En la difícil tarea de periodizar el presente, Martín Plot sostiene que en 2003 nació el nuevo siglo político argentino. En este ensayo analiza las tres etapas del kirchnerismo y cómo dieron lugar a la llegada del PRO a la Casa Rosada. Sostiene, además, que el gobierno de Cambiemos ya cerró su primera fase de un republicanismo temprano e inauguró la segunda, y actual, de un hiperpresidencialismo o “macrismo realmente existente”.



Fotos interior: DYN

 

El nuevo siglo. En el año mismo en que terminaba el siglo pasado y empezaba el nuevo, una película argentina lanzaba una irónica hipótesis acerca de la transición política que se daría entre uno y otro. 76-89-03, de Cristian Bernard y Flavio Nardini, se promocionaba con el siguiente slogan: “Primera película argentina que no tiene mensaje”. Lamentablemente para sus directores, como veremos, diría que la película fracasó en su apuesta al sinsentido: su argumento se centra en tres amigos, sus obsesiones, sus deseos, sus perversiones; pero el mundo que los rodea es utilizado por los directores para interrogar la posibilidad del retorno, de la vuelta, de la infalibilidad e inevitabilidad, de Carlos Menem. La película, decía, se estrenó en el año 2000, durante el gobierno de la Alianza, momento al que muchos analistas solemos aludir como aquel en que la implosión económica y política de 2001 no era todavía imaginable. El arte interroga,  así, los mismos enigmas que el pensamiento y el análisis político, sólo que a veces lo hace bastante mejor.

 

La película alude, desde su título, a tres años—76, 89, 03—pero transcurre casi por completo en el 89, con un prólogo y un epílogo que tienen lugar en el 76 y en el 03. El breve período del prólogo entrelaza un comienzo político al que no hace falta hacer referencia con la irrupción, en el pequeño mundo de esos tres amigos, del saber de la existencia de una súper modelo que los obsesionaría por el resto de sus vidas. La película en sí transcurre durante la hiperinflación del 89 y, por lo tanto, durante la llegada de Menem al gobierno. Y el epílogo, finalmente, es una ironía futurista sobre la vuelta de un Menem inevitable.

 

Pero, como sabemos, Menem nunca volvió. ¿Qué fue entonces lo que comenzó en el 2003, a falta del inevitable retorno de Menem? En el 2003 nació el nuevo siglo político argentino, uno en el que el pasado, que nunca lo es del todo, persiste pero como trasfondo de las dos nuevas constelaciones políticas emergentes: el kirchnerismo y el macrismo. El macrismo en el gobierno nacional—dado que ya existía antes a nivel distrital en CABA—nació siendo algo así como el hermano menor, por el hecho de ser más joven, del kirchnerismo—que también ya había existido primero a nivel distrital, en la provincia de Santa Cruz. Ambos se “nacionalizaron” desde sus distritos, que gobernaban con comodidad desde hacía tiempo, y ambos se sirvieron de alianzas con los remanentes de los dos partidos que habían dominado la vida política argentina en el siglo pasado. El kirchnerismo tuvo todos los privilegios del que llega primero, pero también cometió errores que luego el macrismo lograría evitar. El principal de estos errores fue no darse cuenta de que su vida, la vida de su partido, de su fuerza política, de su espacio, como se dice  ahora, en breve, su identidad política, sería la propia o no sería nada. El peronismo (y el radicalismo), ya lo dije en estas páginas hace unos meses, como los reyes, son los padres; y ellos vivieron sus vidas así como los hijos deben vivir las suyas. A pesar de esto, el kirchnerismo, en vez de apuntar decididamente a la institución de una nueva identidad política, decidió convertirse en algo así como un peronismo jr. -y como resultado de ello su crisis de identidad continúa hasta el presente.

 

El macrismo, en cambio, gracias al partero Durán Barba, que se quedó con la criatura para verla crecer, recibió un mejor consejo: “se vos mismo, aprendé de los grandes, tomá tu herencia (las estructuras partidarias provinciales, sus personerías jurídicas, sus locales, sus punteros) pero hacé la tuya”.

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Nada está garantizado, toda vida puede terminar apenas comenzada, pero hoy todo indica que esta nueva vida, a sus dos años, ya camina y habla por sí misma. Y para terminar con la metáfora, que puede ser cansadora, permítanme solamente decir una cosa más: los hermanos mayores también pueden aprender de los menores, pero esto a veces ocurre demasiado tarde. El peronismo jr., al ver cómo se desenvolvía el macrismo, tan espontáneo, tan decidido, fantaseó tardíamente con reinventarse, con ser un kirchnerismo cívico. Pero, en política como en el fútbol, siempre se puede hacer una de más—y hoy parece ser un poco tarde para nacer de nuevo.

 

Un ejercicio de periodización. La falta de periodización interna del kirchnerismo es uno de los principales obstáculos interpretativos para poder pensar el sentido y los destinos de ambas identidades políticas nacidas en este siglo. Paradójicamente, podemos ver cómo eso que a algunos les gusta llamar “la grieta”, desaparece por completo cuando hablamos de la caracterización del kirchnerismo, ya que tanto partidarios como detractores extremos coinciden al menos en una cosa: el kirchnerismo es uno e indivisible. Cuando, de todos modos, los analistas se sustraen de esta lectura en bloque del kirchnerismo y proceden a periodizarlo, lo que suele hacerse es acudir a criterios personalistas o institucionalistas, es decir: al kirchnerismo de Néstor y al kirchnerismo de Cristina; o a un kirchnerismo dividido de acuerdo a los tres períodos presidenciales en los que gobernó. Aquí, en cambio, quiero proponer una periodización alternativa, basada en una lectura más bien acontecimental del kirchnerismo—y también, como veremos al final, del macrismo.

 

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Propongo llamar, al primer período kirchnerista, “transversal” o temprano. El kirchnerismo transversal basó su legitimidad, tanto electoral como ante la opinión pública, en el despliegue de distintas modalidades de alianzas políticas y convergencias electorales. Este kirchnerismo fue, además, el kirchnerismo instituyente, el que se dio a sí mismo una identidad original, poco deudora de simbolismos pasados, y el que fue mayormente exitoso en sus batallas políticas y culturales. Este kirchnerismo transversal se extendió desde el ballotage frustrado de 2003—en el que Menem, finalmente, no volvió—a la derrota “no positiva” que puso fin al conflicto por las retenciones móviles en julio de 2008.

 

En segundo lugar, propongo llamar al período surgido al calor de aquellos acontecimientos kirchnerismo “laclauiano” o populista. El kirchnerismo laclauiano, para fortalecerse ante la derrota, adoptó una lógica de estructuración del campo político en términos de pueblo-antipueblo; pero lo hizo, en más de una oportunidad, todavía logrando articulaciones circunstanciales con identidades políticas no kirchneristas -es decir, articulaciones ya no conducentes a la construcción de una identidad colectiva común, pero sin embargo todavía productivas en cuanto a la implementación concertada de nuevas políticas públicas como la estatización del sistema jubilatorio, la ley de matrimonio igualitario o la asignación universal por hijo. Este período, populista pero todavía “laclauianamente” bastante gramsciano, llegó a su fin con el doble acontecimiento de la muerte de Néstor Kirchner y la abrumadora reelección de CFK con el 54% de los votos.

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Finalmente, permítanme sugerir el nombre de “voluntarista”, o tardío, para el kirchnerismo nacido de la mala lectura hecha por los propios actores de aquella contundente victoria electoral de 2011. Este kirchnerismo voluntarista, más épico que el transversal y hasta que el populista, se creyó capaz de gobernar y actuar políticamente sin aliados -ni transversales ni circunstanciales-, pero fracasó tanto en el campo de la implementación de políticas públicas como en su capacidad de promover nuevas figuras y/o propuestas capaces de renovarlo y llevarlo a nuevas victorias electorales. El kirchnerismo tardío o voluntarista, que continúa hasta el presente, es intenso y parece sólido, pero es minoritario.

 

Para terminar con este ejercicio de nominación y periodización, permítanme finalmente ofrecer un esbozo de lo vivido hasta ahora por un macrismo que llega a la presidencia,  precisamente, de la mano de la incapacidad del kirchnerismo tardío de renovarse y de ofrecer nuevas propuestas y candidatos a la sociedad (¿todavía querrán hacerme creer que Scioli era el candidato del “proyecto”…?). Por ahora, creo que podemos hablar de dos períodos macristas, uno extremadamente corto y un segundo que se extiende hasta el presente.

 

 

El primer macrismo, si tomamos como punto de partida el momento de su llegada a la escena nacional, comienza con la victoria arrasadora de Mauricio Macri en las PASO de Cambiemos de 2015. Propongo llamar al período que comienza con esa victoria macrismo “republicano” o temprano, dado que es el período en el que éste se presenta, en tanto que oposición, como una fuerza institucionalista y respetuosa del Estado de derecho, capaz por eso mismo de oponerse a lo que presentaron con bastante éxito como un oficialismo peligrosamente corrupto y autoritario.

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Pero este período concluyó, a poco tiempo de comenzado su gobierno, con las tres acciones más hiperpresidencialistas de la historia reciente: el intento de nombrar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema de Justicia y el valerse de decisiones del ejecutivo para poner en suspenso indefinidamente la aplicación de la Ley de Medios y la reforma al Código Procesal Penal. Propongo llamar a este segundo período, inaugurado a pocos días de consumada la asunción presidencial, macrismo “realmente existente”.

 

Permítanme, para arrojar algo de luz sobre la constelación de principios y políticas públicas del macrismo realmente existente, una comparación con procesos de otras latitudes. A un año de iniciada la presidencia de Macri, un segundo gobierno autodenominado republicano llegó al poder, esta vez en los Estados Unidos. Más allá de los escándalos que rodearon a la campaña de Donald Trump, o de los aspectos más duraderos asociados a su llegada y ejercicio del poder (sobre los que he escrito aquí en otras oportunidades), el horizonte filosófico de ambas fuerzas republicanas, tanto de allí como de estas costas, fue sintetizado con claridad por Stephen Bannon, el principal ideólogo de la nueva administración del norte: deconstruir el Estado administrativo.

 

 

El Partido Republicano norteamericano, como la mayor parte de las fuerzas políticas en las democracias contemporáneas, es una coalición de actores y una articulación, en cierta medida contingente, de principios, valores y políticas de otro modo dispersas. El origen de esta particular coalición norteamericana data del rechazo de los sectores más conservadores de la sociedad a las políticas intervencionistas y redistributivas -por ejemplo la creación del sistema jubilatorio público- del llamado New Deal durante los 30 y los 40 y a las transformaciones igualitarias -por ejemplo la legislación de los derechos civiles o la creación de Medicare, algo así como el PAMI norteamericano- de la Great Society en los años 60. Con las sucesivas presidencias hiperpresidencialistas -recomiendo los trabajos de Bruce Ackerman al respecto- de, sobre todo, Richard Nixon, Ronald Reagan y George W. Bush, el Partido Republicano se fue convirtiendo en lo que es hoy: una fuerza internacionalmente neoconservadora, culturalmente antipluralista y contraria a las políticas de ampliación de derechos, y económicamente neoliberal.

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El gobierno de Cambiemos, a pesar de estar inspirado en una articulación semejante de sectores culturalmente conservadores, internacionalmente neoconservadores -de haber un conflicto bélico de Estados Unidos e Israel con Irán en el futuro próximo, lamento tener que decirle a mis amigos republicanos de estas costas, que todo se está alineando para que, ahí sí, terminemos de volver al mundo- y económicamente neoliberales, ha sido muy exitoso en su utilización del lenguaje de la Third Way (un lenguaje ya viejo y agotado en el norte planetario, pero que parece ser todavía capaz de otorgar alguna legitimidad en estas tierras) a políticas neoliberales y neoconservadoras articuladas en términos de modernización.

 

Volver a los acontecimientos. Diría, para concluir, que durante los acontecimientos de comienzos de siglo se intentó lo imposible y se logró lo posible: de alguna manera, en parte, se fueron todos. En el 2001 dejaron de existir, como identidades colectivas capaces de organizar la acción y la imaginación políticas, tanto el radicalismo como el peronismo. Éstos subsisten, obviamente, como partidos formales, aportando personería jurídica multi-distrital, planteles políticos y aportes para las campañas, pero ya no lo hacen cómo identidades políticas efectivas -esto es lo que entendió Durán Barba y por eso su consejo clave fue siempre mantenerse fiel a la identidad naciente. Por el lado del kirchnerismo, en cambio, Florencio Randazzo acierta, tanto hoy como desde 2015, en identificar la falta de renovación como el problema principal de la otra identidad política nacida del “que se vayan todos”. Pero se equivoca cuando piensa que la renovación en juego es la del peronismo. La renovación en cuestión era la del kirchnerismo y esa, parecería ser, te la debo. Esa renovación se la birló ya dos veces CFK y parece no estar dispuesta a dársela a nadie más. Lo que venga, una vez más, será nuevo o no será nada.

 

Las identidades políticas suelen surgir de coyunturas y acontecimientos que demandan una interpretación, que fuerzan a las sociedades a dar lugar a nuevos discursos, nuevos enunciadores y nuevos sentidos. Muchos hechos han tenido lugar desde el comienzo del macrismo realmente existente: del hiper-presidencialismo legislativo originario a los tarifazos sin audiencias públicas y del masivo endeudamiento externo a la decisión de reprimir en flagrancia -es decir, sin orden judicial previa- la protesta social. Pero parece ser esto último lo que ha emergido como revelador de un nuevo sentido para algunos sectores de la sociedad civil, en particular para sectores no directamente alineados con las dos fuerzas políticas nacidas en el nuevo siglo.

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La desaparición y muerte de Santiago Maldonado, como antes la muerte del fiscal federal Alberto Nisman, expusieron al kirchnerismo tardío y al macrismo realmente existente a protagonizar situaciones preocupantes en términos de régimen político. Tanto en uno como en otro, tanto los oficialismos como las principales oposiciones del momento, parecieron privilegiar el rédito político -o el no pagar el principal costo político- por sobre la asunción de la responsabilidad democrática de develar la verdad factual de lo ocurrido. Sin embargo, fue en el caso de Santiago Maldonado que un nuevo horizonte político, el que guía las acciones del nuevo oficialismo, comenzó a hacerse vagamente visible -un horizonte que, en el mismo momento que planeaba generar una demostración, visible para todos, de la forma en que deben restablecerse los principios de la ley y el orden, se reveló ante otros públicos como cruel, xenófobo y en discontinuidad con algunos de los ejes centrales de la democracia argentina nacida en el 83.

 

Aún hoy, mientras escribo estas líneas, seguimos sin saber lo que realmente ocurrió con Santiago Maldonado a orillas del río Chubut el 1° de agosto de este año. Quizás no lo sepamos jamás. Pero hay una imagen que no puedo sacarme de la cabeza: una en la que aparece el gendarme Emmanuel Echazú. No sé nada de él: ni de sus características personales ni del modo en que vive su vida. Pero esa imagen me dice que, quizás, bajo ciertas circunstancias, él nos diría el por qué de su cara de terror, de sus heridas en el rostro, de la escopeta colgando de su mano mientras sube aquella barranca que nunca había bajado, viniendo del río al que nunca había ido. Se presentó como imputado, voluntariamente. Permítanme imaginar que quizás no lo haya hecho por lo que dicen que lo hizo, no los encubridores sino los otros: para poder poner un perito, llegado el caso. Quizás lo que pasó en el río, ese al que nunca fue, haya sido más de lo que su cuerpo aguanta. No su pómulo roto sino su necesidad de dormir, su necesidad de contar para poder dormir. ¿Pero por qué decir lo que nadie quiere escuchar? ¿Para poder dormir solamente? ¿Para terminar durmiendo, quién sabe por cuánto tiempo, en un cuarto que ya no es el propio?

 

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Puede que así se viva desde adentro la instrumentalización de la verdad factual, de aquello que efectivamente pasó, efectivamente en el río, efectivamente barranca abajo, lejos de la ruta, lejos del piquete que tanto nos molesta a todos pero mucho más a los que no quieren saber qué pasa cuando, por fin, a los piqueteros, en vez de darles algo de lo que piden, se les da corchazos para que tengan y se los corre hasta que todos, gendarmes y piqueteros, se pierden de vista para que nosotros podamos seguir con nuestras vidas.

 

 

Eso, se pierden de vista. ¿Qué necesidad hay de encontrarla? A la vista, a lo que ocurrió, a la verdad factual. Si ya lo habían herido en un rancho, si lo vieron en Entre Ríos, si tiene un porcentaje de su cuerpo en Chile con el RIM (sic), si su desaparición fue forzosa, no forzada—¿cómo pasa un inconsciente, tanto individual como colectivo, de la fuerza del Estado que evoca lo segundo a la inevitabilidad de un accionar que evoca lo primero?—si su cuerpo no registra heridas visibles… ¿De todos modos, se pregunta quizás Echazú, cómo es posible que un cuerpo no aguante hasta que no cuente lo que no pasó?


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