A una semana de empezar el mundial en Rusia, Argentina se metió en un lío internacional innecesario. Lo que nació como una oportunidad de negocios, se convirtió en un problemón geopolítico. De Trump a Messi, de Israel a Palestina, una crónica que explica qué y por qué pasó lo que pasó.



Once días después de haber ganado y goleado en un estadio que se llama como un ex presidente –Alberto José Armando– los 11 jugadores de la Selección Argentina iban a salir todos en fila, uno atrás de otro, obedientes, ordenaditos, para jugar en el estadio de un club que se llama como otro, el Beitar Trump Jerusalén. Trump por Trump, Trump sin trampas ni eufemismos. El tuitero superpoderoso, Trump, o sea, Donald, Donald Trump, el único apellido que puede abrir todas las puertas de la insólita historia que ocurrió alrededor del amistoso que el equipo de Jorge Sampaoli no jugará contra Israel.

 

Fue un domingo a la mañana. El 25 de septiembre de 2016 el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, viajó a Estados Unidos y se reunió con Trump, entonces candidato a presidente. Durante una hora y 20 minutos el multimillonario de pelo mostaza le dijo unas cuantas cosas pero fundamentalmente le dijo que Israel era “un aliado vital” en “la guerra global contra el terrorismo islámico radical”, le dijo lo que ningún poderoso le había dicho: que la embajada estadounidense ya no estaría en Tel Aviv en el caso de que él fuera elegido presidente sino en la eterna Jerusalén. “Los israelíes quieren una paz justa y duradera con sus vecinos –difundió en un comunicado, ese mismo día, el equipo de campaña de Trump–, pero esa paz sólo llegará cuando los palestinos renuncien al odio y la violencia y acepten a Israel como un Estado Judío”.

 

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Fue un miércoles, el 6 de diciembre de 2017, el día que Trump, ya presidente, decidió que parte del mundo se moviera: ante las cámaras y en la Casa Blanca firmó la mudanza de la embajada desde Tel Aviv. Y fue un lunes, el último 14 de mayo, hace cuatro semanas nada más, a 70 años de la creación del Estado de Israel, que la mudanza, la inauguración –con su hija Ivanka en la foto principal, la estelar–, sucedió. “Es un gran día para Israel. ¡Felicidades!”, tuiteó Trump a miles de kilómetros, quizá desde su celular, el mismo en el que después debe haber abierto los portales de noticias y el mismo en el que entonces debe haber visto las manifestaciones del pueblo palestino en la Franja de Gaza por su medida, el ataque del ejército israelí. Las 118 personas que murieron en los últimos tres meses asesinadas por sus balas. Las nueve mil que todavía están heridas. Las 58 que murieron el mismo día que lanzó el tuit. En ese mismo celular debe haber visto también que un club que se llama Beitar Jerusalén va a llamarse Beitar Trump Jerusalén para agradecerle el gesto, que había un partido de fútbol cuyo premio era la “Copa 70 Aniversario Estado de Israel” y que lo jugarían entre la Argentina y la selección local, y ahí también debe haber visto que la Ministra de Deportes y Cultura israelí, Miri Reguev, decidió entonces que el amistoso no se jugaría en Haifa, como se había acordado con el subcampeón del mundo (decisión por la que ahora la está investigando su propio gobierno, según The Jerusalem Post), sino en la ciudad eterna: Jerusalén. Lo que pasó después, eso sí, seguramente no lo debe haber leído, acaso ni se enteró: que ese partido era un acuerdo intergubernamental “que de ninguna manera podía quebrarse” entre el gobierno argentino y el israelí, que 20 manifestantes fueron en Barcelona hasta la puerta del predio en el que se entrena el equipo de Sampaoli y les mostraron a las cámaras occidentales camisetas argentinas manchadas con sangre, que los referentes de ese equipo que Trump ni ubica se cansaron de un conflicto que no entienden y que charlaron con Claudio Tapia, el presidente de la AFA, y le dijeron: “No vamos a jugar”.

 

Iba a ser un sábado, este sábado, el amistoso, la Copa 70 Aniversario, pero ya nunca lo será. Como cuenta la periodista argentina Verónica Brunati en el diario As de Madrid, algunos jugadores importantes de la Selección Argentina se habían juntado a almorzar el martes al mediodía en Castelldefels, el pueblo en el que vive Messi: en el pueblo en el que vive Messi, entonces, fue que decidieron lo que iban a hacer. Se lo contaron a Tapia. Tapia se lo contó a Daniel Angelici, a Mauricio Macri: el plantel no quiere viajar. Errata: el plantel no va a viajar. Macri le recordó la reunión bilateral que el año pasado había tenido con el primer ministro israelí en Buenos Aires. Y que Netanyahu hasta lo había invitado al partido, aquellos días que los que todo, todo, era diplomacia, felicidad. Pero esta vez, el final lo decretaron otros hombres. Uno de barba roja, zurdo, que usa la 10, un entrenador y todos sus compañeros. Todos, un martes histórico, dijeron que no.

 

 

 

“Queremos hacer llegar nuestro rechazo y desacuerdo con que nuestros jugadores y seleccionado de fútbol, que representa a la Argentina, sean utilizados políticamente para fortalecer lazos con un estado que lleva ya 70 años violando de manera sistemática los derechos humanos más básicos del pueblo palestino y haciendo caso omiso a todas las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas (ONU)”, escribió el Comité Argentino de Solidaridad con el Pueblo Palestino en una carta que le entregó a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) pero que iba dirigida puntualmente a su presidente, Claudio Tapia. Para ese entonces, el hashtagh #NoVayasArgentina ya era viral, una causa nacional. Para ese entonces también, el club que le iba a abrir las puertas a la Selección para que jugara en el estadio Teddy Kollek había tomado una decisión histórica. “Tenemos el mejor amor por el presidente”, habían firmado, en un comunicado, los presidentes del Beitar Jerusalén (el gerente ejecutivo, Eli Ohana, y el dueño, Eli Tabib), que ahora quieren que el club se llame como su amado presidente: Beitar Trump. Como también se llamará una plaza, escribe el periodista Gustavo Veiga en el diario Página 12, como también se llamará una estación de tren. “El presidente Trump ha demostrado coraje y verdadero amor por el pueblo israelí y su capital, y en estos días otros países están siguiendo su ejemplo al darle a Jerusalén su estatus legítimo”, continuaron Eli Ohana y Eli Tabib, según una nota de The Jerusalem Post. La Asociación de Fútbol de Israel todavía no aprobó el registro. Y será complicado que lo haga. Desde 2008, también informa el diario, el nombre Trump ya está registrado en Jerusalén.


 

Razan al-Najar murió levantando los brazos. Era mujer, era médica, era voluntaria, tenía 21 años. Era, tenía. Corría hacia una de las vallas fronterizas en la ciudad de Jan Younis, al sur de Gaza, para ayudar a los heridos, como siempre hacía, hasta que escuchó más balazos, el miedo del fuego, y se frenó. Se dio vuelta, levantó los brazos. Un balazo de un soldado israelí le acertó en el pecho y la mató.

 

Mientras el presidente de la Federación Palestina de Fútbol, Jibril Rajoub, elegía difundir una carta en la que instaba a quemar camisetas de la selección argentina que llevarán el nombre y el número de Messi y todo cartel en el que estuviera él, los portales palestinos abrían con la foto de la cara viva de Razan al-Najar: su sonrisa, esa luz. Miles de personas envolvieron su cuerpo en una bandera palestina y lo llevaron en el medio del pogo doloroso que formaron entre todas como si fuera una estrella de rock. Los jugadores argentinos no sabían nada de todo esto pero sería esa muerte, entre tantas muertes, la que potenció el reclamo de la suspensión. Trump, la embajada, el aniversario, la Gran Marcha del Retorno, una muerte que hizo ruido en el guión: una enfermera, una voluntaria, una adolescente, esa mujer. En su casa en Jan Younis, a la mamá le dieron la noticia mientras le mostraban el uniforme de su hija. Estaba sucio. Era su sangre.

 

“Estoy regresando y no retrocediendo”, había escrito Al Najar antes de volver adonde siempre volvía. Lo había hecho en su Facebook, donde escribió, valiente y desesperada, también: “Golpéame con tus balas. No tengo miedo”. Dos días después, a tres mil kilómetros de ahí, en Barcelona, el empresario Ariel Raber, socio de Daniel Benaim, accionista de la empresa que organizó el partido, Cometc, le dice a Claudio Tapia que el amistoso puede jugarse, todavía puede jugarse, si se mueve a Haifa. No es cualquier ciudad, Haifa. Antes de que Trump decidiera aquella mudanza era la sede original. Pero Trump decidió, y también el primer ministro israelí: la Argentina de Messi debía jugar en la ciudad eterna, la eterna Jerusalén.

 

Tres días después del asesinato de la enfermera, ayer, Claudia Tapia pide que le monten una escenografía. Un micrófono, el banner, las sillas. Algunas horas después se sentará a la mesa, mirará a los periodistas, avisará que acaso no sea una conferencia de prensa porque no contestará preguntas; después buscará su tono más convincente, recordará lo que va a decir, las líneas pensadas. Lionel Messi y los jugadores habían decidido lo que jamás habría decidido el gobierno argentino, así que el presidente de la AFA mirará los ojos negros de las cámaras, dirá: “No iremos a Israel. Nosotros tenemos que bregar por la salud física de nuestra delegación. Dejamos abierta la posibilidad de hacer algo juntos, pero creemos que nuestra decisión es un aporte a la paz mundial”.

 

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Trump había dicho algo parecido el día que se le ocurrió el cambio de la embajada: “Es tiempo de diálogo, no de violencia”. Las palabras construyen símbolos y violencia y luego se desarman. Ayer, informa Europa Press, “Trump firma de nuevo la suspensión del traslado de la Embajada a Jerusalén días después de su inauguración”. En siete meses, más de cien muertos, miles de heridos, un club que lo homenajeó y una selección cuyo miedo disolvió todo. Acaso para compensar todo lo aburrido que a veces se ofrece en sus canchas, el fútbol argentino se transformó en una serie alocada, adictiva: este jueves, la empresa que organizó el partido, Comtec, se unió a la Federación Israelí de Fútbol y, juntos, hicieron un pedido. En la sede de la FIFA apoyaron las palmas sobre el mostrador y expusieron que la Argentina incurrió en una “discriminación religiosa”. El reclamo, el enojo, el pedido: que al equipo de Messi lo desafecten del Mundial. El representante de la empresa que viajó a Zurich es uno de los socios de su principal accionista. Se llama Ariel Raber. Nacionalidad: argentina.

 

Se escucha la noche vacía en el estadio en el que juega el Beitar Trump Jerusalén.


 

El Beitar Jerusalén tiene una historia fabulosa. Escalofriante, sincera y, por eso, fabulosa. La cuenta la directora rusa Maya Zinshtein en un documental que se estrenó hace dos años y ya puede verse en Netflix: Forever pure. O sea, Pureza eterna. O sea: Por siempre puros. En 2005, un magnate ruso israelí compra el 55% del club. Cien millones de dólares, cuenta el documental, fueron los que invirtió Arkady Gaydamak para que su cara fuera, en un tiempito, el póster ineludible de Jerusalén.

 

A mí nunca me gustó el fútbol –dice, las piernas cruzadas, desparramado en un sillón–, pero Beitar tiene más fanáticos que todos los otros clubes de Israel juntos. Es una herramienta de propaganda muy interesante. Tiene una gran influencia en la sociedad.

 

El Beitar –su Beitar– sale campeón en 2007 de la Copa y de la Liga. Cien mil hinchas saltan y se abrazan en una plaza, son un pogo hermoso que ahora mira hacia el balcón en el que un animador levanta el trofeo, lo muestra, se lo da a Gaydamak, sonríe, grita, le dice, les dice: “Con ustedes, el próximo alcalde de Jerusalén”.

 

—¡Arkady… —grita, canta la gente— no hay nadie como tú! ¡No hay nadie como tú…!

 

Pero las elecciones las gana Nir Barkat, en 2008, y, derrotado, Gaydamak parece mutar entonces en Sid Phillips, el nene de 11 años que roba, rompe, destroza e inventa juguetes mutantes en Toy Story 2: una cabeza donde va un brazo, las piernas de una bailarina en el cuerpo de un mamut. La barra del Beitar Jerusalén se llama La Familia, un corazón negro de más de tres mil hinchas que se enorgullecen porque el club no permite ningún jugador árabe, ningún musulmán. El club, bueno: son ellos los que no lo quieren permitir. En 2013, Gaydamak organiza un amistoso contra un club de Chechenia y, a la vuelta, descubre una sorpresa en su valija: la incorporación de un marcador central de 19 años, Dzahabrail Kadiyev, y de Zaur Sadayev, un delantero de 23. Un central, un delantero, dos adolescentes: dos seguidores del Islam. Una cabeza donde va un brazo, piensa la barra brava, las piernas de una bailarina en el cuerpo de un mamut.

 

Más de cien hinchas van todos los días –todos los días es todos los días– a putear a los extranjeros y a zarandear el alambrado del predio en el que se entrena el Beitar. El equipo, que va 5° en el campeonato, empieza a caer. Alrededor de diez fechas después su pelea ya es otra: no descender. Visita al Maccabi Netanya. El partido es una bomba escondida esperando en el mar. Hasta que se destraba. Un pase largo, un defensor que no cierra, un delantero que se va mano a mano. Sadayev, el checheno, pone el 1-0. Los hinchas de La Familia se van de la cancha. Y desertan al próximo partido, de local. Y al próximo, y al próximo, y al próximo también. No serán sólo ellos: de las diez o quince mil personas que iban a ver al equipo sólo se acercan doscientas, no muchas más. El gol del checheno desató un silencio que tiene la densidad del odio. Entonces, tres o cuatro compañeros habían corrido hacia él para festejar. Un hombre alto, con candado y pelo largo, fue el primero que lo abrazó. Se llama Darío Fernández y jugaba en Chacarita cuando el multimillonario ruso compró el Beitar.

 

—A los israelíes les importa una mierda estos jugadores —dice en Forever Pure, acodado a una mesa en la que lo único que hay es un vaso de agua.

 

El Beitar se salvó del descenso, los chechenos se fueron, la historia se hizo un documental que puede verse en Netflix tomando un Malbec. En una de las últimas escenas, Arkady Gaydamak se acomoda en uno de los sillones de un living que les quedaría fenómeno a las páginas de la revista Hola. La cámara no deja nunca de seguir su mirada superada, la cara de quien lo ha visto todo y a la vuelta se siente un poco aburrido con lo que tenemos acá. Dice que la transferencia de los chechenos se organizó para que los hinchas reaccionaran, que era obvio que eso iba a pasar; que nunca los había visto jugar, dice, que no tenía ni idea de si eran buenos, si más o menos, si no. No tenía idea, dice Gaydamak, porque ahí no estaba lo importante. Lo importante nunca estuvo ahí.

 

—Yo siempre asumí que habría una gran reacción –le dice a la periodista.

 

—¿Y por qué querría eso?

 

—Para exponer su verdadera cara. Para mostrar a la sociedad como realmente es.


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