Crónica

Adelanto


Vinos finos, almirantes agrios

A los 75 años, Victorio Cerutti regenteaba su finca y viñedos en Mendoza hasta que el 12 de enero de 1977 un grupo de tareas lo secuestró, lo llevó a la ESMA y lo torturó para que firmara la cesión de esos terrenos, que valían 16 millones de dólares y quedaron en propiedad del hijo y el hermano del Almirante Emilio Massera. En “Casita Robada”, publicado por Sudamericana, la escritora María Josefina Cerutti reconstruye la historia de su abuelo.

Fotos: Naturalezas, de María Eugenia Cerutti.

 
 

Manuel

Emanuele,   en   la  Argentina,  Manuel,   el  nono Manuel, fue un inmigrante italiano,  pionero de la vitivinicultura de fines del siglo XIX  en Mendoza. Había nacido  en Piamonte en 1864 en el cascinale o caserío de Santa  Croce  de Borgomanero. Hijo  de un  jornalero,  Emanuele   emigró.   Lo  habían   despabilado  los cuentos  que, sobre América,  escuchaba en la plaza del pueblo.  Que  todo  era más fácil. Que  había tierra para comprar y trabajo  para  hacer.  Que  la carne  era tanta que la tiraban.

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Desembarcó del Sirio a orillas  del Río  de la Plata en  enero  de  1885.  Jamás  hubiera   imaginado   que  el mar  podía  ser  tan  turbio. Trabajó   en  Buenos  Aires en la cervecería Bieckert,  fue operario en Córdoba en la construcción de la represa  Cassaffousth, y obrero del  Ferrocarril Central de  Perú.  En  Lima  supo  que en  Mendoza se  hacía  vino.  A  dedo  partió   al  sur  y por  Santiago  se animó  a cruzar  la cordillera.  Cuenta la  leyenda  familiar  que  Manuel  se  cuerpeó   con  un indio  que  le dio  un  puntazo en  una  costilla.  El  jefe de la tropilla  de arrieros  que lo rescató  le ofreció  una hija,  pero  Manuel  recordó la frase  que  se repetía  en Borgomanero: Moglie  e buoi,  di  paesi tuoi  (Mujeres y  bueyes,  que  sean  de  tu  pueblo).  Se empleó  en  el Ferrocarril Gran Oeste Argentino, luego Buenos Aires Al Pacífico (BAP), donde  quedó  a cargo de una de las estaciones.  Contratista de viñas, después  propietario, se casó en 1895 con Angelina  Necchi,  también  italiana hija de inmigrantes. Tuvieron diez hijos. Los dos primeros, Alejandro y Rosa, murieron en 1920. Siguieron Víctor  Manuel, Victorio,  Teresa, Adela, María Angela, Bautista,  Humberto y Luis. Crecieron entre  los viñedos que compró en Coquimbito, Maipú. Apenas pudo, mi bisabuelo  trajo de Italia a su madre y a sus dos hermanas,  que  también  se casaron  en Mendoza con  dos hermanos italianos.

Manuel  fundó  la empresa  Bodega  y  Viñedos  de Manuel   Cerutti.  Tuvo   la  marca   de  vinos   Colina Gatinara  en  recuerdo  de  las  colinas  que  lo  vieron nacer.  Cuando en  1927 mi  bisabuelo  formó  con  su esposa  y  sus  hijos  la Sociedad  Anónima Bodegas  y Viñedos  Manuel  Cerutti Limitada,  declaró  tener  un millón de pesos moneda  nacional y los siguientes bienes inmuebles:  en Coquimbito, 17 hectáreas  de viñedos que había comprado en 1897, sumó ocho en 1916, más 24 hectáreas en 1917 más otras 50 que compró en 1908,  más  nueve  hectáreas   de  viña  en  Chachingo, Maipú,   que   compró  en  1910,  y  la  propiedad  en Chacras  de Coria.  En el testamento que Manuel  hizo en 1932 declaró que todos  sus bienes eran gananciales y que sus hijos Víctor Manuel y Victorio eran sus apoderados  generales.

Compraba los toneles en Nancy, Francia, y, como todos  los colegas, distribuía los vinos en el centro  del país. Tenía depósitos en Buenos Aires. Fue tesorero y cofundador en 1917 del primer Centro de Bodegueros, hoy  Bodegas  de  Argentina, que  por  algún  período funcionó en  la  Casa  Grande.  Premiaron  sus  vinos en Italia en la expo de Milán de 1916. Manuel  fue el primer   importador del  champagne   Pommery en  la Argentina.

Miembro de la Sociedad de Socorros Mutuos “Italia Unita” y cofundador del Club  Italiano,  Manuel amasó una fortuna. Volvió varias veces a Italia para ver a sus parientes.  En Mercedes, provincia  de Buenos Aires, su vendedor era  Gerónimo Giacchino, futuro consuegro y por partida  doble.

Cuando los italianos  decidieron relatar  sus aventuras   en  el  far  west   mendocino,  crearon   leyendas  que   transmitieron  entre   comidas   y  bebidas. América  en América  no era tan maravillosa  como  en Borgomanero. El año del casamiento  de Manuel  con Angelina  hubo  aluviones  que  destruyeron acequias, puentes  y viñedos, más ochenta  millones de langostas que  arruinaron la  vendimia.  Los  bichos  fueron   de norte  a sur  y vuelta.  En  masa salían los campesinos cuando  se acercaba la nube  negra de casi un kilómetro cuadrado. Caminaban entre las viñas golpeando y batiendo cucharas y cucharones, sartenes y cacerolas, para evitar que los bichos se comieran  la uva. Pero las langostas  arrasaban  con todo.

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Aquellos  primeros días en América  quedaron inscriptos  entre papeles y sucesiones. En las cartas en dialecto o en italiano. En las frases cotidianas  como la que repetía mi tío Horacio: “Stai zitta o dopo ti picchio” (Si no te callás, te pego).

Giuseppe Mazzolari

El  10 de  enero  de  1924 el nono  Manuel  hace  su última  gran inversión.  Le compra  a Mazzolari la finca y la casa que tenía en Chacras  de Coria.

Hoy suburbio de la ciudad de Mendoza, Chacras  de Coria  era apenas un caserío de Luján de Cuyo  cuando  a principios del siglo XX Giuseppe Mazzolari, propietario de la Casa Grande, cedió parte  de su tierra  para que la municipalidad construyera el edificio de policía y la plaza General  Jerónimo  Espejo. Benefactor  del pueblo, una de las calles principales de Chacras de Coria lleva su nombre.

¿Por   qué  Manuel   compró  esa  y  no  otra   casa? Es posible que Mazzolari tuviera alguna deuda con Manuel Cerutti. ¿O tal vez la había visto en Mendoza, sus riquezas y sus bellezas, el libro que se publicó para el Centenario de la Revolución de Mayo? Dice de la Casa Grande:  “Esta finca tan ventajosamente ubicada en una de las zonas más lindas y pobladas  […] La extensión  es de 37 hectáreas en conjunto, en su mayor parte de cepas Malbeck y una corta extensión  de criolla.”

En  el libro  se lo ve a Giuseppe Mazzolari, ojitos tristes  con  cara  de  Papá  Noel.  Pelo,  bigote  y  barba blancos. Mazzolari se suicidó días después de una vendimia  difícil. Estaba  lleno de deudas.  Su hijo, Luis Mazzolari, vendió la Casa y volvió a Italia.

La  descripción de  Giuseppe Mazzolari que  hace el libro  es la misma de la mayoría  de los inmigrantes italianos en la vitivinicultura de Mendoza. Campesinos pobres  y analfabetos  del norte  de Italia,  conocedores del  arte  de  hacer  vinos.  Primero  contratistas, luego propietarios de viñedos.

“Ha quedado inaugurada una espléndida  casa habitación,   en  el  frente  de  la  propiedad, con  todas  las comodidades y construida expresamente por  el joven Luis Mazzolari, para su residencia.  […] En esta nueva casa se ha construido una  espléndida  pileta  de natación,  provista   con  cañerías  y  filtros  especiales.  […] El patio  forma  una  gran  terraza,  a una  altura  de más de un metro  del nivel del suelo. Las habitaciones son espaciosas  y ventiladas,  consultando más que  el lujo, las comodidades y la higiene”.

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Manuel  se quería  expandir,  y esa propiedad encajaba muy bien con sus proyectos. “Además,  le gustó a la nona Angelina”,  recuerda  Oscar  “Cacho” Cerutti, uno de sus nietos.

El nono  Manuel caminaba  la finca y supervisaba  la vendimia. Almorzaba con la familia y, cuando  se iba a dormir la siesta, Humberto, el hijo menor,  ocupaba  el lugar del padre  y lo imitaba.  Se acariciaba la panza,  o hacía que se estiraba los bigotes. Los hermanos se reían sin parar de las morisquetas de “Umbertino”. Angelina bailaba  la tarantela.  Analfabeta  y  en  medias  lenguas mi bisabuela  siempre  pedía moneditas para los nietos. “Dammi i soldi e riccorda que todo i soldi que me darás nunca  será suficiente.  Jamás podrán pagarme  toda  la leche que me mamaron”, repetía.

Manuel  organizaba las fiestas de fin de año  en su casa nueva  de Chacras  de Coria.  Envolvía  con  guirnaldas  de luces el pino  que  él mismo  había  plantado en  el centro  del  jardín.  Quería la mesa  tendida  con manteles  de hilo  traídos  de Italia.  Más los platos  de porcelana,  las copas de cristal, los cubiertos de plata. A veces ponían  la mesa en el jardín, otras en el centro  del patio.  Ochenta personas  llegaron  a sentarse  a la mesa de Navidad de Manuel y Angelina. Mi bisabuelo  compraba  la cena en la Confitería Colón. Cosí no trabaca nesuno, decía en cocoliche. Brindaban con Pommery.

Los hijos de Manuel se fueron casando. Sólo Bautista hizo la fiesta en la Casa Grande, pero Josefina Cambiaghi, su esposa, no quiso quedarse en Chacras. Dijo: “Ni loca vivo en una casa donde  hubo un suicidio”.

 

Arroz amarillo

El  nono   Manuel   era  un  enamorado  del  risotto al  azafrán.  El  arroz   amarillo  que,  según  mi  abuela Josefina, había que comer el 1º de enero para que el año empezara  poblado de oro y dinero,  “biyuya”, como le decía mi abuela a la plata.

María, una de las hijas de Manuel,  era la única que podía  servirle la comida  a su padre; también  tenía que ayudarlo a ponerse  la servilleta.  La  tía  María  debía estar  parada  al lado  de Manuel  mientras  comía.  Fue memorable el día que le sirvió el arroz  pasado.

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“Porco Dio, ma chi ha fatto questa schifezza?,  gritaba  (Puerco   Dios,   ¿quién   hizo   esta  inmundicia?), mientras  de  a cucharadas  tiraba  el arroz  en  el patio de la Casa Grande. Pero,  cuando  il risotto era bueno, Manuel se metía la cuchara en la boca, miraba a lo lejos y exclamaba: “Mamma mia quanto  è buono!  Quest’è l’Italia” (¡Madre mía, qué rico! ¡Ésta es Italia!).

Manuel extrañaba  su tierra.  “Borgomanero è il mio paese!” [Borgomanero  es  mi  pueblo],   solía  exclamar antes de irse a dormir. Mientras  cruzaba  el patio  de la Casa Grande reía a carcajadas y lloraba al mismo tiempo.

El nono  murió  por  insuficiencia  cardíaca  a los 79 años. Fue un gringo  bravo,  como  se decía a sí mismo. De armas llevar bajo del poncho. Lo velaron en Coquimbito porque así lo había pedido.  Hay  quienes afirman  que Angelina  no fue al funeral; otros,  que fue vestida de rojo y pasada de copas.

Hasta  la muerte  de Manuel,  cuando  los ocho  hijos más la madre se enfrentaron para repartir los ¿bienes?, los  problemas de  la familia  eran  el granizo,  si había venido  o no el tomero (la persona  que  se encarga  de distribuir el agua en las fincas), quiénes  harían  la vendimia,  o que  Victorio,  ya casado,  pasaba  demasiadas horas fuera de la Casa Grande.

Paraíso

Poco antes de cumplir  68 años, Manuel se embarca en el Gran Expreso Giulio Cesare. Vuelve a Italia para el casamiento  de su primo  Luigi. Viaja con sus ángeles: Angelina,  la esposa, y María Ángela, su hija. “Uuu…, Emanuele”, me  dijo  Giuseppina, la mujer  de  Luigi, cuando  la conocí  en  Borgomanero en  1988.  “Llegó con un sombrero de ala ancha. Contó su América. Que hacía vinos. Que tenía una Casa Grande y una finca de uvas riquísimas  en un pueblito al pie de los Andes, más parecido  a Italia que a Mendoza”.

Chacras  de Coria  era el lugar que elegían los productores de vino de principios del siglo XX para pasar las vacaciones de verano.  Arbolado de plátanos,  tilos y aromos,  el pueblo  tuvo su máxima expansión  entre los años treinta  y cincuenta  del siglo XX, cuando  los hijos  de la burguesía  del vino  disfrutaron de vendimias  acumuladas  por  padres  y abuelos.  Cabalgaban hasta el Pedemonte. Se largaban  en patines  del cerro Melón  o se bañaban  en los canales. Veían las últimas películas  en el Gran  Splendid.  Tenían  reservadas  las primeras  filas.

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Casa  Grande era  el sol  y los  planetas  eran  la finca, la bodega,  las viviendas  de los contratistas y la Casita (la primera  casa de Mazzolari). La Casa Grande tenía diez habitaciones, living comedor, cocina, comedor  de diario,  patio  y galería. Sótano,  jardín,  pileta de natación,  salón de juegos, gallinero,  corral  y lavadero de autos.  La construyó un  italiano  que  reprodujo  el modelo  de  las ville  pompeiane  o  mansiones  pompeyanas  antes  de  que  el Vesubio  derramara lava sobre Pompeya.

La  planta  de  la  Casa  Grande seguía  el  modelo que habían elegido las nuevas burguesías  del Imperio Romano tras  el  nacimiento  de  Jesús.  Una  casa  de vacaciones con vista al Mediterráneo. Los jardines reproducían en menor  escala los parques  de terratenientes  y aristócratas imperiales  que los nuevos  ricos imitaban.

Para  griegos,  persas  y tribus  latinas,  el jardín  era sagrado   porque allí  enterraban a  sus  ancestros.   En Grecia  los  jardines  eran  abiertos.   Cualquiera podía entrar  y pasear entre  árboles,  bosquecitos, arroyitos o fuentes.  Para los persas, el jardín  era el paradeiso, que quiere decir recinto.  A los hombres y a las mujeres del Mediterráneo les gustaba  estar en el paraíso.  Respirar el perfume  de las plantas.  Epicuro (341-270 a. de C.), que invitaba a sus discípulos  a reflexionar  entre higueras, vides y rosales,  afirmó  que  “los  bienes  son  para aquellos que saben disfrutarlos”.

Hasta   que  nuestro volcán  estalló,  hasta  que  las bestias  se llevaron  a Victorio,  el paradeiso de la Casa Grande, incluidos  su estanque  para pececitos  de colores y la estatua del angelito que Manuel mandó traer de Italia, imitaba un paisaje de colinas parecido  al pueblo del nono.  En más de un sentido,  podría  ser “El jardín de los Finzi-Contini-Cerutti”.

Piel

Los  Cerutti  llamaban   la  atención.   Vivían  en  el corazón del pueblo.  ¡Y en esa casa! Eran simpáticos  y seductores, recuerdan los vecinos. Lindos.  Soberbios  y arrogantes. Gritones y nostálgicos  de la gesta del nono Manuel y de una Italia que sólo algunos conocieron de adultos.  Eran  rubios  con ojos celestes, verdes  o miel, como gran parte de los italianos del centro  y del norte de Italia que se establecieron en Mendoza. Decían que eran narigones  por culpa de alguna caída.

A  diferencia   de  otros   vitivinicultores, sobrios   y severos, los Cerutti eran más de piel. Sanguíneos. Tomábamos vino desde chiquitos, en vasitos de plástico con pajita incorporada. Agua o soda con una gotita de tinto.  Comían delicias que preparaban las mujeres bajo la dirección  de Josefina. Organizaban fiestas inolvidables y descorchaban champagne.

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La Casa Grande

Ahora  el frente  de la Casa Grande está pintado de blanco y marrón arena, pero lo conocí con ladrillo a la vista. La puerta, que fue portón, es de roble y tiene cuatro hojas. Fue portón porque en tiempos  de Mazzolari por ahí entraban con los caballos. El nono  Manuel, en cambio,  entraba  con los autos.  Josefina nunca  lo permitió. Ni autos ni caballos. Es cosa de indios, afirmaba.

Encima  de la puerta  hay  una  meridiana,  como  se dice en italiano.  Es un reloj de sol de catorce  gajos de vidrios de colores. Rojo, ámbar, verde y azul. Más arriba, un racimo  de uvas como  escudo.  Los inmigrantes fundaron linajes vitivinícolas  italianos  fuera  de Italia con  sus  modos  de  hacer  con  la tierra,  campesino   y cotidiano. Nos   legaron  sabores,  perfumes,   texturas, paisajes. Estilos de vinos y comidas. Formas  de querer y de no querer.

Hacia  la  izquierda, el  portón. Siempre  tuvo  ese cartel que decía “Prohibida la pasada…” Mucho  tiempo  después  de la tristeza  que  nos  envolvió  como  un tornado de viento  Zonda,  mientras  caminaba  por  mi Casa Grande, encontré el cartel tirado  entre yuyos.  Lo conservé  algunos  años en Buenos  Aires hasta que fue hora de tirarlo.

A la Casa  Grande se entraba  por  cualquier  parte. Los que no eran de la familia tocaban  el timbre,  pero como se rompía  seguido, usaban el aldabón  de bronce que todavía  cuelga a la derecha  de la puerta.  Sordo  y metálico,  el golpe  retumbaba en  la galería.  La  Casa Grande no se cerraba con llave ni siquiera de noche.

Miro  y  huelo  la Casa  Grande por  la ranura  del buzón siempre  que voy a Chacras  de Coria.  Cuero y encierro,  el mismo de entonces.

“No  hay lazo que no se corte,  ni tiento  que no se gaste”, leíamos en un cuadrito con gauchos  que había en el vestíbulo.  A la izquierda, el living. Enorme, con estufa a leña y piso de pinotea.  Una  puerta  llevaba al zaguán  donde  nos  sentábamos con  Josefina  los atardeceres de verano.  Debajo  del parral  de uvas negras y blancas. Pero  un día mi abuela dijo “basta  de zaguán, vamos  al jardín”.  Horacio, su hijo  mayor,  no  quería que le comiéramos esas uvas deliciosas.

A la derecha  de la Casa  Grande estaban  las oficinas de la Viñedos y Bodega Victorio  Cerutti que olían a  grafito.  Allí  fuimos  bodegueros mientras   el  nono Manuel  nos miraba  desde un cuadro.  Teníamos  escritorios  de roble  con secreter  y alzada.  Sillones giratorios, papeles con membrete.

Seguía la ropería,  donde  guardábamos los  disfraces. Tres  habitaciones más, la pieza  de las empleadas, el baño  y la cocina. Durante los inviernos  jugábamos en la galería de baldosas calcáreas de colores. Teníamos teatro  de títeres y casa de muñecas.

Aunque Josefina  no estuviera,  la galería tenía  que brillar.  La  experta  era  Ingrid,  la esposa  de  Horacio. Encendía  el combinado, apoyaba  la púa en el disco y el “Danubio Azul”  de Johann  Strauss sonaba desde el corazón de la Casa Grande.

Ingrid,  que  hubiera  querido ser  bailarina  clásica, silbaba  y  bailaba  con  el mechudo, como  le decía  al lampazo.  Bailaba y barría  y hacía brillar  las baldosas de Josefina como  si fuera Sissi emperatriz en un baile de gala. O Cenicienta.

Con  la última  nota,  un  pas de deux  hasta  la lata con kerosene.  Sumergía  su partenaire  y a cocinar.  Mi tía preferida  hacía la masa del strudel de manzana  con el mismo amor con el que nos abrazaba.  Ingrid  quería que comiéramos rico y sano.

Pegado al living, el sótano. Las puertas eran pesadísimas. En los respiradores enrejados  los varones  jugaban a las bolitas.  Los más chicos  teníamos  prohibido bajar solos al sótano.  Olía a humus,  tierra, humedad y vino. Guardaba cosas viejas, un mecano  alemán y los autitos  italianos que Coco  le había traído  de Europa a Carlos  Alberto, “Cabito”, el segundo  hijo de Horacio. Pero  cuando  mi  padre  volvió,  supo  que  su  sobrinito  había  muerto de falso  crup  una  noche  de mucho frío.   “Se demoraron en hacerle  la traqueotomía para que pudiera  respirar,  si no se hubiera  salvado”,  cuenta  Mónica.  Se ahogó  en  la  pieza  donde   se  suicidó Mazzolari. La misma en que me hicieron  mis padres.

Nadie  nombraba a Cabito. Como yo quería conocerlo, si veía una foto que podía  ser suya, preguntaba: “¿Este es ‘el nene’?”. La respuesta  a mi pregunta era el silencio. Mi primito muerto había perdido el nombre. Me enteré  de que le decían  Cabito muchos  años después, cuando  entrevisté  a unos parientes  de mi tía. “La culpa fue de Ingrid.  No  lo supo  cuidar.  Los dinamarqueses son brutos”, se animó a decir Josefina.

En el sótano  quedaron, además,  los libros  que mi abuela  arrumbó cuando  empezaron a nacer sus hijos. Una Gramática latina y dos de Ricardo Rojas. Con los hijos se acabaron  los libros, le dijo Victorio  a Josefina. Mi abuela aceptó, pero seguro que le dolió en el alma.