Los desastres naturales inspiran relatos magistrales que ya son casi un subgénero del periodismo narrativo. El 27 de febrero de 2010, un terremoto de proporciones históricas sacudió a medio Chile. Dejó muertos, miles de heridos, ciudades destruidas y literalmente desplazadas. Juan Villoro estaba en Santiago en un encuentro de escritores cuando el mundo casi se vino abajo. Dos meses después, el cronista mexicano escribió un libro breve y excepcional: 8.8 El miedo en el espejo (Interzona, Argentina), del que publicamos un fragmento en 2012 y ahora rememoramos.



Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el Distrito Federal. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero.

 

A las 3:34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde en verdad desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.

 

Durante minutos eternos (siete en el epicentro, un lapso incalculable en el tiempo real del caos), el temblor tiró botellas, libros y la televisión. Oí un estallido, hubo chispas. El edificio se cimbró y escuché las grietas que se abrían en las paredes.

 

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Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia. Luego pensé que mi familia dormía, con felicidad merecida. No debía hablarles, no en ese momento. me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

 

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.

 

Después del terremoto de 1985 leí un manual japonés para sobrevivir a los sismos. Entre otras cosas, recomendaba viajar con un kit que incluía silbato, linterna y una libra de arroz. La indicación más importante consistía en buscar el “triángulo de la vida” en una habitación. Había que situarse cerca de objetos pesados, pero no debajo de ellos. Los desplomes producen huecos triangulares en los que es posible refugiarse. Algún informado escéptico me dijo que eso ocurre en casas con estructuras de madera; en las que son de concreto, hay que buscar otros remedios. Lo cierto es que leí ese prontuario como un evangelio. Un cuarto de siglo más tarde, aquella información esencial se había esfumado de mi mente. Reaccioné con la pasmada incertidumbre del que siempre será inculto ante la naturaleza.

 

El terremoto de México fue de 8.1 pero devastó el Distrito Federal por la irresponsabilidad de los constructores y por las condiciones del subsuelo, cuya persistente memoria recuerda que allí existió un lago.

 

La fuerza del terremoto de Santiago fue tan potente que me dejó al margen de toda decisión individual. Cualquier asomo de voluntad era una afrenta a la naturaleza.

La luz se fue por unos segundos. Luego volvió, iluminando nuevas grietas. Un plafón se había desprendido de una pared y dejó al descubierto una maraña de cables.

 

Cuando el movimiento cesó al fin, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse en pie, con la vacilación de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma tardaba en regresar al cuerpo.

 

No quise descorrer la cortina por temor a que la ciudad estuviera destruida o a que se destruyera por el solo hecho de mirarla. La sinrazón era mi único impulso.

 

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Al cabo de unos segundos, los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta.

 

Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.

 

En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países (la reacción fue tan fuerte y automática que sólo me percaté de ella horas después, cuando me la hizo notar la escritora colombiana Yolanda Reyes). Los mexicanos repasamos cataclismos anteriores y supusimos que la ciudad estaba devastada:

 

—Aquí hubo doscientos mil muertos —dijo Daniel Goldin.

 

La cifra nos pareció lógica.

 

En la mente de los mexicanos se combinaban el temor atávico a los

terremotos y la convicción de que los edificios están mal construidos. No había luz en la acera de enfrente. La avenida Alameda era un bloque de sombras. Escuchamos ladridos distantes.

 

En Santiago está de moda desvelarse. Ese viernes mucha gente se encontraba lejos de casa. Los coches de los trasnochadores tocaban el claxon. Había cristales en el suelo. Cristales diminutos, delgadísimos. Las pantallas del alumbrado público se habían venido abajo, pulverizándose en la acera; sin embargo, la fachada de nuestro edificio, también de cristal, permanecía intacta.

 

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En la explanada del Hotel San Francisco se alza la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un moái, jerarca que durante su mandato habrá visto algún maremoto. Esa noche se convirtió en nuestra figura tutelar. Lo supimos cuando se volvió a ir la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. El moái resurgió. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.

 

Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.

 

Alguien quiso regresar al edificio por sus “pantalones de la suerte”. La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se les puede llamar así, no seguían un curso común. Daniel Goldin, que llevaba muletas por su caída en el barrio de Bellavista, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales.

 

—¡Tú estás cojo y yo soy tonto! —exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.

 

Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara piyama. Vi camisones de algodón, elegantes prendas con monograma, un batón de seda. Mi favorita fue la piyama de Laura Lecuona, responsable de las ediciones infantiles de Sm en México. Era una piyama de rayas blancas y azules, ideal para dormir con un peluche. Hay prendas que sirven para que quieras dos veces a la misma persona. Esa era una de ellas.

 

La ilustradora Rosana Faría llevaba unas zapatillas dignas de su profesión. La derecha tenía una manzana; la izquierda, varias manzanitas. La familia entera se había salvado.

 

Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.

 

Los empleados del hotel trajeron bandejas con vasos de agua y tazas té. Sonreían, tratando de reconfortar a los más nerviosos.

 

—Es como si ellos no hubieran estado en el mismo terremoto que nosotros —comentó Yolanda Reyes.

 

Un turista alemán rebasó todas las expectativas sobre la capacidad de previsión de la mente teutona: llevaba una linterna en la frente, ajustada por una banda elástica. Se había hospedado con ese instrumento de espeleólogo. Cuando la luz se volvió a ir, la frente del alemán lanzó un haz luminoso rumbo a la nada. En ese momento, más que un explorador parecía un filósofo.

 

Los celulares aún funcionaban. —Hay que hablar antes de que se colapsen —dijo Daniel Goldin, atento previsor de catástrofes. Tenía razón. Sin embargo, imaginé la reacción de mi familia. En México era la 1:30 de la mañana. Si hablaba en ese momento no podrían dormir y pasarían la noche en blanco, viendo horrores en CNN.

 

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La tribu se dividió en los que querían compartir sus emociones en tiempo real para tranquilizar a los suyos y los que deseaban que sus familias durmieran, al margen de la historia. Yo pertenecía con solidez integrista al segundo grupo.

 

Un español hablaba a su casa y se acercó a preguntarme:

 

—¿Tú, que eres mexicano, de cuánto crees que fue el sismo?

—De ocho —dije.

—¡Estaríamos muertos, Johannes! —comentó Francisco Hinojosa.

 

Los mexicanos habíamos entrado en una documentada paranoia; disponíamos de mucha información para imaginar desplomes, pero ignorábamos que la arquitectura chilena es una forma del milagro. Solo esto explica que en Santiago los daños fueran menores.

 

El edificio donde sesionaba nuestro Congreso, la antigua Academia de Bellas Artes, transformada en museo de Arte Contemporáneo, se derrumbó parcialmente (había que agradecer que el terremoto no hubiera coincidido con nuestro horario de trabajo). Otros edificios fueron desalojados y otros más tendrán que ser demolidos (en su mayoría, se trata de inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas). “Le tenemos terror a los edificios nuevos. Debería ser al revés, ¿no?”, comentaría después el cronista Francisco Mouat.

 

Los terremotos son inspectores de la honestidad arquitectónica. En 1985, el sismo de la ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios públicos eran más dañinas que los grados Richter. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

 

El destino suele transformar sus caprichos en lecciones morales. Casi nada se destruyó en Santiago. Sin embargo, el único inmueble que sirve para entrar y salir, el aeropuerto, sufrió graves daños. Estábamos varados. Los días por venir serían de encierro y obligada reflexión. Un paréntesis para repasar la tragedia.

 

El cierre de vuelos contribuyó al aftershock. Nuestra vida se detuvo sin que supiéramos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Bienvenidos al limbo o a un episodio de Lost.

 

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(…) En la zozobra que siguió al terremoto una red de solidaridad se estableció con los amigos de Santiago. El mismo 27 de febrero, Antonio Skármeta y Esteban Cabezas se presentaron en el hotel para cerciorarse de que no nos faltara nada. Otros colegas mandaron mensajes de texto ofreciendo platillos, mariscos y vinos. Nos sentimos en una versión revisada del Titanic: estábamos a la deriva, pero la atención era espléndida.

 

Chilenos que acabábamos de conocer ofrecieron sus casas para quienes temían dormir en las alturas y una extraña comunidad se estableció entre quienes se instalaron en el lobby. Pensé que se fraguarían rivalidades de un sofá a otro, como en una obra de Harold Pinter, pero no hubo mayores tensiones.

 

En el lobby de los encuentros se colocaron sillas frente a un televisor. En la madrugada del 27 ese rincón estaba abarrotado. En los siguientes dos días nos quedamos sin televisión, Internet y teléfono. Por las tardes, yo caminaba durante horas, sintiendo migajas de vidrio bajo mis suelas, en busca de un cibercafé donde las computadoras aún funcionaran.

 

Cuando la señal regresó, muy pocos quisieron ver la televisión. El discurso de los noticieros se caracterizaba por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación posible. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando una televisión de pantalla plana extra grande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad, y menos en un sitio sin luz eléctrica. ¿Era un caso solitario?, ¿el crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos?, ¿se abrían viejas heridas sociales, comunitarias, generacionales? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se habló de un pueblo que temía ser invadido por otro, con el que tenía rivalidad ancestral. Se cuestionó la vigilancia de la Onemi, la organización de la armada que debe dar alerta en casos de tsunami y que confundió la señal de maremoto con la más leve de marejada. Se refirieron abusos del ejército y se puso en tela de juicio la severidad del toque de queda, que solo permitía que la gente saliera a la calle durante seis horas en el sur del país (esto, dicho sea de paso, era más de lo que salíamos los náufragos del lobby).

 

(…) Como tantas veces, los periodistas llegaron al desastre antes que las personas que debían aliviarlo, y como siempre, los más afectados fueron los que habían padecido previamente el cataclismo de la pobreza.

 

Dos días después del terremoto visité una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines. El fraccionamiento donde se encontraba, de aire campestre, transmitía un lujo sin excesiva ostentación. Los dispositivos de seguridad —puertas eléctricas, cámaras de vigilancia— parecían naturales, como si pertenecieran al buen funcionamiento del ambiente. Si acaso, lo único que sorprendía era la falta de dimensión local. Una ecología sin atributos. Un sitio deliberadamente neutro, estandarizado por el confort, uno de tantos espacios latinoamericanos que revelan que miami puede estar donde sea. Al ver la cordillera desde la serenidad de ese jardín, había que hacer un gran esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.

 

Al sur, la historia era distinta. La isla Robinson Crusoe fue cubierta por el agua y la espuma, como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Para el día 4 de marzo se hablaba de ochocientos muertos. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentaban la dificultad de sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.

 

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Unos días después del terremoto, Daniel Goldin cumplió un viejo anhelo: visitar la tumba de Salvador Allende. El líder que en la adolescencia nos hizo creer en el socialismo democrático permanece en nuestra memoria como una inquebrantable figura sentimental. Cada 11 de septiembre la televisión transmite algún documental sobre el golpe de Estado de Pinochet. Los años me han informado de los problemas y las torpezas de la Unidad Popular, y las ingenuas y arbitrarias decisiones que ese gobierno tomó sin disponer de mayoría absoluta. Sin embargo, cuando la pantalla muestra La Moneda en llamas y se escucha la voz del presidente legítimo de Chile, Allende vuelve a tener razón.

 

Daniel fue al cementerio y comprobó que también ahí se había sentido el furor de la tierra. Regresó con unos cuantos guijarros. Me dio uno en el hotel. Era un trozo de piedra triangular, color beige.

 

—Es de la tumba de Allende —dijo Daniel—, un recuerdo por lo que vivimos aquí.

Luego me recitó el epitafio, aquella frase que memorizamos de jóvenes: “mucho más temprano que tarde se abrirán las anchas alamedas…”.

 

Guardé el guijarro en el bolsillo de mi pantalón y sentí su agradable y punzante filo hasta que llegué a México. Era como portar una oda elemental de Neruda.

 

Cuando finalmente acudimos al aeropuerto, las computadoras no funcionaban. Embarcamos sin entrar al sistema de Aeroméxico. Un vuelo fantasma, que no existió en los registros ni sirvió para dar millas en los programas de Viajero Frecuente. “La verdad es que no hemos llegado”, comenta Francisco Hinojosa, aludiendo a ese vuelo indocumentado y a la dificultad de volver a la vida de siempre.

 

En el momento de mostrar mi pasaporte, volvió a temblar. Chile nos despedía con una réplica para que la memoria no fallara. El edificio, que ya había sufrido severos daños y solo estaba habilitado a medias, se meció con fuerza. En el filtro de seguridad, una mujer policía se derrumbó, víctima de un ataque de pánico.

 

—Ustedes se van, pero yo me quedo —dijo entre sollozos cuando me acerqué a ella. Obviamente no se refería a quedarse en Chile sino en ese inestable edificio.

En la sala de espera me encontré a José Ángel Sánchez Ahedo. Llevaba tres sombreros en la cabeza, como un extraño casco antisísmico. me contó de su aventura al sur de Chile, en el poblado de Santa Cruz, y de cómo saltó por el balcón al techo de un restaurante vecino, que de inmediato se vino abajo por el impacto. Perdió un zapato en la maniobra. Recordé que las primeras señas del naufragio que ve Robinson Crusoe son los objetos que flotan a su alrededor. Entre ellos hay dos zapatos que no hacen juego.

 

Así volvíamos nosotros. Nuestros zapatos se habían vuelto disparejos.

Con pasos vacilantes llegamos al avión.

 

En su duplicidad, la cifra 8.8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser.

¿Qué tiempo tenemos por delante? Un chileno experto en terremotos comentó que nadie puede predecir cuándo llegará el siguiente sismo. Después de cada jornada, lo único que puede decirse con certeza es: “Falta un día menos”.

 

Lo mismo sucede con las citas definitivas. Siempre falta menos para llegar a ellas. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.


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