“Todo se mezclaba en aquellos tiempos en que aún revolvíamos los tachos de basura del sistema para rescatar algo que nos interpelase”, escribe Martín Pérez en el prólogo de “La vida es otra cosa: los poemas de Piso 93” (El 8vo Loco y Tren En Movimiento), un libro que reúne algunos de los textos que escribió para el mítico programa de la FM Rock&Pop. Con el final del alfonsinismo y los primeros ’90 como telón de fondo, Pérez reconstruye una época en la que el rock todavía no había tomado el mercado por asalto, y el Indio Solari, Charly o Spinetta podían pasarse horas hablando y pasando discos en la trasnoche de una radio.



“El camino termina, el viaje comienza”. Esa era una de las frases de cabecera de Piso 93, el primer gran programa de culto de la trasnoche de la Rock & Pop. Todos los poemas incluidos en este libro fueron leídos ahí, en el Piso, entre fines de los ochenta y comienzos de los noventa, por la voz de Rafael Hernández, conductor y alma mater del proyecto, y atribuidos al final de cada una de las emisiones a El Gavilán Pollero, mi seudónimo por aquellos años iniciáticos. Aunque el Rafa recuerda apropiadamente que no les decíamos “poemas”, sino que apenas nos referíamos a ellos como “textos”.

 

El Piso 93 siempre fue conocido como el programa del Rafa, y es justo que así haya sido, porque se lo cargó al hombro durante sus siete años de existencia. Pero la idea original la tuvo junto a Bobby Flores, por entonces algo más que uno de los programadores musicales de la radio. La voz de Hernández identificaba a la aún flamante emisora en las promos e institucionales, pero desde que la Rock & Pop había dejado de pasar sólo música e incorporado programas al aire, todavía no tenía el suyo. La ingeniosa y sencilla idea pergeñada junto a Flores le calzaba justo: pasar un disco completo, llenando los inevitables silencios entre los surcos –y, fundamentalmente, generando el tiempo necesario para dar vuelta el vinilo– con pequeñas historias grabadas previamente, que acompañasen el clima generado por el álbum en cuestión. Los discos los ponía Bobby, por supuesto. La voz sería la del Rafa. Y los textos, casi desde el comienzo, terminaron siendo mi responsabilidad.

 

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Aquella primera frase, la que abre estas líneas, es de Pier Paolo Pasolini. O, al menos, forma parte de una de sus películas, la extraordinaria Pajarracos y pajaritos. Con el Rafa descubrimos que ambos nos fascinamos cuando la vimos en la sala Leopoldo Lugones. Así que se convirtió en una de nuestras abanderadas a la hora de construir, ladrillo a ladrillo, la estética contracultural de nuestro refugio. “No se busca, se encuentra”, decía otras de las frases de la película de Pasolini. Y allá íbamos, encontrando.

Todo se mezclaba en el Piso. Todo se mezclaba, claro, también en aquellos tiempos en que aún revolvíamos los tachos de basura del sistema –Indio Solari nunca mejor dixit– para rescatar algo que nos interpelase. Para nosotros, el rock no era sólo esa frase festiva pero, a fin de cuentas, vacía y de postal, que lo traía de furgón de cola dentro de una enumeración que comenzaba con sexo y drogas. Apropiándonos de ese vacío slogan impreso en los discos (¡y casetes!) industria nacional de aquel entonces –Disco es cultura– para nosotros la cultura venía del rock. Rock era cultura, y había que buscarla en sus surcos, descubrirla las pistas escondidas en el arte de tapa de los discos, buscar las señales que nos llevasen hacia libros que leer, historietas que perseguir, personajes a los que escuchar, películas para ir a ver. Todo eso sin dejar afuera al sexo y las drogas, de ser posible.  

 

Cartoneros de la baja cultura, en el Piso contrabandeábamos nombres, épocas y estilos. El Rafa eligió ese inolvidable I’m sorry pre-rocker de Brenda Lee para la primer promo –en la que agregaba, irónico: Lo siento por la cultura– y era capaz de hacer sonar a Carlos Gardel en la Rock & Pop y que no se sintiera fuera de lugar, mientras yo me empecinaba en hojear la Fierro o El Porteño además de la Cerdos y Peces. Podíamos traducir letras de Tom Waits y Jello Biafra, pero también adaptar textos de Cortázar, Fontanarrosa e incluso de Juan Gelman para ser leídos, musicalizados y pasados en el programa. La época aún imponía cerrar filas alrededor de un “nosotros”, sí, pero también era necesario escaparle a las trampas de esa pertenencia. Por eso el rock, y también por eso todo lo que estaba más allá del rock. Eran tiempos cínicos y dark, pero en el Piso nunca dejamos de creer. Y abríamos los brazos, juntando tesoros y compartiéndolos.

 

***

 

A pesar de que terminé siendo uno de los grandes compinches del Rafa a la hora de armar el Piso, entré al programa de la mano de Bobby Flores. Por entonces yo era apenas un estudiante primerizo de la flamante carrera Ciencias de la Comunicación en la UBA, había pasado de trabajar en una librería de usados sobre la avenida Santa Fe a ser el responsable del depósito de una fábrica de ropa ubicada en Núñez (podía ir vestido como quería y no se trabajaba los sábados), y –algo mucho más importante en esta historia– como la mudanza laboral me permitió tener la radio siempre encendida terminé convirtiéndome en un activo oyente del programa Radio Bangkok, conducido por Lalo Mir en las mañanas de la Rock & Pop, un creciente fenómeno radial del que formaba parte Flores.

 

Mi seudónimo para dejar mensajes en Bangkok fue El Gavilán Pollero, a tono con las bizarras referencias animales y de dibujos animados del resto de los oyentes tan activos como yo, y así fue como me presenté en su momento ante Bobby: apenas en condición de oyente. Nunca me imaginé que semejante seudónimo inventado de apuro pasaría a ser mi nombre durante tanto tiempo. Aún hoy, los que me conocieron en aquellos iniciáticos tiempos radiales y rockeros me llaman de esa manera.

 

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Como el Gavilán, entonces, fue que llegué a mi primera grabación en el pequeño estudio ubicado al fondo de las oficinas comerciales de la radio, que ocupaban todo un piso de un enorme edificio ubicado en Alem y Córdoba. Necesitaban alguien que aportase esos textos indispensables tanto para el clima del programa como para su concreción práctica, y yo caí con algunos escritos a modo de muestra y un cuaderno espiralado a medio completar. No recuerdo el disco para el que había que llenar los silencios, pero los textos –pocos– tenían que ser sobre el espacio. La oscuridad. Lo eterno. Cosas así. Revisé entre lo que había llevado, garabateé algo ahí mismo sobre una de las páginas vacías del cuaderno, el Rafa lo leyó al micrófono y quedó grabado en la cinta que acompañaría al disco aquella noche. Y yo también quedé. Se pasaba muy rápido de un lado al otro del parlante en aquellos heroicos tiempos radiales. Si demostrabas que eras capaz de hacer algo que servía y querías volver a hacerlo cuando hiciera falta, estabas dentro. Eso sí: la entrada era gratis, la salida también.

 

Muy rápidamente, la idea del programa dedicado a compartir sólo un disco quedó relegada, y lo mismo sucedió con la participación de Bobby. Pero Piso 93 no se había terminado, sino que recién empezaba. Pasó a ser simplemente el programa del Rafa. La base era seguir programando música especial, difícil de conseguir, para iniciados, por momentos al límite del estilo de la radio y siempre llena de sorpresas. Sin Flores hacía falta alguien que la eligiese, y los programadores fueron variando. Según recuerdo, el primero fue Daniel Ladogana, un sobreviviente de viejas épocas de la sofisticada FM porteña previa a la masividad que le otorgó Rock & Pop. Luego musicalizaron amigos…pero qué amigos: Alfredo Rosso, Claudio Kleiman y Sergio Marchi, cuyas selecciones –bluses más, new wave menos– siempre supieron honrar la idea de que el Piso era algo especial.

 

***

 

Cuando el programa pasó a hacerse en vivo, no alcanzaba sólo con la música y los textos grabados en Alem para ser justamente eso, un programa. Lo primero que se le ocurrió al Rafa fue abrir el teléfono, usar la voz de los oyentes, sacarlos al aire, invitarlos a subir hasta el Piso 93.

 

Enseguida descubrimos dos cosas: una, que la Rock & Pop tenía oyentes dispuestos a llamar a cualquier hora. Y dos, que a esos oyentes de cualquier hora, antes de dejarlos hablar, había que proporcionarles un tema. Sino todo se transformaba en un blues, pero sin ningún swing. Para hablar mejor de ellos mismos, descubrimos, tenían que hablar de otra cosa. “Salí a la calle, en tu casa no pasa nada”, era otro de nuestros slogans. No sé de donde lo sacó el Rafa –no estaba en la película de Pasolini, al menos–, pero la idea que terminó construyendo al Piso fue básicamente esa: salí de vos, hablemos de eso que está ahí afuera, de eso que se puede ver 93 pisos más abajo.

 

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Así fue como se empezó a gestar el plan de lo que sería el programa. Primero, había que elegir un tema del que hablar: los trenes, la noche, el diablo, las mujeres, los amantes, la basura, y la lista puede seguir. Había un detalle fundamental para que un tema formase parte de esa lista: tenían que poderse reunir a su alrededor muchas canciones. Sin música, no había Piso. Después de la aprobación de los musicalizadores venía lo mío: había que reunir los textos que invitasen a los oyentes a llamar por teléfono. Mi trabajo era copiar, robar y adaptar. Algo que hacía sin problemas, tanto con cosas ajenas como propias.

 

Durante la semana, con la ayuda de recortes de diarios, revistas y una pequeña biblioteca de volúmenes con textos cortos que fui reuniendo programa a programa –donde se mezclaban desde unos obvios Pequeños poemas escritos en prosa de Baudelaire y Crónicas de motel de Shepard, hasta los no tanto Poemas chinos de Laiseca o Historia de los Ferrocarriles Argentinos de Raúl Scalabrini Ortiz–, los textos iban apareciendo. Recuerdo el rito de estar escribiendo en un cuaderno en la tranquila sala de lectura del Ministerio de Educación porteño, y luego cruzar la plaza Rodríguez Peña para bajar al aula donde se realizaban los talleres de escritura en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, ubicada en Callao al 600 –una vieja casona que ocupaba el terreno donde hoy se yergue un edificio en cuya planta baja funciona Notorius– para pasar los textos en una de las tantas máquinas de escribir del lugar.

 

Siempre hubo lugar también para colaboradores ocasionales, desde Richard Coleman traduciendo a William Blake hasta el amigo Javier Martínez Zuviría escribiendo de la seducción de los taxis libres buscando pasajeros por las calles de Buenos Aires. El Rafa no tenia empacho en garronearle textos a todos los que conocía. Creo que hasta el Indio Solari debe haber colaborado con alguno. Más adelante se sumarían autores fijos, como un Pedro Saborido que aún era inseparable de Omar Quiroga, escribiendo un cuento magistral tras otro por programa (algunos han sido recuperados en los libros de Peter Capusotto), o el efectivo Pulpo Manotas –sí, los seudónimos animalados y animados estaban evidentemente de moda– al que arrimé desde La Tribu y que terminaría heredando la responsabilidad de los textos cuando finalmente yo dejé de hacerlo.

 

***

 

A la Rock & Pop jamás le interesó el Piso 93 lo suficiente como para pagarnos por hacerlo, pero igual el programa terminó encontrando su lugar, tanto hacia dentro como hacia afuera de la radio. Como era la puerta para salir a jugar del Rafa, la voz de la emisora, había un cierto respeto y hasta curiosidad de sus colegas por ver lo que nos atrevíamos a hacer en nuestro arenero. En aquellos tiempos iniciáticos de los martes, íbamos después del programa de Pergolini y De La Puente, y ambos generalmente se quedaban a escuchar cómo elegíamos empezar. Recuerdo un martes 13 en que, justamente, el programa trató sobre eso. Salió la apertura grabada ese mismo día en el estudio de Alem y después, pegadito, arrancó Superchería –cuya letra comienza gritando “¡Superstición!”-, el tema de Artaud. Mario pegó un portazo y se fue puteando, pero con una sonrisa en los labios, casi como sacándose el sombrero ante lo acertado de una elección que había tenido todo el día a su alcance, sin haberla visto antes de que empezase a sonar en el Piso.

 

Como hijos no deseados de la Rock & Pop, podíamos jugar con eso. Éramos los descastados, los que nos habíamos colado entre las grietas del negocio, pero no para escondernos en nuestro propio mundo o para quejarnos por lo injusto de nuestro destino. Sino que nuestra ambición era alcanzar a capturar algo de eso que está ahí, a la vista de todos, pero que nadie lo percibe hasta que está sonando. Para intentar lograrlo teníamos la inestimable ayuda de la popularidad que la radio había alcanzado rápidamente, fruto de la particularidad de aquella época post-dictadura y pre-internet, en las que todos parecíamos estar mirando lo mismo.

 

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Sin embargo, cuando hoy se recuerda al Piso 93, lo primero que aparece en la memoria colectiva -en Google, o sea- no son aquellos programas temáticos sino los reportajes. Por ejemplo, aquellas visitas solitarias del Indio Solari primero, y luego junto con Skay y Poly, en épocas en las que el grupo paulatinamente empezó a alejarse de la prensa y el Piso terminó siendo la única forma de escucharlos debajo del escenario, son hoy parte esencial de cualquier biografía de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Pero no sólo ellos: todos, o casi todos los artistas importantes del rock nacional de la época pasaron en algún momento por el Piso. Recuerdo a León Gieco, por ejemplo, llegando al estudio con una pila de discos sin abrir, tesoros de una reciente gira europea, que terminamos descubriendo y estrenando al aire. Y también una visita de Fito Páez con larga sobremesa posterior en su hogar de entonces, con Fabiana Cantilo como anfitriona. Y también Charly García o Spinetta, entre tantos otros. Todos con la misma consigna que la del resto de los programas: sin límite de tiempo, de ser posible con ellos trayendo su música, y también ganas de hablar, incluso de responder preguntas de los oyentes.

 

Los responsables de esas visitas eran nuestros musicalizadores de lujo, en realidad periodistas consumados, que eran los verdaderos productores de esas veladas y por lo general también los que llevaban adelante la charla junto al Rafa. Para nosotros, sin embargo, esas entrevistas significaban un descanso de la maquinaria que poníamos en funcionamiento para cada programa. El día que había invitado no había que escribir ni grabar nada. Era casi un día libre.

 

No salió de la nada, por supuesto. Un programa como el Piso no existiría, por ejemplo, sin antecedentes como El Submarino Amarillo, en particular aquella versión en que la música se sucedía sin que nadie se detuviese a explicarla, apenas acompañada entre tema y tema por efectos de sonido o voces fantasmagóricas. Si es que se puede considerar un fantasma al Pájaro Loco, claro. Otro referente fue sin dudas el cultísimo y heterogéneo Sueños de una Noche de Belgrano, el programa temático que Martín Caparrós y Jorge Dorio hacían en la particularmente libre Radio Belgrano de comienzos de la democracia alfonsinista. Seguramente al Rafa –mas animal de radio que yo– se le ocurrirían muchas otras opciones. Y así como fue influenciado, el Piso también supo dejar su huella. Alguien me dijo alguna vez que, en las primeras radios comunitarias locales, los programas que proponían los conductores espontáneos que se acercaban a ellas solían ser básicamente de dos clases: barderos o temáticos. A lo Bangkok o a lo Piso, digamos.

 

*Una versión más extensa de este texto puede leerse en el libro “La vida es otra cosa: los poemas de Piso 93” (publicado por El 8vo Loco y Tren En Movimiento), que se presentará el viernes a las 19 hs en el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas (UBA), Av. Corrientes 2038, Buenos Aires.


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