Para muchos partidos, intelectuales y organizaciones del campo popular no parece sencillo tomarse en serio la lucha feminista. Hay que renunciar a privilegios y transitar las tensiones. Pero la lucha de las mujeres es teoría, proclama y movimiento. ¿Qué otro sujeto político se ha movilizado con tanta tenacidad y obstinación? Ante una nueva marcha por #NiUnaMenos, Ileana Arduino plantea: ¿feminismo para el cotillón o para la revolución?



Madrid, abril de 2018.

 

Errejón, Espinar e Iglesias acordaron hace unos meses la distribución de puestos en listas para futuras elecciones por PODEMOS. Detrás de ellos un letrero decía “Nosotras”: estaba allí desde la huelga de mujeres del 8M. La corrección consistió en quitar el cartel “sustituyéndolo por una decoración más neutra y sin lemas”. Pidieron disculpas: “Hemos hecho un ejercicio de autocrítica importante. Fue un error”, dijo una vocera. Se refería a haber dejado el cartel, no al modo en que los tres dirigentes habían decidido sobre las listas porque -como señaló el círculo de feminismos de la Comunidad de Madrid- “no había posibilidad de que hubiera otra opción porque no hay candidatas”.

 

Buenos Aires, abril de 2018.

 

“El feminismo, sus demandas, sus tensiones son más una incógnita”, dijo alguien en una reunión política hace poco mientras planteaba de manera sumamente clara la diferencia entre representación y expresión y comparaba al feminismo con otros movimientos. “El feminismo está bien, no nos vamos a poner a revisar todo, es claro que está, expresa sus demandas, hay que dejarlo ahí, funciona bien”, agregó otra persona. Con una caracterización clara del campo popular marcaba con sus manos, como quien mide el tamaño de las cosas, hacia el frente, delante. Al margen, el feminismo.

 

 

 

 

¿Feminismo para el cotillón o para la revolución?

 

En el espacio en que sucedió esa conversación en Buenos Aires había genuino compromiso por el feminismo. Del mismo modo que nadie con honesta vocación por la discusión podría afirmar que PODEMOS y su conducción en España, en este asunto,  no han marchado distinto a otras expresiones políticas.

 

Aún así, cuando se plantean interpelaciones desde el feminismo a indiferencias groseras o sutiles, surgen reacciones tales como la injusticia del planteo: “justo a mi me lo venís a decir!”, respuestas del tipo “pero si tenemos mujeres en lugares de decisión” o la exigencia de reconocer cuánto peores pueden ser otros. Incluso hablan de “cacería”, que estamos al acecho.

 

Pero es precisamente con los espacios o movimientos que conmueven o reaccionan que es necesario profundizar la discusión y, por qué no, las incomodidades. En cambio, están quienes dicen que no entendemos nada y que somos incautas frente a las verdaderas opresiones, quienes se oponen al cupo o nos llaman burguesas al servicio del capital internacional sin saber de la diversidad de los feminismos, los que acuñan términos como “hembrismo” o tienen comisiones de “moral” (¡!) a las que llaman a declarar a las mujeres que denuncian abusos o demoran respuestas ante denuncias de pedofilia es sus partidos. A ellos casi que ni discusión porque lindan con el desprecio político hacia estas luchas, decididamente defienden el statu quo patriarcal.

 

Es cierto que las luchas son muchas, que el repudio al orden neoliberal no es solo feminista pero que otras expresiones comprometidas con las violencias que genera siguen sin registrar en sus análisis, modos de construcción y políticas la dimensión sexista. Aun reconociendo complejidad, las feministas no tenemos porqué renunciar a las demandas por la consideración de nuestras luchas y planteos en nombre de que todo está en (de) construcción, ni soportar más pedidos de paciencia por la demora en registrarnos como si posicionarse ante eso fuera menos relevante que la atención a otras formas de opresión y/o luchas.

 

Entre la captura neoliberal y el paternalismo “revolucionario”

 

Los feminismos vivimos en estado de efervescencia crítica y autocrítica. Discutimos entre nosotras, discutimos con otros. Lo hacemos muy enfáticamente frente a los riesgos de que nuestras luchas sean instrumentadas para vehiculizar agendas de derecha, tal como ocurre con las capturas neoliberales bajo la retórica del emprendedurismo precarizante o el punitivismo victimizante.

 

Por ejemplo, quienes impulsaron en diciembre una ley devastadora de la reforma previsional, que era de lo poco redistributivo en términos de género que quedaba en pie, unos meses después y tras una represión feroz que incluyó vejámenes sexuales, amenazas misóginas sobre las mujeres detenidas, se revelaron como “feministas tardíos” para decirnos cínicamente que creen que las mujeres deben ganar igual que los hombres. No obstante ello insisten con una reforma laboral regresiva y esclavizante. Al mismo tiempo, en esa escena, en pleno come back neoliberal se habilitó desde el Poder Ejecutivo la discusión sobre el derecho al aborto.

 

No faltaron sugerencias de tipo conspirativo que subalternizaron desde el campo progresista la importancia de esa agenda cuando algunos varios voceros en puro diálogo oportunista entre machos sugirieron que debatir aborto era distractivo y el entusiasmo feminista propio de tontas funcionales. Podrían haber quedado en silencio, como callan muchas otras veces que ni consideran nuestras agendas.   

 

Esas reacciones tutelares ignoraban no solo la trascendencia de la discusión sobre el aborto en términos de emancipación y libertades para cualquier proyecto comprometido contra la opresión sexista, sino que en ese mismo contexto las feministas veníamos discutiendo muchas otras políticas antipopulares.

 

Ya habíamos hecho el primer paro a este gobierno y estuvimos codo a codo en la calle contra la reforma previsional, mostrando cómo eran vectores de la próxima masacre social neoliberal. Numerosas proclamas feministas han puesto de resalto que la afectación diferenciada sobre nosotras dejaba entrever hacia dónde conduce la feminización del mercado de trabajo entendida como precarización al conjunto de los trabajadores. No ha habido una atención sino marginal de los sindicatos y partidos a los impactos de género de esa reforma, y lo fue a fuerza de señalamiento sectorial de los espacios de género o referentes que indicaban que allí había al menos unos argumentos que atender.

 

Por si hiciera falta, el debate por el derecho a la aborto no irrumpió ahora, venimos golpeando la indiferencia política desde apenas vuelta la democracia. La reivindicación feminista de legalización y no mera despenalización, es una constancia explícita de que a nosotras no se nos escapa la importancia de la base material para el ejercicio de derechos. Al revés, es la ignorancia de las discusiones feministas lo que lleva a proponer como nuevos debates que están presentes hace rato pero que no calan en lo que se considera políticamente relevante.

 

Me refiero a los que ignoran la complejidad de las reflexiones acerca de la desigualdad sexista y la desatención histórica por parte de la política hacia ellas. A quienes se les escapa que en el orden actual de las cosas las personas gestantes podemos ser ciudadanas mas no personas y que, por más burgués que les parezca, hay quienes tenemos pendiente conquistar el derecho a no ser encarceladas por disponer de nuestros cuerpos o dejar de ser obligadas a hacer con ellos lo que no queremos.

 

Esta coyuntura en la que no se evitó del todo la tentación de “advertirnos” da cuenta también de cuán vigentes siguen las preguntas sobre el estatus, la relación o la atención que el feminismo concita en las izquierdas, campo popular o progresismo por mencionarlos de algún modo.

Parte de la gimnasia necesaria para resistir a esa captura por derecha que tanto preocupa cuando de planteos feministas se trata, es poder preguntarnos: ¿y más hacia la(s) izquierda (s) cómo andamos? Vemos partidos, sindicatos u otras organizaciones del campo popular que mantienen mecanismos de decisión dominados por la lógica del macho. Vemos que la praxis política ignora la desigual distribución de tareas entre unas u otros – los horarios de las reuniones, la no previsión de lugares para niñes, lo que implica también que algunas a veces podamos porque podemos pagar a otras. Hace décadas que en la discusión de políticas claves, por ejemplo socio económicas, en los análisis de coyuntura o programas los aportes de la economía feminista respecto de las distinciones artificiales de esferas en el mercado productivo no ocupan un lugar decisivo. Eso sólo, tomado en serio como un aporte político y no reducido a una nota de distinción del feminismo en el análisis, quizás pondría patas para arriba o tambalearía las discusiones. Si alguno de estos ejemplos parece menor, es precisamente por androcentrismo.

 

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Elecciones feministas

 

La inminente escena electoral será una ocasión para entrever cuánto y de qué formas aparece el feminismo en escena, pero ni empieza ni termina ahí.

 

A diferencia de las concepciones políticas construidas androcéntricamente (como el mundo mismo) donde lo electoral tiene una centralidad que excede dichas coyunturas, desde algunos feminismos las nociones mismas de qué es política, cómo se hace y cuándo, no están necesariamente centradas en unas formas de la disputa, como pueden ser las elecciones. Es que el feminismo, en sus expresiones teóricas y en sus movimientos, también ha debido gestar sus propios espacios para hacerse ver y oír ante la falta de interés o rechazo.

 

El feminismo diverso y movilizado tiene en las asambleas preparatorias y en las marchas un momento expresivo evidente, pero no se llega ahí por irrupción ni es una sucesión de efemérides. Está precedido y sucedido por luchas, acumulación de discusiones que giran en torno a la disputa radical frente a las amalgamas patriarcales/capitalistas/colonialistas/especistas/esencialistas, con todas las complejidades y contradicciones que ello conlleva. Se articulan reclamos identitarios, redistributivos, de institucionalización y al mismo tiempo otros que avanzan radicalizando demandas de emancipación institucional porque, tal como se dice. a menudo “hay que darlo vuelta todo”.

 

Históricamente ha sido un movimiento gestor de prácticas y métodos muy diverso, cuya politicidad no es reconocida. Dos ejemplos caprichosos: ¿Cuánto tallan en las reivindicaciones de la lucha los métodos de las sufragistas por ejemplo? ¿Dónde queda en la memoria colectiva y en la reflexión académica el desempeño de las mujeres en los remates de campos en los 90s? 

 

Ahora que esos mecanismos o procesos interesan porque se instalan a fuerza de acumulación y movimiento, algunos se entusiasman con el método y sus formas estéticas, pero sin repensar los propios planteos definidos como medulares – “el programa/ la plataforma”- en clave feminista: allí aún pareciera que una cosa es el feminismo y otra es la política.

 

No se trataría solo de ir corriendo a ver qué escribe en sus paredes la asamblea feminista de sus calles para luego poner un poco acá y un poco allá, intentando acotar la réplica al método. Las asambleas y las discusiones de cada semana son múltiples e incesantes. La mayoría de nosotras tiene más de un espacio feminista en marcha, en el trabajo, la universidad, el barrio, la organización, el regional, el Encuentro Nacional. A eso se suman las asambleas de paro y movilización ocasionales, y en todas discutimos todas las políticas, discutimos de política. No son perfectas, son movilizantes pero también agotan, a veces aburren, otras ardemos en ideas e iniciativas, a veces apenas podemos con la catarsis, en otras nos corroen algunas miserias.

 

Esos dispositivos colectivos se multiplican porque hay una densidad en las discusiones que ya no pueden soportar ni las orgánicas habituales – más allá de su desdén histórico al respecto – y cada vez menos el reconocimiento adosado como artefacto, bajo forma de secretarías o direcciones. Claro que los aprovechamos y los defendemos, ganamos posiciones, pasamos de “secretarías de la mujer” a “las mujeres”, a “género” o “diversidad”. Accionamos, defendemos esos espacios, no queremos varones al frente, son trincheras, posiciones ganadas, pero seguimos en lucha.

 

No queremos feminismo para la victimización  

 

Hoy, en muchas organizaciones, estas luchas se están dando a través de las denuncias de abusos y violencias varias, dada la cada vez más insostenible contradicción entre la opresión sexista y la revolución. En un ambiguo equilibrio argumental, paternalmente y a escala individual, se nos suele susurrar “yo te entiendo” pero proponiendo, incluso por nuestro bien, mesura en público, allanamiento a una institucionalidad judicial que no dudan en desacreditar frente a otros caso. Todo  en nombre de un futuro mejor que, si está demorado, no ha de ser por exceso de feminismo en las organizaciones.

 

Alguna vez he escuchado algo parecido a esto: “es un sorete con las minas, pero ¿quién va a negociar las paritarias?”. Que esa pregunta exija responder maniqueamente es producto de la indiferencia estructural respeto de la diferencias sexuales en la política.

 

Nosotras no nos callamos más y el retorno al silencio no es una posibilidad, proponerlo es una canallada. Las violencias que gritamos, se expresan individualmente pero se apoyan en una malla de privilegios por la que quienes ejercen machismo circulan con comodidad. El modo en que funciona la justicia institucional es parte de esa malla.

 

La malla que sostiene esas violencias, algunas de las cuales comienzan a denunciarse, se repara rápidamente si el androcentrismo persiste en las discusiones, en la organización, en los debates, en la atención de sus argumentos, en la conformación de las listas, en la definición de las políticas, en la construcción de las categorías  con que pensamos el mundo, en el acceso al poder y a las decisiones.

 

Mantenernos atentas respecto del rédito de transferir la lógica punitiva a organizaciones que luchan contras múltiples opresiones es vital, sobre todo si todo nuestro margen de acción en esos espacios se quedara reducido al “poder” de denunciar.

 

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La locomotora feminista

 

No es la intención construir un feministómetro para los progresismos, izquierdas o expresiones del campo popular, pero a horas de una nueva movilización de mujeres, lesbianas, travestis y trans gritando #NiUnaMenos, articulando múltiples análisis y demandas, y también en perspectiva político – electoral, urge pensar qué dinámicas, qué discursos, con qué claves vamos a imaginar el porvenir, ver qué hay con aquello de que el futuro es feminista.

 

Como señala Laura Fernández Cordero en un su artículo “La izquierda se pone violeta” no es posible sumar feminismo como si se agregara una inocente franja a la bandera. Participar de estas luchas que ahora tienen un atractivo protagonismo implica una transformación subjetiva y colectiva; supone entender la realidad desde otra perspectiva y hasta reimaginarse personalmente en ese trance porque los feminismos no educan, no predican, sino que en cada acción provocan una refundación del mundo y de sí”.

 

La atención meramente oportunista en relación con el feminismo, reduciéndolo a su expresión movilizada sin atender su radicalidad política y la sustancial transformación que propone en distintos niveles, tensiona más a las expresiones políticas populares que tienen tradición de lucha y reflexión frente a otras opresiones, que a aquellos partidos, corporaciones, coaliciones conservadoras que reivindican las diferencias subalternizantes de distinto orden.

 

Quienes vienen custodiando el edificio teórico de la revolución y sus sucesivas remodelaciones, quienes de verdad quieren dar batalla a la violencia precarizante del orden actual y han tomado nota del feminismo, deberían dejar la dinámica del diálogo “con”, como si estuviera confinado a estar fuera, en un cuarto aparte del amplio edificio de la organización política, un ambiente más por donde cada tanto darse una vuelta.

 

No se trata de mimetizarse ni parodiar, pero aunque parezca obvio debemos insistir en que vuelquen la mirada: no sólo hay asambleas, hay un montón de autoras feministas y es necesario leerlas con el mismo fervor con el que absorben cada revisión marxista, la inagotable obra de Foucault o los debates postlacanianos, los planteos neocontractualistas o las reflexiones decoloniales.

 

Hasta ahora, como enseña Carol Pateman en la introducción de la flamante publicación de su libro “El desorden de las mujeres”, en que se reeditan todos sus textos producidos entre 1975 y 1988 – durante la ola feminista anterior- “la teoría democrática, como cuerpo más amplio de la teoría política, permanece en gran medida al margen del argumento feminista (…) para los teóricos políticos, el feminismo no plantea problemas singulares y propios, ni desafíos los términos conocidos del argumento”. Quien quiera criticar el absoluto de la afirmación encontrará tan limitadas excepciones que o confirma la regla o hará el ridículo.  

 

Leamos sino los programas de cátedras, los debates y mesas de reflexión política que circulan. En su inmensa mayoría por un lado van los que discuten poder y por otros los de feminismos. En cuántas universidades u organizaciones políticas, volviendo a los ejemplos,  se enseña o reflexiona sobre el Encuentro Nacional de Mujeres que lleva más de 30 años convocándonos, y pregunto: ¿qué otro sujeto político se ha movilizado con tanta tenacidad y obstinación? Si pensamos en esto, no parece tan alocado que luego aparezca la pregunta sobre si los varones (con una generalización esencialista y generacional que también hay que revisar) iban o no al ENM, pero sigue demorándose si el feminismo entra o no, y cómo lo hace en todos esos espacios.

 

En ocasión del pasado 8M, mientras nosotras nos disponíamos a marchar, la Asamblea Marica y Bisexual organizó una actividad llamada “¿Por qué soy tan misógino?”. Sería interesante pensar qué pasaría si esa pregunta llegara, con la radicalidad de esa formulación en primera persona pero colectivamente debatida, a las organizaciones políticas y alcanzara – por qué no- las poltronas de la academia.

 

En clave más política y de acción: hay decenas de documentos disponibles, los de cada 8M y 3J, los locales y extranjeros, todos plantean abordajes más interseccionales, transversales y amplios que cualquier otro documento sectorial con pretensión política, pero no suelen ser reconocidos como tales. Solo mencionando los del “último boom” feminista, son documentos vivos, producto de un proceso en donde la contradicción y la heterogeneidad no son vivenciadas necesariamente ni siempre como virtud ni siempre como obstáculo. Se nota la factoría, se habla de deseos, se ponen los cuerpos en escena.

 

Es importante mantener activa la pregunta acerca de qué tipo de relación tienen los espacios políticos antagónicos a las derechas fascistas y neoliberales con los feminismos. ¿Será que ganamos en conciencia acerca de la centralidad del feminismo para repensar una transformación radical, en interacción con las visiones críticas de otros modos de estructuración de las subordinaciones, como el capital o la clase a los que si les destinan tiempo y atención? ¿Será que las limitaciones excluyentes de las construcciones políticas androcéntricas tras siglos de indiferencia sexista empiezan a sacudirse?

 

Los feminismos, aun en sus contradicciones, exhiben cada vez más densidad en el acumulado de luchas contra la opresión que se viene gestando. Hay momentos más silenciosos, los hay fervorosos, rabiosos y alegres, con repliegues, con avanzadas, algunas conquistas y pesadas crueldades. Nos encontramos al mismo tiempo: a) debatiendo el derecho a dejar de ser tratadas como cosas, como ocurre con el debate por la legalización del aborto, b) desplegadas en los territorios dando batalla al extractivismo genocida y a la criminalización militarizada, como las mapuches y c) interpelando al patriarcal sistema universitario, mostrando que la violencia misógina y el elitismo en el acceso guardan una estrecha relación, tal como ocurre con el movimiento estudiantil chileno desde antes de la bella rebelión de estos días y ha ocurrido con las tomas estudiantiles lideradas,cada vez más, por mujeres jóvenes en nuestro país entre quienes el reclamo de educación sexual integral era prioritario.

 

Esta nueva ola feminista va acumulando conciencia de su historicidad, está siendo gestada generacionalmente con una profundidad conmovedora – quien no se tambaleó con Ofelia Fernández y su pregunta “¿cuándo mostramos disposición a que los deseos de las instituciones sean nuestros deseos?”-. Lo que está sucediendo no responde necesariamente a las dinámicas y performances de lo que en términos de machos llaman realpolitik -como si nuestras luchas fueran fantasía-, se miden a diario y en simultáneo con los ejes medulares de la marañas de jerarquías que nos atraviesan.

 

No es sencillo tomarse en serio el feminismo o la lucha contra el sexismo. Hay tensiones de todo tipo, privilegios a los que renunciar. El feminismo es teoría, proclama y movimiento. Todo en plural. Se vuelve inasible para la engolada retórica del canon masculinamente construido y para las formas políticas del orden viril tal como se vienen desplegando. Ya no se trata de incorporar un vagón rosa o púrpura al final del tren, sino más bien que la locomotora sea feminista.

 


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