El 2017 ya tiene su serie furor: 13 reasons why, una producción que se mete con temas sensibles como el bullyng, la violencia de género y el suicidio adolescente. Criticada por banal se instaló en un público muy joven. ¿A qué se debe su éxito? El suicidio es tan obvio, dice Ingrid Sarchman, que no hay filtro de Instagram, ni frase de red social que pueda enmascarar lo que allí ha sucedido.



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“¿Alguna vez pensaste en suicidarte?”, pregunta mi hija de 11 años, como si nada. Hago tiempo pensando en eso de que a los chicos no hay que contestarles más de lo que quieren saber y le repregunto: ¿Vos sabés lo que es el suicidio? Al “obvio má”, le sobreviene la explicación: sus amigas habían empezado a ver una serie donde “una chica se suicida y deja grabados unos cassetes explicando por qué; son trece capítulos, en cada uno hay una razón”. Me dice que puso el primer capítulo pero que le dio un poco de miedo.

 

13 reasons why está basada en la novela homónima de Jay Asher publicada en el 2007. Netflix, que había comprado los derechos hace tiempo, estrenó la primera temporada el 31 de marzo de este año. En sólo un mes y gracias al boca en boca, fue una de las más vistas en la plataforma, y por el tema que aborda se habla de ella en muchas escuelas. Sin riesgo de spoilear, la serie se sostiene en dos grandes patas: el suicidio adolescente y el bulliyng on y off line. Dos temas que no sólo son delicados sino que en la mayoría de los casos -especialmente el bullying- se tratan desde un lugar tan estereotipado que terminan repitiendo consignas para calmar las conciencias culposas. En principio habrá que reconocerle a 13 reasons que ha captado la atención del público joven y que ha obligado a que muchos de ellos se reconozcan en alguno de los personajes involucrados. De la autenticidad del gesto de arrepentimiento, o de la retirada de la figura del chivo expiatorio nada se podrá decir hasta dentro de unos cuantos años. Por ahora, el problema evidente está a la vista de todos y es probable que ocupe el podio del interés común unas semanas más.

 

Pero tal vez cuando el furor pase -si es que no está sucediendo ya- comiencen a vislumbrarse rasgos que no habían sido iluminados por la crítica políticamente correcta. Después de todo, la serie expone en su planteo inicial dos mundos contrapuestos. Porque si supuestamente el bullying, 13 veces ejercido -con intención o por omisión- se construye y se practica por el ciberespacio y gracias a la disposición de la cámara del celular que todos llevan adosado al cuerpo, Hannah Baker, la víctima y protagonista de acoso, dejará su testimonio en un dispositivo no sólo vintage sino incómodamente material.

 

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La voz grabada en esas viejas cintas parece construirse como una resistencia a un mundo que produce, circula y consume imágenes a una velocidad tan vertiginosa que hace que nada tenga más importancia que la del instante. Acceder a esas cintas se volverá un desafío no menor a la hora de encontrar aparatos -tales como enormes minicomponentes y nostálgicos walk man- que puedan reproducir su voz. La misma caja en la que están guardados los cassetes es tan grande que no existe un espacio donde pueda pasar desapercibida. Un aspecto insoslayable, especialmente cuando se lo compara con el mínimo pen drive que monopoliza esa vieja costumbre de guardar archivos. Sin intención ni pregunta aparente por las razones del uso del recurso analógico, podría sospecharse que este se sostiene en una imagen típica de nuestro tiempo: una que más allá de las mediaciones y las virtualizaciones no puede negar, esconder ni desconocer los efectos que tiene el daño psíquico en el cuerpo físico.

 

El suicidio es tan material, tan evidente, tan obvio que no hay filtro de Instagram, ni frase de red social que pueda enmascarar lo que allí ha sucedido. Lo inquietante es la amenaza constante de que esas cintas lleguen a quien no deberían llegar, como si los protagonistas involucrados sostuvieran la ilusión de que mientras la evidencia esté contenida en esos rectángulos de plástico y cinta magnética, esta podría destruirse o desaparecer.  Reconozcamos que en un mundo en el cual todo se guarda en “la nube”, esta ilusión no deja de parecer un tanto ridícula o por lo menos inocente.

 

La oposición entre el aparato virtual construido alrededor del ciberacoso y la materialidad del acto es sólo la punta del iceberg de algo mucho más complicado. Todo el argumento se sostiene sólo si se asume que la muerte o los motivos que llevan a ella pueden ser justificados. Pero la lógica no es nueva. Emile Durkheim, uno de los padres de la sociología, a fines del siglo XIX, elaboró su emblemática teoría sobre los distintos tipos de suicidio. Tal vez, en un intento de comprender lo incomprensible, determinó, no sin razón, que la decisión de terminar con la propia vida estaba relacionada con la falta de lazos sociales. Cuando la persona siente que no tiene compromisos con el prójimo, entonces se libera de sus obligaciones sociales y puede llevar a cabo su voluntad. Como para que no quedara ningún resquicio de duda, cubrió el arco completo mostrando que en algunas sociedades, el exceso de disciplina y control también podía llevar a la decisión fatal. Cuando todas son razones posibles, ninguna es determinante.

 

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Unos cuantos años después, Michel Foucault volvió sobre el tema. En su lección del 17 de marzo de 1976 señalaba que en las sociedades modernas, donde el Estado se adjudica el derecho de decisión  sobre la vida y la muerte de las personas, el suicidio no podía ser menos que un acto de soberanía absoluta. Ni más ni menos que un acto de pleno derecho sobre uno mismo.

 

El bullying, en su versión real o virtual, el acoso, la violencia, la agresividad, la indiferencia o el exceso de amor terminan formando la red mortal sobre la cual Hannah tomará la navaja que le cortará las venas. En ese sentido, toda la línea argumentativa insiste con la necesidad de entender. Tanto es así que cada capítulo es una pieza de rompecabezas, uno que arma una figura cada vez más violenta, agresiva e injusta. Una que además resalta la figura del macho fuerte sobre la mujer débil, y también la del hombre que tiene que demostrar, aún a su pesar, que puede dominar al sexo débil.

 

Como bonnus track, a los 13 capítulos se le agrega un documental de media hora donde productores, actores, guionistas y terapeutas expertos opinan sobre el tema. Entre ellos, una psiquiatra explica que la depresión adolescente y la desesperanza se deben a la inmadurez del lóbulo frontal “aquel que nos permite tener una perspectiva de los acontecimientos y saber que todo va a pasar. En cambio, para el adolescente todo es eterno y fatal”. También puede escucharse el testimonio de la estrella adolescente Selena Gómez, quien en su rol de productora ejecutiva resalta la importancia de hablar sobre el tema. Todos insisten, una y otra vez, en la pregunta ¿qué hubiera pasado si alguno de ellos hubiese prestado atención a la señales? ¿Podría haberse evitado el destino trágico? ¿Acaso la decisión de morir es la consecuencia de un cúmulo de causas?

 

Y sin embargo, la serie, vista en perspectiva, no deja de ser un dispositivo que gira en falso una y otra vez. Todo intento de comprensión termina mostrando que más allá de los lugares y roles asignados hay un elemento que no logra sublimar del todo los instintos agresivos de los unos sobre otros y sobre uno mismo. Podrán existir 13 o 1000 razones para explicar(se) lo sucedido pero aún así subsiste un elemento irracional. Algo que escapa todo el tiempo al control de la familia, de la escuela o incluso del grupo social de pertenencia y que el ser humano, sin importar la edad ni el género, que de la vida nada sabe poco, menos aún sabe del misterio de la muerte. Nos toca, entonces, asumirlo y en el mejor de los casos, seguir viviendo con esa única certeza.


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