En el México de los 80, El Nueve era el primer bar gay que no se asumía con vergüenza. Exclusivo y para las clases altas, en sus inicios brindó un cóctel en el que estuvieron María Félix y Lola Flores. Su madrina y protectora era Xóchitl, la travesti más poderosa de su país: pasó de vender flores a alquilar un edificio entero y convertirse en un símbolo público de los homosexuales en México: hasta Carlos Monsivais la describió en una de sus crónicas. Adelanto de “Tengo que morir todas las noches”, el libro que el escritor Guillermo Osorno, ex editor de la revista de crónicas Gatopardo, presenta mañana en la Feria del libro



Foto de portada: María Félix (izq) y Xóchitl (der) en El Nueve, durante sus primeros días.


Fotos Interior:
 Archivo del autor y Henri Donnadieu

Debido a las relaciones con los artistas del momento, uno de los cocteles más memorables de aquellos primeros días de El Nueve fue el que ofrecieron en honor de Lola Flores, la cantante española, que entonces tenía cincuenta y dos años y había venido a México para actuar en el Hotel Fiesta Palace de Reforma.

 

Para el coctel, Flores pidió encontrarse con María Félix, que entonces tenía sesenta y un años. Los nuevos administradores del bar tuvieron que acudir a un anticuario amigo de la Doña, que habló con ella y la invitó a El Nueve, arreglando así el encuentro entre las mayores divas de España y México. La fiesta se encendió cuando las dos comenzaron a cantar, lo que resultó muy celebrado. El rumor de esa noche se esparció rápidamente y contribuyó a acrecentar la fama del bar.

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El club abría la puerta a las ocho de la noche y con frecuencia ya estaba lleno cuando daban las nueve. Calatayud, con más visión comercial, mandó quitar definitivamente las mesas del antiguo restaurante y puso una barra en el salón de la chimenea, que se convirtió en el lugar donde durante casi un año Guillermo Ocaña recibió a amigos y estrellas. La combinación de artistas y homosexuales de posición acomodada le dio a este bar gay un carácter único. Además, era el primero fuera del centro de la ciudad que no se asumía con vergüenza y se presentaba como lo que era. Ir a El Nueve significaba no tener que practicar el sluming, término inglés que significa visita al barrio bajo, descenso a lo sórdido —y que retrata cómo experimentaban los homosexuales de las clases medias y altas la salida a ligar—. Geográficamente, el lugar estaba en medio de una de las zonas más dinámicas de la ciudad; simbólicamente, heredaba el prestigio de un restaurante de postín y era el primer bar gay que restringía la entrada.

 

 

En 1978, José Luis Parra, reportero de El Universal, publicó una crónica en seis partes llamada “Apuntes para una novela: la homosexualidad”. Parra se propuso ofrecer un panorama de la vida gay en la ciudad de México, llena de rechazos y sufrimiento, como si fuera un culebrón. La pieza comenzaba así: “En un sórdido, inmundo y descuidado bar de las calles de Aquiles Serdán, lugar que asfixia y ahoga por su falta absoluta de ventilación, el reportero intenta entrevistar a uno de esos extraños chamacos llamados ‘mayates’, cuyo único quehacer es el dedicarse a obtener a diario dinero a base de sus prácticas homosexuales”.

 

Este comienzo marcaba el tono de la crónica, que exponía la extorsión de la policía, echaba luz sobre levantones y razias, y daba un panorama de los bares. De El Nueve, al que el reportero no pudo entrar, decía lo siguiente:

 

La visita fue enseguida al exclusivísimo El Nueve de la calle de Londres, en donde el caso resultó difícil pues era requerido contar con una credencial de socio. Ésta, se enteró el periodista cuando alguien le facilitó una con muchas reservas, cuesta mil pesos y por lo menos se tiene que renovar cada tres meses.

 

A este bar “gay”, se explicó, acude sólo la flor y nata de la gente del “ambiente”, no se baila, pues solamente se va en busca de “ligue”. Son muchos los adultos que asisten esperanzados en el “acostón”, que es la aventura ocasional sin compromiso.

 

En este bar todo es muy elegante y funcional, y por supuesto que resulta prohibitivo para las clases desposeídas. Suelen ir muchas lesbianas, se explicó.

 

Aquella era una crítica muy común a El Nueve. Aunque sus precios no eran para nada exorbitantes, pues la entrada costaba lo mismo que el famoso 41, un bar cercano y muy populachero, otros gays de la época también percibían que el lugar estaba fuera de su alcance. Por lo demás, sí existió tal credencial de socio: había sido un truco de Calatayud para restringir la entrada a gente indeseable, aunque su vigencia duró poco tiempo.

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Esta percepción de El Nueve como un lugar exclusivo y excluyente se complica aún más porque su auge coincide con la irrupción del movimiento gay en México, que tenía una raíz de izquierda. En 1971, Sears despidió a algunos de sus empleados por su condición homosexual. Un grupo solidario se planteó la idea de boicoter la tienda y protestar en las calles, pero pensaron que las condiciones no eran propicias: todavía estaba muy fresca la represión del Jueves de Corpus, de un grupo paramilitar llamado Los Halcones contra una manifestación de estudiantes que pedía la liberación de los presos políticos de 1968. Durante buena parte de los años setenta el activismo gay se mantuvo dentro de cuatro paredes, confinado a las casas y los departamentos de algunos líderes que se reunían en grupos de terapia y estudio para leer y comentar los libros, los artículos y las noticias de los movimientos de liberación homosexual en Inglaterra y en Estados Unidos. Las discusiones sobre la conveniencia de salir a la calle iban y venían, hasta que en junio de 1978, pocos meses después de la apertura del bar, tres organizaciones de activistas decidieron que era su hora. Lo hicieron como parte de un contingente más amplio de izquierda que marchó en la ciudad de México para conmemorar el aniversario de la Revolución cubana —paradójicamente, un régimen muy homófobo— y los diez años del inicio del movimiento estudiantil de 1968. Eran apenas unas treinta personas, pero la novedad de su presencia atrajo a la prensa.

 

Algunas notas estaban escritas con asombro o con cierta sonrisa en la boca. Una caricatura de El Sol de México muestra a unos policías observando la manifestación. Uno le dice otro: “Caray, mano. ¿No extrañas esas manifestaciones en las que nos echaban piedras?” El otro contesta: “Sí, mano, en estas nuevas nos dan besitos”. El columnista León García Soler bromeaba: “Si antes el gobierno mandaba Halcones a infiltrar manifestaciones, ¿ahora enviarían Palomas?” Otro columnista escribió incrédulo:

 

Vestidos de mujer, maquillados y con pelucas portando una pancarta que decía: Frente Homosexual de Acción Revolucionaria [sic], unos treinta representantes del tercer sexo marcharon junto a los comunistas ortodoxos y no tan ortodoxos. Y […] repartieron unos volantes cuyo lema central era: “A favor de los oprimidos”. Como dicen los norteamericanos: “No comments”.

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Los problemas del país parecían innumerables: el llamado “milagro mexicano” había estallado con una devaluación en 1976, la primera desde los años cincuenta. La marginación y la pobreza eran insultantes, resultaba urgente darle una solución política a los grupos de izquierda que estaban en la clandestinidad después del 68, las organizaciones empresariales habían mostrado su rebeldía frente al poder del pri, la corrupción de la élite gubernamental ya era insoportable, la libertad de expresión había recibido un golpe con la salida de Julio Scherer, periodista crítico de Excélsior, ¿y encima de todo había que atender las demandas de los homosexuales?

 

El más radical de estos grupos era precisamente el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (fhar) —los otros grupos eran Oikabeth, una asociación de lesbianas, y Lambda, una facción más moderada de activistas, que incluía hombres y mujeres—. Su líder, Juan Jacobo Hernández, venía del sindicalismo universitario y había participado en los grupos de estudio de mediados de los años setenta. El fhar se formó en buena medida como respuesta a las vejaciones de la policía contra la comunidad homosexual. Durante los primeros meses de su actividad, organizaron manifestaciones fuera de la delegación Cuauhtémoc —el Diario de México tituló la nota sobre la manifestación: “Mitin de maricas”— y enviaron cartas de protesta al regente de la ciudad, Carlos Hank González, para advertirle de la actuación de la Dirección General de Policía y Tránsito, a cargo de uno de los funcionarios más corruptos de los que se tiene memoria, Arturo el Negro Durazo, además de realizar inspecciones oculares en los centros de detención y comenzar a llevar un registro de las modalidades de violencia contra los homosexuales.

 

Entrevistado para una publicación de activistas en Estados Unidos, Hernández dijo que la vida nocturna en la ciudad de México estaba dividida por clases sociales. La calle era para los que tienen poco dinero; los cines y los baños de vapor, para las clases medias, y los bares, para los más afortunados. El periodista preguntaba cuál de estas clases era la que más presencia tenía y Hernández contestó que las clases altas no se notaban y eran políticamente inertes porque estaban más interesadas en Acapulco o en Nueva York. Las clases medias y bajas eran más visibles y las que más padecían la persecución policiaca.

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Jaime Vite festeja como Marilyn Monroe en el backstage de El Nueve

 

Meses más tarde, el fhar publicó un periódico llamado Nuestro Cuerpo, en cuya segunda edición elaboraron una crítica a la situación de los bares en la ciudad. Ciertamente, habían proliferado, pero estos activistas de izquierda se preguntaban: ¿eran los más idóneos para la reunión de homosexuales? La publicación aceptaba que eran muy buenos para la socialización, para bailar, para tomar una copa, para relajarse y para ligar, pero los bares en México —señalaban— eran caros y malos. Algunos abusaban de su clientela; además, fomentaban la alienación de los gays más pobres, que se gastaban pequeñas fortunas cada fin de semana.

 

La crítica de los pioneros del movimiento homosexual a El Nueve y a los gays de clase alta se puede entender mejor si se mira a la luz de Xóchitl, madrina de El Nueve y protectora frente al asedio de las autoridades. La figura de Xóchitl merecería un libro aparte. Llegó a tener un poder que ningún otro travesti ha logrado debido a su audacia para colocarse entre las altas esferas de la política y la sociedad. Xóchitl tenía un prostíbulo y regenteaba a actrices y a cantantes conocidas; atendía lo mismo a políticos, que a empresarios y gente de la farándula. Contaba con la protección de la autoridad —varias fuentes mencionaron al profesor Carlos Hank González— y se había convertido en una figura visible porque organizaba fiestas memorables a las que asistían sin pudor y con mucha alharaca los intelectuales, los políticos, la alta sociedad y los artistas del momento. Xóchitl se había inventado además una especie de monarquía travesti, y ella era la reina absoluta.

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Gustavo Xochilteotzin nació en Tacámbaro Michoacán, en 1932. Su familia era numerosa y de origen humilde; su infancia fue un pequeño infierno porque era un niño delicado que sufrió por las burlas de sus compañeros de escuela, lo que se sumaba al repudio de su propio padre. Cuando tuvo la oportunidad, salió huyendo de aquel ambiente y llegó a Querétaro, una de las ciudades más conservadoras del país, a dos horas del Distrito Federal. Allí no sólo trabajaba como florista; también comenzó a organizar las primeras fiestas travestis que luego lo hicieron memorable. Una de éstas se salió de control, pues con la misma dosis de descaro y desmesura que usó en sus años posteriores, hizo la pachanga en la parroquia, donde trabajaba uno de sus tíos. Era un 15 de septiembre, día en que se celebra la independencia de México, cuando se supone que las autoridades estaban distraídas en otras cosas y no se darían cuenta de la reunión de las vestidas. El problema fue que llegaron algunos niños bien de la ciudad con sus motos, montaron a los travestis a cuestas y las pasearon por la ciudad. Se armó un escándalo. El gobernador tuvo que intervenir y le dio un ultimátum a Xóchitl para que saliera de Querétaro.

 

Xóchitl llegó a la ciudad de México a mediados de los años cincuenta. Vendía un fijador para pelo llamado Glostora en los baños públicos y vivía con un pariente en la calle de Tacuba, donde hacía más fiestas. Luego tomó un trabajo con el diseñador de modas Gene Matouk y se convirtió en el encargado de realizar la compra de telas y otros materiales, así como de hacer los mandados. Era un trabajo perfecto, porque por medio de Gene y sus amigos, como el diseñador Julio Chávez, Xóchitl tuvo acceso a gran cantidad de trajes. También por Gene conoció a una proxeneta travesti de nombre Samanta, alias la Chamichami, que tenía un prostíbulo de postín en la colonia Cuauhtémoc. Xóchitl le pidió trabajo y comenzó a meserear en la casa de citas: debió de sentir que aquello era su llamado, porque se independizó unos años más tarde, con una casa propia en la calle de Marsella, a un lado del Salón Niza, una cantina en la colonia Juárez. Poco tiempo después adquirió un penthouse en la colonia Tabacalera, a un lado del Monumento a la Revolución, y luego alquiló un edificio entero en la calle Bahía de Todos los Santos, donde expandió el negocio: tenía cinco departamentos de tres recámaras cada uno y un garaje que era ideal para las fiestas.

 

En agosto de 1974 Xóchitl hizo su gran entrada en la alta sociedad. Fue una fiesta de disfraces para reinaugurar el salón Los Candiles del famoso Hotel del Prado, en el centro de la ciudad: se le llamó “Baile de las Estrellas de Hollywood”, la invitación pedía etiqueta o disfraz riguroso. Xóchitl no estaba invitada, pero contrató a unos fisicoculturistas y los vistió de  esclavos para que la cargaran en palanquín mientras ella hacía de Cleopatra. También contrató a Las Mulatas de Fuego, unas uruguayas negras, para que bailaran frente a la procesión. De acuerdo con la crónica de Carlos Monsiváis, que aparece en el libro A ustedes les consta, en el cortejo de aquella noche había:

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una vikinga, un sheik de Arabia, un marahá, un conde Drácula, un Juan Tenorio, una bruja que le va ofreciendo las somníferas manzanas a Blanca Nieves, la intervencionista Eugenia de Montijo, un mandarín, Barbarella, que congela con su rayo desintegrador a unos pastores del Trianón, Robinson Crusoe, Minni Mouse, Billy the Kid, un fedayín, una Gretel de cincuenta años cuya inocencia corre a cargo de un travesti, un bailarín de Java con un tocado de pedrería, dos Jean Harlow, tres Vanessa Redgrave, seis Marilyn, una Scarlett O’Hara.

 

 

Entonces, hizo su entrada Xóchitl:

 

Una concentración de miradas: seis levantadores de pesas vestidos como figuras de Tarzán irrumpen con un trono-palanquín desde donde una figura brillante y corpulenta vestida como Cleopatra (tal y como Pola Negri preservó el secreto que recogió Claudette Colbert y adulteró Elizabeth Taylor) aprueba a los Charles Atlas y a las tres bailarinas negras que esparcen los pétalos y anteceden el séquito en la orientalización del escenario. (El conjunto costó más de noventa mil pesos.) La velada alcanza su clima subterráneo al revelarse la condición travestida de la Inmortal Víctima del Aspid. Cleopatra-Xóchitl da la orden y el palanquín desciende y la reina del Nilo, toda en dorado, con sus dos varas del alto y el bajo Egipto, incorpora humildemente con asentimientos de cabeza los bravos y ovaciones que elevan al rango de Emoción de la Noche la tolerancia divertida de las minorías sexuales.

 

Había aparecido Xóchitl como se le recordará por muchos años: una mujer corpulenta, morena, con peluca negra, siempre con peinados altos, muy maquillada, con los ojos grandes como platos y vestidos recargados que debían de pesar la mitad que ella misma.

 

La dueña del Teatro Blanquita, Margo Su, escribió en 1989 una fallida novela llamada Posesión basada en este travesti. Uno puede leer ahí otras historias que corrían alrededor de Xóchitl. Una versión dice que había sido policía judicial y que por eso gozaba de tanta protección: algunos la recuerdan blandiendo una credencial que lo acreditaba como uno de sus agentes; otros mencionan la inusual cooperación de la policía. En una ocasión, una persona que estaba perdida preguntó dónde quedaba la calle de Bahía de Todos Santos, donde Xóchitl tenía su casa de citas. Cuando el agente se dio cuenta de que era uno de los invitados de Xóchitl, lo escoltó por las calles hasta la puerta del edificio.

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En Bahía de Todos los Santos, Xóchitl celebraba a lo grande dos fechas: el día de su cumpleaños, el 2 de agosto, y la primera posada del año, el 16 de diciembre; y con frecuencia recibía gente en su penthouse de la colonia Tabacalera. Allí, todo estaba diseñado para su lucimiento. Las lámparas no caían del techo, sino que estaban colocadas en las mesas para echar una luz más favorable sobre los travestis. El decorado era recargado, como los vestidos, y durante las veladas Xóchitl se cambiaba de traje varias veces y se paseaba por los salones para recibir los aplausos y la aprobación de los invitados.

 

Xóchitl terminó por convertirse en un símbolo público de los homosexuales en México. En 1976, la revista Sucesos, del productor de cine Gustavo Alatriste, publicó una larga entrevista con ella. A la pregunta: ¿quién es Xóchitl?, ella contesta que es una persona común y corriente que “con el paso de los años de dedicarse a ayudar a los homosexuales” su nombre ha  ido creciendo hasta convertirse en un personaje famoso. A lo largo de la entrevista, Xóchitl explica que este papel había ayudado a los demás a “despojarse de sus miedos, a ser más desinhibidos, a ser más libres, a no sentirse culpables como me sentí yo”. Sin embargo, Xóchitl no se considera una provocadora. Cuando le preguntan si no es un problema que la gente moleste a los asistentes en las fiestas que organiza, dice que no: siempre han sido recibidos con agrado, incluso algunos se molestan si no son invitados:

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Después de todo es parte de mi labor que los demás nos vayan mirando como algo natural y humano y no como animales raros […] Es cierto que la mayoría de los homosexuales van vestidos de mujer y con trajes muy ostentosos, pero trato siempre que lo hagan con orden y en privado; nada de andar luciéndose en público, pues caeríamos en lo que no deseamos: lastimar la moral y las buenas costumbres de la gente que no nos entendería.

 

 

 

Cuando hizo su irrupción el movimiento gay, la autoproclamada Reina de los Homosexuales se mantuvo al margen. Sabía que no podía colocarse al frente de esos izquierdistas, poner en juego sus propios privilegios y traspasar los límites que le ponía el sistema. Reveló la naturaleza de su reticencia años después, en una entrevista con los mismos líderes del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria. Rafael Manrique le preguntó por qué nunca se presentó a alguna de aquellas primeras marchas. Xóchitl contestó:

 

Muchas veces estuve con ustedes sin que se dieran cuenta. Me conocían como Gustavo… Además, nunca me paré como Xóchitl porque había intereses creados de por medio en los que peligraba el mundo gay. Te voy a decir algo que quizás ustedes nunca supieron, pero el gobierno estuvo a punto de acabarlos a todos. Yo tuve problemas con el profesor Hank a consecuencia de sus manifestaciones. Él pensaba que yo andaba metida en eso. Le dije:

“No, yo los respeto a ellos, pero no tengo nada que ver”. No me creía; es más, tuve que enseñarle los ataques que había recibido de ustedes, no nomás del fhar, de todos, para que me creyera. Yo había conseguido los permisos para varios lugares gays, bares como El Nueve y otras discotecas. Del Distrito Federal me amenazaron varias veces. Me decían: “¿Qué quieren, que los agarremos y les cerremos todos los lugares que tienen?”

 

Más adelante en la entrevista, Xóchitl cuenta con más detalle el asunto del permiso de El Nueve. Dice que cuando lo consiguió, llevó a varias autoridades para que vieran cómo estaba el asunto. Implicaba que en El Nueve todo era muy decente y ordenado, y también revelaba sus preferencias de clase: dijo que no todos los homosexuales en México estaban preparados para ese tipo de libertades. “Aquí te dan la mano y te agarras el pie”, apuntó en relación con los gays más aventurados. Sugería que sólo los homosexuales de El Nueve sabían comportarse y no hacer desfiguros.

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Y es cierto. No los hicieron. Durante esos primeros dos años El Nueve funcionó como un club que brindaba cierta dignidad a los gays de clase media y media alta de la ciudad de México. Bien vista, a veces la nómina de los asistentes era más bien propia del Jockey Club. Allí estaban Óscar Beckman, heredero de una familia tequilera, y Piero Slim, primo de Carlos Slim, miembro de la acaudalada familia de origen libanés. Allí iban Lorenzo Torres Izábal, el nieto del mayor terrateniente de Sonora durante el Porfiriato; Víctor Nava, de las ferreterías Návalos Hermanos, que acababa de regresar de París, y Jorge Fabre, de rancia familia poblana y dueño de una enorme tienda de imágenes religiosas y artículos para la iglesia en el centro de la ciudad de México. Pero también asistían chicos de clase media de la ciudad. Los miembros de aquella élite (y de esa generación) no recuerdan a El Nueve como un lugar exclusivo, sino más bien como un sitio agradable y familiar, un lugar donde todos eran más o menos conocidos. Tampoco era un lugar particularmente salvaje: las drogas todavía estaban fuera del horizonte.

 

La única nota discordante en toda esta escena no era Xóchitl, que para entonces ya formaba parte normal del paisaje gay, sino los chichifos que entraban al bar de la mano de Óscar Calatayud: la sal y la pimienta de la noche. Algunas actrices siguieron frecuentando el sitio que, en general, siempre estuvo abierto a las mujeres, no solamente a las lesbianas, sino a las amigas y compañeras de parranda. En esta etapa Óscar Calatayud dio con la idea de otorgar el primer Nueve de Oro, un reconocimiento a algún actor o actriz, con el propósito de darle prestigio al sitio. La primera homenajeada fue la guapa actriz Tere Velázquez. Paco Calderón, cuyo padre era secretario de Estado en esa época, tiene una foto de aquellos tiempos: El Nueve se ve como una sala de estar con gente vestida a la moda de finales de los años setenta. Las extravagancias comenzaron unos meses después, cuando Manolo, Henri y Óscar abrieron una sucursal de El Nueve en Acapulco.


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