la carrera es lo que menos importa”.

 

Seguiré preguntando lo mismo a periodistas, promotoras, pilotos, técnicos, personal del autódromo. Todos, sin excepción, hablarán de la familia: el público del TC se concibe como familiar. Una idea tradicional de la familia.  

 

A las 8 de la mañana, la tribuna principal está repleta. La entrada general cuesta 350 pesos para los hombres y 200 pesos para las mujeres, precios que decide cada autódromo y que nunca es igual en todas las carreras. Hasta hace poco más de 2 años, las mujeres no pagaban entrada, pero ahora algunos autódromos, como el Roberto Mouras, empezaron a cobrarles. En otros, aún se mantiene la tradición de damas gratis.

 

Me despido de mis compañeros de camping para reencontrarnos luego, cuando todo se acabe. Y entro en calle de boxes, donde hay bastante más público que ayer. Los pasillos, colmados. Los capós de los 40 bólidos que competirán en la final descansan en el suelo como centinelas del box, mientras el auto exhibe detrás la desnudez de su motor.

 

Comienzan a salir los primeros coches a probar. Arrancan las series de clasificación como la previa de la gran final. Un espectáculo sonoro intenso, individual, que se vuelve furia colectiva durante la largada y cada vez que toda la fila de autos pasa por la recta principal y sus escapes eructan explosiones.

 

Para volver gráfico estos sonidos, el periodista y escritor Tom Wolfe solía poner una B y una R juntas y repetidas durante varias líneas de texto. Pero en los ‘60 los motores eran otros y no existía semejante tecnología aplicada al automovilismo, por lo que no se me ocurre qué combinación de letras podría graficar el sonido de los motores contemporáneos. Supongo que ninguna.

 

Acaba una serie, empieza otra. Se van turnando los coches para salir de boxes, mientras los que llegan saludan al público de la tribuna que no puede bajar a tocarlos: la gorra autografiada volando por el aire será su nexo.

 

Y los que no pueden tocar a las promotoras eligen el grito como nexo: “No es polilla, pero como debe comer trapo, mami”. El mecanismo se activa cada vez que las chicas caminan solas por calle de boxes. “Con ese culo vení a cagar a casa”. O cuando van en grupos, solo de mujeres. “Vengan, perras, vengan que acá está la barra de Ford para ustedeeessss”.

 

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Cuando la promotora pasa como séquito del piloto, sosteniendo el paraguas con publicidad, la mujer ocupa el lugar del decorado. Es ahí cuando la tribuna masculina se olvida del piropo, del insulto, y saca las gorras de Ford y Chevrolet, las marcas principales. Lo que las chicas transportan son los accesorios y complementos que permiten poner en marcha esos motores: Río Uruguay Seguros, Corven Autopartes, Castrol Lubricantes.

 

En el bóxer de Mariano Werner, un adolescente con granos le pide una foto a una promotora y ella se niega. Entonces pide un beso y ella accede, de mala gana, sin siquiera mirarlo en ningún momento, quedándose seria por unos instantes como si reprimiera las ganas de llorar. Como un gesto reflejo, se pasa los dedos por el pómulo maquillado donde recibió el beso. La promotora de Matías Rossi está más receptiva y accede sonriendo a las selfies, besos y piropos como si lo llevara haciendo mucho tiempo, con esa experiencia y soltura. Ni siquiera parece forzada su risa.

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Acaban las series y con cada piloto en su respectivo lugar en la pista, la gran final comienza a enfilarse en la recta de largada. Al público de boxes se le ocurre que es buena idea rodear a los coches antes de que salgan, un comportamiento que además de estar prohibido por el reglamento es peligroso. Pero el deseo de estar cerca de las máquinas que van a pelear la batalla final parece ser más fuerte.

 

La voz del autódromo dice: “Yo hace muchos años que estoy acá y nunca me faltó una billetera. En cambio, en la calle ¡el choreo está a la orden del día!”. Y sigue: “No es que tenga nada contra el fútbol, pero a la cancha vas dos horas y acá son tres días donde se genera mucha plata. Y con la plata que genera el TC trabaja el panadero, el carnicero, el almacenero”. Osvaldo Tarafa parece regocijarse con su propio discurso: “Pobres idiotas, los que no tengan pasión por esta categoría. Pobres idiotas, los que no tengan pasión por una marca”. Y llega el alerta: “Por eso les pido, por favor, no me hagan quedar mal. Vamos a aguantar hasta que baje la bandera y a demostrar que somos el mejor público de la Argentina”.

 

Desalojada la pista, comienza la carrera. El público de boxes tarda muy poco en volver a desbordar el pasillo y en colocarse al borde del paredón que separa a este sector de la pista. Los policías tienen calor e intentan desalojar, con pachorra, a toda la gente que pueden. Después de tantas horas escuchando motores, el silencio resulta algo incómodo. El sonido diseñado y alterado por ingenieros produce hábito, vicio, adicción.

 

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El final de la carrera es un tanto confuso. Se anuncia que el campeón 2016 del Turismo Carretera es Matías Rossi y toda la hilera de fuegos artificiales que se despliega en la recta de salida es un homenaje al piloto de Chevrolet. La barra del Chivo desborda calle de boxes y, desde todos los costados del autódromo, otra vez, el público se sirve de sus propios pasadizos artesanales para acercarse al podio: hombres sudorosos y en cueros, tostados y cubiertos de banderas.

 

Los festejos de Rossi no duran más que cinco minutos: cuando se revelan los números de la carrera y se descubre que el choque con su némesis, Mariano Werner, lo hizo perder posiciones, la tabla general cambia y el campeón es, por séptima vez en la categoría, Guillermo Ortelli, el ídolo máximo de Chevrolet, quien se queda con todo: la copa, los fuegos artificiales que ya se tiraron y el público que sigue desbordando el playón debajo del podio.

 

Por la calle de boxes siguen cruzando hinchas. Algunos se trepan a las columnas para robarse  banderas argentinas. Un pibe muy joven y con muy pocos dientes se arrodilla en el piso y agita sus brazos en señal de plegaria; llora, mira al cielo y lleva una bandera de Chevrolet como si fuera una capa. Dos promotoras bostezan mirando hacia ningún lado. Un hombre mayor de sombrero de paja y chomba Lacoste le pide un abanico a su mujer y trata de aliviarse el calor.

 

Alrededor del palco, el público saluda al campeón y pide gorras, gorras, gorras. Las plegarias y los llantos se multiplican. Por todos lados se ven las cicatrices de un fin de semana de sacrificio: ojeras, pelos sucios, ronchas de piel quemada, transpiración, grasa en el rostro y en las manos.

 

Me reencuentro con mi grupo y nos refugiamos todos bajo la sombra del tráiler de los vecinos de Balcarce. Alrededor nuestro, se van desmontando los campamentos. Pato, Javier y Gerardo están rojos, todo el domingo pegados a un alambrado con el sol a sus espaldas.

 

Una Amarok lleva de tiro a un Ford Fiesta que acaba de quedarse encajado en una zanja. El tiempo pasa lento, pesado, mientras esperamos a que se alivie un poco la larga cola de autos formada hacia ambos accesos del autódromo.

 

Allá lejos, arriba del podio, Guillermo Ortelli se entrega a un cortejo atávico, rodeado de plebe, doncellas y carnes asadas. La idolatría, la juventud y los mejores animales para que el guerrero sacie la sed y hambre que provoca toda victoria.

 

Fotos: Leandro Canteli


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